CAPITULO SEXTO

In document LEER Y DESCARGAR: “EL SIGLO DE LAS LUCES” por Alejo Carpentier (página 142-162)

XLII

Las olas venían del sur, quietas, acompasadas, tejiendo y destejiendo el tejido de sus espumas delgadas, semejantes a las nervaduras de un mármol oscuro. Atrás habían quedado los verdes de las costas. Navegábase ahora en aguas de un azul tan profundo que parecían hechas de una materia en fusión —aunque hibernal y vidriosa— , movidas por un palpito muy remoto. No se dibujaban criaturas en aquel mar entero, cerrado sobre sus fondos de montañas y abismos como el Primer Mar de la Creación, anterior al múrica y al argonauta. Sólo el Caribe, pululante de existencias, sin embargo, cobraba a veces un tal aspecto de océano deshabitado. Como urgidos por un misterioso menester, los peces huían de la superficie, hundíanse las medusas, desaparecían los sargazos, quedando solamente, frente al hombre, lo que traducía en valores de infinito: el siempre aplazado deslinde del horizonte; el espacio, y, más allá del espacio, las estrellas presentes en un cielo cuyo mero enunciado verbal recobraba la aplastante majestad que tuviera la palabra, alguna vez, para quienes la inventaron —acaso la primera inventada después de las que apenas empezaban a definir el dolor, el miedo o el hambre. Aquí, sobre un mar yermo, el cielo cobraba un peso enorme, con aquellas constelaciones vistas desde siempre, que el ser humano había ido aislando y nombrando a través de los siglos, proyectando sus propios mitos en lo inalcanzable, ajustando las posiciones de las estrellas al contorno de las figuras que poblaban sus ocurrencias de perpetuo inventor de fábulas. Había como una osadía infantil en eso de llenar el firmamento de Osas, Canes, Toros y Leones — pensaba Sofía, acodada en la borda del Arrow, de cara a la noche. Pero era un modo de simplificar la eternidad; de encerrarla en preciosos libros de estampas como aquel, de mapas celestiales, que había quedado en la biblioteca familiar, en cuyas planchas parecían librar tremebundos combates los centauros con los escorpiones, las águilas con los dragones. Por el nombre de las constelaciones remontábase el hombre al lenguaje de sus primeros mitos, permaneciéndole tan fiel que cuando aparecieron las gentes de Cristo, no hallaron cabida en un cielo totalmente habitado por gentes paganas. Las estrellas habían sido dadas a Andrómeda y Perseo, a Hércules y Casiopea. Había títulos de propiedad, suscritos a tenor de abolengo, que eran intransferibles a simples pescadores del Lago Tiberiades —pescadores que no necesitaban de astros, además, para llevar sus barcos a donde Alguien, próximo a verter su sangre, forjaría una religión ignorante de los astros... Cuando palidecieron las Pléyades y se hizo la luz, millares de yelmos jaspeados avanzaban hacia la nave, sombreando largos festones rojos que bajo el agua dibujaban las siluetas de guerreros extrañamente medievales, por su ineludible estampa de infantes lombardos vestidos de cotas agujereadas —que a tejido de cotas se asemejaban las hebras marinas encontradas por el camino y que traían atravesados, de hombro a cadera, de cuello a rodilla, de oreja a muslos, aquellos personajes, cruzados por astillas de luz, que el capitán Dexter llamaba men-of-war. El ejército sumergido se abría al paso del velero, cerrando sus filas después, en una marcha silenciosa, venida de lo ignoto, que

