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2. LA PERSPECTIVA DE LA ECOLOGÍA DE LOS SISTEMAS HUMANOS

2.2. LA ECOLOGÍA DE LOS SISTEMAS HUMANOS

2.2.4. La Autorregulación

Uno de los conceptos claves para la comprensión de la hipótesis de este proyecto de investigación es el concepto de “autorregulación”. Siendo un término que ha sido empleado en diferentes disciplinas y con distintos significados, creo necesario clarificar cual es el sentido que cobra en este trabajo. El concepto de autorregulación que aquí utilizo es el desarrollado por W. Reich y A.S. Neill. Ambos autores, cada uno desde su perspectiva, coinciden en que el principio de autorregulación es clave para la consecución de una vida humana con sentido (Mañas Montero, 2004). Como Nietzsche afirma «All the regulations of mankind are turned to the end that the intense feeling of life may be lost in continual distractions» (Baker, 1949: 164)

Reich, desde su prisma bio-psico-social, enfoca la autorregulación desde la capacidad natural de regulación que muestran los organismos vivos. Podríamos decir que para Reich, la autorregulación es la capacidad de ordenación que todo organismo vivo -como organismo cargado de energía pulsátil que es- tiene cuando se permite que esa energía pulse y fluya libremente. Es en libertad cuando espontáneamente el organismo (intrauterino, bebé y niño o niña) puede regular sus funciones y necesidades básicas y vitales, y madura siguiendo su propio ritmo, su pulsación natural, y no el impuesto desde el exterior. Es en libertad cuando existe un equilibrio entre la descarga energética y la carga o tensión que se va adquiriendo cotidianamente (Reich, 1948, 1949, 1955; Sánchez Pinuaga y Serrano Hortelano, 1997). Como he indicado anteriormente, Reich (1948, 1949, 1950) mantiene que la persona, para sobrevivir en esta sociedad desarrolla una coraza que le protege de los conflictos generados entre su mundo interno (pulsiones e instintos) y su mundo externo (familia, escuela y sociedad). El problema es que esa

coraza a la vez que le protege, le desconecta de su naturaleza interna y externa. Reich pone de relieve la necesidad de reconectar con la naturaleza, de contactar con la vida, y afirma que para ello es necesario flexibilizar la coraza y recuperar la capacidad de autorregulación y de la sensación de órgano. Para Reich (1949), la sensación de órgano es el instrumento por el cual la persona puede acceder a la comprensión de la naturaleza propia y a su alrededor. Esta comprensión sólo se puede lograr a través de las impresiones sensoriales, es decir, de las sensaciones. Las emociones son las respuestas a las impresiones que la persona recibe del mundo que le rodea. Para que esa comprensión sea plena, es necesario que el organismo sea capaz de sentir el flujo, el pulso de la vida, y de vibrar con él, es decir, que esté autorregulado.

Neill, paciente y amigo de Reich, desde su prisma pedagógico-educativo-social enfoca la autorregulación desde la libertad. Podríamos afirmar que la consigna de su proyecto educativo y vital es “la libertad funciona”, máxima expresión de la realidad de Summerhill, la escuela que fundó en 1921 y que hoy sigue funcionando bajo la dirección de su hija, Zoe Neill Readhead (Neill, 1963; Neill Readhead, 2006).

Yo sostengo que el fin de la vida es encontrar la felicidad, lo cual significa encontrarle interés; la educación debe ser una preparación para la vida. Nuestra cultura no ha tenido mucho éxito; nuestra educación, nuestra política y nuestra economía conducen a la guerra; nuestras medicinas no han acabado con las enfermedades; nuestra religión no ha pulido la usura y el robo; nuestro decantado humanitarismo permite aún que la opinión pública apruebe el bárbaro deporte de la caza; los progresos de la época son procesos mecánicos, en radio y televisión, electrónica, nos amenazan nuevas guerras mundiales, porque la conciencia social del mundo todavía es primitiva. (Neill, 1963: 36)

Para Neill, «Autorregulación quiere decir comportarse por voluntad de uno mismo, no en virtud de una fuerza externa; el niño moldeado, por el contrario, carece de voluntad en sí mismo: es una réplica de sus padres. » (Neill y Miró, 1975: 5)

[el niño sin libertad] se sienta aburrido en un pupitre en una escuela aburrida; y después se sienta en un escritorio más aburrido aún en una oficina, o en un banco de una fábrica. Es dócil, inclinado a obedecer a la autoridad, temeroso de las críticas y casi fanático en su deseo de ser normal, convencional y correcto. Acepta lo que le han enseñado casi sin hacer una pregunta; y trasmite todos sus complejos, temores y frustraciones a sus hijos (Neill, 1963: 89).

