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COMENTARIO: LA PALABRA MENDAZ Y LA PALABRA LIMPIA

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C ONTRA EL MUNDO MENTIROSO

II. COMENTARIO: LA PALABRA MENDAZ Y LA PALABRA LIMPIA

«¡Sálvanos!», es el grito con el que se abre el salmo y que ya hemos escuchado en otros lugares (3,8; 6,5; 7,2...). En este “Hosanna” litúrgi- co palpita la situación en la que vive el poeta y que nos disponemos a recorrer.

2.1. Petición inicial y comentario (vv. 2-5). Cunde el mal en el país y la desesperanza entre los fieles. La queja del viejo profeta Elías con- tinúa sonando: «Los hijos de Israel te han abandonado, han derriba- do tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela» (1 R 19,10.14). También ahora, “es-

casean los fieles” y “desaparecen los leales” o “la lealtad”. Es algo que ya

sabemos por los profetas, ciertamente; pero no por ello es menos dolo- roso. El profeta Miqueas, por ejemplo, describe la injusticia generali- zada, y, como consecuencia de la misma, formula su queja: «¡Los fie- les han desparecido del país, / no queda un justo entre los hombres» (Mi 7,2). Siglo y medio más tarde, Jeremías nos invita a hacer una excursión por la ciudad de Jerusalén, y nos anticipa lo que encontra-

remos: «Recorred las calles de Jerusalén, mirad bien y enteraos; bus- cad por las plazas, a ver si topáis con alguno que practique la justicia, que busque la verdad, y yo la perdonaría» (Jr 5,1). Los ejemplos pue- den multiplicarse yendo hacia atrás –hasta remontarnos al regateo de Abrahán con Yahvé, con la intención de salvar de la destrucción a las ciudades de Sodoma y de Gomorra, si hubiera un pequeño grupo de justos (Gn 18)– y hacia adelante: los profetas posteriores al destierro se quejan de lo mismo (cf. Is 57,1; 59,14-15). Podríamos recorrer las páginas de distintos profetas. Llegaríamos a este resultado: La indife- rencia moral, la injusticia tutelada por los poderosos, y el atropello de los débiles campan por doquier. El poeta identifica la causa de esta calamitosa situación. La palabra mendaz tiene la culpa de todos estos males. Escasean los fieles y «ningún hombre es de fiar» (Sal 116,11).

La palabra que se oye es “falsa”. Es éste un vocablo cargado de resonancias idolátricas (cf. Jr 18,15: «Mi pueblo me ha olvidado, / a la Nada inciensan»). Vacía de sentido, vana es la palabra falsa, mucho más si es insidiosa –pronunciada “con labios melosos”, es decir, con la intención de hacer caer a la gente– y brota de un corazón lleno de doblez. Una palabra así no construye, sino que destruye la comuni- dad. Cuando las palabras ya no son un puente tendido de un corazón a otro, sino un muro de separación, una fachada que engaña y encu- bre, se ataca a las profundidades metafísicas de la comunidad, porque la comunidad se apoya únicamente en la verdad. Es lo que tiene ante sí el salmista [«Falsedades se dicen entre sí, / con labios melosos y doblez

de corazón» (v. 3)], como también lo contempla y denuncia el profeta

Jeremías: «Guárdese cada uno de su prójimo, / no os fiéis del herma- no, / el hermano pone zancadillas / y el prójimo anda difamando, / se estafan unos a otros y no dicen la verdad, / entrenan sus lenguas en la mentira» (Jr 9,2-4).

