Alicia Maguiña, gran intérprete de la canción peruana, se preparaba para actuar en el teatro La Cabaña. El público que colmaba las localidades, era suyo. Iba a ser otra noche de triunfo. Pero la tristeza ensombrecía su rostro. Era amiga de gente de izquierda. Un perio- dista comunista, a quien estimaba y distinguía, César Lévano, había sido detenido por la policía política. Pero esto era lo de menos. Lévano se encontraba gravemente enfermo y había sido conducido, en estado de gravedad, de la prefectura al hospital de policía, donde permanecía, en un pabellón especial, vigilado por detectives, de día y de noche.
Había hablado con Natalia, la esposa de Lévano.
—César está peor, con fiebre, la incontinencia de orina lo atormenta. Sufre unos cóli- cos terribles pero los médicos no pueden operarlo sin una orden del ministro. Hablar con el ministro, para mí es imposible.
—¿Has ido al ministerio del Interior?, había preguntado la cantante.
—Sí, he llenado unos formularios, me avisarán cuando el general Velit pueda recibir- me. Eso puede ocurrir hoy o nunca. Mientras tanto, César se está muriendo.
Alicia despidió a su maquilladora. Le avisaron que debía salir a escena. Entonces, re- cordó que alguien le había hablado, en términos elogiosos, de un cirujano especialista en vías urinarias y que trabajaba, precisamente, en el hospital de Policía. ¿Cómo se llamaba ese doctor?
—Alicia, el público está esperando.
La cantante siguió ensimismada. Recordó el nombre. Buscó en la guía de teléfonos el número del doctor Gavilano. Lo llamó. Tuvo suerte, contestó el médico. Le explicó el ca- so, Lévano era un periodista comunista confinado en el hospital de Policía, sin recursos económicos, se encontraba moribundo. Ofreció un recital gratis, de beneficio para cual- quiera, pero rogó que atendiera a su amigo.
—No se preocupe usted, Alicia, le prometo que me ocuparé en este momento de su amigo Lévano. Olvídese del festival.
Era el 31 de mayo de 1978.
César Lévano miró el reloj. Eran las 8 de la noche. Se pasaba casi todo el tiempo en el baño, los deseos de orinar eran continuos. Luego, se arrastraba hasta su cama, para revol- carse allí con el dolor terrible provocado por los cálculos de la vejiga.
—Acérquese al teléfono; hay una llamada para usted, le dijo el PIP que le vigilaba. Lévano se mostró sorprendido. Desde hacía una semana permanecía en el hospital, inco- municado, sólo de vez en cuando le permitían conversar con su esposa. Ni llamadas, ni cartas, ni visitas. Su vida se había tornado miserable, de la cama al baño, del baño a la ca- ma, apenas cerraba los ojos, se mojaba la ropa con los orines.
—Le habla el doctor Gavilano. Soy amigo de Alicia Maguiña, quiero que sepa que me voy a ocupar de su caso hoy mismo. Quédese tranquillo, iré a verlo mañana.
Lévano se quedó pensativo. ¿Quién sería el doctor Gavilano? ¿Alguna trampa de la po- licía para envolverlo en un complot político y poderlo inculpar de hechos siniestros?
Lévano pensó en sus compañeros de prisión, en Hugo Blanco, en Genaro Ledesma Iz- quieta, en Ricardo Letts, en todos los que habían compartido con él, los días de prisión en la prefectura de Lima. ¿Dónde estarán? ¡Quizás paseando por Corrientes, en Buenos Aires, preparándose para ver el Mundial del Fútbol. Quizás, en alguna cárcel argentina donde torturaban a los comunistas. Se metió en la cama, cerró los ojos con la esperanza de dor- mir.
taba una operación, los cálculos en la vejiga parecían unos OVNIS en los rayos X. Cojeaba en forma notoria al caminar, consecuencia de un accidente automovilístico ocurrido en su niñez. Llegó a su casa, en el barrio de La Florida del distrito del Rímac. Le esperaban an- siosos su mujer, sus hijos varones, de 18 y 16 años; su hijas, de 9 y 7 años.
