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LA CÓLERA DE LOS DESCAMISADOS

CAPÍTULO XII. EL VELO SE DESGARRA

5. LA CÓLERA DE LOS DESCAMISADOS

La reacción termidoriana sacó a los sans-culottes de su pasividad taciturna y entristecida, transformó su reserva en hostilidad abierta. Por fin comprendieron hasta qué punto se había burlado de ellos la burguesía, pero su desengaño se expresó de forma algo |338| confusa e impotente. Las condiciones objetivas de la época no les permitieron aprovechar todas las enseñanzas de su derrota. A partir de 1795, expresaron su profunda decepción: “Estamos a punto de lamentar todos los sacrificios que hemos hecho por la Revolución”, declaró, el 17 de marzo, en la tribuna de la Convención, el orador delegado por las secciones de Finistère y de Observatoire. En el otoño de 1795, Babeuf describió en estos términos la opinión popular: “Nos dijeron que la República era algo magnífico y lo creímos y hasta tal punto, que, para obtenerlo, hicimos esfuerzos sobrenaturales. La experiencia no justifica aquellos anuncios magníficos”. Y el futuro comunista añadía: “El pueblo confiado y absolutamente sincero tuvo que interpretar literalmente esos majestuosos términos: igualdad, libertad. Pero, ¡ah, bribones! […] desde el momento en que, una vez que os apoderasteis del sublime movimiento revolucionario, manifestasteis al pueblo que interpretabais dichas expresiones en sentido inverso al del diccionario, el entusiasmo que le inspiraba lógicamente” se convirtió “en indiferencia e incluso odio”.

La cólera de los descamisados se manifestó mediante coletazos elementales y brutales. Revistió la forma de motines provocados por el hambre. La sensación de vacío en el estómago enfureció al pueblo. El 27 de marzo de 1795, una delegación de mujeres fue admitida en la tribuna de la Convención. Una de ellas tomo la palabra: “Con cuarenta céntimos al día, nadie puede comprar artículos que suplan la falta de carne”. El presidente dio una respuesta evasiva, que no era en absoluto la que esperaban las amas de casa. Estas subrayaron las frases del presidente con los gritos de ¡Pan! ¡Pan!

El 1 de abril (12 Germinal) todo el París sans-culottes se alzó. Mientras la multitud invadía la sala de sesiones de la Convención, se sucedieron en la tribuna los oradores de las secciones. El de la sección de Quinze-Vingts se expresó en estos términos: “Desde el 9 Termidor, nuestras necesidades van en aumento. El 9 Termidor debía salvar al pueblo y el pueblo es víctima de todas las maniobras. |339| Se nos había prometido que la suspensión del precio máximo nos devolvería la abundancia, pero la escasez no puede ser mayor. […] ¿Por qué están cerradas las sociedades populares? ¿Dónde están nuestras

cosechas? ¿Por qué se deprecian cada vez más los asignados? […] Pedimos que se empleen todos los medios para remediar la horrible miseria del pueblo, para devolverle sus derechos”. A continuación le tocó el turno a Vaneck, lugarteniente de Dobsen, el hombre del 31 de mayo. Declaró en nombre de la sección de la Cité: “¿Dónde han ido a parar todos los cereales que produjo la abundante cosecha del año pasado? […] Se deprecian los asignados, porque habéis promulgado decretos a consecuencia de los cuales se ha perdido la confianza en ellos […] [Los ciudadanos] están hartos de pasar las noches a la puerta de las panaderías: ya es hora de que quienes necesitan alimentos, quienes hicieron la Revolución, puedan subsistir”.

Los miembros de la Convención y su Presidente intentaron ahogar la cólera popular con frases elevadas, pero, a cada instante, la potente voz del pueblo, semejante al coro antiguo, ¡Pan! ¡Pan!, los interrumpía.

La agitación llegó a su paroxismo el 20 de mayo (1 Pradial). Mientras los descamisados se habían adueñado de la Asamblea, el orador de la sección de Bon-Conseil hizo las siguientes manifestaciones en la tribuna: “La mayoría de los artículos son casi tan abundantes como en los últimos años y, sin embargo, una codicia desenfrenada ha hecho que sus precios se centuplicasen. Todos los días, se exponen con profusión, ante los ojos del pueblo, comestibles de todas clases y los ciudadanos no pueden satisfacer las primeras necesidades de la vida, a no ser que las paguen a precio de oro. […] Si existe harina para fabricar esa cantidad prodigiosa de pasteles, bollos de leche y bizcochos que, en todas las calles, en todas las plazas, en todos los paseos, se exponen ante los ojos de los miserables, como para insultar el hambre que los devora, ¿acaso no se podría encontrar un medio para aumentar la cantidad o |340| mejorar la calidad del pan de la igualdad? Si a fuerza de asignados o de dinero se consigue pan en las alquerías, ¿por qué este aumento exorbitante y diario?”

