El siglo del Marqués de Sade
16. LOS AFRODISIACOS, LOS COSMÉTICOS, LOS ABORTIVOS Y LOS ARCANOS
E
N sus obras, Sade consagra una particular atención a los reme-dios sexuales, tomando estas palabras en su más lata acepción. De ahí que los grandes donjuanes extenuados por una vida de abusos carnales hayan buscado en él la manera de procurarse estí- mulos y excitaciones artificiosas. Los afrodisíacos más variados y exóticos para reanimar las fuerzas de esos decrépitos individuos figuran aquí y allá entre sus obras. Hay, desde los líquidos que aplicados sobre las partes genitales provocan automáticamente el deseo, hasta las tisanas “a base de hierbas aromáticas” y de vinos especiales que cumplen igual misión. La azafétida o goma de Arabia se utiliza también con gran frecuencia por los personajes de Sade como “un fluido excitante” y, en un pasaje de “Julieta”, se les apli-
can a las personas que toman parte en la orgía “otros fluidos esti- mulantes que olían a jazmín”, así como opio y “varios remedios que se vendían públicamente en Italia”.
Ya dijimos en otra parte que el burdel de madame Gourdan era una verdadera farmacia de afrodisíacos e hicimos igualmente referencia a las famosas “píldoras a la Richelieu”, cuyo ingrediente principal lo constituía la cantárida. El uso de la cantárida, como estimulante de los apetitos sexuales, es muy antiguo. Discorride hace ya mención de ella en su “Materia Médica” y el poeta romano Lucrecio parece que murió por haber abusado de un afrodisíaco que contenía cantárida en dosis muy concentradas. En la época de Am- brosio Paré —que narra muchas muertes semejantes debidas a la ingestión de cantárida— el uso de esas píldoras estaba ya muy generalizado en Francia aunque fuese, en realidad, Italia la cuna de esa clase de excitantes. La introducción de ellos en las Galias se le achaca con bastantes visos de verosimilitud a Catalina de Médicis. En las cortes de Enrique III y de Carlos IX se hizo un uso excesivo de esa droga y, más tarde, el duque de Richelieu acabó de popularizarla a través de sus aventuras amorosas. La boga que entonces alcanzaron las píldoras bautizadas con su nombre llegó hasta las ínfimas clases populares, acabando de ponerse a la moda bajo el remado de Luis XV. Y justamente en esta época es cuando tiene lugar el sonadísimo “affaire” del marqués dé Sade en Mar- sella, “affaire” en que las famosas “píldoras a la Richelieu” jugaron un fatal papel. Por otra parte, las pastillas secretas y “magnánimas” de madame Du Barry, el “polvo de alegría” y las “pastillas de se- rrallo” —también popularísimas en aquel tiempo— estaban igual- mente compuestas sobre la base de cantaridina.
Hoy se sabe científicamente que las cantáridas constituyen una droga peligrosa que fácilmente puede producir la inflamación de los riñones, de la vesícula y de la uretra. Los deseos sexuales provo- cados por ellas no obedecen más que a la excitación inflamatoria de la mucosa de la uretra y de la vesícula por efectos reflejos y únicamente puede surtir ese efecto en forma momentánea en el intervalo que media entre su ingestión y su expulsión.
Otro de los vicios más usuales de aquel siglo lo constituyó la práctica de los cosméticos, en cuya venta el charlatanismo llegó a su más alto apogeo. Los cosméticos se emplearon con tan escaso dis- cernimiento y en tan prodigiosa cantidad que Casanova tuvo sin duda razón al prohibírselos—él que se preciaba tanto de don Juan—
a la duquesa de Chartres cuando vio que sus efectos estaban desfi- gurando el rostro a esa dama.
Otra de las curiosidades más notables del siglo dieciocho con- sistió en aquello que se denominaban “las falsas virginidades”, tan citadas en los documentos de la época, y que no consistían en otra cosa que en contraer, por medio de poderosos astringentes, los restos del himen perdido por las doncellas en sus aventuras amoro- sas, a fin de hacer pasar a sus dueñas por positivas vírgenes. Pero, a decir verdad, unas prácticas como esas no eran nada nuevo en Francia. Henri de Mondeville, médico que vivió en el siglo XIII y a comienzos del XIV, cuenta ya que en su tiempo se practicaban tales usos y aun apunta alguna de las prescripciones que solían ser frecuentes “para que las mujeres pudiesen simular su virgi- nidad”. Habla allí de “vidrio pulverizado”, de “estopas empapadas en sangre de dragón” y de zumos de “diversas plantas hervidas en agua de lluvia” que, según las ingenuas creencias de la época, te- nían la propiedad de devolver la virginidad a las muchachas o, al menos, de dejarlas tan “reparadas” en sus daños, que podían hacer- se pasar por auténticas doncellas.