proseguía durante días y días, hasta que las cabezas les reventaran bajo el sol y los festones se consumieran en su propia corrosión... A media mañana entróse en un nuevo país: el de las Gorgonas, abiertas como alas de ave, al filo del agua blanqueada por su migración. Y aparecieron luego, en pardos enjambres, los dedalillos abiertos o cerrados por hambrientas contracciones, seguidos por un bando de caracoles viajeros, colgados de una almadía de burbujas endurecidas... Pero un repentino chubasco transfiguró el mar, en instantes, tornándolo glauco y sin transparencias. Un alzado olor salino subió del agua percutida por la lluvia, cuyas gotas eran sorbidas por las maderas de la cubierta. La lona de las velas sonaban a pizarra bajo granizo, en tanto que los cabos se entesaban, crujiendo por todas sus fibras. El trueno viajaba de oeste a este, pasaba sobre el buque retumbando largo, y se marchaba con sus nubes, dejando el mar, a media tarde, en una rara claridad de amanecer que lo volvía tan liso, tan irisado, como laguna de altiplano. La proa del Arrow se tornaba arado, roturando la mansedumbre de lo quieto con los espumosos arabescos que creaban la estela, dejando constancia, por varias horas, de que por allí había pasado un barco. Al crepúsculo, las estelas se pintaban en claro sobre los fondos ya repletos de noche, trazando un mapa de caminos y encrucijadas sobre el agua nuevamente desierta —tan desierta que quienes la contemplaban tenían la impresión de ser los únicos navegantes de la época. Y se entraría, hasta la madrugada próxima, en el País de las Fosforescencias, con sus luces venidas de lo hondo, abiertas en aventadas, en regueros de fulgores, dibujando formas que recordaban el áncora y el racimo, la anémona o la cabellera —o también puñados de monedas, luminarias de altar, o vitrales muy remotos, de catedrales sumergidas, caladas por los fríos rayos de soles abisales... En este viaje no estaba Sofía conturbada, como la otra vez —cuando se acodara en la misma borda, cuando subiera la brisa desde el vértice de esta misma proa— por angustias de adolescente. Muy madurada por su decisión, iba hacia algo que no podía ser sino como ella se lo imaginaba. Después de dos jornadas durante las cuales lo dejado atrás hubiera seguido pesando sobre su ánimo, se había despertado, en este tercer día, con una exaltante sensación de libertad. Rotas estaban las amarras. Se había salido de lo cotidiano para penetrar en un presente intemporal. Pronto empezaría el gran quehacer, esperado durante años, de realizarse en dimensión escogida. Conocía nuevamente el gozo de hallarse en el punto de partida; en los umbrales de sí misma, como cuando se hubiese iniciado, en esta nave, una nueva etapa de su existencia. Volvía a hallar el recio olor a brea, a salmuera, a harina y afrechos, conocidos en otros días cuya presencia bastaba para abolir el tiempo transcurrido. Cerraba los ojos, en la mesa del Capitán Dexter, al encontrar nuevamente el sabor de las ostras ahumadas, de las sidras inglesas, de las tortas de ruibarbo y de los nísperos de Pensacola, que la devolvía a las sensaciones de su primer viaje marítimo. No se seguía el mismo rumbo, sin embargo. Aunque Toussaint Louverture se afanara en establecer relaciones comerciales con los Estados Unidos, desconfiaban los negociantes norteamericanos de la solvencia del caudillo negro, dejando aquel mercado azaroso a quienes vendían armas y municiones —únicas mercancías que siempre eran pagadas de contado, aun cuando no hubiese harina para amasar el pan de cada día. Habiéndose dejado de largo la costa de Jamaica, navegábase, desde hacía varios días, en lo más despejado del Mar de las Antillas — con rumbo al puerto de La Guaira—, donde los últimos corsarios guadalupenses sólo aparecían de tarde en tarde, en veleros que ya se llamaban el Napoleón, Campo- Formio o La Conquista del Egipto. Una mañana creyóse que habría un enojoso encuentro, al advertirse la presencia de una nave pequeña que bogaba hacia el Arrow con sospechosa celeridad. Pero la inquietud de un momento volvióse alborozo al ver que se trataba de la casi fabulosa Balandra del Fraile, mandada por un misionero franciscano de bragas muy bien colgadas que, desde hacía años, se entregaba al contrabando en el ámbito del Caribe. Por lo demás, sólo se encontraban goletas tasajeras, de continuo tránsito entre La Habana y la Nueva Barcelona, que dejaban, al pasar, un enorme olor a carnes ahumadas. Sofía, para aquietar su contenida impaciencia por llegar, trataba de darse a la lectura de algunos libros ingleses que figuraban en la biblioteca de Dexter, junto a la Acacia, las Columnas y el Tabernáculo

