DE CONSPIRADOR
“La pregunta no es cómo me zafo yo heroicamente del asunto,
sino como habrá de vivir la siguiente generación”
Durante una estancia de varias semanas en los Estados Unidos, Bonhoeffer se vio obligado una vez más a pre- guntarse si acaso no habría llegado ya el momento de huir, emigrar y abandonar el frente patrio, del que todo indicaba que estaba irremisiblemente perdido. Sus amigos estadounidenses le aconsejaron sin excepción que se que- dara allí, señalándole que en casa se había expuesto ya demasiado en su oposición al régimen. Pero, ¿no era jus- tamente en esa situación cuando más necesitada estaba Alemania de personas decentes? Corría el mes de junio de 1939 y los signos de los tiempos anunciaban guerra.
Bonhoeffer se enfrentaba a un complicado dilema de conciencia: 1939 era el año en que tendría lugar el llama- miento a filas de su quinta (1906), y en conciencia él con- sideraba imposible tomar parte en una guerra “en las ac- tuales circunstancias”. La Iglesia Confesante, sin embargo, no había tomado todavía una postura definida sobre la ne- gativa a prestar el servicio militar, y él conocía a muy pocas personas que compartieran su punto de vista. “Acarrearía graves perjuicios a mis hermanos –explicaba Bonhoeffer por carta a su amigo, el obispo George Bell de Chichester–
si ofreciera resistencia en este punto, que el régimen con- sideraría como un ejemplo típico de la animosidad de nuestra Iglesia hacia el Estado”. Para la Iglesia Confesan- te, el que uno de sus exponentes más destacados se hubie- ra negado a realizar el servicio militar habría tenido de hecho, en un momento en que todo el país estaba ebrio de entusiasmo patriótico, muy malas consecuencias.
“Ni se me pasaba por la cabeza –anotó Bonhoeffer en su diario– que a mi edad y después de haber pasado tan- tos años en el extranjero pudiera uno sentir tanta nostal- gia del hogar (…) Esta inactividad o esta actividad en un puesto cualquiera nos resulta lisa y llanamente imposible de soportar al pensar en los hermanos y lo precioso del tiempo. Se cubre uno a sí mismo de todos los reproches que se le ocurren por haber tomado una decisión equivo- cada, y casi se ahoga uno”.
Bonhoeffer abandonó su seguro refugio en el Union
Theological Seminary de Nueva York y volvió a
Alemania. Los motivos de su marcha se los explicó al pro- fesor de teología del seminario Reinhold Niebuhr, el cual habría estado encantado de buscarle un puesto allí: “No tendré ningún derecho a participar en el restablecimiento de la vida cristiana en Alemania después de la guerra, si no comparto ahora las pruebas de esta época con mi pue- blo. (…) Los cristianos de Alemania estamos enfrentados a la terrible alternativa de o consentir la derrota de nues- tra nación, para que la civilización cristiana pueda seguir viviendo, o consentir su victoria y, con ella, la destrucción de nuestra civilización. Sé por cuál de estas dos alternati- vas tengo que decidirme, pero no podré tomar esa deci- sión mientras me encuentro en un lugar seguro”.
Tras regresar y volver a ponerse en el punto de mira de las autoridades nazis, Bonhoeffer fue nombrado visita-
dor de la Iglesia Confesante en las parroquias de Prusia Oriental. Tras una redada de la Gestapo –a Bonhoeffer se le había descubierto con alumnos en una clase sobre la Biblia que no tenía permiso para celebrarse–, volvió a prohibírsele que hablara o escribiera por haber sido des- cubierto participando en “actividades subversivas contra la nación”.
el camino hacia la clandestinidad
Bonhoeffer tenía ahora treinta y cuatro años y para estas fechas ya no estaba dispuesto de todos modos a dar- se por satisfecho nada más que con escritos y discursos. Tras el éxito de la guerra relámpago en las campañas de Polonia y Francia, la posición de Hitler parecía inexpug- nable. En la Wehrmacht, la oposición inicial había perdi- do fuerza; y la entrada triunfal de las tropas alemanas en París había reducido ad absurdum los planes revoluciona- rios del grupo reunido en torno a Oster, Dohnanyi y el abogado muniqués Josef Müller (el cual mantenía contac- tos con los británicos a través del Vaticano, fue recluido en 1943 en un campo de concentración y participó más tarde en la fundación de la CSU). Bonhoeffer estaba al corriente de dichos planes.
Del clima que se respiraba por entonces ha dejado constancia por escrito su amigo íntimo Eberhard Bethge: el 17 de junio de 1940 Bonhoeffer había estado hablando en Memel en una conferencia de pastores, y los dos ami- gos estaban sentados en ese momento en la terraza de un café, en la punta de la lengua de tierra que se extiende frente a la ciudad. “Habíamos pasado en el transborda- dor por delante de dragaminas y buques nodriza para submarinos. El día anterior Stalin había dirigido un ulti-
mátum a los países bálticos, pero la atención del mundo estaba pendiente de las victorias de Hitler en Francia”.
