El hecho político fundamental que caracteriza los primeros años de la República es el fenómeno del caudillaje militar. El culto al caudillo fue un culto republicano que surgió como consecuencia de los quince años que duraron las Guerras de Independencia. De un modo general, la palabra caudillo designa a todos los presidentes o candidatos a la presidencia que surgieron en la República pasando por alto el poder de las leyes y determinando la vida política nacional (BASADRE 2002: I, 133). El caudillismo fue posible en Hispanoamérica debido al vacío de poder que se produjo como consecuencia de la terminación de los tres siglos de dominación española en sociedades cuyos
ciudadanos carecían de una tradición democrática y que sólo conocían a la monarquía hereditaria. Y para complicar aún más las cosas, el hecho que en el Perú no existiera una verdadera clase dirigente nacional, legítima y con autoridad, hizo que sea más factible que este vacío fuese llenado con una clase media compuesta por los políticos de la independencia y por los militares.39 En este contexto (y esto es válido para Hispanoamérica en general) los intereses de grupo, las lealtades locales y las alianzas personales se convirtieran en las claves del juego político y que, debido ello, el poder permanezca en manos de los caudillos regionales (LYNCH 1988: 213). Así, el caudillismo se convirtió rápidamente en un fenómeno inevitable, y la era del absolutismo Borbónico dio paso a la era del caudillismo militar. En vista de estas circunstancias, fue relativamente fácil que se aceptara las ideas del Libertador Bolívar, en el sentido que las repúblicas democráticas tenían necesidad de un poder Ejecutivo fuerte y que la legitimidad de sus dirigentes era objetable (DÉMELAS 2003: 516). Sin embargo, el caudillaje militar, que se pensaba debería haber protegido a la joven República del Perú de la inestabilidad política, no logró eliminar la anarquía e imponer el orden.
El origen inmediato del caudillismo, según ha sido sugerido por una reconocida historiadora, se encuentra en el modelo político protectoral que San Martín y su ministro Monteagudo impusieron en el Perú. Dicho modelo —autoritario, ilustrado y enfocado en el desarrollo de la estructura material del país— fue recreado repetidas veces durante el difícil período que abarca la presente tesis (1821-1846). Se puede comprobar la gran vitalidad y versatilidad de la concepción política protectoral si analizamos los intentos fracasados o exitosos de los caudillos peruanos, para lo cual es suficiente revisar los proyectos políticos de los caudillos Agustín Gamarra, Manuel Ignacio de Vivanco y Ramón Castilla, entre otros. Estos proyectos, al intentar recrear las líneas matrices del diseño estatal que Monteagudo planteó, comprueban el profundo impacto que tuvo el autoritario modelo protectoral sobre la cultura política peruana (McEvoy 2003: 26). Cabe anotar que la voluntad del Protector San Martín y de su ministro Monteagudo por afirmar un Ejecutivo fuerte y vigoroso se explica por el
39
Dos factores interactuaron para que en el Perú, a inicios de la República, no surgiese una verdadera élite dirigente nacional: el tradicionalismo de la sociedad virreinal que, frente al proceso independentista, actuó con ambigüedad e indecisión fraccionando políticamente a la sociedad; y la gran diversidad étnica de la población, que al trabar y complicar el diseño e implementación de un proyecto y/o plan político nacional, de paso dificultó el surgimiento de una élite nacional legítima y con autoridad.
legítimo temor a la anarquía que ellos tenían en aquellos momentos de guerra y de profunda transición (DE LA PUENTE CANDAMO 1974: XII - XIII).
