El emperador romano Calígula (12-41), en sus pocos años de vida, se hizo famoso por sus rarezas y crueldades. Presidía en el Coliseo un espectáculo de lucha entre gladiadores. Uno de éstos se mostró tan valiente que el público, de pie, pidió al emperador que le indultara. El emperador se negó. El público insistía y se puso a gritar contra el emperador. Se dice que Calígula, enfurecido, les gritó a su
vez:
—¡Ah, si tuvierais una sola cabeza! ¡Con qué gusto os la cortaría de un solo tajo!
Un augurio había anunciado a Calígula que tan difícil le sería llegar a emperador como cruzar a caballo la bahía de Nápoles. Llegó a emperador, aunque sólo lo fue durante cuatro años. Y entonces se propuso, para desmentir al oráculo, cruzar a caballo la bahía de Nápoles. Y lo consiguió. Para ello tuvo que situar en la bahía alrededor de cuatro mil embarcaciones y unirlas unas a otras a manera de puente. Encima de las embarcaciones mandó poner largos tablones, y encima toneladas de arena para evitar resbalones a los caballos. El puente tenía nueve kilómetros de longitud. Y Calí- gula cruzó la bahía a caballo por aquel puente, seguido de su caballería y sus carros de guerra.
Suetonio le deja muy mal en sus escritos. Le trata de monstruo. Dice que Calígula pedía a los dioses que mandaran sobre Roma hambre, peste, derrotas y temblores de tierra. Cada diez días «arreglaba sus cuentas». Él lo decía así. Y el arreglo de cuentas era la lista de los prisioneros que mandaba a la muerte. Asistía a las ejecuciones y ordenaba a los verdugos que hirieran a sus víctimas de modo que se sintieran morir.
Entre las muchas crueldades de Calígula, se citan éstas:
Que daba fiestas y si veía que alguno de sus invitados no daba muestras de divertirse mucho, le hacía matar.
Que como la carne con que alimentaban a las fieras del circo salía muy cara, ordenó que las alimentaran con carne de esclavos y de prisioneros.
Que a un poeta llamado Aletto le hizo quemar vivo por encontrar en sus versos alguna falta de retórica.
Tenía una amante llamada Piralis, mujer muy bella. Y un día que estaban juntos, el emperador quedó como en éxtasis, mirándola dulcemente. Y ella le preguntó:
—¿En qué piensas?
—En que nada me impide, si se me antoja, hacer que te corten ese hermoso cuello.
Pero no se sabe si lo hizo, pues nada se conoce sobre cómo murió la hermosa mujer.
CAMBISES
De este rey de los persas y de los medos se sabe que fue hijo de Ciro el Grande, y que subió al trono después de la muerte de su padre, aproximadamente por los años 529 a. de J. C. No hay fecha de su nacimiento. Murió en el 522 a. de J. C. Y, según el recuerdo histórico, fue un tirano execrable. Tomamos este adjetivo de un texto histórico. Hay que señalar, empero, que sus maldades debíanse a una grave alteración psíquica que, a veces, le convertía en un verdadero monstruo de perversión.
Presapes era el favorito de Cambises, algo así como su lugarteniente o primer ministro. Un día Cambises le preguntaba:
—¿Qué dicen mis súbditos de mí?
Presapes, olvidando de que a los poderosos no les gusta oír las verdades contra ellos, dijo una verdad:
—Admiran tus buenas cualidades, pero te censuran tu excesiva afición al vino.
—Pues voy a demostrarte que el vino no me impide razonar, ni disminuye en nada mis facultades.
Cambises se hizo servir una gran jarra llena de buen vino y bebió lentamente todo su contenido. Después hizo venir a un hijo de Presapes, le hizo ponerse en un extremo de la estancia con la mano izquierda en alto, tomó su arco y una flecha y advirtió*
—Apunto al corazón.
Disparó y la flecha fue a clavarse justo en el corazón del muchacho. —¿Crees que me ha temblado el pulso?
