Sin embargo, la situación económica a finales de los setenta no permitía llevar a la práctica esas ideas. Establecer sistemas de atención primaria de salud cuando los recursos eran cada vez más exiguos resultaba desalentador. Mientras los paí- ses luchaban por afrontar las complejidades del desarrollo socioeconómico, se puso claramente de manifiesto que la salud infantil – y, en particular, la supervivencia del niño – era una cuestión urgente, por lo que creció la presión para que se adoptaran medidas inmediatas al respecto. Así pues, a comienzos de los ochenta, muchos paí- ses desviaron su atención de los sistemas de atención primaria para volcarse en los programas verticales, que se centraban en «una sola cuestión» y prometían resultados más económicos y rápidos.
El ejemplo más claro de ese cambio fue la revolución en pro de la supervivencia del niño, promovida por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) en la década de los ochenta y que giraba en torno a un conjunto de intervenciones desig- nadas con la sigla VRIL (vigilancia del crecimiento, rehidratación oral para la diarrea, inmunización y promoción de la lactancia natural). Tanto donantes como ministerios de salud respondieron con entusiasmo, sobre todo a las iniciativas que concedían prioridad a las actividades de inmunización y a la terapia de rehidratación oral. Muchos países pusieron en marcha programas para tal fin; al igual que los de lucha contra la malaria y la viruela de las décadas de los cincuenta y los sesenta, cada uno de ellos se administraba y financiaba de forma independiente y tenía mucha autonomía respecto del sistema tradicional de atención de salud.
Esos programas contaron con el apoyo de programas de la OMS con los mismos objetivos: el Programa Ampliado de Inmunización de mediados de la década de los setenta y, más tarde, los creados para fortalecer los programas nacionales de Lucha contra las Enfermedades Diarreicas y el Programa de Lucha contra las Infecciones Respiratorias Agudas. A nivel nacional, esos programas verticales permitieron com- batir con éxito toda una serie de enfermedades prioritarias.
Con el Programa Ampliado de Inmunización, puesto en marcha en 1974, se amplió la inmunización sistemática, de modo que, además de las vacunas contra la viruela, la BCG y la DPT, se pasó a administrar las vacunas contra la poliomielitis y contra el sarampión. El Programa tenía por objeto aumentar la cobertura vacunal, de acuerdo con el compromiso internacional de alcanzar el objetivo de la inmunización universal, y lograr una cobertura del 80% en todos los países. En la década de los ochenta se produjo efectivamente un enorme incremento de la cobertura (véase la figura 2.2 del capítulo 2). En 1988, cuando la Asamblea Mundial de la Salud decidió erradicar la poliomielitis, había unos 350 000 casos de esa enfermedad en el mundo entero; en enero de 2005 se habían notificado sólo 1185. Gracias a los ininterrumpidos esfuerzos por promover la inmunización, las muertes provocadas por el sarampión disminuyeron un 39% entre 1999 y 2003 (1) y, en comparación con los niveles de 1980, la mortali- dad por sarampión ha disminuido un 80%. Todavía siguen aplicándose medidas para aumentar la cobertura vacunal y la cantidad de vacunas administradas. El programa de vacunación se revisa constantemente, a medida que aparecen nuevas vacunas, por ejemplo, las vacunas contra la hepatitis B y Haemophilus influenzae tipo b, y en un futuro próximo contra los rotavirus (diarrea) y los neumococos (neumonía).
Para aplicar los programas verticales se combinaban métodos de gestión modernos y tecnologías sencillas basadas en investigaciones bien fundadas. Uno de los ejemplos más representativos es la terapia de rehidratación oral, el «descubrimiento médico del siglo» (2, 3), un método económico y eficaz para combatir la mortalidad por diarrea.
La introducción generalizada de esa terapia contribuyó en gran medida a reducir el número de defunciones provocadas por la diarrea, que pasó de 4,6 millones anuales en la década de los setenta a 3,3 millones en los ochenta y a 1,8 millones en 2000.
