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El mundo, reflexiona finalmente Spencer-Brown, solo puede verse a sí mismo en la medida en que se divide en al menos un estado que ve y otro que es

II. TEORÍA DEL CONOCIMIENTO: OBSERVACIÓN DE SEGUNDO ORDEN Y SISTEMAS SOCIALES

2.5 COMPLEJIDAD Y CONTINGENCIA

Ahora requerimos introducir un fundamento más de la teoría de sistemas de Luhmann: la complejidad. Para explicar este concepto debemos referirnos a una nueva distinción: elemento y relación. Un elemento es una unidad no más reductible del sistema , es su componente propio último. Este concepto no ha de entenderse ni en sentido sustancialista, ni atomista. En primer lugar, porque los sistemas no consisten en cosas, sino en operaciones, de modo que operaciones y elementos devienen indistinguibles ; esto significa que los elementos no existen como algo previo e independiente del sistema, sino que son producidos solamente como operación del sistema autopoiético para el que son elementos. Y dado que los sistemas autopoiéticos se producen a sí mismos, es decir, sus operaciones elementales son producto de sus operaciones elementales, los elementos no pueden descomponerse en operaciones de otro tipo; por ejemplo, las comunicaciones no se descomponen en ideas conscientes, los pensamientos no se descomponen en impulsos nerviosos, etc. .

En segundo lugar, los elementos son un lado de una distinción y, por tanto, dependen de la unidad de la diferencia elemento/relación; en otras palabras, “así como no hay sistemas sin

entorno, o entornos sin sistemas, así tampoco hay elementos sin una vinculación relacional,

o relaciones sin elementos” . De este modo, no se puede pensar que los elementos

constituyan el sistema a modo de suma de componentes (la diferencia sistema/entorno excluye a una diferencia todo/partes), al contrario, debemos afirmar que la unidad del

elemento “es constituida por el sistema en el momento en que un elemento es tomado

Sobre esta base, el concepto de complejidad combina la multiplicidad cuantitativa de los elementos de un sistema con la selección cualitativa de sus relaciones. Por razones puramente matemáticas, en la medida en que aumenta el número de elementos de un sistema, las posibles relaciones entre ellos crecen en progresión geométrica (dos elementos forman cuatro relaciones, tres elementos nueve, etc.) ; esto hace que se limite drásticamente la capacidad de enlace de los elementos. Nos topamos con una “limitación inmanente” de los sistemas para vincular cada elemento a cada otro en todo momento, de modo que el enlace debe hacerse obligatoriamente de manera selectiva . “Podemos

encontrar fórmulas matemáticas que calculen el número de relaciones posibles, pero toda operación del sistema que establece una relación tiene que elegir una entre muchas —la

complejidad impone la selección” . La complejidad de un sistema es complejidad organizada, que consiste en “la relacionabilidad selectiva entre los elementos del sistema”, o, desde otra perspectiva, “en la organización selectiva de la autopoiesis del sistema” .

Podemos introducir ahora la función de reducción de complejidad de todo sistema. Las

selecciones que este realiza implican que “el complejo de relaciones de un entramado

complejo es reconstruido mediante un segundo entramado de relaciones menores” . A

partir de la complejidad inasible del sistema (la que se llevaría a cabo en el momento en que todo pudiera ser vinculado con todo), el sistema construye una complejidad estructurada, que supone la selectividad . Se advertirá que no se trata, pues, ni de un paso de lo complejo a lo simple, ni de lo simple a lo complejo; esta teoría no se entiende en estos términos. Reducción de complejidad no es supresión de complejidad, al contrario,

implica que “sólo la complejidad puede reducir complejidad” , lo que quiere decir que la

reducción que realiza un sistema conlleva el mantenimiento de una complejidad propia o autocomplejidad.

La selectividad implica que otras relaciones son siempre posibles, es decir, la complejidad introduce inevitablemente la contingencia: todo orden situado más allá de la posibilidad de

enlazar en todo momento cualquier elemento con cualquier otro elemento “se apoya en una

selección y produce con eso estados contingentes —que pueden ser de otra manera. Todo orden identificable se sostiene sobre una complejidad que deja ver, pues, que pudiera ser

también de otra manera” . Así, la complejidad involucra siempre un horizonte del mundo

de lo posible .

Ahora bien, el concepto de complejidad puede aplicarse a los sistemas, como lo hemos hecho hasta aquí, pero también se lo puede aplicar a lo que no es sistema. Debemos

distinguir, para este fin, entre complejidad de los sistemas y complejidad del entorno . De hecho, la diferencia entre sistema y entorno, así como la clausura operacional del sistema, pueden comprenderse con ayuda de estos términos. La selectividad y la reducción de complejidad por parte de un sistema significan que este ha sido capaz de diferenciarse del entorno mediante un orden interno de relaciones entre elementos, lo cual quiere decir que ha creado su propia complejidad, que ya no corresponde con la complejidad del entorno . Vemos, pues, que el sistema no se adapta a un entorno complejo, sino que construye su propia complejidad a partir de la selección de sus operaciones propias.

Esta diferenciación basada en la selectividad y en la reducción de complejidad implica que sistema y entorno se diferencian también en su gradiente de complejidad. Para cualquier sistema, el entorno es siempre más complejo, ya que el sistema, por medio de la selección, delimita el ámbito de lo posible en su interior, de manera que el entorno presenta más posibilidades que las que el sistema puede actualizar . Basta mencionar, a modo de ilustración, que un sistema puede observar en el entorno otros sistemas, más o menos complejos, y que pueden establecer relaciones entre ellos y con el primer sistema; frente a tal entorno, ningún sistema puede contar con la complejidad requerida para abordar esta multiplicidad de posibilidades . Todo sistema, frente a su entorno, está obligado a la reducción de complejidad: debe seleccionar aquello que resulta relevante y rechazar el resto; de otro modo, no existiría clausura operacional, ni diferencia sistema/entorno.

La aplicación de la teoría de la complejidad a la observación de observaciones posee interesantes consecuencias. Nos referiremos específicamente a las repercusiones del concepto de contingencia. Como toda operación, la observación es también una selección, reducción de complejidad, y, por tanto, conlleva contingencia. Más exactamente, dado que la observación es una operación que utiliza una distinción para indicar un lado (y no el otro), la indicación es contingente en el sentido de que depende de la distinción, “ya que

con otra diferencia lo indicado (a su vez, con otro nombre) adquiriría un significado bien

dispar” .

Esta contingencia no es observada por el observador, forma parte, junto con la paradoja, de su punto ciego. Como sabemos, la distinción es presupuesta en la observación, pero no puede ser indicada al mismo tiempo; en consecuencia, la observación no puede reconocer el hecho de que la distinción es una selección entre muchas otras posibles, y que pudiera ser de otra manera. Cuando opera la observación, lo indicado es concebido en la actualidad y aparece no como contingencia de una selección, sino como lo que es .

Solo la observación de segundo orden puede dar cuenta de la contingencia de la observación. Por supuesto, las consecuencias autológicas de este nivel de observación le obligan a reconocer también su propia contingencia; debe entenderse a sí misma como una reducción de la complejidad del mundo de posibles observaciones . La observación de segundo orden debe considerarse, al igual que la de primer orden, como una selección de

observaciones que se enlazan recursivamente y producen “valores propios” a partir de las

selecciones iniciales, lo cual obliga a reconocer que, como cualquier observación, supone la contingencia (en este caso diríamos: podría observarse de otro modo).