Los caudillos proclamaban insistentemente que luchaban por la regeneración de la nación y en defensa de una legitimidad republicana que supuestamente había sido rota por el gobierno vigente o por el que los había precedido. Pero en el fondo ellos luchaban por implementar sus propios proyectos políticos, aunque como su poder no era total tuvieron que negociar, protegerse mutuamente, y mantenerse unidos mediante alianzas y pactos con otros caudillos, con oficiales del ejército y con las élites políticas y económicas del país. Simón Bolívar —aunque no lo consideremos un caudillo propiamente sino un hombre de Estado con un programa político bien definido y de proyección continental— fue de los primeros en poner en práctica esta política. Así, en carta que le dirige al General Agustín Gamarra, fervientemente le recomienda que:
En el estado actual del Perú, sólo una unión estrecha entre los funcionarios públicos puede formar una masa de oposición a los muchos que intentan introducir el desorden y la anarquía por ambición personal (…) insisto, mi querido General, e insistiré siempre, en que todas las autoridades marchen perfectamente unidas, estrechamente ligadas y respetuosamente dependientes del Jefe del Gobierno. La más pequeña vacilación, la menor desavenencia en un Estado naciente, puede producir su ruina.40
Paradójicamente, en este período inicial de vida independiente, las revoluciones de los
caudillos militares conviven con el gobierno republicano constitucional (ALJOVÍN s/f: 1). En aquella turbulenta época de caudillaje militar, el poder se adquiría a través de una compleja relación entre elecciones y revoluciones, y ningún líder logró escapar al moderno lenguaje constitucional, por lo que era habitual que buscasen legitimar su poder mediante una constitución. Pero a pesar que eran autoritarios, ninguno de estos líderes se veía a sí mismo como un tirano o un dictador perpetuo, sino que, por el contrario, al creer que tenían una doble representación, la de la nación y la del Ejército, se veían como los salvadores de la patria (ALJOVÍN 2000: 23, 262).
Efectivamente, los caudillos no querían identificarse con los gobernantes antidemocráticos y anticonstitucionales, menos con los tiranos; por el contrario, querían ser considerados líderes republicanos que respetaban los principios que la modernidad
40
política establecía, y en esa línea marcaron distancia con los clásicos dictadores. Simón Bolívar —quien sin ser propiamente un caudillo fue la fuente de inspiración de muchos de ellos— es un buen ejemplo de cómo un líder autoritario que incluso impulsó un proyecto político que contemplaba una presidencia vitalicia, se veía a sí mismo no como un dictador de los que han habido tantos en la historia (y pone como ejemplos a Julio César, a Napoleón I y a Iturbide). Por el contrario, él se veía como un líder moderno y liberal, un “Libertador” que no comulgaba con las “indignas” prácticas políticas de los dictadores clásicos. Según pensaba, él era un hombre que podría haber “arrollado” los “inconvenientes” que se le presentaron a lo largo de su azarosa carrera política, mas no quiso “pasar a la posteridad como tirano”.41 Bolívar se consideraba un hombre que salvaba a los pueblos de la opresión, del despotismo, de la anarquía y de la injusticia. Y así lo expresó, de manera contundente, por medio de una carta dirigida al General venezolano J. Antonio Páez en que le dice lo siguiente:
Yo no soy Napoleón ni quiero serlo; tampoco quiero imitar a César, menos a un Iturbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria. El título de Libertador es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano; por tanto, me es imposible degradarlo.42
El periódico La Prensa Peruana, de línea autoritaria y “gamarrista”, también se dedicó a resaltar la faceta de “salvador de la patria” de los caudillos. A raíz de la terminación de la guerra peruano-colombiana, dicho periódico publica, el 21 de noviembre de 1829, que el Gran Mariscal Presidente del Perú, don Agustín Gamarra va a entrar a Lima “colmado de honor después de terminar la guerra con Colombia”. Y el 2 de diciembre del mismo año, luego de elogiar la actuación de Gamarra ya que “mudó el aspecto de las cosas, calmó las hostilidades y preparó la Paz de Guayaquil”, anota que gracias a su política, “colombianos y peruanos se volvieron a abrazar”. Finalmente, el 9 de diciembre de 1829, conmemorando el quinto aniversario de la batalla de Ayacucho, La Prensa Peruana anuncia que la Paz de Guayaquil, mérito que dicho periódico le atribuye al Mariscal Gamarra, dio “consistencia y solidez a lo logrado en Ayacucho”.43 Es decir, los caudillos, Gamarra en este caso, eran, que duda cabe después de leer estas noticias, los salvadores de la patria, los que traerían paz y progreso, los que
41
Carta de Bolívar a Sir Robert Wilson (30/04/1827), en BLANCO-FOMBONA [1921]: 377.
42
Carta de Simón Bolívar al General J.A. Páez (6-03-1826), en BLANCO-FOMBONA [1921]: 143.
43
consolidaron la independencia. Al mismo tiempo “ellos se retrataban como los verdaderos representantes de la voluntad general” (ALJOVÍN 2000: 263), aunque, como dice el pensador político Alexis de Tocqueville, la voluntad nacional (o general) es una de las palabras de las que los intrigantes y los déspotas de todos los tiempos han abusado más (TOCQUEVILLE 2002: 74).
