• No se han encontrado resultados

La batalla de las finanzas eclesiásticas

Su riqueza y red financiera resultó ser de un atractivo irresistible para Felipe, pero presentaba el problema de que los templarios no estaban bajo su autoridad, sino bajo la del papa.

La batalla de las finanzas eclesiásticas

El papa había otorgado al abuelo del rey Felipe el derecho a imponer impuestos extraordinarios a la Iglesia y a la comunidad en tiempos de guerra, para satisfacer las necesidades del Estado y de la defensa del reino. El rey Felipe IV resucitó la tradición y aplicó la política fiscal a la Iglesia, como otra fuente cómoda y regular de beneficios, para aliviar sus deudas. Con el fin de que Felipe IV abandonara la presión fiscal para pagar sus expediciones militares, el papa Bonifacio VIII promulgó una bula en el año 1302 en la que prohibía a la clerecía otorgar cualquier subsidio económico al poder laico sin el permiso de Roma. La rápida reacción del rey Felipe IV fue rotunda y contundente. Promulgó una orden por la que se prohibía la exportación de oro, plata o mercadería desde Francia, con lo que impidió que los fondos de su país pasaran al Vaticano y bloqueó de golpe una gran fuente de ingresos para el

papado.

12. E. M. Hallam, Capetian France 987-1328. 187 13. N. Cohn, Europe's Inner Demons. 188

Este hecho hizo tambalear las arcas del Vaticano, pero no contribuyó a aliviar la elevada inflación de Francia, y no evitó la gran crisis monetaria que tuvo lugar en 1303, cuan do se reclamó que se restableciera el valor monetario de la época de San Luis.

Como resultado de las medidas del rey Felipe IV contra la hacienda vaticana, el papa Bonifacio emitió un decreto en el que se establecía que todos los príncipes estaban sujetos a sus normas, tanto en los asuntos terrenales como espirituales. El rey francés tenía una opinión muy diferente y se negó a verse limitado por edictos seculares del papado. La respuesta que envió al pontífice no deja dudas sobre su parecer en el asunto:

Felipe, por la gracia de Dios, rey de Francia, a Bonifacio, en calidad de pontífice supremo, en malas condiciones de salud o enfermo. Hago saber a su demencia extrema que en asuntos terrenales no estamos sujetos a nadie.

Para asegurarse de que su rechazo a la autoridad del papa quedaba perfectamente claro para todos, Felipe IV quemó en público la bula del papa con el acompañamiento de un potente toque de trompetas.(14)

Desde el punto de vista político era imposible que Bonifacio VIII pasara por alto este descarado acto de rebelión en contra de su autoridad. Convocó al clero francés en Roma para discutir cómo se podían conservar las libertades tradicionales de la Iglesia en contra del empecinamiento de este joven rey presuntuoso. Felipe IV, a su vez, convocó una asamblea nacional en París tanto para el clero como para los diputados del tercer estado, en la que conmovió tanto a la asamblea que promulgaron un decreto en el que defendían a su monarca y sus derechos. La fuerza de la personalidad del rey Felipe era tan fuerte que incluso el clero presente negó la jurisdicción terrenal del pontífice. Felipe IV no quería que el papa Bonifacio ni sus seguidores interpretaran erróneamente el límite de su resolución respecto a la reivindicación de su derecho en asuntos terrenales, por lo que ordenó la incautación y confiscación de las tierras y propiedades de todos los miembros del clero que habían obedecido la llamada del papa para acudir a Roma.

La medida extrema del rey Felipe ultrajó al papa, que respondió publicando la bula Unam Sanctam. En ella se establecía que no sólo todo ser humano estaba sujeto a la regla del papado, sino que tenía que comparecer ante Roma si se le ordenaba. Se había desencadenado la batalla de los egos.

