43-42 a.C.
En medio del río Lavinius, entre la colonia de Mutina y la ciudad de Bononia, había una pequeña isla. Fue allí donde, en noviembre del 43 a.C., los líderes cesarianos Antonio y Octavia- no condujeron a sus ejércitos. Tenían la intención de ser amigos después de haber sido enemigos durante un año. Habían mar chado lentamente, uno desde Roma y el otro desde el extremo más alejado de los Alpes, para evitar sufrir o propinar ninguna sorpresa y para dar tiempo a negociar los complicados detalles del encuentro.
Octaviano estaba en la posición más débil, porque las fuer zas de Antonio, que habían aportado tres gobernadores provin ciales, incluyendo al ex cónsul Lépido, podían destruirle fácil mente. Sin embargo, Octaviano calculó que su antiguo enemigo reconocía que un frente unido de los cesarianos era esencial para incrementar las posibilidades de derrotar a Bruto y a Casio. Tenían que llegar a un acuerdo. Además, los últimos doce me ses habían enseñado a todos los comandantes que los veteranos de Julio César lucharían contra cualquiera menos contra su he redero.
Antonio y Octaviano, acompañados cada uno por 5.000 hombres, llegaron a las orillas opuestas del río. Después de que trescientos soldados hubiesen tendido puentes en ambas orillas, Lépido cruzó hasta la isla, la inspeccionó en busca de armas o asesinos ocultos e hizo la seña de vía libre con su capa. Octavia- no y Antonio abandonaron a sus guardaespaldas y consejeros en las cabezas de puente y caminaron hacia la isla, donde se senta-
ron junto a Lépido a la vista de todos. La reunión duró dos días, del amanecer hasta el atardecer.
La agenda de la reunión consistía de tres puntos: cómo le galizar el poder de ambos, cómo recaudar los fondos necesarios para financiar la guerra contra Bruto y Casio y cómo impedir a la oposición que recuperase su fuerza. Durante las semanas si guientes a los Idus de Marzo, en las que Antonio estaba en bue nos términos con el Senado, había promulgado una ley que abo lía el cargo de Dictador. Ese cargo fue reinventado entonces en forma tripartita. Se establecería una Comisión de Tres para el Gobierno del Estado con una duración de cinco años (lo que los historiadores modernos llaman el Segundo Triunvirato), en la que estarían Antonio, Octaviano, Lépido y los Comisarios o Triun viros. Tendrían el poder de promulgar o revocar leyes y de nom brar cargos oficiales. Sus decisiones serían inapelables. Octavia- no renunciaría al Consulado en favor de uno de los generales de Antonio.
Es un poco difícil percibir en qué contribuyó al Triunvirato el mediocre Lépido, quien pocos meses atrás le había dado su ejército a Antonio en la Galia. De los tres hombres, Antonio era de lejos el más poderoso y experimentado. El fue probablemen te el que ascendió a Lépido; en caso de discrepancias, podía contar con su apoyo.
Los Comisarios nominaron inmediatamente a los cónsules y a otros cargos oficiales por un período de cinco años, además de decidir sobre los gobiernos provinciales. Antonio se encargaría de la Galia (excepto la Transalpina); Lépido, de su antigua pro vincia de la Galia Transalpina y de las dos Españas; y Octaviano gobernaría Africa, Cerdeña y Sicilia. El resto del imperio al este del Adriático, que en ese momento estaba en manos de Bruto y Casio, quedó pendiente de resolución, lo cual era lo más sensa to. Este reparto revelaba con una claridad embarazosa que Oc taviano era el socio subalterno de los tres, A su debido momen to, todos esos acuerdos constitucionales fueron aprobados por una Asamblea del Pueblo en Roma.
Para el segundo y el tercer punto de la agenda se encontró una solución sencilla: la proscripción. La proscripción era un mecanismo oficial para liquidar a los oponentes políticos y ama sar grandes sumas de dinero proveniente de sus bienes confis cados, y había sido utilizada por vez primera por Lucio Cornelio Sila en el 81 a.C.
