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CAPÍTULO SÉPTIMO

In document ASÍ SE TEMPLÓ EL ACERO (página 77-91)

D

urante toda una semana, el pueblo, rodeado de trincheras y envuelto por la telaraña de las alambradas, se despertaba y dormíase bajo el tronar de los cañones y el estrépito de la fusilería. Tan sólo a altas horas de la noche hacíase el silencio, turbado de tarde en tarde por asustadas descargas: ¡eran los escuchas que se tanteaban unos a otros! Pero al amanecer, junto a la batería, en la estación, comenzaban a agitarse los hombres. La negra boca del cañón tosía colérica, espantosamente. Los hombres se apresuraban a alimentarla con una nueva ración de plomo. El artillero tiraba del cordón; la tierra retemblaba. A unas tres verstas del pueblo, sobre la aldea ocupada por los rojos, volaban los obuses aullando y silbando, ahogándolo todo con su estruendo, y al caer lanzaban al aire montones de tierra destrozada.

En el patio de un antiguo monasterio polaco estaba emplazada la batería de los rojos. El monasterio se encontraba en un cerro alto, en el centro de la aldea.

El comisario militar de la batería, camarada Samostin, que dormía con la cabeza descansando en la trompa del cañón, se levantó de un salto. Apretándose el cinto, del que colgaba una pesada máuser, prestó oído al vuelo del proyectil, esperando la explosión. Su voz sonora llenó el patio.

-Mañana dormiremos más, camaradas. ¡De pie!

Los servidores de la batería dormían allí mismo, junto a los cañones. Se levantaron con la misma rapidez con que lo había hecho el comisario. Sólo Sidorchuk remoloneaba, alzando desganado la soñolienta cabeza.

-¡Vaya unos perros! Apenas ha amanecido, y ya están ladrando. ¡Qué gente más ruin! Samostin soltó la carcajada:

-Son elementos inconscientes, Sidorchuk. No tienen en cuenta que tú quieres dormir. El artillero se levantó, gruñendo enojado.

Unos -minutos más tarde en el patio del monasterio tronaban los cañones y los proyectiles estallaban en la ciudad. En la altísima chimenea de la fábrica de azúcar se habían instalado, sobre unas tablas extendidas, un oficial de Petliura y un telefonista.

Habían subido hasta allí por los peldaños de hierro del interior de la chimenea.

Veíase todo el pueblo, como si se tuviera en la palma de la mano. Desde allí, aquellos hombres corregían el tiro de la artillería. Oteaban cada movimiento de los rojos que asediaban la ciudad. Aquel día, en el campo de los bolcheviques la animación era grande. A través de los prismáticos se veía el movimiento de sus unidades. Siguiendo la línea del ferrocarril, un tren blindado arrastrábase lentamente hacia la estación de Podolsk, sin cesar de hacer fuego con sus piezas artilleras. Tras el tren se divisaban las guerrillas de la infantería. Los rojos se habían lanzado varias veces al ataque, tratando de tomar la ciudad, pero la división "Siech" se había hecho fuerte en los accesos. Y las trincheras bullían con fuego huracanado. Por doquier todo lo ensordecía el loco restallar de los disparos, el cual iba convirtiéndose en un rugido continuo que llegaba a su máxima intensidad durante los ataques. Y rociados por la lluvia de plomo, sin poder resistir aquella tensión inhumana, los bolcheviques se replegaban, dejando el campo sembrado de cuerpos inmóviles.

Aquel día, los ataques contra la ciudad eran cada vez- más tenaces y frecuentes. El aire vibraba estremecido por el tronar de los cañones. Desde la altura de la chimenea de la fábrica se veía cómo, haciendo cuerpo a tierra, tropezando, avanzaban incontenibles los bolcheviques. Casi habían ocupado ya la estación. Los cosacos lanzaron al combate todas las reservas, pero no

podían tapar aquella brecha abierta en la estación. Rebosantes de furioso empeño, los bolcheviques irrumpían en las calles adyacentes al centro ferroviario. Desalojados por un ataque breve y terrible de su última posición -los jardines de las afueras y los huertos-, los soldados del tercer regimiento de infantería cosaca del ejército de Petliura, que defendían la estación, retrocedieron hacia la ciudad desordenadamente, en pequeños y dispersos grupos. Sin dejar que se rehicieran, los soldados rojos llenaron las calles, barriendo con las bayonetas los grupos de contención.

