CAPITULO QUINTO

In document LEER Y DESCARGAR: “EL SIGLO DE LAS LUCES” por Alejo Carpentier (página 119-142)

XXXV

Con razón o sin ella.

GOYA «¡Tú! —había exclamado Sofía al ver aparecer aquel hombre ensanchado, acrecido, de manos duras y descuidadas, ardido por el sol, que, como los marineros, cargaba sus muy escasas pertenencias en unas alforjas de lona, colgadas del hombro—. ¡Tú!» Y lo besaba a boca llena, en las mejillas mal rasuradas, en la frente, en el cuello. «¡Tú!», decía Esteban, asombrado, estupefacto ante la mujer que ahora abrazaba, tan mujer, tan firme y hecha, tan distinta de la mozuela de caderas estrechas cuya imagen había llevado en la mente —tan diferente de aquella que hubiese sido demasiado madre-joven para ser una prima, demasiado niña para ser mujer: la asexuada compañera de juegos, aliviadora de sus crisis, que fuese la Sofía de antaño. Miraba en torno suyo, ahora, redescubriéndolo todo, pero con la incontrariable sensación de ser un extraño. Él, que tanto había soñado con el instante del regreso, no sentía la emoción esperada. Todo lo conocido —lo harto conocido— le era como ajeno, sin que su persona volviese a establecer un contacto con las cosas. Aquí estaba el arpa de otros días, al pie de las tapicerías de cacatúas, unicornios y galgos; ahí las grandes lunas biseladas y el espejo de Venecia, con sus flores de neblina; allá, la biblioteca, de tomos ahora muy arreglados. Seguido de Sofía, pasó al comedor de los anchos armarios y bodegones embetunados, con faisanes y liebres entre frutas. Fue hacia la habitación contigua a las cocinas que había sido la suya desde la infancia. «Espera que voy por la llave», dijo Sofía. (Esteban recordó que en estas viejas casas criollas era costumbre dejar cerradas con llave, para siempre, las habitaciones de los muertos.) Cuando se abrió la puerta, el hombre se vio ante un polvoriento intríngulis de títeres y artefactos de física, enredados, revueltos en el suelo, en las butacas, en el camastro de hierro que por tanto tiempo fuera su lecho de tortura. Aún colgaba el descolorido globo Montgolfier de su cordel; aún mostraba el escenario del teatrillo su decorado de puerto mediterráneo, bueno para representar Las trapacerías de Scapin. Ahí estaban, yacentes en torno a la orquesta de monos, las rotas botellas de Leyden, barómetros y tubos comunicantes, de otros días. De súbito, ese reencuentro con la infancia —o con una infantil adolescencia que era lo mismo— quebró a Esteban en un sollozo. Lloró largamente, con la cabeza caída en el regazo de Sofía, como cuando, de niño, le confiaba sus congojas de enfermo malogrado para la vida. Restablecíanse algunos vínculos olvidados. Ya empezaban a hablar algunos objetos. Regresaron al salón, pasando por el vestíbulo de las pinturas. Seguían los arlequines animando sus carnavales y viajes a Citerea; siempre intemporales y hermosas lucían las naturalezas muertas de ollas, fruteros, dos manzanas, un trozo de pan, un ajo puerro, de algún imitador de Chardin, junto al cuadro de la plaza monumental y desierta, que mucho tenía por la factura «sin aire» —sin espesores de atmósfera— del estilo de Jean Antoine Carón. En su sitio permanecían los personajes fantásticos de Hogarth,

