CAPITULO III. RESULTADOS DE LA INVESTIGACIÓN
A. Resultados Grupales
3. Comparación entre el funcionamiento del grupo de paso y del permanente
Primero vamos a reflexionar sobre lo que descubrimos en el trabajo con el grupo de
las niñas “alejadas de sus familia” y enseguida sobre lo que surgió del trabajo con las niñas abandonadas. Con las niñas alejadas se confirmaron las ideas de Meltzer sobre las dificultades del trabajo institucional, cuando es difícil sacar al grupo de la transferencia preformada de la terapeuta relacionada con la institución, en calidad de espía. Este grupo estaba conformado por cinco niñas institucionalizadas que provenían de grupos de
pertenencia anteriormente constituidos en los hogares donde vivía, en las escuelas donde asistían y que ahora se encontraban reunidas bajo criterios no explícitos, para realizar actividades cuyos objetivos no eran claros para ellas. Sabíamos que se trataba de niñas que estaban presentando problemas en la institución, pero a ellas no se les había dicho nada al respecto.
Desde el primer día de trabajo, este grupo se instauró bajo una atmósfera de grupo de supuesto básico de lucha y fuga. Lucha porque la terapeuta se vivenciaba como una espía que venía a descubrir sus fallas, a delatarlas y a causar, con sus denuncias, problemas en su reintegro. La interacción entre las niñas participantes se rompió desde el inicio entre las grandes y las chiquitas. Todo esto auguraba una atmósfera persecutoria, donde predominaban los comportamientos guiados por la parte infantil de la personalidad que las hacía reaccionar con rabia, desesperación y ataque ante cualquier evento o situación en la que sintieran que se alejaban de sus deseos.
El grupo se encontró, de entrada, en un campo de batalla que se prolongó durante las primeras sesiones, donde se presentaron expresiones abiertas de rechazo y sospecha. Igualmente se observaron reacciones de fuga cuando las niñas se alejaban con su silencio o su inactividad. En algunos momentos, vivían a los objetos externos, terapeuta y compañeras, como enemigos y esta vivencia les permitía depositar en ellas las características de un objeto persecutorio, no confiable y traicionero del cual había que defenderse y, si era necesario, atacar. Transferencia difícil de tolerar por parte de la terapeuta quien algunas veces intentaba resolver la situación con demandas normativas y otras con intentos racionales para convencerlas de que ella no era lo que ellas pensaban. La terapeuta y la supervisora no lograron recuperarse y entender que lo que había que trabajar
todas tendremos que resolverlo. ¿Cómo salir de este sentimiento de campo de batalla en el
que estamos metidas?” “Comencemos por entender que nos está pasando”. Sin embargo, la
intensidad de las ansiedades persecutorias en el grupo de las niñas y la terapeuta era tal, que se renovaban estas ansiedades constantemente sin que pudiera comprenderse la vivencia y sin lograr reducirlas para dar paso al grupo de trabajo.
Muñoz (1911) aclaró precisamente que para Bion “el estado emocional del grupo (es) el que da origen a la aparición de los supuestos básicos y no a la inversa” (p.200) y que en el grupo de lucha y fuga los sentimientos que predominan son los de “odio,
destrucción y desesperación”. Esto era lo que estaba sucediendo en las dos primeras
sesiones de grupos de las “niñas alejadas de sus familias”, hasta que al aparecer con el
reintegro de Tere en la tercera sesión surgió el grupo de apareamiento. Había un
entusiasmo por “salir del encierro y volver al paraíso de la familia”, donde todo iba a
cambiar. Aunque la tonalidad captada por la terapeuta era la tristeza por estar aún lejos de
sus familias, en ellas prevalecían los sentimientos de “esperanza, amor y reconstrucción”
Muñoz (2011) . Sin embargo, como no todas iban a salir ese día, surgió el dolor por la salida de una de ellas y la desesperación por tener que permanecer en el encierro durante un lapso de tiempo desconocido. Surgía un sentimiento apocalíptico desperanzador. Es posible además que la niña que se reintegraba tuviera algunas dudas sobre el regreso a su casa, pues iba a encontrarse de nuevo con una madre que estaba limitando sus deseos de encuentro con un hombre. La sensación general de la terapeuta y la supervisora era la de no saber mucho ni sobre el pasado, ni sobre el futuro, el tema sobre el que más se hablaba era sobre el encierro presente y el desagrado por todo lo que tenía que ver con la institución.
En el segundo momento, la terapeuta tenía dificultades para registrar los movimientos que se daban en el grupo y el contenido de las actividades. Esta situación
estaba relacionada con una molestia de la terapeuta ante la no colaboración del grupo. No poder lograr crear un grupo donde se pudiera hablar claramente de diversos temas y donde los miembros pudieran tener confianza y prestarse a la colaboración, la llevaban a la fuga.
