Poder y libertad: una teoría política
94 BERNARD BAILYN
dientes a acopiar información sobre el soborno, pero es ridículo y absurdo pretender poner freno a los efectos del fausto o de la corrupción en un solo aspecto-o en un solo lugar, sin una reforma general de las costum bres, cosa que todos consideran absolutamente necesaria para el bienestar del reino. Aunque el cielo sabrá cóm o llevarlo a cabo. A q u í ser virtuoso ha llegado a ser un vicio . . . La gente se ha hecho demasiado educada como para mantener una religión pasada de moda y son demasiado débiles como para encontrar una nueva, lo que da lugar al más desenfrenado liberti naje y desembozado desprecio de las virtudes, infalible causa de destruc ción de todos los imperios.
Y en la Cámara de los Lores oyó discursos que sólo podían ser interpretados como expresiones de consentimiento para la creación de un ejército regular. “ Pero es tal la complacencia que estos grandes hombres sienten por la sonrisa de su príncipe, que habrán de satisfacer todos sus anhelos de ambición y de poder a expensas de la verdad, de la razón y de su nación.” 36
De la misma manera, Charles Carroll de Carrollton escribía desde Londres, en 1760, tras doce años de estudios y de viajes por el extranjero, que “ está próximo, creo, un cambio en nues tra constitución. Nuestra cara libertad se halla al borde de la extinción” . Su padre, que también había sido educado en el extranjero, compartía la misma opinión: “ Las cosas parecen des lizarse rápidamente hacia la anarquía en Inglaterra” , escribía a su hijo en 1763; “ corrupción y libertad no pueden subsistir juntos mucho tiem po. . . yo creo, por mi parte, que es preferible un gobierno absoluto a otro que es libre sólo en apariencia; y ésta ha de ser la condición de vuestra actual constitución, si es verdad que quienquiera que administre el tesoro puede mandar en el Parlamento” . De regreso en Maryland, dos años más tarde, el joven Carroll considera que la constitución inglesa se “ preci pita hacia su fase' final de disolución, y los síntomas de una de cadencia general son harto evidentes” . Recomienda a un amigo inglés que venda sus propiedades en Inglaterra y que compre
tierras en esta provincia donde la libertad conservará su imperio hasta que la molicie, la venalidad y la disolución de la moral hayan inducido a los descendientes depravados de alguna época futura a preferir sus pro pios y mezquinos lucros,-los sobornos, las sonrisas de corrupción y los ar bitrarios ministros, al patriotismo, la gloria y la prosperidad de todos. No cabe duda de que las mismas causas producirán los mismos efectos, y ya se ha cerrado un período en el ámbito de la libertad americana, aunque ese tiempo nexasto parece hallarse aún muy distante. La generación ac tual, por lo menos, y yo espero que también muchas de las que le sucedan,
/ 36 H. Trevor Colboum (com p .), “ A Pennsylvania Farmer at the Court of K ing George: John Dickinson’s London Letters, 1754-1756” , Pa. Mag.,
LA REVOLUCIÓN NORTEAMERICANA 95 pese a la corrupción del Parlamento, disfrutará de las bendiciones y dul zuras de la libertad.
Tiempo después. Carroll padre, ya más informado acerca de la realidad de la vida europea, no solamente por intermedio de su trashumante hijo sino también de “ diarios, periódicos y ocasionales folletos” , se explayaba sobre el tema en cartas di rigidas a sus amigos ingleses:
¿Cuál debe ser e l fin de esta desvergonzada, prolongada carencia de honor, espíritu civil y patriotismo? ¿A ca so vuestro libertinaje, corrupción y ex travagancia no os hundirán en la anarquía y en la ruina? Todos los Es tados que han bregado bajo los mismos males se han enfrentado con la perdición que será vuestro sino. Esa perdición es inminente, no puede estar lejana. Las mismas causas producen siempre efectos s im ila r e s ... ¿no sois un pueblo destinado a la destrucción y que se halla al borde de ella? Yo empecé a tomar conocimiento del mundo en el año 1720, memorable por la ruina no solamente de los irreflexivos aventureros de la South Sea Company, sino también de innumerables viudas, niños desamparados e ino centes criaturas . . . P oco tiempo después de haber sido designado ministro, Sir Robert W alpole redujo la corrupción a un sistema regular que desde su época hasta el presente ha sido perfeccionado y asentado sobre bases tan sólidas y extendidas com o para provocar la ruina inmediata de la constitución y haber dejado ya al pueblo apenas algo más que la apa riencia de la lib erta d .37
En el contexto de tales creencias se planteaba inevitable mente la cuestión de “ si estamos obligados a demostrar una absoluta sumisión a nuestro príncipe” , como lo expresaba Jonathan Mayhew en su famoso discurso de 1750, “ o si la desobediencia y la resistencia no son justificables en algunos casos” . La res puesta era obvia. No se le debe sumisión a “ todo aquel que os tenta el título de gobernante sino sólo a aquellos que realmente cumplen con los deberes del gobierno, ejerciendo una autoridad justa y razonable para beneficio de la sociedad humana” . Cuando el gobierno deja de cumplir sus funciones específicas, entonces “ en consideración del bien público debemos rehusar a nuestros gobernantes la obediencia y la sujeción que, de otra manera, sería nuestro deber tributarles” . En situaciones semejantes uno se 87
87 Chañes Carroll of Carrollton a Charles Carroll ( p .) , Londres, 29 de enero de 1760, Maryland Historical Magazine, 10 (1915), 251; Charles Carroll (p .) a Charles Carroll de Carrollton, 3 de septiembre de 1763, Thomas M . Field (co m p .), Unpublished Letters of Charles Carroll of Carroll- t o n . . . (Nueva Y ork, 1902), p. 7 8; Charles Carroll de Carrollton a Mr. Bradshav, 21 de noviembre de 1765, ibíi., p. 97; Charles Carroll (p .) a W illiam Graves, 23 de diciembre de 1768, Maryland Historical Magazine, 12 (1917), 185. Véase también W illiam L. Sachse, The Colonial American in Britain (Madison, 1956), pp. 204-207.