conduciendo a La Decapitación de San Dionisio, cuyos colores parecían haber cobrado un extraordinario relumbre, en vez de apagarse en los resplandores del trópico. «Lo restauramos y barnizamos hace poco», dijo Sofía. «Ya lo veo —dijo Esteban—. Parece que la sangre estuviese fresca.» Pero más allá, donde antes habían estado colgadas unas escenas de siegas y vendimias, se veían ahora unos óleos nuevos, de frío estilo y premiosa pincelada, que representaban edificantes escenas de la Historia Antigua, tarquinadas y licurguerías, como tantas y tantas había padecido Esteban durante sus últimos años de vida en Francia. «¿Ya llegan acá estas cosas?», preguntó. «Es arte que gusta mucho ahora —dijo Sofía—. Tiene algo más que colores: contiene ideas; presenta ejemplos; hace pensar.» Esteban se detuvo de pronto, removido a lo hondo, ante la Explosión en una catedral del maestro napolitano anónimo. Había allí como una prefiguración de tantos acontecimientos conocidos, que se sentía aturdido por el cúmulo de interpretaciones a que se prestaba ese lienzo profético, antiplástico, ajeno a todas las temáticas pictóricas, que había llegado a esta casa por misterioso azar. Si la catedral, de acuerdo con doctrinas que en otros días le habían enseñado, era la representación —arca y tabernáculo— de su propio ser, una explosión se había producido en ella, ciertamente, aunque retardada y lenta, destruyendo altares, símbolos y objetos de veneración. Si la catedral era la Época, una formidable explosión, en efecto, había derribado sus muros principales, enterrando bajo un alud de escombros a los mismos que acaso construyeran la máquina infernal. Si la catedral era la Iglesia Cristiana, observaba Esteban que una hilera de fuertes columnas le quedaba intacta, frente a la que, rota a pedazos, se desplomaba en el apocalíptico cuadro, como un anuncio de resistencia, perdurabilidad y reconstrucciones, después de los tiempos de estragos y de estrellas anunciadoras de abismos. «Siempre te gustó mirar esa pintura —dijo Sofía—. ¡Y a mí que me parece absurda y desagradable!» «Desagradable y absurda es esta época», dijo Esteban. Y, de pronto, recordando que tenía un primo, preguntó por Carlos. «Salió temprano al campo, con mi marido —dijo Sofía—. Volverán más tarde.» Y quedó atónita ante la expresión de estupor, de acongojado asombro que se pintó en el rostro de Esteban. Tomando un tono ligero y despreocupado, dándose a un despilfarro de palabras inhabitual en ella, la joven empezó a contar cómo se había casado hacía un año con quien era ahora el asociado de Carlos en el negocio —y señalaba hacia la puerta comunicante, siempre hundida en la pared, con su único batiente, junto al cantero donde se alzaban los dos troncos de palmeras, tal columnas ajenas al resto de la arquitectura. Carlos, al deshacerse de Don Cosme, luego de que se apaciguara la alerta antifracmasona que, en fin de cuentas, quedara en mera amenaza, había pensado en buscar un socio que, a cambio de una apreciable participación en los beneficios, trajese la capacidad de trabajo y los conocimientos comerciales sobre todo, de los cuales él carecía. Así había dado con el hombre capaz, muy versado en asuntos económicos, a quien conociese en la Logia. «¿Logia?», preguntó Esteban. «Estamos empezando», dijo Sofía, iniciando el panegírico de quien, a poco de estar en el negocio, lo había saneado totalmente, y, aprovechando la época de mirífica prosperidad por la que atravesaba el país, estaba triplicando, quintuplicando, los beneficios del almacén. «¡Eres rico ahora! —gritaba a Esteban, con las mejillas encendidas por el entusiasmo—. ¡Rico de verdad! Y eso lo debes —lo debemos— a Jorge. Nos casamos hace un año. Sus abuelos eran irlandeses. Está emparentado con los O’Farril.» Disgustó a Esteban que Sofía hiciera hincapié en esta vinculación con una de las familias más rancias y poderosas de la isla: «¿Darán ustedes muchas fiestas ahora?», preguntó, displicente. «¡No seas cretino! Nada ha cambiado. Jorge es como nosotros. Te entenderás muy bien con él.» Y se dio a hablar de su contento presente, de la dicha que se hallaba en hacer la felicidad de un hombre, de la seguridad y reposo de la mujer que se sabía acompañada. Y como si quisiera hacerse perdonar una traición: «Ustedes son varones. Ustedes fundarán sus hogares. No me mires así. Te digo que todo está igual que antes.» Pero el hombre que la miraba lo hacía con enorme tristeza. Nunca se hubiese esperado escuchar, en boca de Sofía, semejante enumeración de lugares comunes para uso burgués: «hacer la felicidad de un hombre»; «la seguridad que siente la mujer al saberse acompañada en la vida». Era pavoroso pensar que un segundo

