Llegué al hotel Ritz, en Central Park sur, a las diez menos cuarto, quince minutos antes del desayuno pactado con el hombre de moda en Hollywood. Me froté los ojos, tratando de sacudirme el sueño de encima, mientras esperaba a la entrada del Atelier, el restaurante del Ritz y uno de los más chics de Nueva York. Y por chic quiero decir ostentoso. Pretencioso. Extravagante.
Me sorprendió de alguna manera que Cole Brannon hubiera elegido ese lugar para encontrarnos. Pero con los famosos nunca se sabe. Tal vez su carácter bostoniano de clase media hubiera sido reemplazado por el de un habitante del Upper East Side, rico y amante del caviar. Me sentí fuera de
lugar, mientras veía, cambiando el peso de una pierna a la otra, el desfile de Gucci, Prada y Escada que flotaba a mi alrededor.
Siempre he odiado entrevistar a famosos durante las comidas. A simple vista parecía glamuroso. De hecho, he conocido restaurantes exclusivos que con mis medios no habría podido permitirme ni en un millón de años. Una vez que el famoso llegaba veinte minutos tarde, a menudo acompañado por un maquillador, un agente de prensa y un asistente personal, nuestra mesa se convertía de inmediato en el centro de la atención de todo el mundo, el núcleo luminoso de nuestro propio sistema solar. Era el objeto de la envidia de docenas de comensales que sin duda se preguntaban quién era yo y por qué una chica tan corriente estaba cenando con Julia Roberts, Paris Hilton o Gwen Stefani.
Y entonces comenzaba el ejercicio de vanidad. El actor/modelo/cantante en cuestión prácticamente olvidaría que yo estaba allí, incluso si le hacía preguntas. En vez de mirarme y mantener una verdadera conversación conmigo, el famoso se convertía en un profesional de las tareas múltiples: escrutaría alrededor para comprobar la adoración de los fans, consultaría los mensajes del teléfono móvil, sorbería su champán y les murmuraría cosas tanto a su asistente personal como a su agente de prensa, todo a la vez. A veces me sentía como si me estuviera entrometiendo en su pequeño mundo privado, más allá de que fuese Mod quien pagaba la comida del actor/cantante/modelo en cuestión y con frecuencia también la bolsita con las sobras que se llevaba para su perro.
Entonces podréis imaginaros por qué un desayuno con el guapísimo Cole Brannon no me entusiasmaba tanto como debería haberlo hecho. No tenía dudas de que él llegaría: a) tarde, b) rodeado de un séquito impresionante y, posiblemente, con una modelo o actriz con la que se había acostado la noche anterior, c) con resaca o simplemente demasiado aburrido como para responder a mis preguntas, y d) pasaría toda la entrevista tratando de ver sus facciones perfectas en el brillo de las cucharas, las bandejas y botellas que traería el atareado camarero.
No estaba de humor para otra prima donna esa mañana. Pero tenía que hacer mi trabajo y no me quedaba elección.
Diez minutos después de llegar al Atelier, decidí que me sentaría a la mesa reservada y esperaría a Cole Brannon ya sentada allí. Me moría por un capuchino y pensé que a Cole Brannon no le iba a importar si arrancaba con mi dosis de cafeína matinal. Pedí una mesa cerca de la puerta y miré la entrada intensamente, sabiendo que lo vería entrar apenas apareciera.
Las mesas estaban bien separadas unas de otras y el cielo raso elevado le daba al lugar un aire fresco. Las maderas y telas oscuras se combinaban armoniosamente y con gran estilo (de una manera un poco indescriptible, si me preguntáis). En las paredes se alineaba una cantidad de cuadros de
arte moderno tan costosos como brillantes. Camareros inexpresivos atendían casi a la carrera a sus ricos clientes, mientras éstos reían suavemente, usando con precisión los cubiertos de plata correctos, elegidos de entre casi una docena de utensilios dispuestos ante ellos. Mis maneras no se acercaban ni remotamente a nada tan sofisticado. Después de los tres cubiertos básicos y el tenedor de ensalada, me sentía perdida. Consciente de que mi blusa sin mangas rosa pálido de Zara y mi falda negra de tubo de Gap no eran allí más apropiadas que yo, me senté en la silla tratando de mimetizarme con los cuadros. Desafortunadamente, éstos eran mucho más coloridos y excitantes que yo.