—Tienen que meterme cuchillo, informó. Caminó una vez más al baño. Se la pasaba orinando a cada rato.
La situación de la familia era apurada. Es decir, normal en los Lévano. En su hogar, nunca hubo eso que se llamaba seguridad, tranquilidad. Su abuelo Manuel Carxiolo Lé- vano, levantisco, huraño, fue un luchador social. Su padre, Delfín Lévano, fue precursor de las contiendas sindicales, promotor de paros para conseguir "derechos" que hoy parecen sin importancia. César Lévano nació en Lima, respirando el aire permanente de la subversión contra el orden que oprimía a los pobres. Huelga decir que era comunista desde antes de haber reflexionado sobre las cuestiones políticas. Nació comunista, como hay muchos que hacen burgueses, vegetarianos o artistas. César Lévano, además, nació con una inteligencia poco común y, con el ejemplo y la ayuda del padre, la cultivó como autodidacta. A los 16 años terminó su instrucción secundaria y, de lleno, se lanzó a la vida. El periodismo lo fas- cinó. En 1950 editaba un periodiquillo mimeografiado, rabiosamente comunista. La policía de Odría lo detuvo y lo mandó un año preso, sin juicio. Después lo juzgaron, por tener el mimeógrafo, por profesar el comunismo, por andar metiendo las narices en las fábricas donde los obreros tenían pliegos de reclamos y donde se organizaban paros y huelgas. La justicia lo condenó a cinco años de cárcel. Salió a los tres años, pero todo eso era historia vieja.
—¿Irás a cobrar tus derechos sociales? Es un dinero que te corresponde, legítimamen- te, reflexionó Natalia.
Lévano no contestó. Se levantó y entró al baño. En los últimos años se había incubado un problema serio en el Partido Comunista Peruano, cuyo líder era Jorge del Prado. La conducción del partido, obediente a Moscú, era mediocre, servil, sin atractivo. Lévano, con otros elementos, todos jóvenes, había participado en un intento de golpe de mano contra Jorge del Prado y su camarilla. Fracasaron. Lévano tuvo que renunciar a la jefatura de re- dacción del semanario Unidad, órgano del PCP. Perdió su única fuente de ingresos.
Los comunistas rebeldes dividieron al partido y formaron el Partido Comunista Pe- ruano-Mayoría. El de Jorge del Prado se llamó, para diferenciarse desde entonces, PCP– Unidad. Aquellos, decidieron sacar un nuevo órgano de prensa, Momento que, a pesar de su nombre, salía cada quince días, cuando salía. El jefe de redacción, director y corrector de Momento, era César Lévano.
A las 6:30 de la mañana del viernes 19 de mayo de 1979, Lévano fue despertado por Natalia:
—Viejo, te busca la policía. Han rodeado la casa. Hay dos camionetas llenas de PIP afuera.
César Lévano se vistió. ¡Qué caray, apenas había cerrado los ojos durante toda la no- che! Los malditos cálculos, el deseo irreprimible de orinar. Tenía el rostro desencajado.
—Don César, tengo órdenes de llevármelo. El jefe quiere hablar con usted, dijo el PIP, cortés, campechano.
—¿Qué pasa? ¿Me llevan preso?, preguntó intrigado.
—Yo tengo instrucciones de llevarlo a la prefectura, don César. No sé nada más. Pero me parece que esto puede durar unos días, expresó, confidencialmente, colaborador, el PIP.
Natalia y sus hijos, rodeaban al periodista.
—César está enfermo, debe internarse en una clínica, vea usted las radiografías que le tomaron ayer, dijo Natalia. El PIP miró a trasluz, la radiografía y movió la cabeza.
—¿Esta es su vejiga, don César? ¡Qué curioso, nunca había visto la fotografía de una vejiga!, comentó el investigador.