Y aquí cabría un comentario. Desde los años iniciales de la República existía la noción que la prioridad era “salvar a la patria”. En efecto, el Congreso Constituyente, al otorgarle “poderes dictatoriales” a Bolívar en febrero de 1824, acordó que los artículos de la constitución política que fuesen “incompatibles con la salvación de la República” quedasen “sin cumplimiento”. Dicho Congreso también reconoció que, para derrotar a los “enemigos de nuestra independencia”, era necesario un gobierno con “mano fuerte”, no un “régimen constitucional”, pues este último “debilitaría” los esfuerzos orientados a derrotar a los realistas (CDIP 1975b: 235 y 236). Es decir, incluso un Congreso liberal, como lo fue el Primer Congreso Constituyente, admitía que en momentos de crisis y de peligro nacional, los gobiernos dictatoriales resultaban más efectivos que los puramente constitucionales. Como es natural, estas ideas eran una invitación para que diferentes personajes con ambiciones políticas proclamasen que la república se encontraba en peligro y que, por lo tanto, un caudillo fuerte y autoritario no sólo se justificaba sino que se hacía indispensable.
Es así que los caudillos siguieron las ideas matrices del pensamiento autoritario: priorizar el orden y la estabilidad por encima de la libertad, y en esa línea de pensamiento ellos se veían como la fuente de la estabilidad y del orden. En vista de lo hasta ahora anotado en relación a los caudillos, parece razonable el juicio de Jorge Basadre en el sentido que el caudillaje va contra ciertas formas democráticas mas no contra la idea democrática en sí puesto que —aparte de no rechazar sino, por el contrario, intentar guardar las formas democráticas y constitucionales— permitió el encumbramiento de genuinos productos del pueblo, a cuya clase social no estaba aún abierta la posibilidad del poder político (BASADRE 2002: 143).
En este punto resulta pertinente citar las conclusiones a las que llegó Marie-Danielle Demélas, quien ha estudiado detenidamente la historia política andina del siglo XIX. Según la citada investigadora, el poder de los caudillos no llegó a suplantar al de otras
categorías o grupos ya que los caudillos aún pertenecían a un orden propio del Antiguo Régimen, por lo que se tuvo que llegar a un compromiso entre las reglas tradicionales y la nueva situación de las sociedades de los países andinos. Así, mientras que las constituciones seguían los modelos europeos y norteamericano que tenían sólo lejanas relaciones con la situación de Hispanoamérica, las sociedades andinas inventaron prácticas que permitieron una suerte de compromiso entre los principios democráticos y las representaciones tradicionales con las cuales seguían vinculadas. Por otra parte, el mero hecho de que los Estados hispanoamericanos surgidos de las guerras de independencia hayan sobrevivido supone la existencia de reglas, subyacentes y tácitas, que ordenaban la “anarquía” en que se vivía. Y en este proceso, al Ejército le correspondió un papel de primer plano al imponer un cierto grado de orden político. Por lo tanto, para describir este periodo de la historia del Perú, el término “inestabilidad” sería más conveniente que el de “anarquía” (DEMÈLAS 2003: 23, 417, 418, 502). En esta línea de pensamiento podemos ubicar al historiador Charles Walker, para quien la política “campesina” y la política caudillista no fueron ámbitos separados sino que estuvieron íntimamente vinculados, pues los caudillos se apoyaban en los campesinos y éstos a su vez se vieron involucrados en las luchas políticas (WALKER 1999: 21). Es decir, la política caudillista, en la tradicionalista sociedad andina, necesariamente tuvo que adoptar una postura ecléctica: combinó el orden propio del Antiguo Régimen, la política y los intereses indígenas, y el lenguaje político moderno que obligaba a guardar las formas democráticas y constitucionales.