Durante el siglo dieciocho, que podría denominarse con justicia “la edad de oro de todos los artificios de la cosmética”, todas aque- llas viejas consejas de la alta Edad Media volvieron a resurgir en Francia y aun se pusieron a la moda otros procedimientos no menos risibles y curiosos. Por lo que respecta al embellecimiento físico, hay que advertir que los hombres se entregaban a él con idéntico entusiasmo y, si cabe, con mayor impudor que las propias corte- sanas. Los afeites, la colocación de lunares en lugares estratégicos, los polvos para el rostro y la cabellera y hasta la depilación corporal eran faenas cotidianas que llevaban tanto tiempo a los elegantes de aquella época como a las mismas mujeres. Y monsieur de Valencey, que fue testigo de la escena, cuenta cómo vio a] duque de Orléans en la “lit” de madame de Montesson tan embadurnado de cremas, de polvos y de cosméticos que habría sido difícil distinguir, a no mirar más que a los rostros, quién de los dos era la verdadera mujer. Las obras del marqués de Sade, ajustándose estrictamente a la realidad, nos ofrecen también cuadros de viveza singular acerca del escalofriante empleo de los abortivos en el siglo dieciocho. Y, en realidad, habría que poner en ese tiempo el origen de la actual
denatalización de Francia. Las estadísticas realizadas por Galliot y que alcanzan hasta el año 1789 constituyen un apropiado material para advertir hasta dónde había llegado la propagación de los abor-
tivos. Sus conclusiones terminan así: “por todas partes se lamenta la denatalización de este país. Se han expedido recientemente mu- chas leyes para proteger a los niños; pero nosotros pediríamos unas protecciones más expresas para los niños a quienes se impide nacer”.
En el siglo dieciocho se conocían, en efecto, todos los medios empleados hoy para impedir la concepción o para provocar el abor- to. Basta leer a este respecto aquel pasaje de “Filosofía en el Boudoir” en que madame de St. Ange, respondiendo a una pregunta de Eugenia, enumera todos los anticonceptivos conocidos hasta la fecha. Los maltusianistas tendrían, en verdad, bien poco que agregar a lo que allí se recomienda. Mas si, por casualidad, aquellos falla- ran, todavía quedaba el procedimiento del aborto, acerca del cual estaba también ampliamente informado el marqués. Desde el uso de la “sabina” hasta el de “la aguja apropiada”, todos son buenos y oportunos con tal que cumplan su misión.
Otro tanto puede decirse de los “arcanos antivenéreos” que inundaron de punta a cabo a la Francia del “dix–huitième”. Porque es de advertir que, aunque la embriaguez por los placeres sexuales llegara a su culminación, no por eso dejaba de temerse en alto grado el contagio del “mal napolitano”. Los charlatanes y vende- dores de remedios hacían aquellos años el agosto vendiendo prodi- giosas panaceas. Ignoramos si llegó a realizarse aquel proyecto que
muchos tuvieron por entonces de fundar una casa non sancta en cuyo
frontis figurara este rótulo: “se da placer a cambio de oro y se garantiza la salud”; pero, en verdad, que se justificaban tales pre- venciones en vista de la extensión terrible de aquel mal.
El temor se agravaba mucho más por el hecho de que, según las creencias de aquel siglo, las enfermedades venéreas se transmi- tían simplemente por dormir en el lecho ocupado antes por otro; y por eso, Casanova nos refiere que él había adoptado por principio no dormir jamás en cama ajena.
La venta de preservativos contra los males venéreos se hacía pública y descaradamente en las tiendecitas del Palais–Royal. Pulu- laban también por allí los charlatanes que, sin el menor pudor, ha- cían la propaganda de sus remedios, ya oralmente, ya recurriendo a los carteles o a los volantes de mano. El más famoso de ellos era un tipo conocido con el nombre de “Doctor Préval”. Sus negocios marchaban por aquellos días viento en popa gracias al crédito que se otorgaba a sus mercancías, y Rétif de la Bretonne cuenta que fue él quien le instruyó en todos los secretos de la prostitución de París,
así como en las “artes amandi” que se practicaban en el Palais- Royal, donde Préval triunfaba con sus potingues.
Préval había comenzado sus estudios en 1746 y parece que se doctoró en 1750. Pero, en lugar de ejercer la medicina, dedicó lar- gos años de su vida a buscar “un remedio infalible contra el mal de Nápoles”, hasta que, al fin, los hados coronaron sus esfuerzos. El remedio “infalible” apareció y, según rezaban sus folletos de propaganda, había curado con él en poco tiempo nada menos que a ocho mil personas. El éxito de la droga de Préval tuvo una tal resonancia que llegó hasta a América y, en la Martinica se hicieron con ella “increíbles curaciones”. Ante esto, Préval fue llamado a la corte, donde se le colmó de elogios y parabienes hasta un punto como no lo habría logrado el descubridor de un nuevo mundo; pero, eso sí, se le exigió que, antes de proceder en las personas de los nobles y palaciegos, hiciese el experimento en sí mismo y en pre- sencia de testigos, a fin de dejar bien probada la eficacia del po- tingue.