Con el fin de ayudarlo a dirigir Francia, Felipe IV contaba con Guillermo de Nogaret en el cargo de oficial jefe, un hombre que no tenía ningún motivo para simpatizar con la Iglesia romana, ya que sus padres habían muerto quemados en la hoguera, acusados de herejes durante la cruzada albigense. Nogaret, consejero principal del rey Felipe entre 1303 y 1313, describió al rey del siguiente modo:

[...] lleno de gracia, caridad, piedad y misericordia, siempre persiguió la verdad y la justicia, y nunca la infamia salió de sus labios; ferviente en la fe, religioso durante su vida, construyó basílicas y colaboró en obras pías.(15)

Bonifacio VIII, que anteriormente había sido el cardenal Benedetto Gaetani, tenía un pasado pleno de aventuras sexuales, y Nogaret lo sabía cuando lo acusó, entre otras cosas, de su abyecta promiscuidad.

El papa era bisexual, y carente de prejuicios en cuanto a gustos sexuales. Tuvo a una mujer casada y a su hija como compañeras de alcoba, y también intentó seducir a varios jóvenes atractivos, por lo visto con bastante éxito. Se cita que dijo que el acto sexual «era un pecado tan insignificante como frotarse las manos».(16) Se sabe que el papa practicaba el adulterio y la sodomía, pero parece bastante improbable que llegara al límite que sugirió Nogaret, cuando el canciller convocó a los Estados Generales y acusó al papa de practicar la simonía y la brujería y de guardar a un diablillo domesticado en su anillo, que aparecía por la noche y cometía actos depravados incalificables con el pontífice en el lecho papal.

15. E. M. Hallam, Capetian Frunce 987-1328. 16. N. Cawthorne, Sex Lives ofthe Popes.

Sin inmutarse ante este imaginativo ataque, Bonifacio VIH envió comisarios a Francia para insistir en que el clero francés se atuviera a sus instrucciones, y parece que estalló un debate enérgico antes de que el rey, su esposa y su hijo se comprometieran públicamente a defender a todos los clérigos que apoyaran la independencia de Francia en contra de la usurpación de poder papal. En ese momento el curso de los acontecimientos adoptó un cariz ridículo, ya que el rey interceptó la bula papal por la que se lo excomulgaba y, por lo tanto, se evitó su promulgación. En esta fase del enfrenta-miento, el papa pareció perder el control y, apelando a la Donación de Constantino, que aparentemente le otorgaba poder terrenal para hacer y deshacer a su voluntad, le ofreció el trono de Francia a Alberto, emperador de Austria.

El forcejeo se tornó extremadamente serio, y ningún bando dio su brazo a torcer. Sin embargo, Felipe tenía un as guardado en la manga contra el pontífice de sesenta y ocho años. Basándose en la premisa de que cualquier enemigo de sus enemigos debía ser su aliado, el rey Felipe había acogido a los miembros de la familia Colorína, que eran enemigos personales del papa Bonifacio VIIL Guillermo de Nogaret se fue a Italia con Scairra Colorína y un ejército de trescientos jinetes, y; en la mañana del 7 de septiembre de 1303, un buen número de «patriotas franceses» pagados para ello provocaron disturbios improvisados ante las puertas del palacio del papa en Anagni.

Un criado papal sobornado oportunamente abrió las puertas de palacio y dejó que los «patriotas» entraran al grito de: «¡Viva el rey de Francia, muerte a Bonifacio!» Con esta argucia, los Colorína y sus partidarios italianos forzaron su entrada y llegaron ante la presencia de Bonifacio VIII que, con su vestimenta de sumo pontífice, estaba arrodillado ante el altar, esperando la muerte. Los italianos sentían demasiado respeto por el papa para permitir que lo asesinaran, pero lo mantuvieron prisionero durante tres días, durante los cuales fue objeto de considerables malos tratos físicos. Al final fue liberado por el pueblo de Anagni, que acabó expulsando al ejército francés.

A pesar del hecho de no haber podido capturar al papa, Felipe IV todavía convocó una reunión de los Estados Generales en París para juzgar a Bonifacio in ausentia. Lo acusaron de herejía, de no creer en la vida tras la muerte, y de asesinar a su predecesor, el papa Celestino V, así como de los cargos anteriormente imputados. Por desgracia, Bonifacio murió de un ataque varias semanas después de regresar a Roma, quizá provocado por la tensión sufrida durante su encarcelamiento, por lo que no llegó a ser procesado.(17)

Outline

Documento similar