( mujer en Apocalipsis, juicio, sal- vación, celibato). Número simbólico de culminación israelita de los marcados con el sello de Dios, como en Ez 9,4-6: doce mil para cada una de las tribus de Israel, citadas de forma solemne, como en liturgia de cumplimiento sagrado, con José y Manasés como tribus dis- tintas y dejando a un lado a Efraín y Dan, a quienes ciertas tradiciones pre- sentan como culpables de idolatría (cf. Jc 17–18; Os 5,3-4): «Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel» (Ap 7,4). Es improba-
ble que los integrantes de este número de 144.000, sellados y reservados para el triunfo mesiánico sean sólo israeli- tas o judeocristianos; tampoco parecen mártires en sentido externo. Son sim- plemente cristianos, varones y mujeres fieles a Jesús, el auténtico Israel. El Apocalipsis toma sin cesar símbolos is- raelitas; por eso asume ese número como signo de cumplimiento mesiáni- co, ratificado en Ap 14,1-5, donde los 144.000 aparecen como soldados pu- ros de la guerra escatológica (no con- taminados con mujeres, cf. celibato*). Tomando al pie de la letra la distinción que establecen Ap 7,1-8; 14,1-5 y Ap 7,9-17, y donde parecen separarse es- tos 144.000 israelitas-cristianos-puros y la muchedumbre infinita de salva- dos, algunos cristianos, en especial los Testigos de Jehová, han distinguido dos tipos de salvación: la de aquellos que triunfan en el cielo más alto del Cordero (los 144.000 sellados y puros) y la muchedumbre innumerable de aquellos que sólo se salvarán en este mundo o en un cielo inferior. Pero esa distinción va en contra del sentido sim- bólico de este número, que sirve para situar a los israelitas y a los voluntarios de la guerra del Cordero en la línea de una esperanza abierta a todos los hom- bres, sin que puedan distinguirse dos tipos de salvados. Por eso, al final no habrá distinciones: los 144.000 se inte- gran en la muchedumbre de la Ciudad Esposa de Ap 21–22.
CIRCUNCISIÓN
( bautismo). Rito de iniciación e integración social, que ha recibido en Israel un carácter religioso. La genea- logía* biológica no basta para que un hombre empiece a ser judío, sino que tiene que asumir un nacimiento más alto, que se expresa a través de la cir- cuncisión, vinculada a la historia de Abrahán. También otros pueblos y re- ligiones (entre ellas el islam) conocen y practican esta ceremonia, como sig- no de iniciación, purificación o fecun- didad. Pero ella tiene una importancia especial para los israelitas, que la rela- cionan con el pacto de Abrahán, el pri- mer circuncidado, padre de los creyen- tes, a quien Dios dijo: «Tú guarda el pacto que hago contigo y con tus des- cendientes: circuncidad a todos vues- tros varones...; ésta será una señal de
mi pacto con vosotros» (Gn 17,9-10). Para cumplir ese pacto, los israelitas se circuncidaron al llegar a la tierra pro- metida (cf. Jos 5,2-9) y se comprome- tieron a circuncidar a todos sus hijos a los ocho días de nacer (cf. Lv 12,3), de manera que todo varón que no haya si- do circuncidado dejará de formar par- te del pueblo de Israel, por no llevar en su carne el signo de la alianza (cf. Gn 17,14). Entendida así (y no como sim- ple operación quirúrgica), la circunci- sión constituye una señal muy intensa de pertenencia sagrada y alianza, que se expresa como un sello en la carne de los varones, en el miembro que asegu- ra y simboliza la fecundidad. De esa forma, ellos superan el nivel de la vida corporal (marcada por la sexualidad- fecundidad), para integrarse en el mis- terio de la elección divina. Los judíos circuncidados nunca han podido espi- ritualizar su religión, ni separarla de la carne y del deseo humano: allí en su propio cuerpo marcado según Dios, para el despliegue de la vida, siguen llevando los varones la señal sagrada. Ciertamente, la circuncisión indica que los judíos forman el pueblo de Dios no sólo (ni ante todo) por naci- miento biológico, sino por renacimien- to creyente. A pesar de eso, siguiendo los principios del mensaje y de la vida de Jesús, Pablo y los portadores de la misión universal cristiana (ratificada en este caso por Hch 15) tomaron la circuncisión como un rito particular del judaísmo, que no debía aplicarse a los gentiles que aceptaban el mensaje de Jesús (cf. Gal 5,6.11; 6,15; 1 Cor 7,19; Flp 3,2-3; Rom 2–4); de esa ma- nera, separaron de hecho el cristianis- mo de su base judía, pudiendo conver- tirlo en religión universal. Dentro de la Iglesia, el bautismo* ha sustituido de algún modo a la circuncisión. Así se ha destacado la igualdad radical entre va- rones y mujeres (cf. Gal 3,28), que por la circuncisión resultaba imposible (pues ella sólo se aplicaba a los varo- nes, como si las mujeres fueran sacral- mente inferiores).