Para cuando dieron las once sin que Cole Brannon se presentaba, mi capuchino se había acabado y mi buen humor también. Los famosos solían llegar tarde a las citas, pero ¿por qué tenía que ser una hora completa? Y eso, además, cuando yo había renunciado a un fin de semana con Tom para hacer una entrevista de última hora. Estaba totalmente dispuesta a darle a Cole Brannon el beneficio de la duda, dado que realmente me había parecido agradable y con los pies sobre la tierra en la mayoría de las entrevistas que había leído, pero esto ya ponía a prueba mi paciencia. Comenzaba a ser evidente que se trataba de otra estrella haciendo esperar a una periodista, mientras se tomaba el tiempo para acicalarse o dormir su resaca o lo que fuera que estuviera haciendo. Cogí el móvil para llamar a Ivana Donatelli, la agente de Cole que había arreglado el encuentro, pero me atendió directamente su contestador. Aparentemente, ella tampoco estaba despierta.
Cinco minutos después, tras rehusar de mal humor el ofrecimiento del obsequioso camarero de otro capuchino, sonó mi móvil. En la pantalla se leía «número desconocido». Estaba segura de que era Ivana respondiendo mi llamada.
—¡Hola! —espeté, consciente de que mi voz sonaría tan fastidiada como me sentía.
—¿Claire? —La voz masculina no era la que esperaba oír, pero al mismo tiempo me sonaba familiar. Era muy profunda y ronca como para ser la de Tom. Pero la forma en que suavizaba el sonido de la erre de «Claire» me recordaba a algo.
—Sí... —repuse lentamente, tratando de identificar aquella voz familiar. —Soy Cole —dijo—. Cole Brannon —aclaró, como si yo pudiera recibir llamadas de otro hombre llamado Cole. «Bueno, ésta sí que es una primera vez», pensé de mal humor, encogiéndome de hombros. Nunca antes un famoso en persona me había llamado para cancelar una cita o lo que fuera que iba a hacer.
«¿Dónde demonios estás?». Pero eso no sería apropiado, ¿no? De manera que me até la lengua y esperé.
—¿Estás ahí? Quiero decir, en el restaurante —preguntó Cole. Su voz sonaba terriblemente sexy, pero eso no me iba a ablandar demasiado. —Sí, en el Atelier —contesté con aspereza—. Estoy en una mesa cerca de la puerta. Sola —añadí enfatizando esa última parte—. ¿Dónde estás?
El hecho de que fuera una de esas hermosas estrellas de cine no hacía que pudiera dejarme plantada esperando.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Cole Brannon entre risas. Muy a mi pesar, me relajé un poco—. ¡Llevas aquí más de una hora!
—Sí, claro —repliqué, detestando que me gustara tanto su voz profunda. Recordé que se suponía que estaba enojada con él. Y entonces caí en la cuenta—: Un momento, ¿cómo lo sabes?
—Porque he estado sentado a dos mesas de ti todo este tiempo.
Para mi horror, descubrí que su risa no sólo provenía del teléfono, sino de un hombre con una gorra de béisbol, a su vez sentado solo a una mesa, a unos metros detrás de mí. Llevaba la gorra encajada sobre los ojos y no había advertido su presencia. Los famosos nunca llegaban puntuales, por lo que estaba segura de que había llegado antes que Cole. Sólo le había echado una mirada rápida al restaurante nada más llegar.
—Espera. Voy para allá —dijo Cole despacio, y oí que cortaba la comunicación.
Por un segundo no pude moverme y continué con mi teléfono pegado a la oreja, congelada por la vergüenza. Tenía las mejillas totalmente rojas y me preguntaba si alguna vez me había sentido más idiota (la respuesta, era no, en caso de que lo preguntéis; había alcanzado una nueva marca en el registro de mis estupideces).