cerebro, situado en la matriz, emitía ahora sus ideas por boca de Sofía —aquélla, cuyo nombre definía a la mujer que lo llevara como poseedora de «sonriente sabiduría», de gay saber. Siempre se había pintado el nombre de Sofía, en la imaginación de Esteban, como sombreado por la gran cúpula de Bizancio; algo envuelto en ramas del Árbol de la Vida y circundado de Arcontes, en el gran misterio de la Mujer Intacta. Y ahora, había bastado un contento físico, logrado, acaso con el todavía oculto júbilo de una preñez incipiente —con la advertencia de que una sangre de manantiales profundos hubiese dejado de correr desde los días de la pubertad— para que la Hermana Mayor, la Madre Joven, la limpia entelequia femenina de otros tiempos, se volviera una buena esposa, consecuente y mesurada, con la mente puesta en su Vientre Resguardado y en el futuro bienestar de sus Frutos, orgullosa de que su marido estuviese emparentado con una oligarquía que debía su riqueza a la secular explotación de enormes negradas. Si extraño —forastero— se había sentido Esteban al entrar nuevamente en su casa, más extraño —más forastero aún— se sentía ante la mujer harto reina y señora de esa misma casa donde todo, para su gusto, estaba demasiado bien arreglado, demasiado limpio, demasiado resguardado contra golpes y daños. «Todo huele aquí a irlandés», se dijo Esteban, pidiendo permiso (eso: «pidiendo permiso») para darse un baño, baño a donde lo acompañó Sofía, por costumbre, quedándose a charlar con él hasta que sólo le faltara quitarse el último calzón. «Tanto misterio con lo que he visto tantas veces», dijo ella, riendo, al tirarle un jabón de Castilla por encima de la mampara. Almorzaron solos, luego de que Esteban, dándose una vuelta por la cocina y despensa, hubiese abrazado a Rosaura y Remigio, alborotados y alborozados, iguales a como los dejara: ella en salerosa estampa, él en indefinida media edad de negro destinado a correr un siglo cabal de vida en los reinos de este mundo. Hablaron poco o hablaron de nimiedades, mirándose mucho, con tantas cosas por decirse que ninguna acababa de definirse. Esteban hizo vagas alusiones a los lugares donde había estado, sin detenerse en detalles. Cuando, restablecido un clima de intimidad que la larga ausencia había disipado, él comenzara a hablar, necesitaría horas, días, para hacer un recuento verbal de sus experiencias durante los años convulsos y desaforados que acababa de vivir. Le parecían cortos esos años, ahora que los había dejado atrás. Y, sin embargo, habían tenido el poder de envejecer tremendamente ciertas cosas: ciertos libros, sobre todo. Un encuentro con el Abate Raynal, en los entrepaños de la biblioteca, le dio ganas de reír. El Barón de Holbach, Marmontel, con sus incas de ópera cómica, el Voltaire de las tragedias tan actuales, tan subversivamente actuales, hacía apenas diez años, le parecían algo remoto, fuera de la época —tan rebasado como podía serlo hoy un tratado de Farmacopea del siglo XIV. Pero nada resultaba tan anacrónico, tan increíblemente resquebrajado, usurado, menguado por los acontecimientos, como El Contrato Social. Abrió el ejemplar, cuyas páginas estaban llenas de admirativas interjecciones, de glosas, de notas, trazadas por su mano —su mano de antaño. «¿Te acuerdas? —dijo Sofía, reclinando la cabeza en su hombro—. Antes, yo no lo entendía. Ahora lo entiendo muy bien.» Subieron los dos a las habitaciones de arriba. Esteban se detuvo ante el cuadro de la intimidad compartida con un desconocido, mirando esa cincha, demasiado estrecha, «cama de matrimonio»; esos dos veladores de cabecera, con libros de distinta pasta: esas zapatillas de cordobán, colocadas junto a las de Sofía. De nuevo volvió a sentirse forastero. Ante la oferta de acomodarle una estancia próxima «que servía de escritorio a Jorge, pero que Jorge nunca usaba», Esteban se fue a su viejo cuarto de otros días y, amontonando los aparatos de física, cajas de música y títeres en un rincón, colgó la hamaca de las dos argollas clavadas en las paredes —las mismas que antes sostuvieran la sábana, enrollada a modo de soga, en la cual descansaba la cabeza durante sus crisis asmáticas. Sofía le preguntó, de pronto, por Víctor Hugues. «No me hables de Víctor Hugues —dijo el hombre, registrando sus alforjas de marino—. Hay una carta de él para ti. Se nos ha vuelto un monstruo.» Y echándose unas monedas al bolsillo, se largó a la calle. Estaba impaciente por respirar los aires de una ciudad que, al desembarcar, le había parecido muy cambiada. A poco de andar, se halló ante la Catedral, con sus sobrios entablamentos de piedra marítima —ya rica de añejas calidades al ser entregada a los talladores—, coronados por los