A los negociadores les fue más fácil ponerse de acuerdo en aplicar la proscripción que en los nombres de los que tenían que morir, y la elección de las víctimas conllevó un cierto regateo. Para empezar, Octaviano estaba indeciso sobre la propuesta, aun que, como escribe Suetonio, una vez que la proscripción fue acordada, «la llevó a cabo más implacablemente que los otros».1 Los triunviros no sólo registraron sus oponentes políticos, a los que consideraban enemigos públicos (hostes), sino también a sus adversarios personales (inimici). De hecho, compartían pa rientes y amigos. Lépido se desentendió de su hermano Paulo, y Octaviano permitió que su antiguo tutor Cayo Toranio, que ha bía sido edil en el mismo año en que su padre biológico fue pre tor, entrase en la lista a petición del hijo de Toranio. También desertó de Cicerón, pero sólo (si hacemos caso a las fuentes) después de oponerse a Antonio, quien tanto quería vengarse de las filípicas que dejó que su propio tío fuese proscrito a cambio del orador retirado.2
Después de las discusiones en la isla, Antonio, Lépido y Oc taviano llegaron a Roma y expusieron el decreto de proscripción en tablas blancas en el Foro. Aquellos cuyo nombre estuviese en la lista perdían inmediatamente su ciudadanía y la protec ción de la ley. La lista no era definitiva, y nuevas víctimas fueron añadidas posteriormente a medida que los triunviros lo conside raban oportuno. Los informadores que delataban a un hombre proscrito a las autoridades eran recompensados, y cualquiera que diese muerte a uno de ellos tenía derecho a quedarse con una parte de su fortuna (el Estado se quedaba el resto).
Desde un punto de vista moderno, la proscripción es un me canismo extraño. Con los antecedentes de las revoluciones fran cesa y rusa, es posible que el Estado lleve a cabo exterminios ma sivos si lo estima necesario, pero, como ya se ha señalado, el Es tado romano era extraordinariamente poco burocrático. Care cía de fuerza policial, de una tradición de encarcelar a los delincuentes o de una magistratura profesional. Sencillamente, no estaba equipado para ejecutar a un gran número de ciuda danos. La tarea tenía que ser privatizada.
Los triunviros revelaron indicios de desasosiego y reconocie ron la necesidad de no granjearse la antipatía de la opinión pú blica. Según Apiano, el decreto de proscripción declaraba: «Na die deberá considerar esta acción injusta, salvaje o excesiva, a la luz de lo que le sucedió a Cayo [César] y a nosotros». Prometíe-
ron no castigar a «ningún miembro de las masas», una promesa que cumplieron sabiamente. El decreto terminaba con la garan tía de que «los nombres de aquellos que son recompensados se rán anotados en nuestros archivos». Lo que se iba a llevar a cabo era vergonzoso y requería cierta ocultación.
La proscripción sacó al descubierto lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Apiano relata historias terribles de esa época:
Mucha gente fue asesinada de todas las maneras posibles y decapitada como prueba para cobrar la recompensa. Muchos hu yeron de forma poco digna, cambiando su ropa llamativa por dis fraces extraños. Algunos se escondieron en pozos o bajaron a las cloacas, y otros se subían a vigas o se sentaban en silencio total en desvanes atestados de cosas. Para algunos, lo más aterrador era que sus verdugos eran esposas o hijos con los cuales no tenían buena relación, esclavos o ex esclavos, acreedores o terratenien tes vecinos que codiciaban sus bienes.3
La historia trágica del joven Atilio podría evocar el egoísmo y la desesperación de ese período.4 Provenía de una familia no ble de larga tradición, originaria de Campania. Su padre había muerto y él había heredado un gran patrimonio. Acababa de ce lebrar en Roma su mayoría de edad y se disponía, como era la costumbre, a llevar a cabo sacrificios en varios templos en el in terior y en las inmediaciones del Foro junto a sus amigos. Como adulto, era susceptible de sanción legal. De pronto, su nombre fue añadido a la lista de la proscripción expuesta en la tribuna de oradores o Rostra, es de suponer que a causa de su fortuna. Al enterarse de ello, todos sus amigos y esclavos lo abandonaron. El muchacho, solo y abandonado, se fue con su madre, pero ésta tenía demasiado miedo de proporcionarle cobijo. Después de esa traición, Atilio no vio ningún sentido en pedirle ayuda a na die más y huyó a las montañas.