de su mandil masónico, guardado en la vitrina de otros días. Pero el clima de Las Noches era tan ajeno a su estado, de ánimo, en estos momentos, como la atmósfera opresiva de El Castillo de Otranto. Al cabo de pocas páginas cerraba el tomo, sin saber muy bien qué había leído, entregada sin más reflexiones a todo lo que le entrara por los poros, solicitando sus sentidos más que su imaginación... Una mañana comenzó a divisarse una mole violácea sobre los imprecisos verdores que aneblaban el horizonte: «La Silla de Caracas —dijo Dexter—. Estamos a unas treinta millas de la Tierra Firme.» Y observábase en la marinería el tráfago anunciador de próxima escala: quienes estaban libres de trabajo inmediato se entregaban a la tarea de asearse, rasurarse, cortarse los cabellos, limpiarse las uñas, desmancharse las manos. A cubierta sacaban navajas, peines, jabones, recados de zurcir, derramándose fuertes esencias en las cabezas. Remendaba éste una camisa agujereada; pegaba el otro un parche al zapato maltrecho; mirábase, el de más allá, la tostada jeta en un espejillo de damas. Y eran todos movidos por un desasosiego que no era debido al mero contento de haber llegado al cabo de una travesía feliz: al pie de aquella montaña que iba afirmando el contorno sobre la alta cordillera parada a la orilla del agua estaba la Mujer —la Mujer desconocida, casi abstracta, aún sin rostro, pero ya definida por el Puerto. Hacia esa figura erguida por encima de los techos, ofrecida en su abra, se hinchaban las velas del buque, a lo largo de los mástiles enhiestos, como aviso de que llegaban hombres. Y esas velas, ya visibles desde la costa, promovían, en las casas portuarias, un ir y venir de baldes sacados de los pozos, un hembruno zafarrancho de afeites, perfumes, enaguas y atuendos. Sin necesitarse de palabras, estaba entablado el diálogo sobre un mar que ya se poblaba de botes pesqueros. Virando se puso el Arrow en navegación paralela a las montañas que descendían de las nubes al agua, en pendiente tan recia que no se divisaban cultivos en sus flancos. A veces se hundía la enorme pared, revelando el secreto de una playa umbrosa tendida entre dos murallas, ennegrecidas por una vegetación tan tupida y oscura que aún parecía guardar jirones de noche en su regazo. Un fabuloso olor a humedades de Continente aún mal despierto se desprendía de esos remansos donde iban a encallar las simientes marinas, arrojadas por un último embate de la ola. Pero ahora retrocedían las montañas, sin revelar lo que atrás ocultaban, dejando una estrecha franja de suelo, en la que se pintaron caminos y viviendas, entre bosques de cocoteros hirsutos, uveros y almendros. Doblóse un promontorio que parecía tallado en un bloque de cuarzo, y apareció el puerto de La Guaira, abierto sobre el océano como un anfiteatro colosal en cuyas gradas se escalonaron los tejados... Sofía hubiese querido subir hasta Caracas, pero el camino era largo y fatigoso. La escala del Arrow habría de ser breve. Dejó desembarcar a los marineros francos de servicio, impacientes por llegar a donde se sabían esperados, y bajó a una chalupa, en compañía de Dexter, urgido de cumplir algunas formalidades rutinarias. «No se crea obligado a cuidar de mí», dijo la joven, advirtiendo que el jefe no era ajeno a la impaciencia de sus hombres. Y echó a andar hacia las calles empinadas que bordeaban un torrente seco, admirándose de encontrar lindas plazoletas adornadas por estatuas, entre casas de rejas de madera y romanillas que le recordaban las de Santiago de Cuba. Sentada en un banco de piedra veía pasar las recuas hacia los caminos de la montaña sombreados por cujíes, que se dispersaban en las nieblas de las cimas, más arriba de un castillo coronado de atalayas, semejante a los muchos que defendían los puertos españoles del Nuevo Mundo —tan semejantes, unos a otros, que parecían obras de un mismo arquitecto. «Allí estuvieron presos, hasta hace poco, algunos masones traídos de Madrid. Eran unos, llamados “de la Asonada de San Blas”, que habían tratado de llevar la Revolución a España —le dijo un buhonero canario, empeñado en venderle cintas de raso—. Y usted no lo va a creer: seguían conspirando en el mismo calabozo...» Así, el Acontecimiento estaba en marcha. No se había equivocado ella al percibir su inminencia. Ahora estaba más impaciente que antes de alcanzar el término de su viaje, con el temor de llegar demasiado tarde: cuando el hombre del Gran Quehacer estuviese ya en acción, apartando los verdores de las selvas, como los hebreos las aguas del Mar Rojo. Confirmábase lo que tantas veces le hubiese dicho Esteban: que Víctor, ante la reacción termidoriana, estaba penetrando, con sus Constituciones