Préval consintió en ello y, en 1772, lo increíble sucedió. Des- pués de haber ingerido la milagrosa pócima y en presencia de gran- des señores, nobles y cortesanos, nuestro doctor realizó el acto amoroso con una muchacha infectada hasta las cejas —por lo que se estaba tratando en un hospital de las Hermanitas de la Caridad— y... quedó intacto. Ahora bien; lo que no se cuidaron los corte- sanos de aclarar fue de si el bueno de Préval debió aquella “in- creíble inmunidad” al hecho de que gozara ya de una infección sifilítica anterior que llevaría latente en sus venas.
Parent–Duchatelet asevera que “podría indicar por sus nom- bres y apellidos a todos los nobles que fueron, con él, testigos de la escena memorable”, pero que el alto rango que ocupaban dentro del Estado “le aconsejaba el silencio”. Sin embargo, los nombres de tales testigos de excepción han llegado por otros conductos a nuestro conocimiento y podemos enumerarlos sin lugar a reclama- ciones. Eran, entre otros, el duque de Chartres, el duque de la Marche, el mariscal de Richelieu, el duque de Nivernis, el duque de Deuxponts y algunos otros “gentileshombres”. Por cierto, que el último de los nombrados hizo que algunos lacayos suyos repitieran la experiencia de Préval con rameras sifilíticas y obtuvo en todos los casos el mismo resultado favorable.
En vista de todo ello, el Ayuntamiento de París contrató a Préval para que comenzase el tratamiento de la sífilis en Bicêtre por medio de su “infalible remedio”. Para los experimentos, se le
asignaron seis hombres y cuatro mujeres. Pero, entonces, la Facultad de Medicina de París tomó el asunto en sus manos y, en una asam- blea memorable celebrada el 8 de agosto de 1772, Préval fue tachado de la lista de doctores por 154 votos contra 6. Despechado, inició entonces Préval una reclamación contra la referida Facultad e in- cluso llevó sus quejas contra ella hasta el mismo hemiciclo del par- lamento, obteniendo la anulación del acuerdo de la Facultad. Pero, en 1777, volvió aquélla sobre su dictamen anterior y Préval fue definitivamente expulsado de la docta corporación y condenado a una multa de tres mil francos.
Aun cuando haya motivos para acatar el juicio de la Facultad de Medicina de París en este sonadísimo litigio, es conveniente advertir que los argumentos en que fundamentó su acusación con- tra Préval son ciertamente discutibles, como puede comprobarse por el siguiente pasaje: “habría que examinar desde el punto de vista de la moral —se leía allí— hasta dónde sería lícito un invento cuyo único objeto consistiría en añadir, al regusto por el refocilo sexual, el de la impunidad. Sabemos o, por lo menos, creemos que un invento semejante produciría un terrible relajamiento moral, del que serían las primeras víctimas el pueblo y el orden social y aun podríamos añadir que la pureza de las costumbres”.
Aquellos sesudos varones de la Facultad de Medicina inter- pretaban, según se ve, el contagio venéreo como el mejor freno para reprimir las naturales apetencias amorosas.
Pero Girtanner, un publicista de mucho más avanzado criterio, se rebeló contra semejante proposición de los doctores parisienses y la fustigó de esta manera: “El inventor de un remedio semejante —en ese caso Préval— no merece ni el desprecio ni el castigo, sino, muy por el contrario, se haría merecedor de la gratitud de todo el género humano, ya que, por él, el mal venéreo desaparecería en poco tiempo de la faz de la tierra. ¿Y qué filántropo no desearía con toda su alma que se realizara una tal revolución?”
El preservativo más usual contra las enfermedades venéreas en el siglo lo constituían las llamadas “Levitas de Inglaterra”, de las cuales se guardaban verdaderos arsenales en todos los lupanares y sitios alegres de París. Cuando, al llegar a Marsella, Casanova entró, como de costumbre, en un burdel para descansar de sus fati- gas de viaje y manifestó a su amiguita de turno sus temores de que le tocara algo, la muchacha se apresuró a ofrecerle una “levita de Inglaterra” que “puso tranquilidades en su alma”. Pero hubo de rechazarla porque, según propia confesión, “era de calidad muy
ordinaria”. Entonces, la complaciente amiguita le mostró un bien surtido stock de otras más finas que se vendían a tres francos la pieza, y Casanova se apresuró a comprarle una docena “con el fin de ensayarlas, según cuenta, con una sirvientita de quince años”.
La “levita de Inglaterra” había sido inventada bajo el reinado de Carlos II, por el doctor Conton, cierto médico de Londres, cuyo apellido exacto no se ha hecho popular en todo el mundo debido a la equivocación de una letra que se cometió al transcribirlo; pero la materia prima que por entonces se utilizaba en su confección difería bastante de la actualmente empleada. Baste saber que en la época del doctor Conton, se fabricaban de intestinos ciegos de cor- deros, luego de ser sometidos a determinadas manipulaciones que J. K. Proksch describe cumplidamente en su formidable libro “Les mesures prophylactiques contre les maladies vénériennes”.