“Mientras estábamos disfrutando de los rayos del sol –prosigue diciendo Bethge–, los altavoces del local deja- ron oír de pronto la fanfarria que precedía a los anuncios especiales. Francia ha capitulado, fue la noticia. Las per- sonas que estaban sentadas en las mesas de alrededor ape- nas supieron contenerse; todas se pusieron en pie, algu- nas, incluso, subiéndose a las sillas. Con el brazo extendi- do la gente cantaba Deutschland, Deutschland über alles y Die Fahne hoch1. También nosotros nos habíamos le-
vantado de nuestro asiento. Bonhoeffer alzó el brazo, haciendo el reglamentario saludo hitleriano, mientras yo me quedaba de pie a su lado como paralizado. «¡Levanta el brazo ahora mismo! ¿Es que te has vuelto loco?» –me dijo con un susurro de voz–. Y añadió: «Pronto tendre- mos que arriesgar la vida por muchas cosas, ¡pero no será por este saludo!»”.
De una parte, los primeros años de guerra supusieron un plazo de gracia para las Iglesias. Todas las fuerzas se necesitaban para el frente y no podían permitirse más enfrentamientos internos. (En el cuartel general del Führer, sin embargo, Hitler anunciaba sin disimulos a sus fieles que, cuando la guerra hubiese terminado, él mismo se encargaría personalmente de acabar con el “problema eclesiástico”, haciendo de ésta la última misión de su vida: “El peor de nuestros cánceres lo representan nuestros pas- tores de las dos confesiones. Ahora no puedo ocuparme de responderles como se merecen, pero mi agenda los tie- ne muy presentes. El día llegará en que ajuste cuentas con
“tendríamos que haber gritado”
1. El himno alemán (“Alemania, Alemania sobre todas las cosas”) y el himno de la SA (“La bandera en alto”), respectivamente. (N. del T.)
ellos sin más dilaciones”. También se ha conservado un número suficiente de documentos internos del partido, en los que se reflexiona igual de abiertamente sobre la liqui- dación del cristianismo tras la esperada “victoria final”).
Por su parte, las autoridades eclesiásticas oficiales se dejaron arrastrar con sumo gusto por la ola general de entusiasmo. El día de acción de gracias por la cosecha –Polonia acababa de rendirse–, el Consejo espiritual de
confianza, en el que estaban representados los sectores
moderados del protestantismo, hizo que se leyera desde los púlpitos una declaración, en la que se decía que aquel año Dios había bendecido a “nuestra nación alemana con una cosecha distinta y no menos abundante”. Los “her- manos y hermanas de Polonia” habían sido “salvados” por fin “de su miseria”. Y a la gracia de Dios tenía que agradecerse “el retorno a la patria de un suelo que era ale- mán desde hacía siglos” (…) Te alabamos en las alturas, Señor de las batallas, y te suplicamos que sigas estando de nuestro lado”.
Obispos y pastores enviaron telegramas de felicitación al “más grande estratega de todos los tiempos”, y lla- mando a orar por la victoria sobre el bolchevismo ateo cerraron los ojos cuando los cuadros inferiores del parti- do volvieron a recaer en sus brutales prácticas de perse- cución del cristianismo.
En efecto, tras la armónica fachada –y ésta es la otra cara de aquellos años– se desataba el terror, y las estrate- gias de la uniformización y el exterminio alcanzaban una cada vez mayor perfección. Los judíos eran deportados en masa a los guetos y los campos de aniquilación. Sólo en el curso de la campaña polaca cayeron en manos de los nazis, de acuerdo con cálculos dignos de crédito de Christine- Ruth Müller, unos dos millones de judíos. Al principio,
ciertamente, todavía siguió discutiéndose la posibilidad de decretarse su expulsión forzosa a Madagascar o Rusia. Pero al cabo de un tiempo, como muy tarde al compro- barse que la guerra contra los rusos iba a ser más larga de lo previsto, los jerarcas nazis consideraron que la única solución aceptable pasaba por el exterminio físico de la “raza” judía. Por lo demás, durante la invasión de Polonia Hitler dio ya la orden de que se ajusticiara en el acto a los “insurrectos” judíos, sin derecho a juicio, con lo cual, además de violar el derecho internacional, provocó, por última vez, una protesta decidida por parte de la jefatura de la Wehrmacht.