Con la disminución de la mortalidad por diarrea y por enfermedades prevenibles mediante vacunación, la neumonía pasó a ocupar un primer plano como causa de mortalidad, y a comienzos de la década de los ochenta se establecieron programas basados en técnicas simplificadas de diagnóstico y tratamiento. Entretanto, proseguía la promoción de la lactancia natural, respaldada por iniciativas internacionales como el Código Internacional de Comercialización de Sucedáneos de la Leche Materna (adop- tado por la Asamblea Mundial de la Salud en 1981) y la Estrategia Mundial para la Alimentación del Lactante y del Niño Pequeño (respaldada por la Asamblea Mundial de la Salud y la Junta Ejecutiva del UNICEF en 2002). Se lograron progresos gracias a los nuevos conocimientos sobre la duración óptima de la lactancia natural exclusiva y la alimentación de los lactantes de mujeres infectadas por el VIH. Los países pusieron en marcha de forma generalizada la iniciativa «Hospitales amigos del niño» para respal- dar la promoción de la lactancia natural en las clínicas de maternidad. En 1990, menos de una quinta parte de las madres daba el pecho como alimentación exclusiva durante cuatro meses; en 2002 esa cifra se había duplicado y se situaba en un 38%.
En 1988, cuando la Asamblea Mundial de la Salud resolvió erradicar la poliomielitis, había en todo el mundo unos 350 000 casos de esta enfermedad. En enero de 2005 el número de casos notificados se había reducido a sólo 1185.
J.M . G ib ou x/W HO
A pesar de que en las últimas décadas se ha registrado una disminución importante del número de defunciones infantiles, todos los años siguen muriendo cerca de 10,6 millones de niños antes de cumplir cinco años. Casi todas esas muertes se producen en países de ingresos bajos y medios. En los últimos años se ha logrado tener una visión general de las causas por las que mueren esos niños, gracias a una iniciativa de colaboración de la OMS, el UNICEF y un grupo de expertos técnicos inde- pendientes, el Grupo de referencia en epide- miología de la salud del niño (CHERG).
La mayoría de las muertes de niños meno- res de cinco años sigue siendo atribuible a una pequeña cantidad de afecciones y se pueden evitar con intervenciones ya disponibles. En concreto, seis afecciones provocan entre el 70% y más del 90% de todas esas muertes. Se trata de las siguientes: infecciones agudas de las vías respiratorias inferiores, principalmente neumonía (19%), diarrea (18%), malaria (8%), sarampión (4%), VIH/SIDA (3%) y afecciones neonatales, sobre todo nacimientos prema- turos, asfixia durante el parto e infecciones (37%).
La malnutrición aumenta el riesgo de morir de esas enfermedades. Más de la mitad de los niños que mueren padecen insufi ciencia pon- deral. La importancia relativa de las diversas causas de defunción ha variado con la disminu- ción de la mortalidad por diarrea y por muchas de las enfermedades prevenibles mediante vacunación. La contribución relativa del VIH/ SIDA a la mortalidad total de los niños meno- res de cinco años, especialmente en el África subsahariana, no ha cesado de aumentar: en 1990, cerca de un 2% de las muertes de niños menores de cinco años en la Región de África eran imputables al VIH/SIDA, mientras que en 2003 esa cifra se situaba ya en un 6,5%.
La presentación resumida de los datos de todas las regiones y países enmascara impor- tantes diferencias en la distribución de las cau- sas de muerte. Cerca de un 90% de todas las defunciones de niños por malaria y VIH/SIDA, más del 50% de las defunciones por sarampión y aproximadamente un 40% de las muertes por neumonía y diarrea tienen lugar en la Región de África. Por otra parte, las muertes por trau- matismos y las enfermedades no transmisibles distintas de las malformaciones congénitas representan entre un 20% y un 30% de las defunciones de menores de cinco años en la Región de las Américas y en las Regiones de Europa y el Pacífi co Occidental.
Recuadro 6.1 ¿De qué mueren hoy los niños?
Infecciones respiratorias agudas 19% Causas neonatales 37% Traumatismos 3% Otras, incluidas enfermedades no transmisibles 10% VIH/SIDA 3% Enfermedades diarreicas (posneonatales) 17% Sarampión 4% Malaria 8% Otras causas neonatales 7% Tétanos neonatal 7% Infecciones graves 26% Asfixia del parto 23% Enfermedades diarreicas 3% Malformaciones congénitas 8% Prematuri- dad 28%
Causas de defunción de los menores de 5 años Causas neonatales de defunción
Causas de defunción de menores de cinco años, 2000–2003
a% del total de defunciones de menores de 5 años
Mundo
Traumatismos Sarampión 100