encrespamientos de un barroco mitigado. Ese templo, rodeado de palacios con rejas y balcones, era revelador de una evolución en los gustos de quienes regían los destinos arquitectónicos de la urbe. Hasta el atardecer anduvo, errante por las calles de los Oficios, del Inquisidor, de Mercaderes, yendo de la Plaza del Cristo a la Iglesia del Espíritu Santo, de la remozada Alameda de Paula a la Plaza de Armas, bajo cuyas arcadas se concertaban ya, en crepúsculo, bullentes tertulias de transeúntes desocupados. Aglomerábanse los papanatas ante las ventanas de una casa de donde cundía el sonido nuevo de un pianoforte recién traído de Europa. Tañían guitarras los barberos, en el umbral de sus oficinas. En un patio, ofrecíase el engañoso espectáculo de una cabeza parlante. Prostituyéndose en provecho de alguna muy honorable dama —el caso era frecuente en la ciudad— dos sabrosas esclavas le hicieron ofertas al pasar. Esteban sopesó las monedas que llevaba y se metió con la dos, en las penumbras de un equívoco albergue... Era de noche cuando el hombre regresó a la casa. Carlos se precipitó a abrazarlo. Poco había cambiado. Parecía un poco más maduro, un poco más importante —acaso un poco más grueso. «Nosotros, los comerciantes, los sedentarios...», dijo, riendo. Y al punto trajo Sofía a su marido: era un hombre delgado, que podía tener unos veinticinco años, a pesar de los treinta y tres cumplidos, cuyo semblante era hermoso por la finura y nobleza de las facciones, la despejada anchura de la frente, la boca sensual aunque un tanto fría y desdeñosa. Esteban, que temía vérselas con un chato aprendiz de negociante, parlero y superficial, quedó bien impresionado por el personaje, aunque observando que en su porte, actitudes y vestido, cultivaba el estilo de la condescendiente seriedad, de la deferencia distante, de la leve melancolía que, con una preferencia por las ropas oscuras, los cuellos anchos y flojos, los peinados aparentemente descuidados, constituían una característica nueva entre los jóvenes que, de pocos años a esta parte, se hubiesen educado en Alemania o —éste era el caso— en Inglaterra. «No me dirás que no es guapo», interrogaba Sofía, mirando a su esposo con tierna admiración... Gran derroche de candelabros y vajillas de plata había hecho el ama de casa, aquella noche, para la primera cena de la familia nuevamente reunida. «Veo que se ha matado el buey graso», decía Esteban al ver aparecer las aves mejor aderezadas, las salsas de más acuciosa elaboración, en un desfile de bandejas que le recordaba las cenas que, en este mismo comedor, se hubiesen ofrecido los tres adolescentes de ayer, soñando que se hallaban en el Palacio de Postdam, en los baños de Carlsbad, o en el marco de algún palacio rococó, situado en los alrededores de alguna Viena imaginaria. Sofía explicó que tales galantinas, tajes erosiones, tales rellenos trufados y ajerezados, se destinaban a quien, por tanto haber vivido en Europa, debía tener el paladar tremendamente aguzado en la ponderación de lo exquisito. Pero Esteban, hurgando en sus recuerdos, tuvo que confesar —nunca se había percatado de ello— que su deslumbramiento primero ante los fuegos artificiales de una cocina ubérrima en aromas, matices, sutilezas del unto, aleaciones de yerbas y especias, remotos regustos de esencias, había durado poco. Acaso por su urgencia de acomodarse, durante meses, con los pimentones, bacalaos y pilpiles de la comida vasca, Esteban se había aficionado a los manjares agrestes y marineros, prefiriendo el sabor de las materias cabales al de lo que llamaba, con marcado menosprecio por las salsas, «comidas fangosas». Y hacía el elogio de la batata, perfumada y limpia, cocida bajo ceniza; del banano verde, dorado en aceite; del corazón de palmera, prodigioso espárrago de alturas, que contenía toda la energía de un árbol; del bucán de tortuga y del bucán de cerdo salvaje; del erizo de mar y de la ostra de mangles; del fresco gazpacho con pan de munición y del cangrejo niño cuyo carapacho frito se pulverizaba bajo la dentada, poniendo sal de mar en su carne propia. Y evocaba, sobre todo, aquellas sardinas sacadas de la red, vivas aún, puestas sobre brasas de anafe, al cabo de la pesca de medianoche, que se devoraban en cubierta con la cebolla cruda y la hogaza negra, echándose mano, entre bocado y bocado, a la bota hinchada de espeso tintazo. «Me he matado durante toda la tarde estudiando libros de cocina, para esto», dijo Sofía riendo... Se sirvió el café en el gran salón, donde Esteban echaba de menos el desorden de otros días. Era evidente que el nieto de irlandeses, por ser Consorte del Ama de Casa, había impuesto ciertas normas de estiramiento a la mansión. Sofía,