El hambre lo obligó a bajar a la llanura, y fue secuestrado por un bandido que se ganaba la vida desvalijando a los viajeros, encadenándolos y obligándolos a trabajar para él. Atilio, que ha bía crecido rodeado de comodidades, no podía soportar la du reza del trabajo. Cargado con grilletes, consiguió llegar hasta una carretera principal y se identificó imprudentemente ante unos centuriones que pasaban por allí, quienes le dieron muer te allí mismo y se llevaron su cabeza a Roma para cobrar la re compensa.
Una inscripción funeraria de finales del siglo i a.C. alude a una historia diferente.5 Registra el discurso pronunciado por un esposo afligido en el funeral de su mujer después de cuarenta años de matrimonio. No sabemos su nombre ni el de su mujer, pero a ella se la suele llamar Turia, el nombre de una mujer que tuvo una vida semejante y de la que se pensó equivocadamente que era la misma persona.
El marido de Turia, un republicano impenitente, fue pros crito y se escondió. Según sus palabras: «Tú proveiste abundan temente para mis necesidades durante mi huida y me diste los medios para llevar una vida digna al enviarme todo el oro y las joyas que llevabas».6 Un año después, cuando la proscripción dejó de ser necesaria, Octaviano perdonó al marido de Turia, pero Lépido, que gobernaba Roma, se negó a reconocer la de cisión de su colega. Parece que disfrutaba de la proscripción y no deseaba que llegase a su fin. Turia se presentó ante Lépido, se postró a sus pies y le pidió que reconociese el indulto. Lépi do no se levantó (como debía de haber hecho según la conven ción) y ordenó que fuese arrastrada y golpeada. Este comporta miento desagradable, típico de Lépido, enfureció a Octaviano y, según el marido de Turia, contribuyó a su caída. «Ese asunto no tardaría en resultar perjudicial para él»,7 comentó el viudo con cáustica satisfacción.
La crueldad y la confusión que conllevó la proscripción es taban muy extendidas. Hasta 300 senadores fueron asesinados, Cicerón entre ellos, y quizá 2.000 equites. Casi toda la oposición republicana en Italia fue exterminada.
Antonio tenía una vena de locura en su carácter y de vez en cuando (a no ser que las crónicas hayan sido distorsionadas pos teriormente por propaganda en su contra) era poseído por ella. Siempre inspeccionaba las cabezas de las víctimas que le lleva ban, incluso mientras estaba sentado a la mesa comiendo. Su es posa era igualmente despiadada.
En cuanto a Octaviano, y mientras la proscripción estuvo en curso, algunos observadores lo hallaron muy aficionado a los muebles caros y las esculturas de bronce corintias de sus vícti mas: obras de arte de gran valor. Según Suetonio, alguien gara bateó en la base de una efigie suya un poema insultante sobre la vieja historia de que la fortuna de su familia provenía del ver gonzoso negocio de prestamista.
No seguí la carrera de mi padre; El se dedicaba a las monedas de plata, y yo a los bronces corintios...8
La proscripción no fue tan efectiva como sus autores pre tendían, y se recaudó mucho menos dinero de lo esperado. El problema fue que demasiadas tierras y propiedades salieron a la venta a la vez, y los precios se desplomaron. Además, mucha gente respetable era reacia a comprar las propiedades de vícti mas inocentes.