¡Pan! ¡Pan!, gritaban las mujeres en las tribunas. Entonces se entabló un diálogo

entre el coro y el presidente:

El Presidente. —Todos esos gritos no acelerarán ni un solo

instante la llegada de mercancías.

Una mujer. —Hace mucho tiempo que esperamos, ¡diablos! El Presidente. —Pido que se deje a uno de nuestros colegas

comunicar noticias satisfactorias. Acaba de apremiar el envío de los alimentos y va a informar…

Las mujeres. —No, no, queremos pan.

El Presidente. —Declaro a las tribunas que prefiero morir a

permitir que se falte al respeto a la Convención. (Las mujeres ríen

y gritan).

En aquel momento, la manifestación tomó un carácter violento. Derribaron la puerta de la sala de sesiones de la Convención. Los diputados, que al principio se habían refugiado en los bancos superiores, tuvieron que ceder su lugar al pueblo. Fue entonces cuando el representante Féraud, al que la multitud había confundido con el termidoriano

Fréron, murió de un disparo de pistola. Poco después, izaron su cabeza en la punta de una pica. La manifestación se transformaba en insurrección.

La burguesía quedó consternada. “Nunca —iba a observar Carnot—, ni siquiera en las jornadas más terribles de la Revolución, vi al pueblo tan exasperado; aquélla fue la única vez en que me pareció feroz […] Sus rostros revelaban la desesperación y el hambre”. Los insurrectos manifestaron cierta conciencia. Su proclamación del 20 de mayo vinculó la cuestión de los alimentos con un desenlace revolucionario libertario: “El pueblo, considerando que el gobierno lo obliga a morir de hambre inhumanamente […], decreta lo siguiente: […] Hoy, sin falta, los ciudadanos y las ciudadanas se |341| dirigirán en masa a la Convención Nacional para pedirle: primero, pan; segundo, la abolición del ‘gobierno revolucionario’, cada una de cuyas facciones ha abusado sucesivamente para arruinar, hacer morir de hambre y esclavizar al pueblo; tercero […], la proclamación y el establecimiento en el acto de la Constitución democrática de 1793; cuarto, la destitución del Gobierno actual […] y la detención [de sus] miembros”. Al poder burgués, a la democracia burguesa, los combatientes de Pradial opusieron la democracia directa, la soberanía real del pueblo.

Los manifestantes habían perdido totalmente el respeto a la Convención. La ficción de la Asamblea ya sólo les inspiraba risas y sarcasmos. Ya el 1 de abril, una mujer había respondido a un representante que la apremiaba, con mayor energía que los otros, para que le devolviera su puesto: “Estamos en nuestra casa”. La proclamación de los insurrectos de Pradial desposeyó a la Asamblea de su soberanía: “Queda suspendido todo poder que no proceda del pueblo”. El 20 de mayo, en la Convención, el Presidente intentó en vano resucitar la ficción esfumada. Creyendo que iba a contener con sus palabras a los invasores, exclamó pomposamente: “Estáis en el interior de la representación nacional”. Pero el coro le replicó: “¡Bribón! ¿Qué has hecho con nuestro dinero?”. Y un hombre gritó: “¡Marchaos todos! ¡Vamos a formar la Convención nosotros mismos!”. Dicho y hecho: hasta medianoche, los representantes de extrema izquierda y los descamisados, sentados codo con codo en los bancos de la Asamblea abandonados por la mayoría, legislaron.

Cuando las tropas termidorianas los desalojaron de la Convención, los insurrectos convirtieron a la Comuna en el centro de su poder. El día siguiente, 21 de mayo, un representante anunció en la Convención que existía una reunión sacrílega de rebeldes que se titulaba: Convención Nacional del Pueblo Soberano.

Hasta los miembros de la extrema izquierda de la Asamblea, los que recibieron el nombre de “los últimos de la Montaña”, los Romme, los Goujon, los Soubrany, provocaron la desconfianza y |342| la ironía de los descamisados. Se vio con claridad, cuando Romme quiso dar preferencia a la cuestión de las libertades políticas sobre la de los alimentos. Propuso a la Convención, que por unas horas habían vuelto a dominar los de la Montaña, como consecuencia de la retirada de la derecha, que se votase primero la liberación de todos los patriotas encarcelados:

—Después de este decreto —exclamó— debemos ocuparnos de proporcionar pan al pueblo.