—¿Por qué no llama usted por teléfono a su jefe? ¡César está verdaderamente enfermo! —No puedo, señora. Mis órdenes son terminantes. Hemos vigilado la casa toda la no- che, no hemos querido llegar en una hora incómoda. ¿Por qué no viene usted con don Cé- sar? Quizás en la prefectura le puedan dar mayores informaciones.
Subieron al vehículo de la PIP. La caravana cruzó, rauda, la ciudad. Entraron a la pre- fectura. Subieron las escaleras de cemento, traspusieron las rejas del departamento de Se- guridad del Estado.
—Aquí se queda usted, señora. Don César viene con nosotros.
El periodista entró a un baño nauseabundo. El PIP le esperaba en la puerta; después lo condujo a una oficina.
—Las órdenes son que usted permanezca aquí solo. No puede hablar con ningún otro detenido. Yo lo llevaré al baño cuantas veces sea necesario. Cuando otro me releve, yo le presentaré al nuevo tira.
—¿Hay algún otro detenido?
—Varios. Al otro lado está Hugo Blanco, también aislado.
Lévano estuvo todo el día del cuarto al baño, y viceversa. El PIP lo acompañaba per- manentemente. Podría haber sido divertido: cada cinco minutos ir al baño acompañado de un miembro de Seguridad del Estado, para hacer pipí, si las circunstancias no hubiesen sido particularmente desagradables. Le dolían el vientre, la vejiga, las piernas, los múscu- los de la espalda. Las piedras en la vejiga resultaban atormentadoras. No probó bocado durante todo el día. A las 7 de la noche lo llamaron. Tenía que reunirse con los otros dete- nidos.
El departamento de Seguridad del Estado, en la azotea de la prefectura, tenía dos cuar- tos grandes, uno pequeño y dos regulares que se conectaban entre sí. Calabozo y dormito- rio, lugar de permanencia de los detenidos políticos. Eran como treinta. Hugo Blanco, Le- desma, entre otros. No había camas, ni frazadas, ni nada. Había que acomodarse como se podía. Los PIP, amigos, trajeron periódicos. Se sentaron en el suelo, uno al lado de otro, conversando, contando anécdotas, matando el tiempo. Pero Lévano no podía hacer lo que hacían los otros. Tenía que levantarse para ir al baño. Las malditas piedras en la vejiga. Pasó toda la noche entrando y saliendo. La PIP se cansó. Lo dejaron que hiciera lo que quería; cualquier cosa, menos salir de la jurisdicción de Seguridad del Estado.
Entre el sábado y el domingo, el número de detenidos aumentó. Todos eran comunis- tas, dirigentes de sindicatos, comprometidos en alguna forma en la organización del gran paro nacional que debería ponerse en marcha el lunes y el martes.
Llegaron Letts, Díaz Chávez, Castillo, el líder de la CGTP. Eran como cien; las cosas se complicaban. Lévano se sintió más enfermo. A mediodía del domingo, llegó el inspector Lombardi, jefe de Seguridad del Estado. Muy cordial, impresionó bien a los detenidos.
—Necesitamos camas donde dormir. No es posible que estemos durmiendo sobre el piso, sin una frazada. Aquí hace mucho frío. Nuestras familias no pueden traer la comida; la de aquí, es una bazofia. Lévano debe ir a un hospital.
El inspector Lombardi escuchó con paciencia. Prometió ocuparse inmediatamente de la suerte de los detenidos. En horas de la tarde, llegaron los colchones y algunas frazadas. El lunes en la mañana, la PIP les entregó una docena de catres. Pero los detenidos eran más de cien. Para Lévano, la vida era un verdadero martirio. Optó por instalarse en la puerta del baño maloliente, ubicado en un pasillo. Tan pronto se desocupaba el baño, entraba. La in- continencia de orina era terrible, el dolor de las piedras insufrible. Los detenidos amenaza- ron con amotinarse.
—El compañero Lévano deber ir a un Hospital, aquí lo están asesinando...