CIUDAD
( Jerusalén, Sión, cielo). Al princi- pio, los israelitas, constituidos como federación* de tribus, eran contrarios a las ciudades, porque ellas representa- ban un poder dominador, de tipo im-
positivo, que esclavizaba a los agricul- tores y pastores, que habitaban fuera de ellas, y a los pobres, que dependían de ellas. Los primeros israelitas eran hombres y mujeres de campo, una fe- deración de agricultores y pastores, en- frentados a los habitantes de las fuertes ciudades cananeas, donde dominaban reyes, sacerdotes y soldados sobre el pueblo. Lógicamente, una vieja histo- ria israelita concibe las ciudades como herencia de Caín*, el homicida (Gn 4,17). Es más, las perversiones del mundo se condensan en Babel*, ciu- dad y torre de soberbia que divide y en- frenta a los hombres (cf. Gn 11,1-9).
(1) Ciudades bíblicas. Pero más tar- de, a partir del Rey David (siglo X a.C.), los israelitas empezaron a conquistar las ciudades cananeas, y entre ellas Je- rusalén* (Sión), fortaleza jebusea, a la que interpretaron como signo de pre- sencia divina. Importancia especial han tenido en la Biblia las grandes ciu- dades imperiales, que aparecen con frecuencia como enemigas de Dios. (a) Nínive está en el centro del libro de Jonás*. Es una ciudad inmensa (Jon 3,2-7), símbolo de la maldad; pero ella escucha el mensaje de Jonás y se con- vierte, apareciendo de esa forma como signo del carácter universal de la salva- ción de Dios. El anuncio de la destruc- ción de Nínive se encuentra también en el centro de la profecía de Nahúm (cf. Nah 1,1; 2,8; 3,7), pero ahora sin conversión, en contra de lo que sucede en Jonás. (b) Babilonia (Babel*) es la ciudad enemiga de Dios por excelen- cia. Ella está simbolizada en el relato de la torre de Babel (Gn 11,1-9). El anuncio de su condena ocupa amplias páginas de la profecía israelita (cf. Is 13–14; Jr 51), retomada y reinterpreta- da por Ap 17–18. Babilonia se ha con- vertido así en símbolo de todas las ciu- dades perversas del mundo. (c) Jesús anunció su mensaje en las aldeas de Galilea, donde siguieron actuando mu- chos de sus discípulos. Pero la primera iglesia bien estructurada nació en Jeru- salén. Por su parte, el mensaje de Pablo está vinculado a las grandes ciudades del oriente del imperio, entre ellas An- tioquía (cf. Hch 11,1; Gal 2,12), Éfeso (Hch 18,19-24) y Corinto (Hch 18,1; 19,1). El cristianismo helenista (pauli- no) vino a convertirse en un fenómeno básicamente urbano, de manera que, cierto tiempo después, se pudo pensar
que los habitantes de las ciudades eran cristianos, mientras que los de los cam- po (pagus) eran idólatras (paganos).
(2) Ciudad del Apocalipsis. Ciudad de Dios. El libro del Apocalipsis refleja una cultura urbana y está dirigido a los cristianos de siete ciudades conflicti- vas de Asia (Ap 1,4; 2,1–3,21). Su mo- delo de perversión es una ciudad (Ba- bilonia), lo mismo que el modelo de su perfección es otra ciudad (nueva Jeru- salén: 21,2). En el centro y final del Apocalipsis aparece la ciudad de Dios, que forma parte de un esquema terna- rio del misterio sagrado (que se con- densa en Dios, en Jesús y en Jerusa- lén), como si ella fuera la expresión más honda del Espíritu divino (cf. Ap 3,12; cf. 1,4-5). Los poderes enemigos rodearán, patearán y destruirán la ciu- dad de los santos, que es signo de la Iglesia (cf. 11,2; 20,9), pero Dios ven- drá en su ayuda y destruirá a sus des- tructores (cf. 20,9b). En el camino que lleva desde la ciudad de los que cruci- ficaron al Kyrios Jesús (11,8) hasta la Ciudad esposa del Cordero (cf. 21,9-11) nos sitúa el Ap. Así aparece la ciudad final: «La ciudad tenía forma cuadra- da: su longitud era igual a su anchura. Y midió la ciudad con la vara: hasta doce mil estadios: su longitud, su an- chura y su altura eran idénticas. Y mi- dió luego la muralla y resultaron cien- to cuarenta y cuatro codos, según la medida humana, que es medida de án- gel. Los materiales de la muralla eran de jaspe y la ciudad era de oro puro, semejante a puro cristal. Los pilares sobre los que estaba asentada la mura- lla de la ciudad estaban adornados de toda clase de piedras preciosas...» (Ap 21,15-18). En esta visión de la ciudad se han unido tres imágenes: cuadrado, cubo y, quizá, pirámide.
