En la muerte y resurrección del Hijo eterno, venido a nosotros, es donde se revelan densamente las «transgresiones» de Dios, que nos ayudan a nosotros, los que habitamos en el tiempo, a «transgredir» la muerte. La salida de Dios de sí, el exitus a Deo del Hijo
venido en la carne, a través del «gran viaje» hacia Jerusalén, la ciudad donde mueren los profetas (cf. Lc 9,51 y 13,33), culmina en el acontecimiento de su muerte, que, por eso, es inseparable de la totalidad de su existencia y de su relación con el Misterio absoluto. Iluminada por lo que le precede, la muerte de la cruz se revela en su profundidad abisal por la otra «transgresión» divina, la resurrección, que es el reditus ad Deum del Hijo
hecho carne, en quien la muerte fue engullida por la victoria (cf. 1 Cor 15,54). Entre estas dos «transgresiones», que rompen el círculo de la vida en el silencio mortal de la nada, la muerte del Hijo del hombre se presenta como el evento simultáneo de un abandono supremo y de una suprema comunión: abandono de las cercanías que habían sostenido su vida entera, comenzando con la decisiva del Padre, a quien, por eso, se eleva el grito desgarrador de la hora de nona: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 14,34); comunión profunda por la que Aquel que es abandonado muere abandonándose, a su vez, a Aquel que lo abandona: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu» (Lc 23,46), seguro de la promesa que, precisamente así, se entreabre para otros: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43).
Estos dos aspectos de la muerte del Hijo del hombre pueden ayudarnos a escrutar también el misterio de nuestra muerte. El supremo abandono se corresponde ante todo
con la experiencia de la infinita fragilidad y caducidad de la existencia que pone de relieve la muerte: llamados a la vida de la nada por un acto de pura gratuidad, los seres están envueltos por el Origen silencioso del que dependen totalmente y en el que se abandonan. El Abandonado de la cruz manifiesta, sin embargo, el rostro paterno y amoroso del Origen oculto: él se deja entregar por el Padre a la muerte, con una pobreza y una confianza radical, que le hacen beber hasta el final la copa de nuestra finitud. Su angustia y su miedo revelan la solidaridad infinita con la condición humana, en la que entró. Ninguna mística de la muerte podrá, por eso, eliminar su rasgo oscuro, el aspecto misterioso y dramático de este abandono sin aparente retorno. Morimos solos: la soledad es y continúa siendo el precio inevitable de la hora suprema: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo… ¿No habéis sido capaces de velar una sola hora conmigo?… Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 26,38.40; 27,46). Se muere con el grito que evoca el de la laceración inicial, señal de una laceración extrema, anuncio de un nacimiento en no menor medida que el otro: «On sort, on crie, c’est la vie; on crie, on sort, c’est la mort» (Ausone de Chancel).
Sin embargo, en la vivencia del Hijo del hombre al abandono se une la comunión
con Aquel que le abandona: el Abandonado se abandona a su vez, aceptando en obediencia de amor la voluntad del Padre. A la entrega de Aquel que no se guarda a su Hijo (cf. Rom 8,32), responde la entrega que el Hijo mismo hace de sí (cf. Gal 2,20): la muerte, acontecimiento del abandono supremo y último, es vivida por él como acto de libertad y de acogida supremas. La cruz revela, así, la posibilidad de vivir la distancia más elevada como cercanía profundísima: en el dolor de la separación más grande se consuma el fuego del amor, fuerte como la muerte (cf. Cant 8,6). Morir en Dios se convierte en el acontecimiento pascual por el que la persona, entregada al supremo abandono por el Padre, acepta con Cristo y por él vivir la muerte como ofrenda total de sí, en un acto de pobreza y de obediencia pura: morir es «abandonarse» en el seno de Dios, dejando que todo se transfigure en Aquel que nos acoge. En la Palabra crucificada que se apaga en el silencio del abandono de la cruz se ofrece el umbral de otro silencio, del decirse eterno de la Palabra victoriosa, que entró en la muerte y la venció para siempre, para dar a cada uno la posibilidad de la victoria última.
5. Para vivir la «transgresión» suprema en la fe
En cuanto abandono de la comunión y comunión en el abandono, la muerte, en la perspectiva de la fe, es iluminada de una vez para siempre por la cruz del Resucitado: el acto de morir llega a participar de la vida misma de las Personas divinas, misteriosamente presentes en ese acto supremo. Esta participación en el entrelazamiento profundísimo de
las relaciones en la Trinidad hace que sea supremamente personal el acontecimiento de la muerte: no solo en el sentido de que nadie puede sustituir a otro en la hora de la muerte, sino también en el sentido de que frente a ella la vida es conducida a una especie de recapitulación sumamente personalizadora, que remite a la globalidad de la existencia personal, a las posibilidades que se le han ofrecido y a las respuestas conscientes y libres que la persona ha dado y solo Dios conoce por completo. Este acto recibe una luz plena solo por la fe en la transgresión suprema del Hijo, que rompe el círculo de la muerte y resucita a la vida: «Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere más: la muerte no tiene poder sobre él» (Rom 6,9). Gracias al Resucitado, la muerte no podrá ya dominar de forma definitiva sobre ninguna criatura: «El último enemigo en ser aniquilado será la muerte, porque todo [Cristo] lo ha puesto bajo sus pies» (1 Cor 15,26s). La muerte, alcanzada por el señorío de Cristo, se convierte en su contrario, la vida: «La muerte ha sido engullida por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?… Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor 15,54s.57). El acto de morir, leído a la luz de Pascua, lleva más allá del límite de la muerte misma: como Cristo pasó de la muerte a la vida, así la muerte, que él hizo suya, se revela como paso a una nueva condición de existencia, camino pascual hacia el futuro abierto por el Resucitado. Las «transgresiones» de Dios hacen posible la transgresión suprema del hombre, a saber, la victoria sobre la muerte.
Frente a estos horizontes de esperanza, la muerte –vivida en el abandono y en la comunión con Cristo– se ofrece no como la negación, sino como la suprema afirmación de la dignidad y de la belleza de la vida: de una belleza que es y se mantiene trágica, porque se mide no solo sobre la subjetividad que dispone de sí, sino sobre la relación misteriosa y exigente con el Trascendente, al que se corresponde también en la muerte, cuando y como ella llega a asomarse como la hora en la que el Otro se acerca y nos llama. Esto significa que a nadie le es lícito provocar o provocarse la muerte, porque este acto frustraría precisamente la naturaleza de correspondencia que la muerte tiene en relación con la llamada y la presencia del Señor único y trascendente de la vida, que es Dios, misterio del mundo. Solo la muerte –vivida en el tiempo fijado por el Dador y Señor de la vida– confiere al instante la profundidad de una totalidad y de una eternidad alcanzadas: asomarse a esta última visita del Extranjero más familiar a nosotros que nosotros mismos, equivale también a transgredir el último umbral, viviendo la muerte en Dios y con él. Lo expresan con singular fuerza los versos de Renzo Barsacchi, poeta del siglo XX (1924-1996), en los que la intensidad del amor humano a la vida se conjuga con la espera confiada de Aquel que viene:
«Llévame de la mano con ojos cerrados sin un adiós que me entretenga aún
entre cuantos amé, entre las pequeñas cosas que me hicieron estar vivo.
No creía, Señor,
que tan profundo fuera
este rozarse de sombras, este leve expelerse la vida en el espejo frágil de una mirada,
ni pensaba que el mundo
se convirtiera, oscureciendo, tan encendido de impensadas bellezas»[167].