No había fuerza capaz de retener a Seriozha Bruszhak en el sótano donde se había refugiado su familia en unión de los vecinos más cercanos. La calle le atraía. A pesar de las protestas de su madre, salió del fresco sótano. Por delante de la casa, chirriando y disparando en todas direcciones, pasó veloz el carro blindado "Sagaildachni". Tras él, dominados por el pánico, huían a la desbandada los soldados de Petliura. En el patio de Seriozha entró corriendo uno de los soldados de la división de cosacos. Con apresuramiento febril despojóse de la cartuchera, del casco y del fusil, saltó la cerca y se ocultó en los huertos. Seriozha decidió asomarse a la calle. Por el camino hacia la estación Sur-Oeste huían los soldados del "atamán supremo". Su retirada era protegida por un auto blindado. La carretera que conducía a la ciudad estaba desierta. Pero, de pronto, un soldado rojo apareció en el camino. Echó cuerpo a tierra y disparó a lo largo de la carretera. Tras él surgió un segundo soldado, y un tercero... Seriozha los veía: se agachaban y tiraban sobre la marcha. A pecho descubierto corría un chino bronceado y de inflamados ojos; venía en mangas de camisa, ceñido el cuerpo por unas cintas de ametralladora y con una granada en cada mano. En cabeza, adelantando su fusil ametrallador, avanzaba veloz un soldado rojo muy joven. Era la primera guerrilla de los rojos que había irrumpido en la ciudad. Y un sentimiento de júbilo embargó a Seriozha. Se lanzó a la carretera y gritó a voz en cuello:

-¡Vivan los camaradas!

El chino, sorprendido, estuvo a punto de derribarlo. Se disponía ya a lanzarse ferozmente sobre Seriozha, pero el aspecto entusiasmado del joven le contuvo.

-¿A dónde se han marchado los de Petliura? --le gritó el chino, jadeante.

Pero Seriozha no le escuchaba. Entró en el patio raudo como el viento, cogió la cartuchera y el fusil abandonados por el soldado de la división cosaca y se lanzó a alcanzar a la guerrilla. Los soldados rojos únicamente se dieron cuenta de su presencia cuando irrumpieron en la estación Sur-Oeste. Después de interceptar el camino a varios trenes cargados de pertrechos y municiones y de obligar al enemigo a retirarse a un bosque, se detuvieron para descansar y reagruparse. El joven ametrallador se acercó a Seriozha y le preguntó asombrado:

-¿Tú de dónde eres, camarada?

-Soy de aquí, de la ciudad; vivía sólo esperando a que llegarais. Los soldados rojos rodearon a Seriozha.

-Yo lo conozco ---sonrió alegre el chino-. Glitaba: "¡Vivan los camaladas!" Es bolsevique, nuestlo, joven, bono -añadió admirado, dando palmadas a Seriozha en el hombro.

Y a Seriozha le latía gozoso el corazón. Le habían acogido en seguida como a uno de los suyos. Con ellos conquistó la estación en ataque a la bayoneta.

La ciudad revivió. Los atormentados vecinos salían de los sótanos y de las bodegas y corrían a los portales para ver las unidades rojas que habían entrado en la ciudad. Antonina Vasílievna y Valia vieron en las filas de los soldados rojos a Seriozha, que marchaba con todos los demás. El muchacho iba sin gorra, la cartuchera a la cintura y el fusil a la espalda.

Antonina Vasílievna juntó las manos indignada. Seriozha, su hijo, se había entremetido en la lucha. ¡Aquello no quedaría impune! ¡Había que ver: marchar con un fusil a la vista de toda la ciudad! ¿Y qué pasaría luego?

Y dominada por tales pensamientos, ya sin poderse contener, gritó:

-¡Seriozha, anda para casa ahora mismo! ¡Ya te arreglaré las cuentas, canalla! ¡Yo te enseñaré a combatir! -y se dirigió a su hijo con intención de detenerle.