Había dejado al actor de moda en Hollywood esperando durante más de una hora porque no lo había reconocido. Ése sí que era un récord de estupidez, incluso para mí.
—¡Hola! —dijo animadamente Cole Brannon cuando al fin llegó a mi mesa. Lo miré con cautela. Por primera vez reparé en sus brillantes ojos azules y en los mechones de cabello castaño despeinado que asomaban por debajo de la gorra de los Red Sox. En persona, su cara parecía aún más perfecta que en la pantalla o en las cubiertas de las revistas. Aunque suene sensiblero, realmente parecía tallado por el mismo Miguel Ángel.
Cuando sonreía, otros hoyuelos adorables, además del de su barbilla, aparecían también en sus mejillas, perfectamente bronceadas. No suelen gustarme las patillas, pero repentinamente me fascinó la forma en que las suyas terminaban al final de los lóbulos de las orejas, perfectamente recortadas. Tenía unas pocas pecas en el puente de la nariz, cosa que no había notado antes en la pantalla, y una pequeña, casi imperceptible cicatriz en la mandíbula. Recordé que había leído que se trataba de una herida sufrida en un partido de fútbol cuando iba al instituto.
Vestía unos sencillos téjanos gastados (que no tenían pinta de ser de diseño) y una camiseta con cuello azul que se ajustaba perfectamente a su cuerpo.
Sin embargo, lo más llamativo era lo bien parecido que era de cerca. Yo llevaba bastante tiempo en el mundo de los famosos para saber que la gente no siempre lucía tan bien en persona como en la pantalla. Las estrellas de cine masculinas siempre eran un poco más bajas en persona. Sus cabellos siempre parecían estar retrocediendo (incluso había identificado dos casos de implante capilar en dos de los hombres más populares de Hollywood). Sus cabezas, por extraño que parezca, tendían a parecer más grandes que sus cuerpos. Y los rostros más perfectos de la pantalla solían estar tan llenos de bótox que parecían máscaras sin expresión.
Pero Cole era perfecto. Perfecto. Su cara era absolutamente proporcionada y sus ojos brillaban con la misma intensidad que en la pantalla. Había supuesto que esos ojos azules brillantes eran producto de un trucaje, pero aquí estaban, relucientes ante mí. Tenía unas pequeñas arruguitas alrededor de los ojos y en la frente, lo que revelaba su falta de experiencia con el bótox, y sonreía de una forma muy real. Tenía un poco de barba y el cabello oscuro libre de mermas o implantes.
Hasta ese momento había pensado que yo no era tan superficial como para fijarme en el aspecto de la gente. Pero aquélla era una nueva situación. Me hallaba, sin lugar a dudas, ante el ser humano más atractivo que hubiera visto jamás. Era asombroso.
Por supuesto, pensé todo eso mirando hacia abajo, presa de la vergüenza. —Dios mío —dije, levantándome y tendiéndole una mano, advirtiendo de pasada que estaba temblando. De pronto tenía problemas para respirar—. Lo lamento tanto... No me he dado cuenta de que estabas aquí...
Era plenamente consciente de que tenía las mejillas sonrojadas. Al fin fui consciente de que Cole había terminado de estrecharme la mano y cogía una silla, cerca de la mía. No parecía enfadado. Al contrario, sonreía. Y hasta se echó a reír. ¿Me había perdido algo? Parecía reírse conmigo, no de mí. Pero tal vez mi detector de risa estuviese estropeado.
Hizo un gesto de que me sentase en una silla antes de hacerlo él.
—Bueno, supongo que eso significa que mi disfraz es bueno, ¿no? —dijo. Lo miré sin saber qué responder y de repente comprendí por qué la gente a veces describe ciertos ojos como embrujadores. Eso era lo que sus ojos hacían en ese momento.
—Yo... quiero decir... me siento tan avergonzada... —tartamudeé hasta que finalmente me permití una risita nerviosa—. ¿Cuánto hace que estabas ahí?