Entre aquellos jacobinos avanzados y los insurrectos de Pradial ya no había gran cosa en común. Lo único que los reunió fue el cadalso. Los primeros no fueron sino oponentes parlamentarios, arrastrados a su pesar a la tempestad. Los segundos, el grabador Lime, el guardalmacén Etienne Chebrier, el zapatero François Duvalo, el tintorero Pierre Dorisse y sus camaradas anónimos fueron hombres de otra clase. La ejecución de los “últimos de la Montaña”, inmediatamente después de Pradial, su suicidio heroico, los envolvió en una especie de aureola. Se los confundió con la insurrección, cuyas víctimas incidentales fueron. No obstante, el sobrenombre que se les atribuyó indica claramente lo que eran: los últimos portavoces de la revolución burguesa. Por el contrario, los insurrectos de Pradial, predecesores de los de junio de 1848 y de 1871, fueron los precursores de la revolución proletaria.

Pero los amotinados, después de haber proclamado la decadencia del poder burgués, volvieron a caer, como niños, en las trampas que les tendieron sus adversarios. La razón fue que la atracción de la clase contraria seguía siendo muy fuerte y la que estaba naciendo era todavía débil y muy poco homogénea.

Los insurrectos de Germinal (1 de abril) se habían limitado a invadir la sala de sesiones, cuando en realidad tenían en sus manos la posibilidad de dispersar a los representantes y nombrar un gobierno |343| insurrecto. Con un poco más de cohesión, habrían podido adueñarse de la capital. En lugar de eso, se dispusieron a abandonar pacíficamente el recinto, cuando los termidorianos, recuperados de su sorpresa, pasaron a la ofensiva. La Guardia Nacional burguesa, que se había agrupado alrededor de la Convención, recibió al pueblo, a la salida de la Asamblea, a bayonetazos. A continuación, los rebeldes se atrincheraron en Notre-Dame, pero las tropas de Pichegru derribaron las puertas de la catedral y perpetraron una verdadera matanza de obreros.

Los insurrectos de Pradial repitieron el error del motín anterior. Lo agravaron incluso, pues esta vez se hicieron con parte del poder: legislaron, pero no se les ocurrió adueñarse del Poder Ejecutivo. De nada sirvió que un hombre más decidido, el negro Delorme, diese la orden de disparar los cañones que apuntaban a las Tullerías. Los artilleros vacilaron a la hora de asestar un golpe sacrílego contra la sacrosanta Convención. Poco después, Delorme les reprochó amargamente aquella vacilación: “Cobardes —les dijo—, si me hubieseis dejado, seríamos dueños de París”.

Los termidorianos habían reunido los batallones de las secciones que les eran fieles. Estos, hacia medianoche, expulsaron a los insurrectos de la sala de la Convención. Una vez “liberada” la Asamblea, el representante Thibaudeau tocó el clarín: “Hasta ahora sólo habéis adoptado medidas a medias; ya no hay esperanza de conciliación entre vosotros y una minoría facciosa y turbulenta”. Ante aquella provocación, la insurrección se reanudó. El día siguiente, 21 de mayo, las tres secciones del barrio de Saint-Antoine, las más obreras de París, tomaron las armas. Los batallones así reclutados, numéricamente mucho más importantes que los del adversario, rechazaron cómodamente a las tropas de la Convención enviadas a su encuentro, llegaron hasta la plaza del Carroussel, se desplegaron en orden de combate en ella y apuntaron sus cañones a la sala de la Asamblea.

|344| Pero el prejuicio legalista estaba todavía arraigado en el corazón de aquellos hombres. Las ilusiones de las que parecían haberse deshecho volvieron a surgir. Sobrevino un acontecimiento inesperado, que acabó con su avance: los artilleros de las secciones

fieles a la Convención, en un arrebato repentino, fueron a unirse, con sus piezas, a los insurrectos, confraternizaron con ellos. Era una repetición del 31 de mayo de 1793. Como dos años antes, los contornos de la lucha de clases se desdibujaron. En lugar de dos adversarios que se enfrentaban, se produjo una barahúnda confusa, en la que los asesinos del día siguiente estrechaban la mano de los futuros asesinados.

