Durante el invierno pasado, todas las mañanas menos los domingos, tenía la costumbre de volver a casa a mediodía. No siempre eran las doce en punto; la mayor parte de las veces faltaban algunos minutos o habían pasado ya algunos. Costumbre muy común, muy burguesa y, en suma, nada poética, si tenemos en cuenta la finalidad natural que todos saben. Sin embargo, me conviene hablar de esto porque, al final, me llevó a ser encerrado en una celda de pago de la prisión más vasta de la ciudad, en espera de ser llamado un día u otro a juicio y responder de algunos de mis recientes actos.
Ya he referido al juez instructor cómo ocurrieron los acontecimientos, y me he dado cuenta, por ciertas miradas escépticas y algunos gestos de asombro compasivo, que no había conseguido convencerle. Pero, ¿hay de qué asombrarse?
La primera vez que encontré al cantante de que se trata fue, según puedo recordar, hacia la mitad de noviembre. Habían dado ya las doce y, como ya he dicho, regresaba a casa con mi acostumbrado paso ligero y con mis ojos de miope fijos Dios sabe en qué pensamientos. Cuando ya había atravesado el puente y llegado al extremo de la plaza que debía atravesar para tomar mi calle, casi en la esquina, pasó a mi lado un hombre de mediana estatura, más bien gordo, pálido, con los bigotes recortados, un cigarrillo colgando entre los labios y unos botines color tórtola en los zapatos. Este hombre se llevó la mano al sombrero duro y negro, se lo quitó, y me saludó cortésmente, sin
sonreír ni hablar... Quedé sorprendido —le veía por vez primera—. No contesté al saludo, y seguí mi camino.
Desde aquel día, cuando regresaba a casa a las doce, encontraba siempre, y casi siempre en el mismo lugar, al desconocido saludante. Le encontraba si regresaba antes de mediodía, si por casualidad volvía a las doce en punto, y siempre en aquella plaza y, entre un día y otro, no habría una diferencia de más de cuarenta o cincuenta pasos. El hombre llevaba siempre, bamboleando entre los labios, el cigarrillo acabado de encender, y me saludaba siempre quitándose el sombrero negro y mirándome apenas de reojo. Durante tres o cuatro mañanas no contesté al saludo, pensando que se trataba de una equivocación, y no teniendo por otra parte ningún deseo de entablar conversación y pedir explicaciones. Pero el amable hombre no se desanimaba, y todos los días, en honor mío, su sombrero negro abandonaba por un momento su cabeza castaña. Tuve, al final, que convencerme de que yo era el descortés y el desmemoriado; supuse que habría conocido a aquel hombre en algún sitio, que le habría visto una sola vez y pocos minutos, y que él sería mejor fisonomista que yo. Llevado de estas reflexiones, una mañana me decidí a contestar al saludo y, cuando el sombrero negro se alzó, toqué ligeramente mi fieltro gris. La contestación no era muy cordial, como habrá podido verse, porque mi sombrero no abandonó mi cabeza, pero aquel gesto, aquel esbozo, aquella promesa de saludo bastaron para que el hombre se quitase el cigarrillo de la boca y me sonriese con aire de inteligencia. Pero aquel día no ocurrió nada más. En los días siguientes —nos hallamos ahora en diciembre— continué tocando el ala de mi sombrero y hasta alguna vez me lo quité con aire cordial y, entonces, la sonrisa del desconocido se hizo más franca y se cambió finalmente en un «buenos días», tan afectuoso, dicho con una voz tan armoniosa, que me quedé un poco confuso de mi silencio. Al «buenos días» se añadió, pocas mañanas después, un «buen provecho», y los sombrerazos continuaron por ambas partes. Lo curioso era que, a pesar de esas intimidades, no había ocurrido que cambiásemos ninguna otra palabra. Yo tenía la costumbre de andar rápidamente, y para el saludo bastaba el momento del encuentro.
Esta chocante relación duró, en esta forma, bastante tiempo. Si hubiese tenido otro carácter, hubiera intentado conocer de más cerca al nuevo amigo, le habría obligado a hablar, le habría preguntado, por lo menos, cómo se llamaba. Pero yo siento una simpatía antigua, natural y espontánea, hacia las cosas insólitas y levemente extraordinarias, y mi único temor era que el otro rompiese el encanto, cambiando aquella amistad diaria, pero fugitiva y anónima, en un cambio de visitas, de murmuraciones y de tazas de té.
Lo que temía ocurrió. Habíamos llegado a fines de abril siempre con el mismo sistema, y si había crecido la cordialidad, las frases de salutación no habían aumentado. Pero en aquella desgraciada mañana —era, según resulta de los datos, el 2 de mayo—, el desconocido amigo, apenas me vio, en vez de llevarse la mano al sombrero, se dirigió hacia mí con cara muy seria, me tendió la mano —que yo naturalmente me vi obligado a estrechar— y me dijo con gravedad:
—Hoy tengo necesidad de usted. Le espero a las cinco en punto en la puerta de San Giorgio. Y se marchó rápidamente, como de costumbre, sin decir nada más y sin quitarse el sombrero. Pasé aquellas cinco horas entre despechado y curioso, y acabé no pudiendo hacer nada. A las cinco me hallaba en la puerta San Giorgio. El hombre gordo y pálido me esperaba y vino a mi encuentro con la mano tendida.