Tal vez no había estado allí todo el tiempo. Tal vez yo era menos idiota de lo que había pensado.
—Oh, algo así como una hora y media —contestó Cole, todavía sonriente. Enrojecí aún más. Sí, definitivamente era una idiota.
—¡Oh, no! —dije—. ¡Qué estúpida que soy! Quiero decir, obviamente conocía tu cara...
Aquello sonó decididamente estúpido. —Y aun así no te reconocí —agregué.
Cole volvió a reír y me miró asombrado. Parecía perfectamente en sus cabales. Sí, debía de estar perdiéndome algo. Esperaba que su guardaespaldas apareciera de un momento a otro de detrás de uno de los tiestos del rincón y me echara de allí. Ningún famoso de los que yo conocía se hubiese reído de algo como lo que había pasado. Pero Cole Brannon era distinto. Y no había guardaespaldas detrás de los tiestos. Creedme. Lo verifiqué.
—En realidad, yo te había visto, pero pensé que no eras la chica que debía encontrar —dijo Cole—. Quiero decir, Ivana me dijo que eras mayor.
¿Cómo? Yo no conocía a su agente de prensa... ¿Por qué había supuesto eso? A menos que...
—No soy tan joven como parezco —dije, repentinamente a la defensiva—. Es decir, sé que parezco adolescente. Eso no es difícil cuando mides un metro sesenta de estatura... —añadí, acordándome de la comparación que había hecho Jeffrey con el Club de Mickey Mouse. Entonces vi que Cole se echaba a reír de nuevo, así que cerré la boca. Tal vez estuviera siendo demasiado susceptible.
Me ruboricé todavía más. Bien, ahora lo estaba malinterpretando.
—Y para que conste, no pareces adolescente —agregó—. Para mí luces como toda una mujer. Y además, hummm, un metro y medio de estatura... Eso me hace veinte centímetros más alto —bromeó.
«Veinticinco, para ser exactos», pensé, recordando la información de su biografía.
—¿Puedo llamarte «Duendecita»? ¿O tal vez «Damita»?—preguntó fingiendo seriedad.
Finalmente yo también reí.
—Si sirve para que te congracies conmigo de nuevo... —dije. Sentí cómo me abandonaba el aliento que había estado conteniendo, al exhalar un suspiro de alivio.
—Me has caído bien desde el primer momento —dijo—. Pero tendré en mente esos sobrenombres por si los necesito.
Me reí de nuevo y supe que se había roto el hielo. En menos de cinco minutos habíamos pasado del peor inicio de una entrevista que recordaba al mejor. Supe que sería una buena mañana.
Entonces, otra vez, supuse que cualquier mañana pasada con un hombre apuesto y amable debería calificarse como buena.
—Mira —dijo Cole inclinándose hacia delante con complicidad. Sus ojos azules eran enormes y sus perfectos dientes blancos brillaban a sólo unos centímetros de mí—. ¿Qué te parece si vamos a otro lugar a tomar el desayuno?
—Bueno —acepté sorprendida y un poco decepcionada.
¡Uf!, los famosos y sus caprichos. Justo cuando comenzaba a pensar que él era diferente, ahí estaba desmontando lo que habíamos acordado. Probablemente quería ir a un lugar más caro. ¿A Nobu, tal vez? ¿O a la Tavern in the Green? Genial.
—Si lo prefieres, nos quedamos —añadió Cole, mirándome con preocupación—. Pero ¿has visto este menú? ¿Quién come «Huevos en
cocotte con trufas» de desayuno? Y de todos modos, ¿qué diablos es eso?
Apartó la vista del menú para mirar a un camarero que se acercó trayendo lo que parecía ser ese plato, acompañado de patatas cocidas con tomillo y el caviar de veinticinco dólares que se ofrecía en el menú. Los dos comenzamos a reírnos y mi corazón, misteriosamente, se estremeció cuando su brazo derecho rozó el mío. Me sacudí de encima esa sensación
y traté de serenarme. Tenía cosas mejores que hacer que sentirme aturdida ante los famosos. Aunque ése tuviera unos hermosos ojos azules y la sonrisa más perfecta que jamás hubiera visto.
