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I. Juventudes empobrecidas y exclusión social:

I.7. El capital social no es sinónimo de amenaza joven

No quisiera terminar este capítulo sin hacer una breve reseña a un concepto que está directamente relacionado con esta “ciudadanía cultural”, o perspectiva de aproximación a las juventudes. En función de la exclusión de la juventud empobrecida, la posibilidad de mejorar sus mecanismos de articulación, para que puedan expresarse de forma plena y digna, pasa también por tratar el tema del capital social. Una herramienta o valor que esboza la importancia de fortalecer las capacidades de movilizar ciertos recursos simbólicos de los distintos grupos sociales.

La revisión a dicho concepto permite sustentar una respuesta efectiva a la inclusión que integre la diversidad como valor intrínseco de un desarrollo pleno. Para Raúl Atria “el capital social de un grupo podría entenderse como la capacidad efectiva de movilizar productivamente y en beneficio del conjunto, los recursos asociativos que radican en las distintas redes sociales a las que tiene acceso los miembros del grupo en cuestión”. Y agrega: “Los recursos asociativos que importan, para dimensionar el capital social de un grupo o comunidad, son las relaciones de confianza, reciprocidad y cooperación. La confianza es el resultado de la iteración de interacciones con otras personas, que demuestran en la experiencia acumulada que responderán con un quid pro quo a un acto de generosidad, alimentando un vínculo que combina la aceptación del riesgo con un sentimiento de afectividad o identidad ampliada” (Atria, 2003:583).

En la definición anterior, y considerando el tema de las confianzas tratadas anteriormente con los datos que proporciona el INJUV, parece importante comprender el funcionamiento de dos estrategias fundamentales para el desarrollo efectivo del capital social. La primera es el empoderamiento,

es decir, la posibilidad de potenciar las capacidades de movilizaciones de los grupos y distribuir el liderazgo tanto al interior como hacia el entorno en el que este grupo se desenvuelve. La segunda hace referencia a una acción estratégica de asociatividad; hablamos de ampliar el espectro de redes con las cuales el grupo se relaciona, generar sensación de cooperación, alianza y solidaridad con aquellos otros grupos que son identificados como afines o similares. Esto plantea desafíos relevantes. Las políticas sociales aplicadas hasta hoy en nuestro país son parte de redes formales de distribución de presupuesto nacional para resolver algunos de los problemas más graves de la pobreza: los accesos a salud y educación, son parte de ellos. Sin embargo, esas no serían herramientas suficientes para solucionar una participación ciudadana inclusiva capaz de integrar a las juventudes más relegadas a nuestra construcción histórica y de progreso.

La realidad de las confianzas fracturadas, inserta en nuestro complejo entretejido social como una institución, que se evidencia en una negación del otro en tanto joven y marginal, permanece como una herida abierta. La marginalidad y exclusión se expresan en las diferencias asimétricas del centro con la periferia, pero también en el quiebre de las redes sociales, desgastadas ante la adversidad de un desarrollo desigual y la ruptura de las mencionadas confianzas, no sólo de los grupos hacia las autoridades que detentan poder, sino además, y de forma mucho más grave, de estos mismos grupos entre sí.

José Antonio Ocampo, citando a John Durston, establece que “si el Estado se limita a canalizar nuevos recursos a través de los canales institucionales existentes, aunque sea para algo llamado “capital social”, estos recursos serán capturados y distribuidos a través de las relaciones informales y según las reglas no escritas del clientelismo pasivo. Para fortalecer el capital social de sectores excluidos y transformarlos en actores sociales válidos, es

necesario que el Estado tome un rol mucho más proactivo, incubando a las organizaciones embriónicas en sus primeros años” (Ocampo, 2003:29).

En otro sentido, pero complementario del aquí expuesto, Reguillo plantea que la “culturización de la política (mirar y hacer política desde la cultura), es hoy más que un debate en las ciencias sociales, un principio que está reconfigurando lentamente la política, erosionando sus certezas, su institucionalidad, su lenguaje” (Reguillo, 2003:27). Esto valida la reflexión respecto de lo necesario de revisar las políticas públicas, no sólo en torno a un asistencialismo circunstancial, sino en función de un verdadero reforzamiento del capital social que permita fortalecer las redes de cooperación y asociación de los grupos afines; así como su inserción en los canales políticos locales y nacionales desde los cuales legitimar sus demandas y exigencias. Considerando además que el capital social es decisivo tanto para el desarrollo de nuestro país como para el éxito de la democracia, que sin una sociedad civil organizada no puede constituirse como tal.

Hemos expresado en este capítulo a qué fenómenos se asocian la rabia, la pena y la frustración evocadas por este grupo de jóvenes. Exclusión, marginalidad, un sistema democrático que aún tiene heridas y fracturas que sanar; pobreza que construye barrios y asentamientos periféricos. Herramientas como la educación y el trabajo que no logran satisfacer la demanda por movilización social. Y un entorno que no deja ver la realidad de este grupo de chicos: sus carencias transformadas en rebeldías.

Es preciso entonces comprender, que una profundización de los aspectos aquí mencionados del capital social no puede situarse como una amenaza de movilización social juvenil y desestabilización política; por el contrario, permitiría generar los cambios en las pautas culturales que se

requieren para avanzar en el camino de un desarrollo equitativo. Responder a las necesidades de las juventudes y sus propias expectativas, considerando su origen, es un deber ético de la política que como lo dijera Aristóteles posibilita el desarrollo de las virtudes del ser humano, en la medida en que no se evalúan en un sistema político desde y para uno mismo, sino en la capacidad del individuo de desenvolverse de forma integral en los sistemas de relaciones humanas.