DE LAS NUEVAS PROSPECCIONES
3. Fases de actuación
4.1. Calcolítico y Bronce
Como ocurre en toda Andalucía, en líneas generales, en la Edad del Cobre se advierte una mayor intensidad en la ocupación del territorio y un notable aumento de la población, producto de la
intensificación de las actividades agropecuarias (Ruiz 1994: 22). Ciertamente, ese crecimiento en comparación con las etapas ante- riores es palpable, aunque hay quienes señalan que esta zona debió estar más enfocado a la actividad pecuaria y pesquera que a la agrí- cola, ya que las tierras serían de mala calidad debido a su situación plenamente costera que aportaríasuelos más arenosos y salinos, poco aptos para la agricultura, pero sí aprovechables como zonas de pasto (Delgado 2007). Esto no quiere decir que no se explotara las tierras, sino que no jugaría el papel principal al menos en la zona del lago. Del mismo modo, el clima era muy seco, con escasa lluvias y altas temperaturas (Caro 1988-89: 231). Las posibilidades econó- micas que proporcionaría la cercanía al mar debieron jugar un papel importante en la atracción poblacional. De hecho, en todos los yaci- mientos hemos comprobado la existencia de moluscos, lo que nos in- dica que los recursos marinos formaban una parte importante en la dieta alimenticia.
En El Puerto de Santa María, aunque las características son distintas a la de esta zona, análisis polínicos realizados en los restos fosilizados de los yacimientos de Cantarrana, La Viña o Base Naval, señalan un predominio de las gramíneas (trigo y cebada) en una pri- mera etapa de adopción de la agricultura para derivar, a partir de la Edad del Cobre, en la incorporación de las leguminosas. El im- pacto antrópico que supone la cada vez mayor extensión de los cam- pos dedicados a las labores agrícolas determinó, a finales del Cal- colítico, la sustitución del bosque originario de alcornoques por el de pino piñonero, que será el más extendido en este medio costero a
la llegada de los fenicios (López et al. 2009: 194).
Casi la totalidad de los yacimientos localizados (Casa del Maestre, Caserón de Evorillas, Cerro del Palmar, Dolmen del Hi- dalgo, Ébora, Haza del Moral, Látigo de Monteagudo I, Loma de Ventosilla I, Marismas de Monteagudo, Norieta Grande y Rancho Perezgil I –Lám. V-) se emplazan en cerros de mediana altura orien- tados fundamentalmente al lago, que refutarían en cierta medida lo expuesto anteriormente. Se trataría de poblados al aire libre y sin fortificar, posiblemente por su emplazamiento en puntos estra- tégicos defendibles de pasos naturales.
En cuanto a la cerámica, aunque no se han presentado muy abundantes, excepto en Caserón de Evorillas, predominan las lisas, siendo casi inexistente las decoradas a diferencia de los trabajos an- teriores. Igualmente, no hemos podido observar restos de campani- forme, aunque en las prospecciones precedentes fueron localizadas. El mundo funerario vendría reflejado por los enterramientos en dólmenes y en fosas. Desde el Neolítico hasta el Calcolítico, e in- cluso Bronce, se observa una enorme diversidad de prácticas fune- rarias, aunque si bien es cierto que durante el Calcolítico es cuando aparecen los grandes enterramientos colectivos. Algunas comunida- des siguieron manteniendo los enterramientos colectivos en la Edad del Bronce, a la vez que otros se enterraban individualmente con un ajuar variado. A esta fase pertenecen las cárcavas eneolíticas y dol- men halladas por Juan de Mata Carriazo en la Loma del Agostado, donde se practicaron enterramientos por el rito de inhumación.
Los ídolos cilíndricos hallados en el Cortijo de la Fuente (Nor- ieta Grande) muestran las evidencias más claras de representacio- nes simbólico-religiosas, aunque su compresión total se hace impo- sible, dando lugar a múltiples teorías (Hurtado 1978: 357).
Concluyendo, respecto a la cronología, su inicio debió estar presente desde sus momentos iniciales (precampaniforme) conti- nuando hasta el campaniforme (tal y como nos muestra las cerámi- cas halladas por Lavado Florido).
Durante el Bronce Antiguo y Pleno se aprecia un descenso de la población, donde parece ser que se produce un abandono de mu- chos de los antiguos poblados del Cobre y una reducción de la pro- ducción, pero no un despoblamiento total (Ruiz 1994: 24) (tal vez podríamos hablar más bien de una reestructuración del territorio y una concentración de la población en asentamientos de mayor im- portancia), y aunque se han planteado varias hipótesis para dar so- lución a esta problemática, creemos en este caso podría estar vin- culado a dos hechos, bien a la perduración de las formas cerámicas (Caro 1988-89: 233) o, a un cambio climático (Caro 1988-89: 233). Perece ser, que coincidiendo con el período subboreal, se produce un
descenso del nivel marino atlántico, cifrado en varios metros, pre- cedido de una acusada contracción del clima (escasez de pluviosidad, incremento de las temperaturas, etc.) que transformaron el medio geográfico, mermando los recursos naturales existentes (Caro 1989: 103), que coincidirá grosso modo con los momentos de declive pobla- cional citados.
No obstante, debemos reseñar que posiblemente, tras esta ba- jada del nivel de las aguas, se comience a poblar las zonas antes in- undadas, tal y como nos indica el yacimiento de Marismas de Rajal- dabas o Monteagudo, y que en una posterior subida de las aguas en época que coincidiría con el Bronce Final-Orientalizante (Hierro I) estos asentamientos quedarían cubiertos por varios centímetros de sedimentos (entre 60 y 80 en el de Rajaldabas) lo que impediría su actual localización.
Sea como fuere, de la fase Antigua sólo se documentaron en los trabajos anteriores, (pues tras la revisión no hemos podido comprobarlo, e incluso Lavado y Riesco tenían sus dudas), un es- tablecimiento: el yacimiento de Cerro del Palmar, y tres del Bronce Medio o Pleno: Marismas de Monteagudo, Atalaya Chica (Barrionuevo 1998: 25) y Ventosilla I (Lám. 6). Se trataría de una drástica reducción si lo comparamos con los 11 localizados en el Calcolítico.
La economía continuaría siendo la misma que en el período anterior. Se llevará a cabo una explotación de los recursos marinos en la bahía formada en las actuales Marismas del Guadalquivir. Del mismo modo se desarrollaría la explotación de la sal, la nave- gación y el comercio, favorecido estos dos últimos por una extensa red fluvial afectada por las mareas oceánicas que permitía la pe- netración de las embarcaciones bastante al interior (Caro 1988- 89: 237).
En cuanto a la característica de los enclaves, estaríamos ante poblados sin amurallaramiento, lo cual sería lógico por contar con recursos del mar continuos, aunque ello no significa que se utiliza- ran otros sistemas defensivos (Caro 1988-89: 237).