Hay un factor que aunó a que el fenómeno del caudillismo prospere en general en toda Hispanoamérica y es el siguiente: luego de la independencia y proclamada la República, los caudillos cumplieron una función vital para la élite republicana ya que fueron los guardianes del orden y los garantes del mantenimiento de las estructuras sociales vigentes (LYNCH 1993: 17, 57, 237, 239). Aunque estuviesen enfurecidos por la arrogancia de los oficiales, las autoridades civiles los necesitaban para controlar a los disidentes que abundaban en el período posterior a la guerra independentista (HALPERÍN 1995: 75). La opinión del historiador inglés John Lynch en relación a los caudillos hispanoamericanos refleja muy bien la situación del Perú, por lo que vale la pena transcribirla a la letra:
La situación tras la independencia no era apropiada para un gobierno constitucional. La heterogeneidad social, la falta de consenso y la ausencia de tradición política colocaron a las constituciones liberales en una situación extremadamente tensa y desestabilizaron las nuevas repúblicas, casi desde el mismo momento en que se constituyeron (LYNCH1993: 245).
Ahora bien, como ya lo anotamos, desde el inicio de nuestra vida como nación independiente, los políticos peruanos agrupados en el Congreso decidieron adoptar el sistema de gobierno republicano —constitucional y representativo aunque no plenamente democrático— ya que lo identificaron con los ideales liberales de progreso y libertad que la modernidad política proclamaba; también adoptaron el liberalismo económico. En ese sentido imitaron a las naciones que más admiraban: los Estados Unidos de Norteamérica, Inglaterra (aunque ésta era una monarquía, era una monarquía constitucional admirada por su progreso económico) y Francia.44 En vista de lo anotado, en el Perú, durante sus primeros veinticinco años de vida independiente (el llamado período de la anarquía), ninguna de las facciones en pugna por el poder podía ir a contra-corriente con las ideas de progreso y libertad; no podían, por lo tanto, resistirse a utilizar el discurso que representaba a la modernidad política ni dejar de adherirse al ideal republicano. Sin embargo, los caudillos reelaboraron, para su propio beneficio, todos los conceptos que caracterizaban a dicho ideal: ciudadanía, opinión pública, representación, democracia, elecciones y, sobre todo, constitucionalismo. Porque, aunque los caudillos estaban deseosos de tener al constitucionalismo como soporte ya que resultaba esencial para legitimar sus actos (ALJOVÍN 2005b: 103), lo que los llevó a emplear una retórica constitucional y un discurso contrario a la anarquía; en la práctica los excesos, la falta de un espíritu de moderación,45 el rompimiento del orden constitucional (sobre todo la falta de respeto a las reglas constitucionales de sucesión), y el recurso a la fuerza fueron parte de la cultura política peruana desde la fundación de la república (DÉMELAS 2003: 24;MCEVOY 2007: 96, 223).46 Dicha cultura política (la de
44
Aunque el derecho a elegir directamente representantes, escamoteado durante el Imperio napoleónico, quedó restablecido al ser restaurados los Borbones, la tradición procedente del siglo XVIII de que ciudadano es el que es propietario y por eso puede interesarse en los asuntos del Estado fue más rigurosa que nunca. De ahí el nombre de “régimen censatario” que han dado los historiadores al instaurado en Francia de 1814 a 1848 (JARDIN 1998: 246).
45
Para Jorge Basadre (1968: III, 102-103), la llegada de Ramón Castilla al poder en 1845 representó que en la política del Perú republicano, donde hasta entonces los gobernantes habían encarnado el exceso, se de un fenómeno nuevo: un espíritu de moderación y sagacidad que no excluía la energía.
46
Quisiéramos resaltar que el rompimiento del orden legítimo con el pretexto de restaurar la libertad no fue un fenómeno exclusivo del Perú o de Hispanoamérica. Alexis de Tocqueville (2004: 78), escribiendo a mediados del siglo XIX, afirmó que no hay nada más común en la historia que un espectáculo en el cual casi todos los príncipes (o caudillos en el caso peruano) que han destruido la libertad, hayan empezado
los caudillos) respondía a las necesidades propias de aquellos años y es plenamente inteligible sólo si tomamos en consideración los factores relevantes de la época. En esencia éstos eran la inexistencia de una tradición democrática, la ausencia de virtudes republicanas que impongan el respeto por las leyes como valor fundamental47 y, finalmente, la inexistencia de una auténtica y legítima élite política dirigente que logre congregar a los peruanos en torno a un gobierno auténticamente nacional que permita que éstos, una vez recuperada la paz social, acepten reforzar el poder central. Todos estos factores adversos produjeron el vacío de poder al que ya nos hemos referido, lo que a su vez permitió la irrupción de los caudillos en el escenario político peruano.48