Pero Seriozha, su Seriozha, al que más de una vez había tirado de las orejas, miró adusto a la madre y, sonrojándose por la vergüenza y el ultraje, la cortó:

-¡No grites! No me iré de aquí. -Y -in detenerse pasó de largo. Antonina Vasílievna estalló:

-¡Ah! ¿Así hablas a tu madre? Bien, no te atrevas a volver a casa después de esto. -¡Y no volveré! -gritó en respuesta Seriozha, sin mirar hacia atrás.

Antonina Vasílievna, desconcertada, quedó inmóvil al margen de la carretera. Y por delante continuaban pasando las filas de combatientes tostados por el sol y polvorientos.

-¡No llores, madrecita! Elegiremos comisario a tu hijo -se oyó una voz fuerte y burlona. Una risa alegre recorrió la sección. A la cabeza de la compañía, voces potentes entonaron, acordes, la canción:

Marcad el paso con audacia, camaradas, Nuestro espíritu se fortalecerá en el pelear, Con nuestro pecho

Nos abriremos camino al reino de la libertad...

Las filas secundaron con fuerza la canción, y en el coro general se elevaba también la voz sonora de Seriozha. Había encontrado una nueva familia. Y en ella una bayoneta era suya, de Seriozha.

En el portal de la finca de Leschinski había un cartón blanco. Y en éste dos palabras escritas: "Comité Revolucionario".

Al lado había un cartel de colores vivos. En él, un soldado rojo dirigía su dedo y sus ojos al pecho del que leía la siguiente inscripción, que se encontraba al pie del cartel:

"¿Has ingresado ya en el Ejército Rojo?"

Por la noche, los trabajadores de la sección política de la división habían pegado aquellos agitadores mudos. Allí mismo se hallaba también el primer llamamiento del Comité Revolucionario a los trabajadores de la ciudad de Shepetovka:

"¡Camaradas! Las tropas proletarias han tomado la ciudad. Ha sido restablecido el Poder soviético. Llamamos a la población a conservar la calma. Los pogromistas sangrientos han sido arrojados, pero para que no vuelvan nunca, para aniquilarles definitivamente, ingresad en las filas del Ejército Rojo. Apoyad con todas vuestras fuerzas al Poder de los trabajadores. El Poder militar en la ciudad lo ejerce el jefe de la guarnición; el Poder civil, el Comité Revolucionario.

El presidente del Comité Revolucionario

Dolínnik.

En la finca de los Leschinski aparecieron nuevas gentes. La palabra "camarada" -por la que ayer se pagaba con la vida- sonaba ahora a cada paso. ¡"Camarada", palabra indescriptible y emocionante!

Dolínnik olvidóse del sueño y del descanso. El carpintero organizaba el Poder revolucionario.

En la puerta de una de las habitaciones del chalet había un pedazo de papel. En él estaba escrito con lápiz: "Comité del Partido". Allí se encontraba la camarada Ignátieva, mujer tranquila y mesurada. La sección política de la división había encomendado a ella y a Dolínnik organizar el Poder soviético en la ciudad.

Había transcurrido un solo día, y tras las mesas encontrábanse ya los empleados, tecleaba la máquina de escribir y se había constituido el Comisariado de Abastos. El comisario era Pizhitski, hombre nervioso y vivaz. Pizhitski trabajaba de ayudante de mecánico en la fábrica de azúcar. Desde los primeros días de fortalecimiento del. Poder soviético comenzó a atacar con extraordinaria tenacidad a los aristocráticos altos jefes de la administración de la fábrica, que procuraban pasar inadvertidos, ocultando el odio a los bolcheviques albergado en su interior.

En la asamblea de la fábrica, descargando violentos puñetazos sobre la baranda de la tribuna, lanzaba a los obreros que le rodeaban palabras duras e intransigentes, en polaco.

-Se acabó -afirmaba-; lo que fue ya no existirá más. Bastante han trabajado nuestros padres, y nosotros mismos, durante toda la vida para Pototski. Nosotros le hemos construido palacios, y por ello el ilustrísimo señor conde nos daba exactamente lo justo para que no nos muriéramos de hambre en el trabajo.