Los triunviros no sabían qué más hacer para encontrar los fondos con los que financiar cuarenta y tres legiones. Así pues, presentaron una nueva lista de proscritos a los que únicamente se les confiscaban sus propiedades. Llegaron a robar los ahorros que la gente había puesto al cuidado de las vírgenes vestales, y se urdieron nuevos impuestos ingeniosos a fin de aumentar las arcas destinadas a la guerra.
Todo eso causó un gran impacto en los ciudadanos de Roma, quienes, gracias a la riqueza del Imperio, habían estado exentos del pago de impuestos personales durante el último si glo. Con el empobrecimiento de las provincias occidentales y las orientales como zona prohibida, se encontraron por primera vez con que tenían que pagar su guerra civil.
Entre tanto, la causa republicana estaba prosperando. Un nue vo líder marítimo había emergido en el oeste que complemen taba el poder terrestre de Bruto y Casio en el este. Se trataba de Sexto Pompeyo, el hijo más joven de Pompeyo el Grande. Aunque aún era muy joven, ya había vivido una vida extraordi naria.
En el año 48 a.C., en plena guerra civil, Pompeyo el Grande envió a Sexto, entonces un muchacho de unos trece años,9 y a su tercera esposa, la bella y joven Cornelia, a Mitilene, en la isla de Lesbos, al norte del mar Egeo. Allí estarían a salvo del con flicto.
Sexto fue testigo del asesinato de su padre, en la costa de Egipto. Un pequeño bote de pesca, con un soldado romano y al gunos funcionarios a bordo, zarpó desde la playa. Las ropas de los pasajeros eran muy ordinarias para la recepción de un gran comandante romano, aunque estuviese pasando por un mal mo-
mento. El séquito de Pompeyo sospechaba cada vez más y le aconsejaron ordenar a los remeros que retrocedieran alejando el bote de la orilla.
Era demasiado tarde, porque el otro bote no tardó en si tuarse al lado del de Pompeyo. Este reconoció al soldado roma no, un tal Lucio Septimio, quien le saludó con el título de Impe rator, o comandante en jefe. Antes de abandonar el bote, Pom peyo se volvió hacia Cornelia y Sexto, los besó y recitó unas pa labras de Sófocles:
Quien se dirige al palacio de un tirano Se convierte en su esclavo,
aunque hubiese ido como hombre libre.10
La ansiedad se apoderó de Cornelia y de Sexto, pero se tran quilizaron cuando el pequeño bote se acercó a la playa, donde les esperaba lo que ellos supusieron que era un comité de bien venida. Sin embargo, cuando Pompeyo se puso de pie, antes de pisar la ai'ena, Septimio le asestó un golpe con su espada, segui do por otros que estaban en el bote. Pompeyo se echó la toga por encima de la cabeza y se desplomó con un gemido.
Los que estaban en el trirreme gritaron tan fuerte al ver lo que estaba sucediendo que se escuchó desde la orilla. Sin em bargo, Cornelia y Sexto sabían que no había nada que hacer. Su barco levó anclas y partió con fuerte viento de popa.
La conmoción por lo que había visto afectó a Sexto para siempre. La personalidad más importante, no sólo de su propia vida, sino de todo el mundo romano (así debieron de habérselo contado) había muerto, y no cayendo honorablemente en el campo de batalla, sino masacrado en una vil emboscada. Aun que los documentos sobre las actividades de Sexto eran escasos, ha llegado hasta nosotros suficiente evidencia que sugiere que se moldeó a sí mismo a semejanza de su padre. Se puso un agno men poco común («Pío»), para transmitir la idea de que era «leal a la memoria de su padre».
