5. Discusión
5.2. Cambios en la terapeuta
El proceso de transformación que observo en mí como terapeuta es rotundo y con base en lo propuesto por Keeney (1990), lo equiparo con un cambio de segundo orden, pues ejemplifica una ruptura discontinúa con respecto a mí estructura anterior como persona y da lugar a un proceso de toma de forma como terapeuta a partir de procesos autorreferenciales. Desde la propuesta de Bateson (Hernández, 2008) el proceso de transformación anteriormente descrito, también puede ser comprendido como un cambio de estructura tipo 2 y un aprendizaje III. Esto se debe a que ha ocurrido un cambio en los marcadores a partir de los cuales defino los contextos, que me permitió reconocer y examinar premisas que antes no había cuestionado, como las heredadas por mi familia de origen o las impuesta por la cultura dominante.
Dicho proceso de integración y de toma de forma también se dio al interior de cada subcategoría, comenzaré por mencionar los cambios en mi marco de referencia, por considerar éste el orden de recursión más alto en mi proceso de formación y transformación. Como lo evidencia en la sección de los resultados, la influencia del currículo y de mis experiencias de vida me permitieron iniciar un proceso autorreferencial con el cual reconozco mi marco de referencia y dentro de éste todo aquello que delimita mi experiencia, mi actuar y mi comprender como persona y como terapeuta (Keeney, 1990 y Boscolo y Bertrando, 1996a). Considero que como elementos de mi marco de referencia mis creencias, emociones, conocimientos teóricos, la lógica de pensamiento, mi historia de vida, mi guión familiar, mi ciclo vital, el género, la cultura, entre otros. Este proceso es coherente con la propuesta de todas las escuelas de terapia consultadas en el marco conceptual, debido a la influencia de la
cibernética de segundo orden y del pensamiento posmoderno (Minuchin, 1982; Nardone y Watzlawick, 1999; O’Hanlon y Weiner-Davis, 1990; Berg y Miller, 1996; de Shazer, 1989, 1992; Boscolo y Bertrando, 1996a; McNamee y Gergen, 1996; White, 2002; Anderson, 1997).
Relaciono el cambio en mi marco de referencia con el cambio en las narraciones que hago sobre los problemas de mis consultantes. Anderson y Goolishian (citados en McNamee y Gergen, 1996) dicen que a través de la conversación terapéutica se desarrollan nuevos significados que apuntan a la «di-solución» del problema y por ende a la disolución del sistema terapéutico de di-solución del problema y de organización del problema. Con base en esta comprensión, noto que en la primera fase de la formación, yo no hacía narraciones sobre el problema en la medida que compartía el mismo marco de referencia que mis consultantes, en cuanto al sentido común se refiere, a la lógica causal lineal y a las creencias que obedecen al discurso dominante de la cultura; por lo tanto era imposible desarrollar nuevos significados que apuntaran a la disolución del problema. En la siguiente fase que coincide con el comienzo del tercer semestre, los referentes teóricos que influían en mí a través del currículo de la maestría, me permitían empezar a hacer narraciones limitadas sobre el problema, que alcanzaban a introducir una diferencia. Las narraciones que hago en la segunda fase del proceso están relacionadas con la teoría estructural, con la teoría del ciclo vital y las propuestas de algunos autores sobre la comprensión e intervención de trastornos psicológicos; en efecto éstos son los contenidos de los seminarios que corresponden al primer año del currículo. Con esto evidencio un aporte de este estudio, que consiste en la documentación y seguimiento de la conexión práctico-teórica que pretende la maestría.