traducidas al español, con sus Carmañolas Americanas, en esta Tierra Firme de América, llevando a ella, como antes, las luces que en el Viejo Mundo se apagaban. Para entenderlo bastaba mirar la Rosa de los Vientos: de la Guadalupe, la turbonada había soplado a las Guayanas, corriendo de allí a esta Venezuela que era la ruta normal para pasar a la otra banda del Continente, donde se alzaban los barrocos palacios del Reino del Perú. Allá, precisamente, por boca de jesuitas, se habían alzado las primeras voces —y Sofía conocía los escritos de un Vizcardo Guzmán— que reclamaban, para este mundo, una independencia que sólo era pensable en términos de Revolución. Todo resultaba claro: la presencia de Víctor en Cayena era el comienzo de algo que se expresaría en vastas cargas de jinetes llaneros, navegaciones por ríos fabulosos, tramontes de cordilleras enormes. Nacía una épica que cumpliría en estas tierras lo que en la caduca Europa se había malogrado. Ya sabrían quienes acaso la estuviesen desollando en la casa familiar que sus anhelos no se medían por el patrón de costureros y pañales impuestos al común de las hembras. Hablarían de escándalo, sin sospechar que el escándalo sería mucho más vasto de lo que ellos pensaban. Esta vez se jugaría al desbocaire, disparando sobre generales, obispos, magistrados y virreyes.

