Aunque en las aguafuertes africanas aparecen elementos y características que luego se continúan y retoman en los relatos que Arlt escribe a la vuelta del viaje, sin embargo también se inscriben algunas diferencias en las formas de la representación; efectivamente, del mismo modo que en las notas sobre España, en estos textos se constata la presencia del cronista testigo y veraz y la preocupación social,170 el interés
por representar, en palabras de Arlt, el mundo del trabajo, “lo que hay de humano” en [el] lugar, “lo triste” y “el sufrir de las gentes”.171 De esta manera, las aguafuertes
africanas mantienen ciertas preocupaciones previas y despliegan mayores concesiones a la imagen que el público —masivo de El Mundo— se había formado del escritor. Esta situación hace de la cuentística la zona por la que ingresan más claramente en los textos de Arlt nuevos rasgos que remiten al proyecto creador que empieza a definirse en los años treinta.
Por una parte, hay una diferencia fundamental; los textos de El criador de gorilas presentan ficciones que surgen en Oriente y donde ese espacio exótico es el ámbito generador de las historias. En muchos casos, no hay excesivas concesiones al lector, ―en el sentido de acercar y/o traducir lo que está siendo representado a los modos culturales y saberes del posible receptor, que era el que leía las revistas El Hogar y Mundo Argentino, donde los cuentos se publicaron por primera vez―. Asimismo, se ponen en escena esfuerzos formales para dar la apariencia de una ausencia de mediaciones, para que, digamos, África se narre a sí misma. Este procedimiento, además de reforzar lo exótico, desvincula los textos del presente y los sitúa, como se refirió, en un espacio y tiempos legendarios, al modo de los relatos de Las mil y una noches. Por el contrario, en las aguafuertes la voz del cronista opera como traductor y mediador; es la voz que explica lo exótico y lo ubica en los parámetros culturales e imaginarios de sus lectores. De allí que lo extraño, a través de comparaciones, vocabulario e imágenes, se familiariza a un esquema cultural apropiado a su destinatario, el lector de las aguafuertes porteñas. La cualidad de lo exótico se reduce: en las aguafuertes africanas —a diferencia de la ilegilibidad de algunos relatos— no existen vocablos árabes o referencias a lugares que dejen de ser comentadas o traducidas —“el Zoco Grande, mercado de los campesinos de las Kabilas que viven en
170
Aspectos analizados a propósito de las aguafuertes españolas, como se citó con anterioridad por Sylvia Saítta.
171
las montañas de Tánger”—172 y aparecen permanentes referencias y términos que
vinculan ese paisaje con las expresiones nativas —“chilaba de chocolate, esa vestidura parecida al hábito de un monje, que llega hasta los pies”— .173
Por otra parte, también en otros sentidos una serie de artículos introducen diferentes representaciones de ese espacio oriental. En una aguafuerte titulada “El trabajo de los niños y las mujeres”, el cronista refiere los “sentimientos contradictorios” que le suscita África: lugar que “...por momentos nos seduce con su color y en otros emana de su carnaza una bestialidad tan repulsiva que aterroriza”.174 Cabe destacar que,
más adelante, el sujeto de la enunciación se centra justamente en esa faceta de bestialidad negativa que no aparece representada en las ficciones —pues allí, lo primitivo está asociado siempre a connotaciones positivas, a la libertad, al misterio, a lo fantástico— y describe el “régimen espantoso de trabajo” de los niños y las campesinas. Este hecho, que aleja a las aguafuertes de lo que predominaba en los relatos, expresa además la posición evaluativa que ejerce un periodista occidental desde un conjunto de valores, normas, comunes en Occidente y que ese narrador-periodista comparte con el destinatario.175
Pero además de la preocupación por el trabajo en exceso y la crítica de sus condiciones sociales extremas, en dos aguafuertes, “Casamiento morisco” y “Noviazgo moro en Marruecos en el año 1935”, el coleccionista de impresiones para El Mundo, hace intervenir nuevas imágenes de la mujer que se suman a la anterior de “bestia” para el trabajo. Con asombro y distancia el primer artículo registra la marcha de una procesión de bodas que, con un “doloroso quejido de trompetas” y un “tambor que truena siniestramente” se transmuta en cortejo fúnebre o “sacrificio” para la novia marroquí que pasa así, “encerrada” en esa jaula. Presenta entonces una versión de la mujer radicalmente diferente de la femme fatale que figuraba en las narraciones: aquí es, en palabras de Arlt “prisionera” y “mártir”.176
172
Arlt, Roberto. “Tánger”, en Aguafuertes españolas, Op. Cit., p. 83
173
Arlt, Roberto. “Tánger”, Op. Cit., p. 87
174
Arlt, Roberto. “El trabajo de los niños y las mujeres”, en Aguafuertes españolas, Op. Cit., p. 99.
175
En este sentido, es importante considerar el paso o la diferencia entre la ficción y el testimonio periodístico-etnográfico del viajero-corresponsal enviado por un diario. Pues en un caso se combina el encargo y la restricción genérica abocada a la tarea de referir lo que ve al viajar, y en el otro, la autonomía del autor y de la ficción.
176
Axel Gasquet en su estudio sobre el orientalismo literario argentino, que incluye a Arlt se detiene en la crítica social del escritor en relación a este espacio. Véase: Gasquet, Axel. “La
Interesan las anteriores calificaciones e intervenciones por dos motivos. En primer lugar, porque esta visión del cronista sobre África —que contradice en las mismas aguafuertes a la que en otros lugares prevalece—177 liga estos textos con los
anteriores del escritor y se convierte en un espacio de concesiones donde, además, parece haber una búsqueda de adecuación a la imagen que Arlt se había formado entre los lectores. En los artículos se inscribe cierta preocupación por adecuarse a los parámetros de sus otras obras; en síntesis, por ser reconocido como Arlt. En segundo lugar, esas calificaciones son marcas que permitan leer mejor los relatos, en tanto que índices de las operaciones de representación, de la búsqueda estética y del saber literario que está en juego en las ficciones. Mientras en los cuentos aparecen mujeres fatales, aquí esclavas, mártires y prisioneras. Mientras que por un lado se privilegia lo exótico y lo pintoresco y la descripción es esteticista, irresponsable, por el otro hay un enunciador orientado por una preocupación sociológica y moral, y escindido en su carácter de viajero pintoresquista. Entonces es posible entender la ficción como la zona de la experimentación estética más clara en el Arlt de los treinta.
De esta manera, la visión contradictoria de los espacios obedece a dos propósitos que coexisten en las aguafuertes del viaje. Por un lado, la responsabilidad de un rol social y el compromiso como cronista “testigo”. Por otro, el interés literario, territorio por el que la literatura de Arlt puede salir de sus reglas precedentes sin borrar por completo su imagen. Sin las marcas del aguafuertista, como resultado, el escenario que se dibuja en los relatos resulta libresco, ideal, extraordinario, saturado de elementos que indican un nuevo proyecto estético.