¿Cuántos años llevan los condes Pototski y los príncipes Sangushko cabalgando sobre nuestras espaldas? ¿Acaso entre nosotros hay pocos obreros polacos a los que Pototski mantenía en el yugo, lo mismo que a los rusos y ucranios? Bien; entre estos obreros circulan rumores, difundidos por los lacayos del conde, de que el Poder soviético oprimirá a todos ellos con mano de hierro.

Esto es una vil calumnia, camaradas. Nunca los trabajadores de las, diferentes nacionalidades han tenido las libertades que poseen ahora.

Todos los proletarios son hermanos, pero a los panis* les apretaremos las clavijas, estad seguros. -Su mano describió un semicírculo, y de nuevo se desplomó sobre la barrera de la tribuna-. ¿Y quién obliga a los hermanos a verter sangre hermana? Desde los siglos más remotos, los reyes y los nobles enviaban a los campesinos polacos a luchar contra los turcos, y siempre un pueblo agredía y aplastaba a otro. ¡Cuánta gente ha sido aniquilada! ¡Pero desgracias han ocurrido! ¿Y quién necesita esto? ¿Nosotros? todo esto se acabará pronto. A esas víboras les ha llegado la hora. Los bolcheviques han lanzado a todo el mundo unas palabras terribles para los burgueses: "¡Proletarios de todos los países, uníos!". He aquí dónde está nuestra salvación, nuestra esperanza de una vida feliz, en la que los trabajadores sean hermanos. Ingresad, camaradas, en el Partido Comunista.

Habrá también una República polaca, sólo que soviética, sin Pototskis, a los que extirparemos de raíz, y en la Polonia Soviética nosotros mismos seremos los dueños. ¿Quién de vosotros no conoce a Brónik Ptashinski? Ha sido nombrado, por el Comité Revolucionario, comisario de nuestra fábrica. "Los nada de hoy, todo han de ser". Habrá también fiesta para nosotros, camaradas, ¡pero no prestéis oído a esas serpientes ocultas! ¡Y si nuestra confianza obrera ayuda, organizaremos la fraternidad de los pueblos en todo el mundo!

A Vatslav Pizhitski estas palabras nuevas le salieron de lo más profundo de su sencillo corazón de obrero.

Cuando descendió de la tribuna, la juventud lo acompañó con exclamaciones de simpatía.

Tan sólo los más viejos tenían miedo a manifestarse. ¿Quién sabía? Quizás al día siguiente los bolcheviques retrocediesen y entonces habría que responder por cada palabra pronunciada. Si no iba uno a parar a la horca, con toda seguridad lo despedirían de la fábrica.

El comisario de Instrucción Pública era el enjuto y apuesto maestro Chernopishki. De momento era, entre todos los maestros locales' el único hombre afecto a los bolcheviques. Frente al Comité Revolucionario se alojaba una compañía especial. Sus soldados rojos hacían guardia en el Comité Revolucionario. Por la tarde, en el jardín, frente a la entrada, había emplazada una "Maxim" dispuesta a funcionar, con la serpiente de la cinta deslizándose en la recámara. Junto a la máquina había dos hombres armados de fusiles.

La camarada Ignátieva se dirigió al Comité Revolucionario. Al pasar, atrajo su atención un soldado rojo muy joven, y le preguntó:

-¿Cuántos años tiene, camarada? -Dieciséis cumplidos.

-¿Es usted de aquí? El soldado rojo sonrió.

-Sí; ingresé en el ejército anteayer, durante el combate. Ignátieva lo miró atentamente.

-¿Qué es su padre?

* En Ucrania: señores.

El personaje que en el relato habla se refiere a ellos, evidentemente, con el sentido de oligarcas, aristócratas, o, más bien, burgueses.

-Ayudante de maquinista.

Por el postigo entró Dolírmik acompañado de un militar. Ignátieva, dirigiéndose a él, le dijo:

-He encontrado un dirigente para el Comité de distrito de la Juventud Comunista; es de aquí.

Dolírmik miró rápidamente a Seriozha.

-¿Quién es? ¡Ah, el hijo de Sajar! Bien, anda, organiza a los muchachos. Seriozha los miró sorprendido.