¿Sería que la situación difícil del grupo se relacionaba únicamente con el estado “no mental” de las niñas, y su funcionar bajo supuestos básicos? ¿Qué era lo que no estábamos pudiendo recuperar de las observaciones de campo? ¿Por qué estas eran incompletas? ¿Por qué la terapeuta se encontraba tan reducida en su desempeño terapéutico? ¿Sería que en la base se estaba dando una reacción contratransferencial frente a la transferencia del objeto no confiable, ausente, rechazado, que llevara a la terapeuta al aislamiento y el vacío? El contenido se perdía y lo que quedaba era un ritual de rechazo y aislamiento.
Después de un tiempo comenzamos a entender que se trataba posiblemente de la aparición del supuesto básico de congoja y aislamiento (Muñoz, 2011) que surge después de haber perdido la batalla. La terapeuta sentía desánimo frente a este grupo, no encontraba elementos para animarlas y entusiasmarlas, tampoco lograba llevarlas a pensar, ni sentía que podía sacarlas de la queja repetitiva sobre la institución. Ella misma se sentía plana, inútil. En todo el tiempo trabajado no había logrado construir un grupo de trabajo. Situación que podría relacionarse con no haber podido construir objetivos comunes en el grupo, y haber visto aparecer una y otra vez pequeños grupos contrarios a su quehacer lo que le generaba sentimientos de molestia y de incapacidad que la llevaban hacia el comportamiento socio-animal de congoja y aislamiento que no es más que una retirada del campo de batalla con la sensación de no haber podido hacer nada de lo que se pretendía inicialmente. Pero ¿no podría ser también esa molestia e incapacidad que la terapeuta vivía semejante a la que las niñas de este grupo vivían en la institución, con los psicólogos, las trabajadoras sociales, con el resto de funcionarios administrativos y con las defensoras y
comisarias? ¿Estaría la terapeuta recibiendo una transferencia grupal producto de la situación intolerable de reclusión y aislamiento que las niñas vivían?
En el grupo de niñas alejadas temporalmente de sus familias se presentaba una situación en la que se debatían entre la pelea y el aislamiento, sin que nada lograra aglutinarlas como grupo de trabajo. Nos preguntarnos entonces: ¿qué otros factores habían impedido que este grupo se armara como grupo de trabajo? ¿Era toda una cuestión de desconfianza en la terapeuta por sentida vinculada a la institución? ¿Por qué la imaginación no aparecía por ningún lado, ni en las niñas, ni en la terapeuta? ¿Qué había contribuido para que el grupo mismo se hubiera estrechado y limitado en interés y entusiasmo hacia el trabajo? El contacto amable y alegre solo aparecía cuando jugaban juntas. Las otras actividades las sumían en un trabajo individual que no compartían con el grupo. Algo similar ya lo habíamos observado en el grupo de los muchachos del estudio de Trevisi y Muñoz, con quienes solo se había dado un trabajo verdaderamente grupal con el dibujo colectivo del parque y la llegada de la caja de arena. Sin embargo, el grupo le había permitido a Trevisi tener conversaciones más íntimas con ellos en medio del trabajo. También era claro que en otros trabajos de grado donde se había utilizado la terapia puntual en consultorios o en escuelas, la intimidad sí se lograba en los pequeños grupos. Tal vez la institución de protección con su carácter represivo y amenazante para las niñas alejadas temporalmente de sus familias era un factor determinante que afectó a las niñas y a la misma terapeuta.
Surgía una pregunta adicional: ¿será que los grupos femeninos adolescentes entran en estados persecutorios más intensos que los masculinos? ¿Será que los cambios hormonales, mes a mes, impactan su estado emocional exacerbando su rabia y desesperación lo que les dificulta aún más sus relaciones con los otros? Estas preguntas no
las podemos responder y no fueron objeto de este estudio, pero podrían explicar en parte las dificultades del grupo para salir de las ansiedades que las llevaban hacia los grupos de supuesto básico.
El sentimiento persecutorio las llevaba siempre hacia el funcionamiento de supuesto básico y no les permitía conformar el grupo de trabajo. Solamente al final de las sesiones cuando algunas de las niñas se quedaban solas con la terapeuta, lograban contar algo más sobre ellas mismas. Esto hacía pensar que la mayor desconfianza estaba dirigida hacia el grupo de compañeras en la oposición entre grandes y chiquitas. ¿Sería entonces necesario utilizar grupos homogéneos de edad para lograr integrar los grupos de trabajo? Como sucedió en el estudio de Muñoz y Sanchez (2011), donde los grupos eran muy homogéneos en edad. Tal vez en este grupo se habían hecho presentes, con mayor fuerza, los conflictos de los adolescentes con el mundo adulto hipócrita y traicionero y con el mundo de los
niños “siervos” y “esclavos” de los adultos que se convierten en delatores y esta situación
había dificultado aún más la conformación del grupo de trabajo.