Los termidorianos, que en el momento de la deserción de sus artilleros se habían creído perdidos, advirtieron inmediatamente el partido que podían sacar de aquellos abrazos. Fingieron contemporizar con el motín. Uno de ellos, Rabaud-Pomier, propuso: “Todos los ciudadanos parecen dispuestos a confraternizar unos con otros; sería conveniente que la Convención designase a diez de sus miembros para que fuesen a explicarse con sus ciudadanos, con el fin de evitar el derramamiento de sangre”. Se aceptó aquella propuesta.

Poco después, uno de los diez comisarios, Delacroix, volvió a la sala, escoltado por seis delegados de las secciones enviados por los insurrectos para expresar sus sentimientos en la tribuna. Uno de ellos, Saint-Geniez, tomó la palabra. Habló alto y con firmeza. ¿Iría a abortar el hipócrita intento de conciliación entre las clases? Pero un representante, Gossuin, uno de los diez comisarios que habían regresado a la sala, se encargó de volver a cerrar la trampa sobre los descamisados: “Puesto que todos los ciudadanos buenos —exclamó, fingiendo absoluta sinceridad— están reunidos para confraternizar y proteger a la Convención, pido que el Presidente dé a los peticionarios el abrazo fraterno”. Y así se vio al Presidente, Vernier, estrechar en sus brazos al sans-culotte Saint-Geniez. Fue el último beso que intercambiaron burgueses y descamisados.

|345| A continuación, la Convención les tendió toda clase de cebos. Revocó el decreto que establecía el libre comercio del dinero. Decretó que se presentarían “sin cesar” las leyes orgánicas de la Constitución de 1793. No fue necesario nada más para decidir a los delegados de los sans-culottes a retirarse. No obstante, los más conscientes de ellos presintieron la trampa y, a partir del día siguiente, 22 de mayo, comenzaron a comprender que los habían “engañado indignamente”. Se reanudó la agitación. En la calle se oyeron afirmaciones como esta: “Hay que apoyar a nuestros hermanos del barrio de Saint-Antoine, acabar con los representantes y no perdonar en modo alguno a los comerciantes y a los petimetres”.

Los termidorianos se prepararon fríamente para la lucha. Consiguieron reunir una primera formación de unos mil doscientos hombres, compuesta en su mayor parte por la “juventud dorada”. El día 23 (4 Pradial), por la mañana muy temprano, aquella columna penetró en el barrio de Saint-Antoine, donde no encontró seria resistencia.

El pueblo, que seguía paralizado por el prejuicio legalista y también por un escrúpulo caballeresco —su proporción era de veinte contra uno—, siguió vacilando a la hora de provocar la guerra civil. Ante la pequeña columna de los termidorianos, las barricadas se fueron abriendo una tras otra sin derramamiento de sangre.

Sin embargo, cuando llegó a la puerta de Treme, la tropa de Kilmaine tuvo la impresión de que había caído en una ratonera. Una vez más, los insurrectos no supieron sacar partido de la situación. Dejaron salir a la “juventud dorada” de aquel callejón sin salida sin hacerle daño alguno, y se limitaron a acribillarla con abucheos y rechiflas. Los

petimetres se retiraron confusos, como hoy los fascistas de Ordre Nouveau. Pasaron uno a uno por un orificio practicado con ese fin en la barricada que cerraba el paseo del barrio.

Pero los termidorianos no hacían mucho caso de aquella “juventud dorada”. Confiaban mucho más en el ejército regular. |346| Cuando el general Menou acabó de concentrar una fuerza de treinta mil hombres, compuesta de regimientos de la guarnición de París y de algunas guarniciones cercanas, dotada con numerosa artillería y agrupada apresuradamente, comenzó una feroz represión. A la cabeza de las tropas, Menou se presentó hacia las cuatro de la tarde ante el barrio y conminó a los insurrectos a entregar al instante sus armas y cañones. En caso contrario los declararían rebeldes y los bombardearían. Aquello fue el fin: diez mil sans-culottes detenidos, encarcelados o deportados. Los jefes oscuros que habían surgido en el motín murieron en el cadalso.

Entre los encarcelados de las prisiones de Plassis (en París) y de Arras, se encontraron militantes mucho más conscientes: Gracchus Babeuf y sus amigos. Durante su encierro, tomaron contacto directo con los supervivientes de las insurrecciones de Germinal y de Pradial. Pudieron admirar, con documentos en la mano, los proyectos de poder popular que habían esbozado los revolucionarios, así como criticar las debilidades de las dos insurrecciones.

6. BABEUF APROVECHA LAS ENSEÑANZAS DE LA REVOLUCIÓN

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