—Perdóneme —dijo en voz baja y como avergonzado un poco—, nuestras relaciones son algo singulares, lo sé. Será mejor que me presente inmediatamente, me llamo Giuseppe Severi, me dedico al canto, tengo voz de tenor, he de debutar este año.
—Y yo... —comencé.
—No importa —dijo el otro precipitadamente—, no importa, ya sé quién es usted. Lo sé desde hace mucho tiempo. Es preciso que me perdone; es mi sistema para hacer amistades. Me lo enseñó un inglés; casi siempre tiene éxito. No se tiene siempre seguridad, pero la cara, el gesto, el
modo de andar... Es una casualidad, lo sé, pero las amistades que se hacen en las conversaciones, en los teatros, en los cafés, son también por casualidad. Se topa bien o mal, es lo mismo. Usted comprende y me perdonará.
—De este modo... —comencé diciéndole, con la intención de manifestarle que no estaba descontento.
—No hablemos más —contestó el señor Severi alzando la voz—. No le he citado para eso. Ahora ya se ha realizado. Hoy tengo necesidad de usted. Vamos a casa.
Nos encaminamos hacia la calle, a lo largo de las paredes recién blanqueadas. No había nada de primaveral en el aire, y el cielo estaba lleno de una niebla blanca que hacía daño a los ojos.
—Vivo aquí cerca —prosiguió el tenor— y en casa no hay nadie más que mi mujer. Vivimos solos, solísimos. Ésta es la razón por la cual tengo necesidad de usted. Teníamos muchos amigos hasta hace poco tiempo. Pero ahora... No sé por qué mis amigos me han abandonado. No todos voluntariamente. Algunos han tenido que marcharse a causa de sus negocios o se han establecido en otro sitio. A otros los he tenido que sacar de casa, he tenido que prohibirles que viniesen a verme. Luego hay mi mujer... Mi mujer es rusa, un poco fantástica, está un poco enferma y es caprichosa. Todas las rusas, fuera de Rusia, son así. También ella tiene sus antipatías y he tenido que alejar a algunos de mis amigos con mucha política. Además, ella tiene también sus simpatías y esto no lo puedo permitir...
En este momento el tenor se volvió hacia mí y me miró con aire decidido.
—La conclusión es —añadió— que nos hemos quedado sin ningún amigo, sin conocidos, sin relaciones, y como hoy no queremos tomar el té solos, lo que originaría Dios sabe qué escenas, he tenido que recurrir a usted... ¿No se niega, verdad, a tomar una taza de té? Será una amabilidad que no olvidaré nunca.
—Para mí será un verdadero placer —contesté. Pero en mi interior, a decir verdad, pensaba todo lo contrario. No me podía ocurrir nada más desagradable. Un cantante que no canta, celoso e irritable; una mujer rusa, voluble y coqueta, y en torno el desierto... Pero ya no podía negarme. Seguí al nuevo amigo en silencio, bajo el cielo triste, blanco y pesado. Llegamos a los pocos minutos a una cancela negra y modesta, encajada en una pared de ladrillos. El tenor llamó y la puerta se abrió. Atravesamos un jardincillo encerrado entre paredes, muy melancólico. En el fondo se hallaba la casa, una casa pequeña, baja y completamente ennegrecida. El estuco se había caído y las paredes habían sido embadurnadas con betún.
—Es a causa de la humedad —dijo el señor Severi, señalándome la casa—; pronto estará todo pintado.
Entramos en un vestíbulo donde no había más que una percha cargada de abrigos y sombreros de todas clases. El tenor me hizo pasar a la habitación de la izquierda. En el centro había una mesa redonda dispuesta para el té con cierto lujo, tres sillas en torno y un baúl junto a una pared nada más. El nuevo amigo me dejó solo y corrió a avisar a la esposa.
Era una mujer de unos cuarenta años, más bien alta, delgada y que lo único bonito que tenía era una cabellera rubia y dos ojos un poco verdes. Cuando me vio, se precipitó hacia mí, me tomó las manos, me las estrechó, me miró a los ojos y me sonrió con visible placer.
—¡Qué amable y bueno ha sido usted! ¡Hacía tanto tiempo que deseaba verle! Pregúnteselo a Peppino. Me hablaba mucho de usted. Lo sé todo, he seguido los capítulos de su amistad. Esperaba este día para poderle expresar todo mi agradecimiento. Usted es nuestro salvador.
Fue encendido el hornillo de alcohol, el agua hirvió y el té fue servido. La señora no tenía ojos, ni boca, más que para mí. Trajo sandwichs excelentes y pastas, y quiso hartarme como si tuviese ante ella una tinaja muerta de hambre. Mi plato estaba siempre lleno y mi taza colmada. Obligado a dar las gracias y a contener las amabilidades de la mujer, no tenía mucho tiempo para reparar en el
marido, el cual tomaba el té, fumando furiosamente sus gruesos cigarrillos y no comía absolutamente nada. La señora no le dirigía nunca la palabra y, a lo que me pareció, evitaba mirarle.