En el tercer periodo que coincide con las vacaciones de Navidad se observó, con claridad, el desprecio hacia todo lo que provenía de la institución: la burla hacia la pobreza que atravesaba, la desconfianza incrementada en la terapeuta que se alejaba y se demoraba en regresar. El reintegro de tres niñas y la evasión de Jenny, llevaron finalmente a la disolución del grupo. El único miembro que quedó fue Kelly y ella no quería tener nada que ver ni con la terapeuta ni con el trabajo. Lo único que ella deseaba intensamente era recuperar a su madre.
Cuando el grupo se terminó, solo quedó el aislamiento y el dolor de la soledad en la institución para Kelly. Este tema, que hubiera podido ser objeto de trabajo entre la terapeuta y la niña, no se abordó. La terapeuta no tenía la flexibilidad suficiente para
recuperarse de los cambios sino que se aniquilaba cada vez más. Solamente quedaba el aislamiento y la congoja para los dos miembros del grupo.
Al comienzo del último periodo se hicieron más extremos la congoja y el aislamiento de Kelly y la terapeuta, al punto que el grupo se llenó de preguntas y respuestas cortas y repetidas con las que se intentaba tapar la sensación de fracaso. Fue el regreso de Jenny, el que rompió esa relación estéril entre la terapeuta y Kelly. En las últimas sesiones logró construirse, finalmente, un grupo de trabajo en el que las tres pudieron participar pensando la experiencia común que habían vivido en el grupo que ya no existía. El vacío que se había creado en el grupo con la salida de casi todos los miembros y la ausencia prolongada de la terapeuta vacaciones, parecía que tenía un nuevo comienzo ahora con tres miembros que encontraban temas e intereses comunes que querían compartir. La ausencia de sentimientos persecutorios permitía que se esbozara la creación de un grupo de trabajo que por fin había encontrado en el recuerdo un elemento común para trabajar y eso les permitía ahora encontrarse de manera más emocional e íntima en las últimas sesiones.
Al comienzo de las sesiones con las niñas abandonadas, la angustia de la terapeuta y la de las niñas no era intensa, lo que permitió que trabajaran en la actividad propuesta, y el silencio fuera aceptado como expresión de concentración de las niñas. Lo que parecía darse era un proceso de acomodación simple que orientaba al grupo hacia un grupo de supuesto básico de dependencia, que no surgió de manera inmediata sino que se instauró como parte del proceso natural al que la institución las había habituado. A lo largo de las sesiones siguientes se fue construyendo lo que parecía ser un grupo en el que cada una realizaba aisladamente sus actividades, sin que se compartiera con el grupo el contenido de los trabajos realizados. Los movimientos de las niñas con respecto al liderazgo permitían pensar en que lo que sucedía era que poco a poco se iban aclarando posiciones en el grupo
de dependencia. Al terminarse el segundo momento era claro que en este grupo se acercaba cada vez más a un grupo de dependencia, cuyos líderes se modificaban en el tiempo y surgían adicionalmente parejas dependientes: Yolima y luisa, Mara y Juana.
La terapeuta estaba más cómoda con el grupo, pero empezaba a ver que la dependencia iba más allá de la condición actual del grupo, parecía que se trataba de un estado mental de supuesto básico de dependencia que se había instaurado en la mente de estas niñas con el abandono como una forma de aprovechar los beneficios que el entorno les ofrecía. Tal vez el oportunismo de los niños abandonados lo que expresa era la presencia de buenos recolectores que aprovechan cualquier oportunidad para obtener lo mejor en cada momento. Solos y sin protección externa son ellos los que tienen que luchar por su supervivencia.
En el tercer momento nos encontramos con el rompimiento del grupo de dependencia, rompimiento que llevó al alejamiento y al desinterés. Aquí la congoja no era tan clara, lo que realmente se hacía sentir era la distancia y el vacío. Como si lo que estuviera vigente fuera la muerte del grupo, la muerte de la confianza, la muerte de la intimidad, la muerte del proceso terapéutico. La muerte que las niñas abandonadas habían sentido cuando sus padres desparecieron.