Y, según la anécdota, Presapes, cortesano hasta un extremo inconcebible, le contestó:
—El mismo Apolo no lo hubiese hecho mejor.
CAMBRONNE
El general Pierre, vizconde de Cambronne (1770-1842), ha pasado a la historia por una frase que pronunció ante el enemigo en la batalla de Waterloo. Y que, según algunos historiadores, no pronunció, sino que dijo otra cosa muy distinta, que no pudo pasar a la historia, porque la puerta que da entrada a este paso está vigilada por ciertos centinelas bastante documentados en cortesía y conveniencias.
La versión «frase» dice que, en el curso de la batalla, los franceses se retiraban en desbandada. Menos la Guardia Imperial que, a las órdenes de Cambronne, había formado el cuadro y así resistía a las embestidas y a los cañonazos de los ingleses. Y que entonces uno de los jefes enemigos, al parecer el general Colville, y según otro parecer el general Maitland, les gritó: —¡Bravos franceses, rendios!
Y el general Cambronne contestó la frase que le ha hecho históricamente famoso:
—¡La Guardia muere, pero no se rinde!
Heroica contestación. Pero después el señor Víctor Hugo escribió su novela Los miserables, en la que, en una explicación de la batalla de Waterloo, se dice: «... las mechas encendidas como ojos de tigre en la noche, hacían un círculo alrededor de sus cabezas. Y entonces, antes de dar la orden de ¡fuego!, un general inglés, Colville según unos y Maitland según otros, les gritó: "¡Bravos franceses, rendios!". Cambronne contestó: "Merde!"» Puesto así, en francés queda más clásico. Copiamos un texto francés publicado en una revista de temas históricos:
«En una Vida de Cambronne, compuesta bajo la vigilancia de la viuda del general, el autor, Rogeron de La Vallée, afirma: Cambronne se contentó con responder: "¡Mierda!", palabra que la historia no se atrevió a registrar y que fue históricamente sustituida por "La Guardia muere, pero no se rinde". Y con la versión que damos está de acuerdo la viuda del general, y tanto ella como otros de la familia tenían por cosa cierta que Víctor Hugo, en Los miserables, dijo la verdad».
Puede el lector elegir la contestación que más le guste. Aunque, desde luego, como frase histórica queda mejor la más larga.
CAMPANILE
Se cuenta del famoso humorista italiano Achile Campanile, nacido en 1900, que una vez llegó a un hotel y pidió habitación. Le dijeron que había una libre, en el piso tercero. Y, en el momento que le decían esto, saltó una pulga sobre el libro registro. Campanile cogió su maleta y echó a correr hacia la calle. El encargado de la recepción del hotel salió tras él y le alcanzó. —¡Señor! ¡Señor! ¿Adonde va?
—No lo sé. Pero comprenda que no puedo quedarme en un hotel donde las pulgas acuden a informarse de cuál es mi habitación. Eso sí que no.
Y no hubo forma de convencerle.
CAMUS
Albert Camus (1913-1960), escritor francés, Premio Nobel en 1957, estaba un día fumando un cigarrillo en la terracita de su despacho en la Editora Gallimard, cuando se precipitó sobre él un viejo amigo.
—¡Albert! ¡Te han concedido el Premio Nobel!
Decía después el amigo que vio temblar el cigarrillo en la mano de Camus. —¿El Nobel? ¿A mí? No es posible. Soy demasiado joven. Y están Sartre y Malraux. ¡No me toca a mí!
—Pues te lo han concedido a ti.
Contaba el amigo que Camus le cayó en los brazos y se echó a llorar. Tres años después moría Camus en un accidente de automóvil.
Y su muerte tiene también anécdota. Es, desde luego, una anécdota triste. Una mañana de enero de 1960. La mujer de Camus estaba en su casa de París. Llamaron a la puerta. Era un fotógrafo con todo el instrumental.
—¿De qué se trata?