—¡Y mira los precios! —exclamó mientras terminábamos de reír, mirando nuevamente el menú—. Acaban de pasar treinta y seis dólares en huevos. ¿Están de broma?
—Ridículo —admití. Incliné la cabeza a un lado y lo miré intencionadamente tratando de no parecer acusatoria—. Pero entonces, ¿por qué me citaste aquí?
—¿Yo? —preguntó. Sacudió la cabeza y se echó hacia atrás en su asiento —. Mi agente, Ivana, lo sugirió. Es su restaurante favorito. Quería venir y encontrarse con nosotros durante la entrevista, pero debió de quedarse dormida.
Se volvió a reír y me di cuenta, repentinamente, de que su risa sonaba distinta en persona. Era más rica, plena, musical.
—Entonces, ¿qué te parece si nos vamos antes de que Ivana se decida a aparecer? —prosiguió—. Necesito un verdadero desayuno. ¿Te apetece tomar beicon, huevos y las patatas y cebollas más grasientas de Manhattan?
Sonreí y respondí: —Indícame dónde. ***
Diez minutos más tarde, tras pelearme para pagar mi capuchino de diez dólares, estábamos en la calle con rumbo este hasta el final de Central Park. Por extraño que parezca, nadie reconoció a Cole hasta entonces. Nos rodeaban edificios de sesenta pisos y el silencio de Central Park desaparecía rápidamente detrás de nosotros, pero no había aparecido un solo admirador, ni siquiera una mirada curiosa. Estábamos en un área de la ciudad tan lujosa, con residentes tan absortos en sí mismos, que un alienígena verde de dos metros y tres ojos habría pasado inadvertido.
—¿Cogemos un taxi? —propuse tratando de sonar despreocupada. No acababa de entender por qué estar con Cole Brannon me hacía sentir tan aturdida. Había entrevistado a docenas de galanes de primera línea y nunca había reaccionado de esa forma. Y llevaba muchos años haciéndolo. —¿Un taxi? —dijo dándome un leve codazo. Se me erizó la piel de una manera extraña cuando me tocó—. De ninguna forma, señorita. Iremos en metro.
—¿En metro? —repetí, mirándolo incrédula. Era imposible. Todas las estrellas que había conocido viajaban en limusinas o en coches con chofer. O como mínimo en su propio cuatro por cuatro de lujo. Nunca tomaban el metro. Sólo los seres anónimos como yo tomábamos el metro.
—Qué demonios, sí —dijo Cole animadamente, ajeno a mi confusión. Me tomó del brazo juguetonamente—. Fíjate. Nadie me reconoce. ¿No es divertido?
Era cierto. Miré alrededor para asegurarme de que estuviéramos rodeados de seres vivos que iban al cine y conocían a las estrellas de la pantalla. Parecía que sí. Estaba perpleja.
—Debo decir en mi defensa que esa gorra que llevas puesta está tan baja que apenas puedo verte la cara —afirmé con una sonrisa. Desde mi altura tenía una perfecta visión de su mentón hendido y sus patillas perfectas, que se hacían más grandes cuando sonreía.
—Excusas, excusas —dijo con una sonrisa—, pero tienes que reconocerlo: soy un maestro del disfraz.
—Lo eres —repuse. Pero me callé lo que en realidad pensaba: que nada que fuese tan hermoso debería ser escondido. Me mordí la lengua. Al fin y al cabo, yo era una profesional. Una profesional. Traté de olvidar mi abstinencia sexual. Estaba fuera de lugar.
—¿Te das cuentas de que eres parte del disfraz? —preguntó Cole en tono de complicidad.
—¿Eh?
—Bueno, en lo que respecta a toda esta gente —dijo señalando a la gente que se ajetreaba a nuestro alrededor—, somos una joven pareja que ha