2. CONTEXTO REGIONAL: DE CENTROS Y PERIFERIAS
2.3 ASPECTOS SOCIOHISTÓRICOS
En la conformación histórica de la región del Caribe colombiano, los procesos de colonización y colonialismo fueron determinantes. Los europeos eliminaron un gran número de grupos indígenas, diezmaron y sometieron a algunos más, mientras otros, permanecieron ocultos en zonas de difícil acceso. De igual forma que al resto del Caribe y Latinoamérica, la población local comenzó a ser reemplazada por africanos trasplantados, muchos de los cuales fueron inducidos a
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cumplir su rol en la sociedad colonial (esclavizados), mientras otros lograron huir a zonas libres como los palenques y rochelas.
La dinámica de la sociedad colonial convirtió a la zona costera del Caribe colombiano en la de mayor control, en la cual se concentraba la mayor parte de la actividad, principalmente por su función de ciudades portuarias, siendo Cartagena (principal puerto del Caribe para el comercio de esclavos) la de mayor actividad comercial y Santa Marta un puerto pequeño, de poco prestigio dedicado a actividades informales como el contrabando (Saether 2005). Sin embargo, ambos desempeñaron un rol fundamental en los procesos de colonización de los territorios internos del continente durante las primeras décadas de la conquista. La organización social en las provincias se estableció a partir de un sistema de clasificación social, basados en el género, la clase y raza. De acuerdo con los trabajos de Múnera (1999) en Cartagena fueron fundamentales los tres aspectos para el establecimiento de jerarquías y clasificaciones. Mientras que, en Santa Marta, según Saether (2005) y Bassi (2007) fue prioritaria la clase, aunque siempre estuvo presente la pureza de sangre, pero la escasa población obligó a establecer vínculos con familias ibéricas o europeas para que esta se mantuviera. Gran parte de la población de acuerdo a las categorías raciales coloniales, era indígena, negra, mestiza y mulata, la mayoría de ella habitante de las zonas rurales, con poco control del régimen colonial.
A diferencia de la tendencia general del Caribe, la plantación no fue constante, ni desarrollada a gran escala; la base de la economía se generó en el comercio, producto de la extracción minera y tintes, así como actividades propias de la hacienda como la ganadería. Dos hipótesis arguyen dos autores para referirse a la falta de desarrollo del sistema económico extenso de agricultura para aprovisionar un mercado de gran escala (plantación). El historiador José Polo Acuña (2006) relaciona estos procesos con la falta de mano de obra, la cual se concentraba en las zonas rurales, en las cuales el control colonial era menor que en los centros urbanos (Polo 2006). Esto se genera por un segundo aspecto en el que profundiza Germán Márquez Calle (2006), relacionado con el terreno heterogéneo y generoso, que facilitaba la vida al margen del régimen colonial, incluido las poblaciones radicales que vivieron libres.
Las representaciones históricas de la región Caribe y sus prácticas, se originan en los procesos coloniales, con las clasificaciones y jerarquías raciales establecidas por cédulas reales e institucionalizadas a través del matrimonio8. La heterogeneidad de las uniones entre los diferentes grupos (blancos, indígenas y negros), ampliaron el panorama racial, cuyas clasificaciones y caracterizaciones variaban de acuerdo a los espacios y poblaciones (Saether 2005). Un desarrollo
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Para el caso de Santa Marta y Riohacha ver los análisis de Saether (2005), en los que muestra las dinámicas de los matrimonios, resaltando los elementos raciales y de clase.
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diferente se dio en otras regiones de Colombia, en las cuales, las mezclas no fueron frecuentes y las diferencias entre los grupos fueron marcadas (Wade 1997, 2002a, 2003), como en el caso andino y pacífico.
La heterogeneidad cultural de la región hace indispensable enunciar una serie de aspectos que pueden resultar útiles para comprender las diferencias y significados que le otorgan una particularidad especial a los procesos y que son necesarios para comprender los roles y sentidos de las prácticas musicales. Algunos han sido mencionados, pero es importante resaltar la distinción de los procesos que se dan en los espacios rurales escogidos para el estudio y los urbanos donde la dinámica y sentido de los procesos asociados a las música locales tienen una connotación diferente y por lo tanto desempeñan roles políticos y económicos específicos. Los dos casos corresponden a pequeñas poblaciones que no sobrepasan los 70 mil habitantes. Hacen parte de la zona interna de la región, que ha permanecido al margen de las representaciones dominantes de lo Caribe, en las que son predominantes los símbolos asociados al mar. Pero como se indicó en páginas arriba, hace parte de zonas libres, desarrolladas al margen del ordenamiento y control colonial, pero que fue sometido a sus representaciones, en las cuales, la mayoría de sus expresiones culturales fueron construidas como inferiores, salvajes y rústicas, asociadas a expresiones negativas de lo negro y lo indígena. En los últimos años ambos municipios han atravesado situaciones similares pero con repercusiones y desenlaces diferentes. Aspectos como la migración, agricultura, ganadería y acceso a las tierras, así como la violencia, han afectado notablemente la dinámica de los procesos sociales en las últimas décadas. Por lo tanto, las prácticas musicales han estado articuladas a cada uno de estos cambios, como lo veremos más adelante.