En 1941 Bonhoeffer tropezaba en las calles de Berlín con figuras que se deslizaban escabulléndose asustadas y en cuyos abrigos y vestidos brillaba de modo bien visible una estrella amarilla: personas a las que se había marca- do a fuego como parias, identificándolas como presas. Una buena amiga de la familia, judía, de 68 años de edad, recibió un certificado de desahucio y la orden de presen- tarse en una dirección para ser deportada a Theresienstadt. Sólo se permitía un mínimo de equipaje, y los Bonhoeffer pasaron unas horas febriles con ella decidiendo qué cosas de entre sus pertenencias podían considerarse superfluas y dejarse atrás. Más no podía hacer la familia. Pero su casa se fue convirtiendo cada vez más en un nido de la resis- tencia, en el que se hizo usual hablar en voz baja de polí- tica y comprobar, antes de hacerlo, si había alguien del servicio espiando junto a la puerta.
Era ya tiempo de “parar la rueda bloqueando sus radios”, como había bautizado Dietrich ya en 1933, en su tantas veces citado ensayo, a la última posibilidad y necesidad. Y Dietrich Bonhoeffer, la viva imagen del eru- dito de sobrio entendimiento, intelectual, espiritualmen-
te refinado, leidísimo, un hombre civilizado de cuño pru- siano –ese ejemplar poco menos que clásico del teólogo alemán– empezó a aprender el difícil oficio de conspira- dor político.
heraldo de la “otra Alemania”
Por mediación de su cuñado, Hans von Dohnanyi, que para entonces ya estaba trabajando en el Alto Mando de la Wehrmacht, Bonhoeffer trabó contacto –como ya sabe- mos– con el movimiento de resistencia que se agrupaba en torno al jefe de la Abwehr, el almirante Wilhelm Canaris. Al amparo de las libertades de que, como es lógico, dis- frutaba un servicio secreto militar y una central de con- traespionaje, la Abwehr era el mejor lugar que podían todavía encontrar los opositores al régimen para reunirse y trabajar por sus objetivos protegidos por una estricta confidencialidad. Aquí se estaba más que dispuesto a sacar partido a los frecuentes viajes de Bonhoeffer al extranjero y a sus buenos contactos ecuménicos en el mar- co europeo. Al pastor, que ahora trabajaba sobre todo como consultor teológico para la Iglesia Confesante, se le ofreció un empleo complementario en la Abwehr en cali- dad de adscrito a su personal civil (por lo que, para gran- dísimo alivio por su parte, Bonhoeffer fue también eximi- do del servicio militar).
Oficialmente, Bonhoeffer tenía que reunir información para el servicio secreto alemán durante sus viajes al extranjero. Sin embargo, la verdadera finalidad de estos viajes era que Bonhoeffer pusiera al corriente a sus ami- gos en el extranjero de las actividades de la resistencia y regresara con los mensajes que éstos tuvieran que comu- nicarle. Se trataba de planificar el futuro de Alemania en
caso de que el golpe tuviera éxito y de averiguar cuáles eran los objetivos que los aliados vincularían con un cam- bio de este tipo. Un gobierno alemán antifascista, ¿tendría también que sujetarse a la Carta Atlántica suscrita por Churchill y Roosevelt en agosto de 1941, en la que se declaraba que toda negociación de paz tendría como con- dición inexcusable el completo desarme de Alemania? ¿Se arriesgaba con ello un nuevo “Versalles”? ¿Estaba real- mente interesado el enemigo en apoyar a los grupos de la resistencia en Alemania? ¿Cuál sería el papel desempeña- do por la Unión Soviética en el nuevo orden europeo? Por otro lado, ¿cómo era de flexible la resistencia alemana? ¿En qué circunstancias estaría dispuesta la oposición mili- tar a renunciar a su exigencia de que se restablecieran las fronteras alemanas de 1914? ¿Qué pasaría con aquellos que sólo eran rebeldes “a medias” y que únicamente que- rían concertar la paz con los aliados occidentales para poder de este modo derrotar a Rusia?
“En cuanto a Bonhoeffer, lo que él buscaba era im- pulsar la puesta en marcha en ambos bandos de pro- cesos que condujeran a la caída de Hitler”, afirma Martin Heimbucher, resumiendo en una sola frase el contenido de las actividades diplomáticas a las que Bonhoeffer se entregó con una tenacidad sorprendente. “Bonhoeffer lla- mó la atención sobre la existencia de un grupo antiguber- namental preparado para actuar en cualquier momento, con el fin de que la propaganda inglesa se abstuviera por su parte de actividades que pudieran poner en peligro la conjura. En contrapartida, esperaba que se intensificara la negociación por parte de los aliados de unas condiciones de paz aceptables, que infundieran al generalato alemán los ánimos necesarios para dar un golpe. Este tipo de pro- cesos sólo se pondrían en marcha contándose en uno y
otro bando con un mínimo de confianza mutua. La ape- lación de Bonhoeffer a «principios» comunes a Occidente era un intento por contribuir a edificar la base de una tal confianza”.