Tal vez estas niñas habían estado sometidas, como casi todos los niños abandonados a muchos momentos de rompimiento de vínculos y por eso se entregaban aparentemente de manera fácil pero bajo supuesto básico de dependencia-supervivencia. Cuando este vínculo se rompía se alejaban y se iban, ya vendrían otros y finalmente ninguno sería verdaderamente confiable. Esta parecía ser la forma de vivir de los niños abandonados. Es como si ellos estuvieran dispuestos a construir castillos de naipes, sabiendo de antemano que finalmente todo se caerá. La obediencia se hace presente y parece que participan
libremente, pero construyendo situaciones que saben que dejaran de existir muy pronto. ¿Será cómo vivir de espejismos de encuentro? nos preguntamos. Tal vez por eso su sexualidad, intensa y voraz, parece tener la cualidad que tiene en los momentos de duelo, sumirse en las propias sensaciones corporales para no sentir la tristeza, ni la rabia, ni los temores por el abandono, ni la ausencia del objeto perdido (Muñoz y Sánchez, 2010 y Muñoz (2011).
Surgieron entonces varias preguntas: ¿Cómo se construye el psiquismo con esa
inestabilidad “constante” de los objetos? ¿Cómo puede bajo esta carencia de presencia
estable y confiable del objeto crearse un espacio interno? ¿Cómo pueden estos niños tener seguridad en ellos, si no hay permanencia de buenas miradas que les aseguren el reconocimiento de su ser? El grupo nos permitió observar como las niñas salían del aislamiento y el vacío adhiriéndose de manera bidimensional con el objeto más cercano. Con un sentimiento de soledad constante, por cuanto finalmente no hay objeto que permanezca con ellos el tiempo suficiente para rehacer la imagen y recuperar las cualidades buenas del objeto perdido.
Imágenes
Dibujo de la familia
Grupo de Niñas alejadas de la familia Grupo de niñas en condición de abandono Imagen 1, Tere: familia
Imagen 2, Kelly Imagen 3, Diana Imagen 4, Ana Imagen 5 Jenny Imagen 15, Luisa Imagen 16, Juana Imagen 17, Mara
Una de las grandes diferencias entre estos dos grupos es la percepción de familia. En los dibujos de las niñas alejadas se observa que a pesar de que el grupo tienen conflictos con sus padres o cuidadores, la idea de volver con ellos está viva y es su motivación grande. Sus relaciones con ellos son vitales y presentes, y el color en los dibujos así lo confirma. En el grupo de niñas abandonadas, al perder la familia, esta quedó convertida en un recuerdo muerto en sus vidas, ya que no tendrán la posibilidad de volver a estar juntos, es por esta razón que Juana y Luisa solo consideran a sus hermanos su familia y Mara ya se ve sola. La ausencia de color en sus dibujos, esas líneas no muy fuertes de las imágenes reflejan la pérdida del recuerdo y la ausencia de esos objetos en sus mentes
Collage
Grupo de Niñas alejadas de la familia Grupo de niñas en condición de abandono Imagen 6, Tere Imagen 7, Kelly Imagen 8, Ana Imagen 9, Diana Imagen 10, Jenny Imagen 18, Yolima Imagen 19, Luisa Imagen 20, Juana Imagen 21, Mara
Es claro que en el collage de las niñas alejadas se reflejan dos elementos importantes: personas que han sido significativas a lo largo de su vida y sus emociones hacia estas, ya sean odio o amor. Referente al grupo de abandonadas vemos imágenes inanimadas, en las que registran sus deseos superficiales como cosas que le gustaría tener o hacer. Yolima es la única que tiene una imagen propia con a futuro como el querer ser policía y psicóloga.
Pintado el retrato personal o algo que les guste
Grupo de Niñas alejadas de la familia Grupo de niñas en condición de abandono Imagen 11, Ana Imagen 12, Diana Imagen 13, Jenny Imagen 22, Luisa Imagen 23, Juana Imagen 24, Mara
En los dibujos anteriores, vemos un patrón en la mente de las niñas abandonadas, al igual que en el collage, muestran imágenes vacías, vistas en cualquier lugar sin ningún significado. Las niñas alejadas, por el contrario tienen imágenes de ellas mismas donde muestran sus conflictos, deseos, percepción familiar y personal.
Trabajo grupal: el encuentro de las familias en el parque Imagen 25, Grupo de Niñas alejadas de la familia
Imagen 26, Grupo de niñas en condición de abandono
En el trabajo grupal del encuentro en el parque se observa primero la incapacidad del grupo de las abandonadas de imaginarse un encuentro con sus familias, y tampoco pudieron establecer relaciones entre ellas, lo cual no permitió un dibujo integrado, sino cuatro dibujos aislados. No hay ninguna elaboración imaginaria de sentimientos, sino el
Dibujo Luisa Dibujo Yolima
Dibujo Mara
Dibujo Juana
Dibujo diana Dibujo Ana Dibujo Kelly
registro de imágenes concretas de un presente continuo, sin pasado ni futuro. En el grupo de niñas alejadas sucedió todo lo contrario, integraron todos los dibujos, y podían imaginarse de nuevo con su familia y en un encuentro entre ellas. En este último grupo hubo algunas referencias a la institución, situación que las alejaba de sus familias. Sus