En la segunda fase de mi formación como terapeuta, que corresponde al comienzo del segundo año, noto una particularidad en las narraciones que yo como terapeuta hago acerca del problema. A saber, todas ellas tienen un tinte de “verdad” en la medida que yo como observadora no me incluyo en las explicaciones de los fenómenos que comprendo. Además observo que en mis narraciones persiste una lógica lineal que me separan de mis consultantes y me situaba como experta frente a ellas. El que mis consultantes estén en un bando diferente al mío como terapeuta, lo explico como una consecuencia de la metáfora que usaba para comprenderlas a ellas y al contexto terapéutico. Ésta es en la metáfora de la cibernética de primer orden y dicho
proceso es coherente con la propuesta de la escuela de Milán en su cambio hacia una cibernética de segundo orden (Boscolo y Bertrando, 1996a). Más adelante empiezo a hacer narraciones circulares sobre el problema, sin embargo éstas persistían en ser estáticas y en ser construidas desde afuera del sistema, es decir, sin incluirme a mí en la explicación que privilegio.
Al final de la maestría, mis narraciones tenían una forma más compleja, en ellas se integraban referentes teóricos del paradigma sistémico, construccionista y construcitivista, al igual que de otras disciplinas. En mis narraciones comenzaban a reconocerse mis valores y una postura crítica de mi parte, éstas eran circulares y apreciativas y por lo tanto, me permitían situarme del mismo lado de mis consultantes (Boscolo y Bertrando, 1996a; Anderson, 1997). El nivel de complejidad de mis narraciones también comienza a ser dado por la consideración de más elementos y de más niveles de observación en ellas; no solo hacían referencia al contenido, sino también a la relación y al proceso. Esto da cuenta de un cambio en las conversaciones, en las cuales comienza a evidenciarse mi capacidad de metacomunicarme con mis consultantes y con ella tener conversaciones que apunten a la disolución del problema (Watzlalawick, Beavin y Jackson, 1993; Anderson y Goolishian; citados en McNamee y Gergen, 1996).
Al comienzo del proceso, las narraciones en las cuales hacían referencia a mí identidad, vida, experiencia, historia y demás, eran desconextualizadas de la conversación y cuando se presentaban en ella, solía coincidir con que me encontraba en dinámicas interaccionales simétricas. Al final del proceso, las narraciones que hago sobre mí tienen un sentido para la conversación y son pertinentes en ella; éstas hacen referencia a mis emociones hacia el proceso o tienen la intención de generar un acercamiento en la comprensión de los significados de la consultante. Esto concuerda con el hecho de que en la tercera fase del proceso, la categoría de “narraciones sobre sí misma de la terapeuta” solo se presenta en las dinámicas interaccionales recíprocas. Este resultado es coherente con la propuesta que la terapia colaborativa hace acerca de la postura del terapeuta y de la conversación, según la cual el yo fluye con las conversaciones en las cuales se encuentra inmerso y las conversaciones implican un compartir de conocimiento entre el terapeuta y el consultante, de manera que la terapia
consista en un “hablar entre” y no un “hablar a” (Anderson y Goolishian; citados en McNamee y Gergen, 1996; Anderson, 1997).
El proceso de transformación y cambio que he narrado hasta el momento no habría sucedido de no ser por mis emociones. Maturana (1996) dice que toda explicación se considera secundaría a la praxis del vivir y que su aceptación depende de los criterios de aceptabilidad del mismo observador y de un cambio en su emoción, que pasa de la duda a la satisfacción. Cuando comencé la formación mi emoción prevalente fue la satisfacción, no paso mucho tiempo para que ésta se quebrara y entonces entrara en duda hasta casi el final del proceso, en el que vuelve a prevalecer la satisfacción. Sin embargo la satisfacción no existe en mi vida de forma reinante y única, hace parte de una estructura más compleja en la que también habita la duda que se ha transformado en curiosidad para recordarme trabajar desde la incertidumbre y para conducirme hacia crecientes estados de complejidad. Adicional a esto hay otro nivel de observación; al comienzo del proceso yo no era consciente de mis emociones y luego, cuando me di cuenta que éstas estaban presentes, quise controlarlas, esconder la duda y afianzar la satisfacción. Así fue como entre en un estado de disonancia con la movilidad vertiginosa de los procesos y entonces tuve que aprender a reconocer mis emociones, aceptarlas, fluir con ellas y guiarme por ellas (Boscolo y Bertrando, 1996a).