La autorregulación supone no intervenir en el desarrollo de la criatura, no ejercer presión alguna sobre su soma y su psique. La autorregulación implica respetar su autonomía, permitir que siga y cumpla sus intereses naturales, que coma cuando tenga hambre, que se abrigue cuando tenga frío, que adquiera costumbres de limpieza cuando quiera. Por supuesto, también supone no reñirle ni azotarle, y que hacer que siempre se sienta amado y protegido (Neill, 1963).

La confianza en la autorregulación y en la autonomía de la persona parte de una firme convicción de la bondad de la naturaleza humana, y de que cada criatura tiene «potencialidades plenas para amar la vida e interesarse por ella» (Fromm, 1963: 11). Es cierto que esto no es siempre fácil, las personas vamos cargando nuestra «mochila» de miedos, condicionantes, chantajes, represiones, etcétera, desde que nacemos –o incluso antes-. Muchas personas llegan a Summerhill enfadadas con la vida, con actitudes muy hostiles, destructivas, beligerantes, la actitud que Neill defiende es de aceptación y tolerancia, consciente de que al perder los miedos, al «vaciar la mochila», la persona contacta con su dignidad y seguridad en sí misma cambiando radicalmente las relaciones consigo misma y con el entorno.

sostengo que la educación sin libertad da por resultado una vida que no puede ser vivida plenamente. Tal educación ignora por completo las emociones de la vida; y puesto que esas emociones son dinámicas, la falta de oportunidad para que se expresen debe tener y tiene por resultado la degradación, la odiosidad. Sólo se educa la cabeza. Si se permitiera a las emociones ser verdaderamente libres, el intelecto se cuidaría de sí mismo (Neill, 1963: 93).

Como Imma Serrano Hortelano y Jordi Martínez Calabuig -coordinadores del espacio de educación en libertad Els Donyets- explican,

Las sensaciones y emociones corporales constituyen la auténtica matriz del desarrollo infantil. Cuanto más cerca estás de tu ser, de lo que sientes, cuanto más en contacto estás contigo mismo, más posibilidades tienes de ser libre, de ir a por lo que quieres o de rechazar lo que no quieres (Freire, 2004: 41).

La autorregulación constituye la alternativa educacional y relacional que se propone desde la ecología de los sistemas humanos ser (Serrano Hortelano, 2001). Como acabamos de ver, esta teoría defiende la importancia de permitir que desde el inicio de la vida -incluso fetal-, el ser humano pueda llevar su ritmo, expresar sus necesidades y que éstas sean comprendidas y satisfechas. Así se facilita la maduración del ser humano con la capacidad de contacto con sus necesidades internas que va a permitir mantener un equilibrio con las exigencias externas.

Xavier Serrano Hortelano (2001) señala que esta propuesta, de aparente sencillez, se torna muy compleja en la sociedad actual, ya que los ecosistemas humanos con los que la persona (bebé, niño o niña, adolescente…) interactúa durante su proceso madurativo son muy diferentes y difíciles de armonizar (familia, escuela, pandillas, medios de comunicación…), lanzando en ocasiones, mensajes contradictorios entre ellos. No hay que olvidar la naturaleza relacional del ser humano y su interdependencia con los distintos sistemas que nos rodean y con los fenómenos y procesos de la naturaleza. La autorregulación se imbrica en esa interacción sistémica. «En realidad, la autorregulación ha emergido quizás como el concepto central de la visión sistémica de la vida y […], está íntimamente ligado a las redes. El patrón para la vida, podríamos decir, es un patrón capaz de autoorganizarse» (Capra, 1996: 100). Debemos tener esto presente, pues todas nuestras acciones influyen en todo lo que nos rodea, y más en el desarrollo de las niñas y los niños que están a nuestro alrededor. Desde esta perspectiva la responsabilidad

de la salvaguarda de la salud física y emocional de las personas humanas recae en todo el colectivo, en la suma de sistemas que componen la estructura social.