además, estaba demasiado atenta a sus voluntades, yendo, viniendo, trayéndole lumbre para la pipa, sentándose luego en un pequeño escabel, junto a su butaca. Y en el silencio del esposo, la sonriente expectación de Carlos, la excesiva movilidad de Sofía, que iba ahora por un cojín, se sentía que todos esperaban el momento en que Esteban, como los viajeros antiguos —para esta gente, situada a una enorme distancia de los hechos, él era como un Sir Guillermo de Mandeville de la Revolución—, iniciara el relato de sus aventuras. Pero mal le subían las palabras a la boca, al pensar que las primeras arrastrarían a tantas y tantas más que el alba lo sorprendería allí, sentado en el mismo diván, contando siempre: «Háblanos de Víctor Hugues», dijo Carlos, por fin. Comprendiendo que Ulises no se libraría, esa noche, de la obligación de narrar su Odisea, dijo Esteban a Sofía: «Tráeme una botella de vino del más corriente, y pon a refrescar otra para luego, porque el relato será largo.»

XXXVI

No hay que dar voces. GOYA Había empezado su relato con tono risueño, recordando contradictorias peripecias de la travesía de Port-au-Prince a Francia, en aquel barco atestado de refugiados que resultaron ser masones casi todos, miembros de un Club de Filadelfos muy poderoso en Saint-Domingue. Era pintoresco, en verdad, ver a tantos filántropos, amigos del chino, del persa y del algonquino, prometiéndose los más tremebundos escarmientos para cuando, ya aplastada la sublevación de negros, les tocara proceder a ciertos ajustes de cuentas con algunos servidores ingratos que fueran los primeros en arrimar la tea a los edificios de sus haciendas. Luego narraba Esteban en tono zumbón sus «huronadas» de París, sus sueños, y esperanzas, andanzas y experiencias, citando

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