Dicho manejo de mis emociones también se relaciona con mi rango de acciones posibles y con esto nuevamente cito a Maturana (1996), cuando afirma que la emoción dispone a la acción. Al comienzo de la primera fase cuando me encontraba en la satisfacción absoluta, mi rango de acciones posibles eran la imposición, la desconfirmación, el rechazo y la competencia. Lo cual se relaciona con el hecho de que las dinámicas interaccionales fueran en su mayoría simétricas y según lo propuesto por Burnham (1993), no fueran nutricias en la medida que no reconocían la “mismisidad” del otro. Luego, cuando pase a la duda absoluta, mi rango de acciones posibles eran la no acción, la parálisis y la no toma de posición. Afortunadamente este estado no duró mucho tiempo y entonces procure moverme en busca de la satisfacción. Esto, junto con todo el proceso de crecimiento que he señalado hasta el momento, me permitió empezar a fluir de forma más espontánea y humana.
Como se evidencia en la descripción que hice anteriormente, la categoría del terapeuta hace un proceso de transformación en órdenes crecientes de complejidad, en
la cual los primeros cambios son coherentes con una cibernética de primer orden y los siguientes cambios, hacen referencia a una cibernética de segundo orden. Deseo aclarar que la descripción que hago de dicho proceso de cambio no obedece a un orden lineal, sino que por el contrario, hace referencia un proceso recursivo en espiral que como lo dije anteriormente, evidencia un proceso discontinuo y circular (Bateson; citado en Hernández, 2008). Al preguntarme por la ocurrencia de estos cambios, me surgen posibles explicaciones que a su vez se constituyen en preguntas que serían interesantes considerar en futuras investigaciones. La primera emerge del aporte de este estudio hace en cuanto a la documentación y seguimiento de la conexión práctico-teórica que pretende lograr el currículo de la maestría. Dicho currículo está planteado de forma tal que evidencia la transición que hacen las escuelas de terapia sistémica de una cibernética de primer orden a una de segundo orden. Por lo tanto, una posible explicación al orden y a la dirección de mi cambio, es que éste haya sido dado por la influencia del currículo y esto a su vez me lleva a preguntarme ¿Cómo será el proceso de cambio y de aprendizaje de otros terapeutas sistémicos que se forman con otros currículos que han sido planteados con un orden diferente, por ejemplo si empezaran por una cibernética de segundo orden, por ejemplo si empezaran por el estudio de escuelas construccionistas? Ahora bien, estas preguntas me invitan a hacer referencia al contexto en el cual nos encontramos y a nuestra cultura. Es evidente que ésta ha privilegiado el paradigma científico de la modernidad que promulga el pensamiento asertivo, racional, analítico, lineal y reduccionista (Capra, 1998). En efecto, este tipo de pensamiento obedece al sentido común y al discurso de la psicología desde el cual yo actuaba en un principio; entonces me pregunto ¿Si el orden de mi cambio estará dado más por la cultura que por el currículo? y en ese sentido es explicado desde un cambio cultural de paradigma.
Otro punto que quisiera discutir sobre el proceso de transformación que documenté anteriormente, se relaciona con el significado que le he dado en mi historia de vida personal. Los cambios que he narrado hasta el momento han significado para mí un proceso de diferenciación y de individuación de mi familia de origen, así como una ruptura con el discurso dominante de la cultura. Este proceso concuerda con una tarea propia de mi ciclo vital de acuerdo con lo propuesto por Bowen (1988), que a su vez fue nutrida y favorecida por el currículo y por los espacios docentes de la maestría. Ahora
bien, mi pregunta se dirige hacia el cuestionamiento del proceso conjunto que lleve a cabo con mis compañeros. Ellos, además de encontrarse en la misma etapa de mi ciclo vital, también llevaron a cabo un proceso de meta-observación con el cual reconocieron y examinaron sus marcos de referencia; por lo tanto me pregunto ¿Un proceso de formación en terapia sistémica induce a un proceso de diferenciación y de individuación? En el caso de quienes se forman como terapeutas sistémicos ¿El proceso de reconocimiento del marco de referencia y de diferenciación se relaciona más con la edad o con la formación?