El fotógrafo la miró, asombrado. Dijo a media voz, como titubeando: —Del accidente.
La señora Camus no sabía nada. Y así se enteró de que su marido había muerto en la carretera.
CARLOMAGNO
Carlomagno, rey de Francia, o de los francos (742-814), y después emperador, tenía una hija, y un secretario llamado Eginardo, que estaba enamorado de la hija del rey. Era correspondido por ella. Y se veían algunas noches en la habitación de la princesa. Una noche, mientras estaban juntos, nevó. Y Eginardo vio que, si pisaba la nieve, sus huellas le delatarían. La princesa encontró la solución; cargó a Eginardo sobre sus hombros y así cruzó el patio de armas, de forma que sólo sus huellas pequeñas quedaron marcadas en la nieve. Cuenta la anécdota que Carlomagno les vio desde su ventana y no dijo nada. Y, comprensivo, ennobleció después a Eginardo y así fue posible la boda entre los dos enamorados. Una boda que tal vez para la princesa, además de posible, vino a ser muy oportuna.
Carlomagno sellaba sus decretos con el pomo de su espada, y decía: —Esto es lo que yo ordeno.
Y levantaba después la espada y añadía:
—Y ésta es la espada con la que haré obedecer mis órdenes.
Fundó muchas escuelas durante su reinado. Decía que nadie puede hacer el bien a los demás si no ha aprendido a distinguir el bien del mal.
Visitaba con frecuencia las escuelas y, en una de aquellas visitas, se informó del comportamiento de los alumnos. Supo que los alumnos hijos de la nobleza eran los que menos aprendían y los que menos obedecían a sus maestros, y que los alumnos pobres eran más obedientes y se aplicaban mucho más. Reunió entonces a sus nobles, padres de los malos alumnos, y les dijo:
—Vuestros hijos están dando mal ejemplo a los hijos de vuestros vasallos. No basta la nobleza heredada, ni sirve de nada si no se acompaña de conocimiento y saber. De hoy en adelante repartiré los mejores cargos entre los hijos de los pobres, puesto que son ellos los que más saben y los que más obedecen.
Carlomagno tuvo tres hijos. Gobante, Luis y Lotario. Ya viejo, reunió a sus tres hijos, partió en tres grandes partes una manzana y ordenó a sus hijos que abrieran la boca para meterles en ella, a cada uno, el trozo de manzana que le correspondía. El hijo Gobante no lo quiso hacer y se marchó diciendo que todo aquello eran ridiculeces. Los otros dos obedecieron. Carlomagno invistió a Luis como rey de Francia, a Lotario como duque de Lorena y dejó sin nada a Gobante.
CARLYLE
Thomas Carlyle (1795-1881), filósofo, historiador y crítico inglés, autor de Sartor Resartus y de Los héroes, entre otros muchos libros, era un hombre de trato difícil, que lo supeditaba todo a su obra y esto hacía dificultosa la convivencia familiar. Su mujer estaba encargada de alejar a los inoportunos y de mantener el silencio alrededor del trabajo del escritor. En esto Carlyle era de un rigor extremado. Si daba una orden, exigía que se cumpliera en seguida. Decía:
—Si pido que me hagan un caldo de piedras, aunque a todo el mundo le parezca extraño, me han de hacer un caldo de piedras.
Se dice que su mujer dijo una vez:
—Supe que me casaba con un hombre de genio; pero no sabía que el genio fuese tan difícil de soportar.
Carlyle nació en Ecclefechan, en Escocia, y vivió en este lugar en su juventud, hasta que se fue a vivir a Londres. Una vez, un viajero que visitaba Escocia, llegado a Ecclefechan, preguntó a uno de allí si había conocido al poeta Thomas Carlyle.
—¡Ah, sí! Hace tiempo. Creo que ahora vive en Londres y escribe libros. Pero aquí el tipo importante es su hermano Jaime. Es el hombre que cría los mejores cerdos de todo el país.
