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Cfr CIC 574-576.

La Pascua del Hijo de Dios

5. Cfr CIC 574-576.

6. J. Ratzinger, Die Vilefalt 29; cfr. CIC 579.

Jesús mismo se sabe obligado a cumplir con esta tradición; la ley tiene para él un significación importante y conoce también muy bien la

interpretación que los rabinos hacen de ella. Mateo, que escribe su

Evangelio especialmente para los judíos, presenta, al principio, el sermón de la montaña, de tal manera que Jesús tiene todas las trazas de ser un maestro de la Toráh. Reúne a sus discípulos junto a sí y se sienta (Mt 5, 1) –signo este de que lo que va a venir es algo serio e importante–. El hecho de que el maestro se sentase siguió siendo más tarde una señal formal para los discípulos de que la lección iba a empezar.7 La misión de Jesús está muy relacionada con la ley de Israel. Digámoslo con las palabras de un rabino de nuestros días:

«Su forma de tratar la Toráh de Moisés -y Mateo pone bien a las claras que Jesús está inmerso en el estudio de la Toráh- significa que las cosas, que va a decir serán una continuación, ampliación, perfeccionamiento o

explicación de la Toráh. Él es un maestro de la Toráh. Él enseña la Toráh en el marco de la Toráh y le añade aún algo más. Sus esfuerzos son, pues, una dedicación a la Toráh».8

Estos esfuerzos por la Toráh están apoyados en el conocimiento que Jesús tenía de su propia misión. Es algo más que un rabí: El mismo es el justo, el que realmente trae la justicia (Is 42, 3), el que carga sobre sí mismo todo lo que separa a los hombres de la alianza con Dios; el que justifica a muchos, cargando sobre sí sus culpas (Is 53, 11). La cruz hay que «comprenderla teológicamente desde su más íntima solidaridad con la ley y con

Israel».9 El mismo es el que perfecciona la ley, y él mismo es el que conduce a Israel por la ley a Dios. «Su muerte ha expiado aquellas prevaricaciones que había dejado la antigua Alianza» (Hb 9, 15).

Según nos informan los Evangelios, las discusiones sobre la posición de Jesús y sobre la ley giran, sobre todo, alrededor de dos temas: la forma cómo él comprende su misión y su postura ante el sábado; ambas están íntimamente relacionadas. Esta especial autocomprensión de Jesús se entiende a partir de las formulaciones que nos han sido trasmitidas sobre el sermón de la montaña. Cuando Moisés desciende del Sinaí, actúa como portavoz de Dios. «Yo soy el Señor, Dios tuyo...» –así comienzan los diez mandamientos (Ex 20, 2)–; «... así habla el Señor» – ésta es la fórmula que los profetas repitan regularmente. Y Jesús comienza de forma parecida: 7. Cfr. J. Neusner, Ein Rabbi spricht mit Jesus. Ein jüdisch-christlicher Dialog, München

1997, 18.

8. Neusner, Ein Rabi spricht mit Jesus 18-19.

«Habéis oído que se dijo a los antiguos...» (Mt 5, 21); y continúa

diciendo: «Pero yo os digo...» (Mt 5, 22). En otra ocasión, alaba Jesús a aquel que «cumple estas palabras mías» (Mt 7, 24; cfr. Dt 11, 18). A los oídos judíos esto debió parecerles una increíble exigencia. Dar normas de comportamiento, decir algo que va por encima de la Toráh y proponer su propia interpretación, todo esto resultaba posible, pero decir palabras que claramente rompían el marco de la Toráh, los cinco libros de Moisés, ya era demasiado. «Según los criterios de la Toráh, Jesús exigía algo que a nadie correspondía sino a solo Dios».10 Sólo Dios puede hablar como fuente de la Toráh. Jakob Neuser describe así su extrañeza:

«Sí, yo me hubiera quedado sorprendido. Allí estaba un maestro de la Toráh, que en su propio nombre dice lo que la Toráh anuncia en nombre de Dios. Una cosa es decir con palabras propias cómo una doctrina

fundamental de la Toráh determina la cotidianidad: "El honor del prójimo..., sus propiedades...", y otra asegurar que la Toráh dice esto, pero yo os digo..., para anunciar a continuación lo que Dios reveló en el Sinaí [...] No es tanto el mensaje lo que me preocupa -aunque yo pondria reparos a alguna que otra cosa-, sino aquel que da el mensaje».11