¿Quién puede erradicar este mal que corroe los fundamentos de la comunidad? Para el poeta sólo Yahvé, primero invocado: «¡Sálvanos,

Yahvé!» (v. 1) y después urgido para que actúe: «Acabe Yahvé con los labios melosos, / con la lengua que profiere bravatas» (v. 4): que Yahvé

los deje sin palabra, amputando el órgano de la palabra, que es la len- gua. Así dejarán de proferir “bravatas” como las que oímos a conti- nuación. La primera: «La lengua es nuestra fuerza» (5a): una fuerza a veces más potente que los cuerpos de élite del ejército, sobre todo cuando se manipula a la sociedad. La segunda suena así: «nuestros

labios nos defienden» (v. 5b). Si nos atenemos al texto que leemos en

la Biblia hebrea, nos parece una afirmación semejante a la blasfema proclamación nazi: “Dios con nosotros” (“Gott mit uns”). Los labios son armas que hieren como espadas o como hachas (cf. Is 11,4; Pr 12,18). Con la tercera y última bravata llegamos al colmo: «¿Quién

será nuestro amo?». Así desafían al “Amo” o al “Señor” por excelencia

(cf. Sal 114,7; Ml 3,1). Una vez que se han deshecho de los hombres, desafían al “Amo”. ¿Permanecerá Yahvé indiferente ante tanta sober- bia, ante una palabra tan destructiva?

2.2. Oráculo divino y comentario (vv 6-9). La palabra divina se enfrenta con la palabra mentirosa de los hombres. Entre ambas pala- bras se hallan los humildes y los pobres; aquellos han sido humillados y sometidos; éstos han de mendigar para subsistir. Pues bien, Yahvé ha visto la “opresión” de los humildes y ha escuchado el gemido de los pobres. El grito de esta pobre gente ha subido hasta el cielo, y des- ciende desde el cielo el oráculo divino. Yahvé “se levantará” inmedia- tamente (“ahora”), como guerrero o como juez. Está dispuesto a hacer frente a la palabra destructora con su palabra, y también a escuchar la súplica inicial. «¡Sálvanos, Yahvé!», se le pedía. Ahora responde: «Me levantaré... a poner a salvo a quien lo ansía» (v. 6c). El deseo vehe- mente del oprimido se expresa en un jadeo anhelante. Yahvé no es indiferente ante tal sofoco ni ante tanta palabra destructora.

Yahvé acaba de hablar, tal vez a través de algún profeta o por medio de un sacerdote del templo. Todas las palabras de Yahvé son dignas de crédito y fieles. Son como la plata más acrisolada y mejor refinada. Es plata «refinada en el crisol, / siete veces de escoria purgada». No hay ni una brizna de engaño en la palabra divina. Es una reflexión sapien- cial, presente en otros textos bíblicos (cf. Sal 18,31; 19,8; 119,140; tam- bién Pr 30,3). Así es porque Yahvé “guarda su palabra”, hasta que se cumpla (cf. Jr 1,12; también Dt 8,6; 10,3), si nos atenemos a la lectu- ra del hebreo, y tal será la mejor forma de “protegernos” o de “librar- nos”; o bien, la palabra dicha por Yahvé ya es una garantía para el futuro: «nos guardarás y nos librarás de esa gente» (v. 8). Es gente o “gentuza”, calificada en el verso siguiente como «¡colmo de vileza entre

los hombres!» (v. 9b). Sólo así, tras la palabra de Yahvé, “esa gente”

levantará el cerco y “se irá”. Se cierra, de este modo, el salmo abierto a un horizonte de esperanza.

La palabra tiene un poder enorme. Piénsese en los medios de comunicación. ¡Cuánta propaganda y cuánto discurso político basa- dos en el engaño! Lo malo no es una mentira, sino “ser mentiroso”: la mentira que surge de un corazón dividido y doble. Una persona de esta índole es un peligro para la comunidad. Este salmo es terrible- mente actual. Quien se pregunte: ¿cómo curar este mal tan arraiga- do?, se verá impotente. Sólo Dios puede cambiar el corazón del hom- bre. Nos ha dejado su santa palabra, que es veraz, es “la Verdad”. Únicamente «la Verdad nos hará libres» (Jn 8,32). Mientras nuestra palabra no sea como plata refinada; mientras exista la mentira, y vea- mos a hermanos y hermanas humillados y mendigando; mientras las relaciones humanas no se construyan sobre la verdad, será tiempo de orar con este salmo.

III. ORACIÓN

«Padre santo, ten compasión de nuestra fragilidad y concédenos conservar tu palabra en un corazón puro, para que podamos repeler la falaz locuacidad de los insensatos. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,79).

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