Las representaciones de los aspectos musicales locales se relacionan con los señalamientos despectivos originados durante el control español, pero que se extendió a los períodos posteriores, los cuales se pueden evidenciar desde los relatos de los cronistas y viajeros como el caso del diplomático sueco Carl August Gosselman, quien en su paso por Santa Marta en el año 1825 describe algunos aspectos musicales en Gaira. Se destaca una primera aproximación descriptiva, de la que se infiere claramente que se trata de un grupo de gaitas:
―La orquesta es realmente nativa y consiste en un tipo que toca un clarinete de bambú de unos cuatro pies de largo, semejante a una gaita, con cinco huecos, por donde escapa un sonido; otro que toca un instrumento parecido, provisto de cuatro huecos, para los que usa la mano derecha pues en la izquierda tiene una calabaza pequeña llena de piedrecillas, o sea una maraca, con la que marca el ritmo. Este último se señala aún más con un tambor grande hecho en un tronco ahuecado con fuego, encima del cual tiene un cuero estirado, donde el
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tercer virtuoso golpea con el lado plano de sus dedos‖ (Gosselman 1981:11).
Luego, apreciaciones personales despectivas, generadas en el marco de las jerarquías musicales impuestas desde los siglos anteriores.
―A los sonidos constantes y monótonos que he descrito se unen los observadores, quienes con sus cantos y palmoteos forman uno de los coros más horribles que se puedan escuchar‖ (Gosselman 1981:11).
La imposición colonial de elementos europeos, junto a permanencias culturales de ascendencia africana e indígenas, fueron parte activa de la formación cultural de la región Caribe. Durante la colonia la iglesia actuaba como principal ente administrador del control social, señalando y satanizando las expresiones culturales de indígenas y afrodescendientes, sin que esto imposibilitara el desarrollo oculto o poco vigilado de prácticas de estas personas. Marta Herrera Ángel (2002) sostiene que a través de las denominadas rochelas se desarrolló un ordenamiento social y espacial diferente al establecido por el Estado colonial, en el que confluyeron diversas prácticas culturales de la población libre. Sobre ellas, curas y obispos denunciaron faltas a la moral y otras acusaciones a través de las cuales señalaban su peligrosidad. Según Herrera (2002), estos discursos hacían parte de una práctica de nominar para criminalizar a estas poblaciones con el fin de someterlas; entre las prácticas, los bailes fueron frecuentemente criticados por los obispos, una de esas dice;
―Se habían introducido vayles que se llaman Bundes para festejar a la Virgen, en los días de sus Misterios y fiestas, tan torpes y lazivos, que a la pureza y modestía de v[uestra] ex[celeci]a disonara‖ (AGI [Sevilla] Santa Fe 519, Citado en Herrera 2002).
En estas representaciones las que se hicieron sobre la música han sido centrales y son útiles para comprender las fracturas históricas de la nación, así como sus relaciones de homogeneidad y heterogeneidad, tal como lo demuestra Peter Wade (2002a) a largo de su trabajo9. Las representaciones construidas desde el centro andino, presentaban la región como negra y salvaje, opuesta a la civilizada y moderna que en esos momentos querían proyectar las élites de ciudades como Bogotá y Medellín, manifestando una continuidad de los procesos coloniales, relacionadas con jerarquías étnico – raciales y geoculturales implementados por las potencias europeas y que en este caso se desarrollaban en el plano nacional.
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Me refiero a que la situación no fue polarizada, sino de varios matices. Habían críticos cuyas opiniones eran negativas, mientras otros que intentaban comprender un tipo de música diferente, no lograban superar los prejuicios de la colonialidad musical.
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Varios trabajos han analizado estas prácticas, principalmente desde el análisis de crónicas y notas de viajeros y exploradores extranjeros y colombianos, así como intelectuales dados a la tarea de teorizar sobre las distinciones raciales o de las poblaciones de clima cálido (Cunin 2003; Wade 2002a, Múnera 2007). En su trabajo, Peter Wade analiza varios casos que ejemplifican la manera en que era representada la música del Caribe colombiano; se toma sólo un ejemplo, el más referenciado de todos, para ilustrar la situación. Se da en el año 1947, con la publicación de una carta en la que desde Medellín, Fabio Londoño Cárdenas acusaba a la música costeña de tener:
―…ritmos ruidosos y estridentes, manifestaciones de salvajismo de costeños y caribes, gente salvaje y atrasadas (…) porros, bundes, paseos (¡qué paseos!), etc., no son música, ni tienen ritmo alguno, son ruidos salvajes y ensordecedores y no expresan sentimientos, ni tristeza, ni deseos, ni la felicidad (aunque puedan expresar una felicidad orgiástica), sino que, por el contrario, estos aires imitan muy bien la gritería desarrollada en la selva por un grupo de micos, loros o cualquier otra clase de animal salvaje‖ (Wade 2002a: 168).
Los juicios hacen parte de un conjunto de señalamientos despectivos desde los cuales se describían las prácticas del Caribe colombiano, frecuentemente asociadas a determinismos geográficos y clasificaciones raciales. Las representaciones han cambiado, aunque se mantienen estereotipos y las correspondientes distinciones regionales. Los señalamientos públicos casi han desaparecidos, pero prevalecen las tensiones, contradicciones y fragilidades de los símbolos nacionales. El vallenato es el ritmo nacional indiscutible, manteniéndose entre las homogeneidades y heterogeneidades relacionadas con lo musical nacional (Wade 2002a). Pese a la nacionalización de varios de sus símbolos, el sentido de lo regional no se ha desvanecido. Permanecen las tensiones y las relaciones, continuidades y rupturas internas. Así como contradicciones y ambigüedades de la relación entre lo caribeño continental e insular.