Cornelia volvió a Roma, pero Sexto siguió hasta Africa, don de su reunió con su hermano mayor Cneo. Después de la derro ta en Tapso y del suicidio de Catón, su hermano y él se dirigie ron a España, donde el clan de Pompeyo era popular. A Cneo no le fue difícil reclutar trece legiones, sobre todo con miembros de tribus y esclavos españoles. Como hemos visto, la mayor parte
de ese ejército pereció en Munda, y Cneo fue capturado y asesi nado. Sexto consiguió huir y desapareció en el interior tribal de España. César le concedió un indulto a Sexto y no ordenó su per secución, creyendo que era demasiado joven para representar una amenaza importante.
Eso fue un error, porque el joven no tardó en reunir nuevas fuerzas. Aunque apenas era un adolescente, lideró una eficaz guerra de guerrillas contra los gobernadores provinciales nom brados por César. Apiano deja bien claro que Sexto entendió los principios del combate desigual, de larga tradición entre las tri bus españolas: «Gracias a su gran movilidad, [Sexto] aparecía inesperadamente y volvía a desaparecer, hostigaba a sus enemi gos y acababa conquistando numerosas ciudades, tanto grandes como pequeñas».11
Los Idus de Marzo lo cambiaron todo. Sexto, a sus dieciocho años, había pasado de ser un enemigo del Estado a estar de pronto en posición de apoyar la causa republicana. El Senado le nombró Prefecto de la Flota y los Puertos en el 43 a.C., y gracias a eso pudo reunir todos los barcos que le fue posible y zarpar hacia Massilia (la Marsella actual).
La suerte de Sexto cambió de repente. Después del estable cimiento del Triunvirato, el cónsul Pedio revocó su cargo de al mirante. Sexto se negó a entregar su flota y tomó la arriesgada decisión de no volver a España y establecerse en Sicilia. Una vez allí, persuadió al gobernador de que le entregase el control de la isla. Los triunviros, viendo el peligro, añadieron su nombre a la lista de proscritos, a pesar de que no tenía nada que ver con el asesinato de César.
Sexto estaba ahora en una posición extraordinariamente ventajosa. Desde su posición de ventaja en Sicilia controlaba el abastecimiento de grano a Roma proveniente de Egipto, Africa y la misma Sicilia. Allí acudieron muchos proscritos, refugiados y esclavos fugitivos de toda Italia. Sexto fomentó esos aconteci mientos, tal como escribió Apiano:
Sus botes y barcos mercantes recogían a los que llegaban por mar, sus buques de guerra patrullaban las costas, se ponían seña les para ayudar a los que se hubiesen perdido y recogían a todo el que encontraban. Sexto acudía en persona a darle la bienve nida a los recién llegados.12
Entre los republicanos empezó a gestarse una nueva estrate gia: Bruto y Casio controlaban el este y Sexto el oeste. La Italia y la Galia estaban aisladas. Sólo era cuestión de tiempo antes de que la facción perniciosa del Dictador fallecido fuese aislada y aplastada.
Octaviano tuvo la misma idea, pero desde el punto de vista contrario. Envió un escuadrón para acabar con Sextos, pero fue derrotado. Casio envió barcos y refuerzos a Sexto. Por el mo mento, Octaviano no forzó la situación.
El ambiente en Roma era deprimente e histérico. El 1 de enero del 42 a.C. se celebró una ceremonia religiosa de gran impor tancia política. Los triunviros declararon bajo juramento que Ju lio César se había convertido en un dios y que todos sus actos eran sagrados y vinculantes. Además, obligaron al Senado a que jurase en los mismos términos. Pusieron la primera piedra de un pequeño templo dedicado a César en el Foro, en el lugar exac to en que su cuerpo había sido incinerado por la multitud ape nada. Su cumpleaños fue declarado fiesta nacional; las celebra ciones eran obligatorias y los senadores o los hijos de senadores que no tomasen parte serían castigados con una severa multa de un millón de sestercios.
La deificación de Julio César requiere una explicación. En el mundo clásico, la frontera entre dioses y hombres no estaba cla