Habló con su esposa. El lunes en la noche, lo sacaron de la Prefectura y, en una camio- neta, rodeado de PIP, armados hasta los dientes, fue conducido al hospital de Policía. Le
que lo había acompañado con las radiografías, estaba desesperada. La única solución para Lévano era una intervención quirúrgica; pero en el hospital de Policía nada se podía hacer sin la orden del ministro del Interior. Lévano era un preso político, es decir, peor que el más avezado de los criminales. Pasó toda la noche sentado en el tópico, junto al baño; no lo podían sacar del Hospital porque había toque de queda. Entre las 8 de la noche y las 6 de la mañana nadie podía caminar por las calles. El que lo hacía, era abatido a balazos.
El martes lo devolvieron a la prefectura. Pudo comer la dieta que le llevó Natalia; sus compañeros le reservaron una cama para él solo. El campeón de los meadores tenía que dormir, de rato en rato, y salir a orinar cada diez minutos. Se quejaba; su rostro amarillento daba miedo.
El miércoles en la noche, lo sacaron otra vez para llevarlo al hospital. Se despidió de sus compañeros. Lo subieron a una camioneta, allí estaba Natalia, esperándolo.
—¿Qué hay de nuevo, pata?, preguntó al investigador que iba sentado a su lado. Se conocían.
—Te has salvado, estás con suerte. Te llevamos al hospital porque estás jodido del pa- jarito. A tus compañeros los deportan esta noche, no sé a dónde, pero tú te salvaste.
Lévano no podía caminar. Su esposa y los PIP le ayudaron a bajar del vehículo. Fue in- ternado en un pabellón especial, separado del resto del hospital por una reja. Allí guarda- ban a los presos enfermos. En la sala habían tres trabajadores de telecomunicaciones en huelga de hambre.
—Como están en huelga de hambre, ustedes apenas harán pila. En cambio yo, más vi- vo en el baño que en otra parte, dijo Lévano.
La policía se turnaba para vigilarlos. El médico llegaba todos los días, examinaba a los huelgistas; también a Lévano.
—Para usted, cuchillo. Pero, sin orden superior no podemos hacer nada. Así es la dis- ciplina militar, decía el médico, filósofo.
—Si el ministro no ordena, ¿me muero? El médico se encogió de hombros.
El jueves, en horas de la madrugada, trajeron a siete personas más. Eran trabajadores mineros que habían estado en huelga de hambre de la Universidad de San Marcos. La poli- cía los sacó aprovechando el toque de queda. La tropa rodeó la ciudad universitaria y los PIP hicieron el resto.
—Seguimos en huelga de hambre. Ni un bocado, ni una gota de agua.
Los huelgista, indios serranos, eran machos. Trejos, decididos. Lévano los observaba con atención. Conversó con ellos, volvió sobre el tema que dominaba: la lucha de clases. ¿No era un Lévano, hijo de Lévano y nieto de Lévano, es decir de luchadores sociales? El dolor, que se vaya a la mierda. Los mineros vomitaban, tenían arcadas, echaban una espe- cie de espuma o baba. Sólo chupaban medio caramelo al día, a escondidas.
Natalia le contó que habían sido deportados todos los compañeros. Además, un reac- cionario, el director de El Tiempo, y dos marinos, ex ministros. La policía buscaba a otros líderes políticos, dirigentes del Partido Socialista Revolucionario. La redada era en forma. Lévano pensó en su suerte. Había estado muchas veces preso, pero nunca lo habían depor- tado. En 1975, en agosto, Velasco Alvarado ordenó una gran redada. Lévano fue detenido y enviado al local de la PIP en Chorrillos. Allí estuvo con Damonte y con Napurí. En vís- pera de la deportación, Lévano y Luis Pásara fueron liberados. Arturo Valdez Palacio, abogado, general asimilado al Ejército, hombre poderosísimo al lado de Velasco y jefe del COAP, intercedió en su favor. El general Fernández Maldonado, el General Rojo, también. El corazón de El Chino, cuando se trataba de deportar, se endurecía.
—Lévano, ¿el cojo?, preguntó El Chino. —Sí, el mismo, dijo Valdez Palacio.
