El arte de dar sabor a los placeres es el de ser avaro de ellos.
JEAN-JACQUES ROUSSEAU
La prescripción del síntoma, estratagema terapéutica utilizada a menudo en los casos de disfunción provocada (o mantenida) por la paradoja del «sé espontáneo» (querer de forma espontánea aquello que nunca es espontáneo, por definición), se utiliza, como es fácil de prever, en el tratamiento de la anorgasmia, la imposibilidad de experimentar el orgasmo.
Hay que decir que quizás ningún otro tema como el del orgasmo femenino es tan sensible a la moda y a los «rumores». Las estadísticas aseguran que una parte no desdeñable de la población femenina sufre o ha sufrido anorgasmia en un cierto periodo. Fisiológicamente, el orgasmo
femenino no es indispensable para los fines de la procreación, aunque los antropólogos culturales subrayan que ha llegado a ser probablemente importante una vez que la especie humana conquistó la posición erecta, porque el relajamiento que ello produce impide a la mujer levantarse enseguida tras la cópula, e impide así que el semen fluya por los genitales femeninos. La reacción del orgasmo femenino es importante también desde el punto de vista emocional y permite mantener unida a la pareja (una condición indispensable en la especie humana, en la cual la hembra ha de aficionarse a estar implicada emocionalmente con el macho porque el embarazo la hace muy vulnerable a los peligros).
En algunas poblaciones está vigente aún la bárbara costumbre de practicar mutilaciones en los genitales femeninos para asegurar que el acto sexual no se viva placenteramente, lo que ha de garantizar, según una lógica distorsionada, una mayor fidelidad de la mujer a su pareja.
En los últimos años se ha asistido al desarrollo de una mística sobre el orgasmo femenino, que ha llevado a la creación de numerosas expectativas, posteriormente defraudadas; se han multiplicado los manuales y los cursos para experimentar orgasmos seguros, intensos y prolongados (hasta bastantes horas, prometen increíblemente algunos de estos cursos), a través del aprendizaje de técnicas improbables y al conocimiento de elementos anatómicos desconocidos incluso por los ginecólogos.
En realidad, parece que los tejidos de los genitales femeninos no están adaptados para poder experimentar el orgasmo hasta que no alcanzan un nivel de madurez que más bien avanza con la edad, lo que constituye una primera dificultad cuando la óptica es la de «alcanzar el orgasmo cueste lo que cueste», so pena de que la relación sexual no sea satisfactoria.
Otro obstáculo a la realización de la meta de conseguir de forma infalible el orgasmo en cada relación sexual deriva de la particular modalidad femenina de experimentar la realidad, que incluye la exigencia de que la sexualidad, para ser vivida plenamente, ha de estar acompañada por una adecuada implicación «sentimental» (cosa que los hombres, por lo que parece, continúan sin entender): no hace falta subrayar lo que esta condición contribuye a limitar el número de ocasiones en las cuales el orgasmo es posible.
Es verosímil también que el acto sexual en sí mismo, por su naturaleza, es potencialmente vivido por parte de la mujer como una invasión, y que esto eleva la cuota de ansiedad en muchas relaciones sexuales; la contracción muscular refleja, que es uno de los síntomas más típicos de la ansiedad, impide o interfiere con el orgasmo, constituyendo un ulterior elemento de obstaculización.
Sin embargo, la expectativa frustrada predispone, sobre todo, a que se instaure una condición de «profecía que se autorrealiza» y una sucesión de ilusiones y desilusiones que a menudo abren el camino a verdaderos estados patológicos.
El caso seleccionado para ilustrar un desbloqueo del problema «anorgasmia» es el de una señora de cuarenta años que, al hablar con sus amigas, «descubre» de improviso que nunca ha tenido un orgasmo.