Carlyle no estaba de acuerdo con las doctrinas de otros filósofos, como suele ocurrir a todos los pensadores, que lo primero que descubren son los errores de los
otros. Y una vez que le preguntaban si leía mucho, dijo: —Menos a los filósofos, todo lo que puedo. —¿Y por qué a los filósofos no?
—Porque a mí sólo me interesa la verdad, y los filósofos suben en globo con una vela encendida y cuando bajan nos explican cómo son las estrellas vistas a la luz de la inteligencia. Inventado todo.
CARNEGIE
Andrew Carnegie (1837-1919), uno de los multimillonarios más famosos del mundo en su tiempo, había nacido en Escocia. Hizo los millones en los Estados Unidos, donde empezó con un empleo en Pittsburg, Pensilvania, por el que sólo ganaba diez dólares al mes. Un día, el cajero de la empresa, en vez de pagarle el sueldo, le dijo:
—Espera; he de hablar contigo.
Carnegie pensó que le despedirían. Pero no fue así, sino todo lo contrario. El cajero le dijo:
—Estamos contentos de tu trabajo y hemos decidido aumentarte el sueldo. De aquí en adelante cobrarás doce dólares cada mes.
Años después, ya millonario, decía Carnegie:
—Pocas veces el dinero ganado me ha producido tanta satisfacción como aquellos dos dólares de aumento mensual.
A Carnegie le gustaba ayudar a los otros y facilitar el camino del éxito a los que creía capacitados para triunfar. Se asegura que treinta de sus colaboradores llegaron también a millonarios. Cuando le preguntaban el secreto de su éxito, decía:
—He sabido elegir a mis colaboradores.
En el Century Magazine se publicó, en 1908, una referencia a Carnegie que merece la pena repetir. El multimillonario, viejo ya, asistió a un banquete. Le
pidieron que dijera algo de sí mismo, que explicara alguno de sus buenos recuerdos. Se levantó y dijo:
—Nací en una familia pobre, y no cambiaría los buenos recuerdos de mi infancia por los de ningún hijo de millonarios. ¿Qué saben esos niños de las alegrías familiares, y del inolvidable recuerdo de una madre que es el mejor refugio de muchos hijos, la mejor cocinera, la mejor maestra, la mejor lavandera y, a la vez, la mujer más bonita, más ahorradora, más angelical y más santa de cuantas ha conocido un hombre en su larga vida?
Y una vez dijo que el epitafio que le gustaría tener en su tumba sería éste: «Aquí yace un hombre que supo rodearse de otros hombres mas capaces que él».
Tenía Carnegie un perro al que quería mucho. Una vez que pasaba unos días de vacaciones en el lago Michigan, perdió el perro, y puso un anuncio en el periódico local, el Morning Herald: «Perdido un fox-terrier blanco que responde al nombre de Billy. Se ofrecen mil dólares a quien lo encuentre y lo devuelva a su dueño en el Star-Palace». El anuncio no se publicó y Carnegie fue a la redacción a protestar. No había nadie. Llamó a voces y, al fin, le atendió una mujer que estaba limpiando los suelos.
—¿Es que no hay nadie? —No; se han ido todos. —Pero, ¿qué ha pasado?
—Por lo que he oído, me parece que han ido en busca de un perro blanco que se llama Billy.
No dice la anécdota si el perro se encontró. Y la verdad es que esta misma anécdota la hemos leído otras veces atribuida a otros, y hasta como cuentecillo, sin atribuir a nadie. Pero la revista italiana Minerva, la atribuye a Carnegie.
Carnegie era coleccionista de autógrafos y llegó a tener casi todos los V.I.P. de su tiempo. Le faltaba el de un naturalista llamado Ernest Haeckel y se lo pidió a través de un alumno. Haeckel accedió en seguida y en el álbum de Carnegie escribió: «Ernest Haeckel agradece, conmovido, a Andrew Carnegie el microscopio que ha regalado al laboratorio de biología de la universidad».