Finalmente, tuve que darme cuenta de su irritación, y comprendiendo el peligro, y estimando que no valía la pena crear una situación violenta por culpa de aquella mujer, dije que debía marcharme necesariamente. Al oír estas palabras, el señor Severi se mostró satisfecho, pero me dijo que no me marcharía sin antes ver la casa. Tuve que obedecer, tanto más cuanto que la señora me había cogido del brazo y me conducía hacia la puerta. Me hicieron entrar en una habitación donde no había más que un piano color de caoba en un ángulo. Había ciertamente un pequeño sofá completamente cubierto de libros revueltos. En la pared colgaban, a manera de trofeos, caretas y floretes de esgrima. Los miré con curiosidad, por no haber allí dentro nada más de particular.
—¿Le gustan? —preguntó el señor Severi—. ¿Sabe esgrima? ¿Quiere probarlos?
Le aseguré que no sabía nada de esgrima y que no había tenido jamás un florete en la mano; pero el tenor, repentinamente excitado, había descolgado ya una de aquellas grandes caretas y se la había puesto.
—Tome la otra —me dijo—, coja el florete. Probemos. Hace quince días que no hago ejercicio. Me es conveniente.
Tuve que cubrirme a la fuerza la cara con la careta y empuñar el florete.
—No tenemos guantes —manifestó el extraño adversario—, pero no importa. Será lo mismo. Tenga cuidado con las manos. ¡Adelante! ¡En guardia!
La señora nos miraba asombrada y de muy mal humor. Se dejó caer sobre los libros del sofá con manifiesta impaciencia.
—¡Adelante! ¡Adelante! —gritaba el tenor.
Yo no conocía nada de esgrima —muchos testigos lo manifestarían así en el proceso— y por eso, recordando que el único medio de vencer es el del ataque, y deseando terminar pronto, me lancé con ímpetu contra el adversario, tirando alocadamente de punta y de filo.
—¡Basta! ¡Basta! —gritó él al cabo de un momento—. Baje el florete.
El señor Severi me enseñó la mano: estaba llena de manchas amoratadas, a causa de los golpes que le había asestado, y de un arañazo le salía sangre. La señora me miraba con admiración. El marido se dio cuenta, y dijo mirándome a la cara y conteniendo apenas su rabia:
—No creía tener que habérmelas con un villano.
—¿Con un villano? —respondí—. ¿Qué palabras son éstas? ¿No le advertí que yo no sabía esgrima?
—Pero no había necesidad —respondió el otro— de lanzarse como una bestia.
—La bestia es usted —dije—, que me ha obligado a hacer una cosa que desprecio. Y le ruego que recuerde que no fui yo a buscarle y que no he sido yo quien ha querido probar los floretes. —Pocas palabras, señor —respondió el otro poniéndose muy pálido—; le he dicho que es usted un villano y lo repito. Aquí estoy en mi casa. Ya nos veremos.
En este momento la señora comenzó a gritar:
—¡Pero, Peppo! ¡Peppo! ¿Estás loco? ¿Qué cosas dices?
La única contestación a estas preguntas fue una bofetada que la señora recibió sin mucha sorpresa.
—¡Márchese de aquí! —gritó el señor Severi—. ¡Salga, márchese! ¡No quiero verle! Estoy en mi casa. Usted me ha ofendido, acuérdese.
—¡Y te volveré a ofender, cobarde! —grité excitado por aquella escena. —Está bien, está bien. ¡Hasta mañana! ¡Pero ahora fuera de aquí!
Ya no había nada que hacer. Salí de la casa, me detuve un momento en la cancela para comprobar si se oían gritos en la casa, y al momento regresé a la ciudad.
Al día siguiente dos señores vinieron a traerme el desafío del tenor, y, después de lo que le había dicho, tuve que aceptarlo. Nombré mis padrinos y les manifesté que no tenía ningún inconveniente en batirme a pesar de mi absoluto desconocimiento de toda clase de armas.
El encuentro quedó decidido y el arma fue la pistola. Disparé al azar y el tenor murió a causa de la herida, después de dos días de agonía.
Y ahora me hallo aquí esperando la sentencia. Pero, ¿soy acaso culpable? ¿No les parece que, en este asunto, hay algo de suicidio?
¿No fue él quien quiso conocerme, que comenzó a saludarme, que me llevó a su casa, que quiso esgrimir para pasar el rato, y que luego quiso batirse en serio? ¿No les parece que, desde el primer sombrerazo hasta el último disparo, hay una relación estrecha y voluntaria, una preparación consciente de su destino? Yo no he sido más que su instrumento.
No tengo culpa alguna. No tengo su sangre sobre la conciencia. Mis abogados explicarán, con la ayuda de la ciencia y de la metafísica, el misterio de este acontecimiento. Y si me condenan, ya no creeré nunca jamás en la buena educación.