El Chino tenía reacciones muy raras. Desde que le cortaron la pierna, para salvarlo de una gangrena, se sentía solidario con todos los que tenían alguna deficiencia física.
El doctor Gavilano se movió con rapidez.
En los primeros días de julio, Lévano fue operado por el doctor Febres. Los dos médi- cos se portaron en forma excelente. La intervención fue un éxito.
—Tenía usted piedras como para construir una casa.
Su recuperación fue lenta. Había estado mucho tiempo sin tratamiento. Físicamente, no era fuerte. El 18 de julio, día de las elecciones, permaneció en el hospital. Mejoró notable- mente, pero seguía detenido. Un día, dos hombres de la PIP lo llevaron a una pequeña pie- za.
—Vamos a interrogarlo, le dijeron. Uno de ellos tomaba nota en un papel, para redac- tar un documento que después firmaría. Querían saber hasta dónde había intervenido en la organización del paro del 22 y 23 de mayo. Explicó todo lo que pudo. Después, lo firmó.
El 23 de julio le dijeron que podía irse a su casa, pero antes tenía que pagar la factura. Los remedios, diez mil soles. El cuarto, a razón de seis mil soles diarios.
Pocas veces en su vida Lévano había tenido oportunidad de quedarse con la boca abierta. Esta vez, se quedó mudo, de una pieza.
—¿Qué le han dicho?, preguntó, incrédulo.
—Si no paga, no sale. Son seis mil soles diarios por el cuarto. Había estado 55 días en el hospital: la factura ascendía a 330 mil soles. ¡Ni pensarlo!
—Yo me quedo. No puedo pagar porque no tengo dinero. Y así lo tuviera, tampoco pagaría. Me han traído preso, me han tenido incomunicado; no me atendieron durante mu- chos días porque no tenían orden para hacerlo. ¿Y debo pagar 6,000 soles diarios? ¿Qué es esto?
Lévano tomó su bastón. ¿Se habían vuelto locos los demás o él había perdido la razón? Natalia, su mujer, sonreía. Era imposible pagar, era imposible quedarse, era imposible salir de allí. ¿Qué estaba ocurriendo en el Perú?
Los Lévano vivían de milagro. La plata hacía rato que se les había acabado. El único sostén de la casa había estado preso, enfermo, hospitalizado, pero prisionero durante casi dos meses. Ahora, para salir, para irse a su casa, debía pagar 330 mil soles.
Varios funcionarios entraron y salieron, se llevaron la factura. Después, alguien llamó por teléfono a la señorita que hacía las cobranzas. Ésta movió la cabeza, resignada. Una sonrisa se dibujó en su rostro endurecido.
—Señor Lévano, puede usted retirarse.
Salió a la avenida Brasil. Natalia llevaba una pequeña valija. El tránsito era intenso. Tomó a su mujer del talle, con cariño, con amor.
—¿Tienes para el pasaje?
—Sí, contestó Natalia. Se tomaron de la mano. Subieron a un microbús lleno de gente.
"Mis Buenos Aires querido..."
Miércoles 31 de mayo.
—Necesito hablar contigo. Tengo los reportajes de todos los deportados. Sólo me falta el tuyo. ¿Crees que podríamos conversar hoy?
Javier Diez-Canseco, daba la impresión de estar siempre preocupado por algo. Nunca lo dijo, tal vez la salud delicada de su esposa le quitaba el sueño. Aceptó mi invitación.
—Muy bien, comencemos a hablar.
Saqué mi cuadernillo de apuntes. Eran las 8 de la mañana y estábamos sentados en los bancos, frente al consultorio médico de la enfermería. Me disponía a iniciar mis preguntas, cuando ingresó un soldado nuevo: era la primera vez que lo veíamos.
—Prepárense, nos vamos. —¿A dónde?, preguntamos.
—No, lo sé, pero nos vamos. Preparen sus cosas como para viajar, pero de los trece só- lo van a viajar siete, no sabemos quiénes serán. Por eso, todos vamos a ir al aeropuerto, allí