Carnegie regaló el microscopio y decía después:
—No sé si Haeckel es el personaje más importante entre aquellos cuyos autógrafos tengo, pero su autógrafo es el que me ha costado más caro.
Cuando alguien le hablaba de su mucho dinero, decía:
—No, no; no paso de ser un pobre bienhechor de la humanidad. —¿Pobre?
—Sí; y de un tipo de pobreza que sólo conocen los que invierten su dinero en el bien de los otros
CAROL.
La actriz de cine francesa Martine Carol visitaba a otra actriz, amiga suya, que no había conseguido triunfar y vivía en un piso barato, en un barrio apartado del centro. Martine Carol le decía que debía cambiar de casa.
—Se ha de saber dar impresión de bienestar y de lujo. Yo, en tu caso, me cambiaría en seguida a otro piso mucho mejor que éste.
—Pero si éste hace tiempo que no lo pago, por falta de dinero.
—Precisamente. Por el mismo precio puedes tener otro mucho mejor.
CARUSO
El célebre tenor italiano Enrico Caruso (1873-1921) era de una familia pobre, de Nápoles. Nunca había dinero en la casa y los niños siempre tenían hambre. Alguien les regaló un queso entero. Y la madre no dejó que lo comieran. Debían dinero al médico y quiso regalarle el queso en señal de agradecimiento. Lo envolvió y el niño Enrico se encargó de llevar el queso a la casa del médico. Allí le hicieron esperar y, mientras esperaba, oyó una voz de mujer que aprendía canto. Y él, con su voz de niño, ya privilegiada, se puso a cantar lo mismo. La voz era de una hermana del médico que, interesada por el niño que tan bien cantaba, habló
con él y no sólo hizo que su hermano no admitiera el queso, sino que le comprometió a pagar los estudios del niño en la escuela de música.
Debió su primer éxito a dos cosas: a su bonita voz y a una borrachera. Iba con una compañía como tenor suplente, pero el tenor titular no faltaba nunca y el tenor suplente se aburría. Cantaban en Nápoles. Una tarde, Caruso y otros amigos, de aburridos que estaban, se emborracharon todos. Y, precisamente, aquella noche al tenor se le enronqueció la voz y no pudo cantar. Y el director echó mano de Caruso, que salió a escena borracho. Y entusiasmó al público tanto por lo bien que cantó como por las tonterías que hizo. Le aplaudieron, pero el director le despidió. Y la noche siguiente el público gritaba:
—¡El borracho! ¡El borracho!
El director, para satisfacer al público mandó a buscar a Caruso y le hizo salir otra vez. Pero ya no estaba borracho y cantó tan bien que triunfó definitivamente por su voz y su canto. Y ya todo le fue fácil desde entonces.
Caruso dibujaba muy bien y hacía buenas caricaturas. En un viaje por mar a América, un pasajero que no le conocía, le vio dibujar y entabló conversación con él. Caruso le dijo que se dirigía a Nueva York con la idea de ganar algún dinero vendiendo caricaturas del famoso tenor Caruso.
—¿Le salen bien?
—Sí; es lo que hago mejor.
Caruso se puso a dibujar y, en pocos trazos, muy seguro, hizo una buena caricatura de sí mismo.
—Pero éste no es Caruso. Éste es usted.
—Exacto; soy yo: ¡Caruso! Y se alejó cantando.
Caruso contaba muchas extrañezas de los millonarios norteamericanos. Entre ellas, que un millonario le propuso que fuese a cantar a su casa y le ofreció mucho dinero. Caruso aceptó. Y en la casa sólo estaba el millonario y un gran perro mastín. Esto extrañó a Caruso y el millonario le dijo que le pagaba para que cantara sólo para ellos dos. Tan pronto como Caruso empezó a cantar, el perro se puso a ladrar. Y entonces el millonario le dijo a Caruso:
—Mi perro ladra siempre que oye cantar y he querido saber si una voz como