-¿Cómo? ¿Y la compañía?

Subiendo ya los escalones, Dolínnik dijo rápidamente: -Eso ya lo arreglaremos nosotros.

Dos días después, por la tarde, fue creado el Comité local de la Juventud Comunista de Ucrania.

La vida nueva irrumpió inesperada e impetuosamente, llenándolo todo, envolviéndolo en su torbellino. Y Seriozha se olvidó de su familia, aunque la tenía muy cerca.

Él, Seriozha Bruszhak, era bolchevique. Y por décima vez sacaba del bolsillo una tirita de papel blanco, donde, bajo el membrete del Comité del Partido Comunista (bolchevique) de Ucrania, se decía que él, Seriozha, era joven comunista y secretario de Comité. Y por si alguien lo ponía en duda, de la correa que entallaba su camisa pendía la imponente "Manlicher", regalo del querido Pavka, metida en una funda de lona, hecha por él mismo. Era la credencial más convincente. ¡Ah, qué pena que Pavlushka no estuviese allí!

Seriozha se pasaba el día corriendo de un lado para otro, con comisiones del Comité Revolucionario. En aquel momento, Ignátieva lo estaba esperando. Debían ir a la estación, a la sección política de la división, donde tenían que darles literatura y periódicos. Seriozha salió corriendo a la calle. Un colaborador de la sección política los esperaba en un auto, junto a la puerta del Comité Revolucionario.

La estación estaba lejos. En ella, instalados en vagones se encontraban el Estado Mayor y la sección política de la primera división ucraniana soviética. Ignátieva aprovechaba el viaje para hacer preguntas a Seriozha.

-¿Qué has hecho en tu ramo? ¿Has creado la organización? Debes agitar a tus amigos, a los hijos de los obreros. En los próximos días hay que formar un grupo de la Juventud Comunista. Mañana redactaremos y publicaremos el llamamiento de la Juventud Comunista. Después reuniremos en el teatro a los jóvenes y organizaremos un mitin; en cuanto lleguemos a la sección política de la división, te presentaré a Ustinóvich. Me parece que ella es quien lleva el trabajo entre la juventud.

Ustinóvich resultó ser una muchachita de dieciocho años de cabello oscuro, cortado a lo chico, y vestida con flamante guerrera caqui ceñida a su cuerpo por un estrecho cinturón. Seriozha supo por ella muchas novedades y recibió la promesa de ser ayudado en el trabajo. Al despedirse, la muchacha lo cargó con un fardo de literatura y, particularmente, le recomendó un librito pequeño: el programa y los estatutos de la Juventud Comunista.

Avanzada la noche, volvieron al Comité Revolucionario. En el jardín esperaba Valia. Con reproche arremetió contra Seriozha:

-¿Cómo no te da vergüenza? ¿Es que has renunciado por completo a la casa? La madre llora por ti cada día; el padre se enfada. Habrá escándalo.

-No pasará nada, Valía. No tengo tiempo para ir a casa. Palabra de honor, no lo tengo. Y hoy tampoco iré. Pero necesito hablar contigo. Ven a mi despacho.

Valía no reconocía a su hermano. Había cambiado por completo. Daba la impresión de que alguien lo hubiese cargado de electricidad:

Luego de hacer tomar asiento a Valía en una silla, Seriozha comenzó de golpe y porrazo, sin andarse con rodeos:

-Bien, al grano, ingresa en el Komsomol. ¿No comprendes? En la Juventud Comunista. Yo soy el presidente de ella. ¿No lo crees? ¡Toma, lee!

Valía leyó la credencial y miró turbada a su hermano. -¿Y qué voy a hacer yo en el Komsomol?

-¿Qué? ¿Crees que hay poco trabajo? ¡Pero mujer! ¿No ves que yo me paso las noches sin dormir? Hay que atizar el fuego de la agitación. Ignátieva dice que reuniremos a todos en el teatro y hablaremos del Poder soviético; insiste en que yo pronuncie un discurso. Pienso que esto es tonto, pues yo no sé hablar. Y fracasaré rotundamente. Bueno, al grano. ¿Qué piensas de lo del Komsomol?

-No sé. Entonces a la madre no habrá quién la aguante.

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