El Arrow zarpó dos días después, navegando a lo largo de la Isla de Margarita, para pasar entre la Granada y Tobago, al amparo de posesiones inglesas, tomando el rumbo de la Barbados. Y al cabo de un tranquilo viaje, se vio Sofía en Bridgetown, descubriendo un mundo distinto del que hasta ahora hubiese conocido en el Caribe. Distinta era la atmósfera que se respiraba en aquella ciudad holandesa, de una arquitectura diferente de la española, con sus anchas balandras madereras venidas de Scaraborough, de San Jorge o de Puerto España. Circulaban allí divertidas monedas, llamadas «Pineapple Penny» y «Neptune Penny», de una acuñación muy reciente. Se creía llevada a una urbe del Viejo Continente, al advertir que existía una «Calle Masónica» y una «Calle de la Sinagoga». Alojóse en limpio albergue, tenido por una mulata sudorosa que le fue recomendado por el Capitán Dexter. Al cabo de un almuerzo de despedida en el que Sofía probó de todo —tal era su alegría— sin desdeñar las botellas de porter, el madeira y los vinos franceses que le sirvieron, dieron ambos un paseo en coche por las afueras. Durante horas rodaron por los caminos de una Antilla domada, cuyas tierras deslindadas por suaves ondulaciones — aquí nada era grande, nada aplastante, nada amenazador— eran cultivadas hasta las mismas orillas del mar. Aquí la caña de azúcar parecía trigo verde, las yerbas tenían mansedumbre y urbanidad de césped, las mismas palmeras dejaban de parecer árboles tropicales. Había silenciosas mansiones, ocultas en la espesura, que alzaban columnas de templo griego hacia frontones borrados por la yerba, cuyas ventanas se abrían sobre el fausto de salones habitados por retratos cuyos barnices relumbraban en el exceso de luz; había casas cubiertas de tejuelas, tan pequeñas que cuando un niño se asomaba a una ventana, ocultaba, con su presencia, el cuadro de vastas familias reunidas para cenar donde hubiese sido enorme el estorbo de un tablero de ajedrez; había ruinas apelambradas por las enredaderas, donde los aparecidos —toda la isla, decía el cochero, era lugar de aparecidos— se reunían para gemir en las noches ventosas; y había sobre todo, junto al mar, casi confundidos con las playas, unos cementerios siempre desiertos, sombreados por cipreses, cuyas tumbas de piedra gris —tan pudorosas si se pensaba en los ornamentados mausoleos de las necrópolis españolas— hablaban de un Eudolphus y una Elvira, muertos en un naufragio, que sólo habían podido ser los héroes de un romántico idilio. Sofía recordaba La Nueva Heloísa. El Capitán pensaba más bien en Las Noches. Y a pesar de que les quedara lejos, cansados estaban los caballos y sólo se regresaría tarde en la noche, por la necesidad de buscar un relevo del tiro, Sofía, usando de mimos que casi parecieron excesivos al norteamericano, consiguió que llegaran hasta el pequeño bastión rocoso de St. John, detrás de cuya iglesia halló una lápida cuyo epitafio se refería a la inesperada muerte, en la isla, de un personaje cuyo nombre cargaba con una aplastante presencia de siglos: AQUÍ YACEN LOS RESTOS DE —FERNANDO PALEÓLOGO— DESCENDIENTE DEL LINAJE IMPERIAL —DE LOS ÚLTIMOS

EMPERADORES DE GRECIA— CAPELLÁN DE ESTA PARROQUIA —1655 A 1656... Caleb Dexter, algo emocionado por el vino de una botella vaciada durante el camino, se descubrió respetuosamente. Sofía, en el atardecer cuyas luces enrojecían las olas rotas en espumas enormes sobre los monolitos rocallosos de Bathsheba, floreció la tumba con unas buganvillas cortadas en el jardín del presbiterio. Víctor Hugues, durante su primera visita a la casa de La Habana, había hablado largamente de esa tumba del ignorado nieto de quien cayera, en la suprema resistencia de Bizancio, muerto antes que profanado como lo fuese por los otomanos vencedores el Patriarca Ecuménico. Ahora la encontraba ella, en el lugar designado. Por sobre la piedra gris, marcada con el signo de la Cruz de Constantino, una mano seguía ahora el lejano itinerario de otra mano, que también hubiese hecho el gesto de buscar el hueco de las letras con las yemas de los dedos... Por romper con un ceremonial inesperado, que ya parecía prolongarse demasiado, Caleb Dexter observó: «Y pensar que haya venido a parar a esta isla el último propietario legítimo de la Basílica de Santa Sofía...» «Se hace tarde», dijo el cochero. «Sí; regresemos», dijo ella. Estaba admirada de que su nombre hubiese podido surgir así, de pronto, en la tonta reflexión del otro. Era una casualidad demasiado extraordinaria para no tomarse como un anuncio, un aviso, una premonición. La esperaba un prodigioso destino. El futuro se venía gestando secretamente desde que una Voluntad atronara, cierta noche, las aldabas de la casa.

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