Como guión, puesto que el deseo está destinado fatalmente a aumentar cuando su objeto se frustra (como diría Tasso, «es destino de los humanos que aquello que más se prohíbe, más se desea»), la paciente empieza a pensar cada vez más a menudo en todo lo que hasta aquel momento se ha perdido; comienza también a imaginar cómo podría ser el orgasmo y, para hacer esto, es decir para suministrar material a sus propias fantasías, utiliza lo que tiene a disposición, como las imágenes que le proponen los medios de comunicación: en las películas, las escenas de amor son siempre tórridas, aderezadas con suspiros, exclamaciones, gemidos, gritos, que parecen hacer cada vez más profundo el abismo que separa a «las demás» de ella. Al mismo tiempo, se esfuerza en sentir lo que —cree— que nunca ha sentido, pero cuanto más se esfuerza en este intento, más evidente le parece su fracaso. Compra libros que prometen enseñar técnicas para
alcanzar el orgasmo y le pide a su marido que se esfuerce activamente en una especie de gimnasia sexual que deja a la pareja cada vez más insatisfecha a medida que se medicaliza y se tecnifica el acto sexual, que acaba resultando para la mujer una triste cita con su propia falta de plenitud, y para el hombre con su propia inadecuación. Enseguida, como bastante a menudo ocurre en estos casos, surgen reivindicaciones y resentimientos.
Cuando la pareja se dirige a terapia, se encuentra en la fase que normalmente precede a la visita del abogado especialista en divorcios. La terapia misma, más bien, se considera como el último intento antes de la separación.
Aconsejamos que interrumpan al menos durante unas dos semanas cualquier actividad sexual, puesto que, afirmamos, los intentos realizados hasta ahora, aunque comprensibles y llevados a cabo de forma sincera y determinada, han contribuido a mantener el problema en vez de resolverlo. Pasados estos días, la pareja tendrá que ponerse a prueba en un nuevo «ejercicio»: de la manera lo más sencilla posible, los dos tendrán que hacer el amor como siempre, pero la mujer tendrá que estar atenta en no experimentar absolutamente la más mínima sensación, desde el comienzo de la relación, mejor aún, desde los prolegómenos. Al marido se le aconseja que predisponga una atmósfera romántica, con una cena en un restaurante y flores, «para hacer aún más evidente la desproporción entre su buena voluntad y la gravedad del problema»; todo esto, se añade, sirve únicamente como punto de referencia para el terapeuta, como ayuda diagnóstica para comprender la gravedad de la anorgasmia de la paciente.
La segunda sesión nunca se llegó a efectuar: la pareja se dejó ver tras algunos meses, excusándose por haber interrumpido el tratamiento por un problema que, explicaban, había desaparecido «misteriosamente »; en efecto, después de las dos semanas de abstinencia, la primera relación sexual se realizó según la prescripción de no experimentar nada y esto bastó para interrumpir la solución intentada de querer a toda costa experimentar algo nuevo; en consecuencia, la mujer experimentó el primer arrebatador orgasmo de su vida. Tras algunas tentativas, algunas alcanzadas felizmente y otras no tanto, ambos descubrieron que se habían reconciliado; la visión de las cosas volvía a ser serena, y los dos habían abandonado con una sonrisa la decisión de interrumpir su vínculo.
También en este caso, la prescripción del comportamiento sintomático, que anuló todos los intentos llevados a cabo por la paciente para resolver el problema, llevó al abandono de un esquema de comportamiento rígido y estereotipado, y produjo, por lo tanto, el rápido desbloqueo de la situación, acompañado del desplazamiento de la atención hacia los aspectos no puramente sexuales sino románticos de la relación («surcar el mar sin que el cielo lo sepa»).
Otro elemento típico del modelo Breve Evolucionado de Terapia Estratégica, puesto de manifiesto en este caso, es la utilización de la estratagema como modalidad para anular la resistencia al cambio: al dar la prescripción se construyó la ilusoria realidad de que ésta tenía como objetivo únicamente proporcionar un posterior elemento de encuadre diagnóstico (se prescribió al marido que hiciera la velada y las fases siguientes lo más románticas posible «para hacer comprender la gravedad de la incapacidad en experimentar el orgasmo»); esta maniobra de despiste desvía la atención sobre el hecho de que la prescripción no es terapéutica y, por tanto, no es «peligrosa». Esto asegura una respuesta aún más rápida al contenido real de la prescripción misma, que es precisamente la anulación de las soluciones intentadas disfuncionales.
También en el próximo caso el desbloqueo se obtiene gracias al empleo de la estratagema.