(3) Ciudad cuadrada, ciudad cúbica. La ciudad del Apocalipsis es un cua- drado (tetragônos), de cuatro lados con longitud y anchura iguales, de 12.000 estadios (unos 2.130 kilómetros) de pe- rímetro (1.000 por cada una de las doce tribus de Israel)... Ella es centro de todo el universo; por eso, las gentes del en- torno, los pueblos del mundo, que se extienden a sus lados, vienen a buscar refugio en ella, pues allí se encuentra la plaza con el Trono de Dios y su Corde- ro; de ella brota el Río de la Vida que ofrece agua fresca de amor y curación para todos los vivientes (Ap 21,24; 22,1-
5). Al mismo tiempo, la Ciudad es un cubo perfecto, con longitud, anchura y altura idénticas, como dice con preci- sión el texto (Ap 21,16b). Sin duda, esta Ciudad lo llena todo, el Todo de Dios y de su creación: Cubo Divino que encie- rra la realidad entera. Los griegos con- cibieron el Cubo como signo de perfec- ción. Cubo era también para los judíos el Santo de los Santos o Debir donde Dios habita, Casa llena interiormente de Dios (cf. 1 Re 6,20). Lógicamente, es- ta Ciudad en la que Dios mismo se vuel- ve morada y templo* para los hombres que habitan dentro de ella será Cubo, Casa toda interioridad. En el fondo de esta imagen se encuentran visiones sa- crales y/o sapienciales que han desem- bocado luego en la Cábala y en otras co- rrientes religiosas que comparan a Dios (toda realidad) con un Cubo sagrado universal. El mismo islam ha teorizado sobre este signo, a partir de la Kaaba o Templo (casi) Cúbico donde está inser- ta la Piedra Sagrada, igual que los ju- díos medievales y los cristianos que han representado a Dios (el cielo) a modo de Cubo Sagrado. Pues bien, dentro del cubo-totalidad donde Dios es muro y centro, plaza y río, árboles y presencia de amor, habitan los humanos, en una plaza interior con río y árboles de vida, como luego veremos.
(4) Ciudad pirámide. Posiblemente, al presentar la ciudad (al mismo tiempo) como cuadrada o plana y cúbica, Juan está proyectando sobre ella la imagen de un plano que se eleva, en forma de pirá- mide inscrita en un cubo transparente. Es normal que evoque las Pirámides de Egipto o las torres elevadas (zigurat) de Babilonia. Sobre una base cuadrada se va elevando una figura escalonada, cuya altura es igual que los lados del cuadrado. Ella está inscrita en el cubo transparente, de manera que en la plaza superior queda el trono de Dios y el agua que brota de ese trono va descen- diendo escalón a escalón. De esta forma se unirían las imágenes del cuadrado y cubo, pirámide y montaña de los dioses, propia de la tradición religiosa de mu- chos pueblos antiguos. Resulta conoci- da la fascinación que han ejercido las pi- rámides en todas las culturas, como imagen de gradación y jerarquía, de es- tabilidad y vida eterna. Dios mismo se- ría aquí pirámide donde los humanos se hallan inscritos, pirámide-esfera donde todos los puntos se encuentran igual-
mente distantes del centro, siendo cen- tro y círculo, altura y base.
(5) Tres imágenes, una ciudad. El au- tor del Apocalipsis ha dejado que las tres imágenes (Cuadrado, con muros y puertas abiertas, Cubo completo en sí mismo y Pirámide elevada sobre el cua- drado de la base) se limiten y fecunden una a otra. Es posible que las tres se su- perpongan, para crear la impresión de una Ciudad con las diversas formas que la tradición ofrecía para templos y ciudades. El signo del Cubo es el más perfecto, pues nos lleva a la ciudad in- terior, con la Vida de Dios hecha prin- cipio de existencia para los humanos, sobre todo si la completamos con la es- fera: un Cubo-Esfera, tal sería el signo pleno de Dios (hecho Ciudad) para los humanos. Pero esa imagen rompe to- dos los esquemas imaginativos, de ma- nera que en ella no pueden visualizarse los restantes elementos de la Ciudad: las puertas de entrada, la plaza interior, los ríos y árboles de vida.
Cf. A. ÁLVAREZVALDÉS, La nueva Jerusalén
¿Ciudad celeste o terrestre?, Verbo Divino,
Estella 2005; F. CONTRERAS, La nueva Jeru-
salén, esperanza de la Iglesia, Sígueme, Sala-
manca 1998; X. PIKAZA, Apocalipsis, Verbo Divino, Estella 1999.
CIZAÑA, PARÁBOLA DEL TRIGO