El Sabbat pertenece a la identidad judía, mucho más que el domingo a la nuestra cristiana. Guardar el sábado es más que el cumplimiento de un mandamiento, más que una tarea humana o social. El sábado se guarda, porque Dios mismo descansó ese día (Gn 2, 1-4). Guardar el sábado significa, por tanto, imitar a Dios, hacerse semejante a él. Cuando Jesús promete: «Venid todos a mí... y yo os aliviaré» (Mt 11, 28), podemos encontrar aquí, a la luz de la ley, una conexión con el sábado. ¿Cómo iré yo hacia Dios? ¿Dónde encontraré yo mi alivio? El séptimo día es el día del descanso del Señor; y este descanso es el que Jesús mismo promete (cfr. Ex 20, 9-10; Is 58,13-14).12

Cuando los discípulos arrancaban espigas en sábado para aplacar su hambre (Mt 12.1-8 par), Jesús justifica esta acción refiriéndose al templo: también los sacerdotes incumplían allí sus obligaciones. ¿No pasa por alto esta interpretación el sentido del mandamiento sabático? Lo que se hace en el templo es exactamente lo contrario de los asuntos cotidianos. No hay preocupación por el propio bienestar, sino por el servicio al Señor. Y

cuando Jesús hace la pregunta: ¿Está permitido hacer el bien el sábado? (Mc 3, 4 par), ¿no pasa también por alto que aquí se trata de una cuestión moral?

10. J. Neuser, Ein Rabi spricht mit Jesus 49. 11. Idem, 47.

La meta del Sabbat es ser santo.13 «El Hijo del hombre es el señor del sábado» (Mt 12, 8); esta frase lleva consigo la exigencia de que lo que en el sábado significa descansar en Dios, recibe aquí una nueva cualificación. Encontrar en él el descanso lo puede aquel que se entrega a él como al Mesías, con fe y confianza. Jesús guarda la Toráh y nos enseña a

cumplirla. Pero su horizonte ha cambiado. Para comprenderlo hace falta una conversión: se nos exige una entrega personal.

El templo

Jesús se acomoda total y absolutamente a los ritos y costumbres de su pueblo,14 y su vida está íntimamente relacionada con el templo de

Jerusalén.15 Va al templo, durante su vida oculta, con regularidad, como peregrino, por lo menos, una vez al año, pero también en el tiempo de su vida pública.16 Al igual que los judíos de su tiempo, sabe que el templo es el lugar preferido para el encuentro con Dios, su Padre. Desde esta

relación de Jesús con el templo hay que entender su ira contra los

mercaderes y cambistas en el atrio del templo: «La casa de mi Padre no la convirtáis en casa de mercado» (Jn 2, 16). Incluso después de la muerte y resurrección, los discípulos y la comunidad, que iba creciendo cada vez más, permanecen fieles al templo (cfr., p. ej., Hch 2, 46; 3, 1; 5, 20.21). La relación de Jesús con el templo se manifiesta con toda su profundidad en un signo escatológico. Cuando sus discípulos se quedan admirados ante la imponente obra del templo, les dice: «¿Veis todo esto? En verdad os digo que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada» (Mt 24, 2 par). Para Jesús la destrucción del templo es el signo de que el tiempo final ha comenzado. Y en la siguiente advertencia de Mateo (Mt 24, 3-25.46), les exige a los discípulos que estén alerta y que no se dejen engañar. Considerado desde esta perspectiva, el reproche, que se le hace a Jesús durante el juicio, lo vemos fuera de lugar o, por lo menos,

falsamente entendido: «Le hemos oído decir: Yo destruiré este templo construido por mano de hombres y en tres días edificaré otro no hecho a mano» (Mc 14, 58). Mateo reconoce que esto es una burla al crucificado: «Ah, tú que destruiste el templo de Dios y lo reedificas en tres días, sálvate a ti mismo. Si eres Hijo

13. J. Neuser, Ein Rabi spricht mit Jesus 89-91.

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