En Genf, donde el todavía no constituido Consejo ecu-
ménico de las Iglesias se hallaba aún en vías de formación,
el inagotable mensajero mantuvo entre 1940 y 1943 intensas conversaciones en repetidas ocasiones. El secreta- rio general de esta creación, sumamente activa, aunque oficialmente inexistente hasta 1948, el teólogo reformado holandés Willem Visser’t Hooft, fue una de las personas que más se esforzó en poner en contacto a representantes eclesiásticos de los países occidentales en guerra con Hitler con sus homólogos alemanes de la resistencia. En su patria, estos eclesiásticos tenían la misión de informar a políticos y militares con capacidad de decisión de la existencia de la “otra Alemania” y abogar por unas con- diciones de alto el fuego aceptables.
Visser ´t Hooft y Bonhoeffer intercambiaron regular- mente información sobre la persecución de los judíos, que no dejaba de intensificarse. El Consejo Mundial de las Iglesias había constituido un activo servicio para refugia- dos que operaba también en el campo de concentración de Gurs, en el sur de Francia; entre los más de seis mil judíos oriundos de Baden y el Palatinado que habían sido deportados allí, se encontraban también unos cuantos amigos íntimos de Bonhoeffer. Muchos años después de la guerra, en 1961, durante el proceso a Eichmann en Jerusalén, se hicieron por fin públicas las tortuosas vías por las que los contactos de Oster y Dohnanyi se las habían arreglado durante aquellos años para conseguir que entrasen en el campo dinero y medicamentos.
la operación “U 7”
Entre los planes para la “otra Alemania” que seguiría a la caída de Hitler, Bonhoeffer incluyó sus ideas sobre una reordenación de la dirección eclesiástica –imposible de no existir “un completo acuerdo con los órganos de la Iglesia Confesante”–. A su juicio, era absolutamente nece- sario impedir bajo cualquier circunstancia “que los círcu- los reaccionarios de los antiguos superintendentes genera- les y de la burocracia de las autoridades eclesiásticas vol- vieran a hacerse con el poder (…) Una solución que real- mente edifique las relaciones entre Iglesia y Estado sobre una nueva base, tiene que recurrir a la generación joven de pastores y seglares puesta a prueba en la Kirchen-
kampf”.
Con miras al día “X” Bonhoeffer preparó un anuncio que se leería desde el púlpito. En sus páginas, Dios llama- ba a sus “infieles y vejados siervos” a que se convirtieran, y “en medio de una cristiandad más profundamente peca- dora que nunca” se cursaba una vez más una invitación a vivir una vida renovada en la obediencia a los manda- mientos de Dios. Las experiencias de Bonhoeffer con la “casa de los hermanos” se reflejaban en su exigencia de que se redescubriese la confesión personal (“una culpa opresiva de muchos años ha endurecido y embotado nues- tros corazones”), se abriesen las iglesias para que se pudiera rezar en ellas en solitario, se hiciesen tocar las campanas para la oración de la mañana y de la noche, y se ofreciesen a pastores y oficiales nuevas posibilidades para asesorar y entrevistarse con los fieles en un clima de fraternidad.
Pero, al parecer, Bonhoeffer también contribuyó a los modelos más bien “políticos” del grupo reunido en torno
a Dohnanyi, el jefe del Estado Mayor Ludwig Beck y Carl Goerdeler (hasta 1937 alcalde mayor de Leipzig), los cua- les querían reemplazar el Estado hitleriano con una monar- quía constitucional (a ser posible bajo los Hohenzollern). Lo que más le importaba a Bonhoeffer era que se acaba- ra de una vez por todas con la situación de inseguridad jurídica y arbitrariedad policial, y que se promoviera una prensa libre que estuviera “al servicio de la verdad”.
En el otoño de 1941 dieron comienzo en Berlín las deportaciones de judíos a gran escala. Bonhoeffer registró minuciosamente en una lista los abusos y envió los docu- mentos a militares contrarios al régimen, con el fin de animarlos a dar un golpe de Estado. También ayudó a Canaris –cuya sección de la Abwehr había puesto ya a buen recaudo en España a judíos holandeses– a trasladar a la Suiza neutral a un segundo grupo de perseguidos. La operación “U 7”, como se bautizaría a la iniciativa (por ser siete los refugiados implicados al principio en ella, aun- que luego su número se elevaría a catorce), fue una empre- sa digna de figurar en un relato de aventuras, que se llevó a cabo varios meses después de la entrada en vigor de una ley que proscribía estrictamente la emigración y se prepa- ró como si se tratase de una operación militar.
Una refinada artimaña de los conspiradores consiguió engañar al mismísimo Reichsführer SS Heinrich Himmler. Durante una cena de gala, se le expuso la idea de enviar al extranjero a un grupo de espías cuyos pasaportes incluye-