2.7. El modelo colombiano
2.8.2. Comunicación y ciudadanía
De un tiempo para acá, algunos estudios e investigaciones empiezan a examinar la relación comunicación/política, a partir de una concepción de la comunicación que supere el estrecho concepto instrumental al que fue reducida por largas décadas, para analizar su función más allá de los procesos de información y del uso de medios, y asumir la comunicación como producción social. (Valencia Nieto, 2010: 385)
Y es de esta manera que entenderemos la comunicación en esta investigación, más allá del simple intercambio de información, y como aquello que sustenta profundamente las dinámicas sociales, como lo dice también, Daniel Hernández:
(…) cuando hablamos de comunicación, hablamos necesariamente de estar en comunidad. No puede haber comunicación sino en comunidad. Pero comunicarse es también un modo de ser, pues la comunidad no está petrificada. Y un modo de ser es siempre un modo de participar. Participar es una característica inherente al ser humano. Puede afirmarse que participar en la vida social es la forma del ser humano y que por excelencia, la participación del ser humano se inicia en los procesos comunicativos que conducen a la formación de la conciencia. En otras palabras, (…) detrás de las practicas comunicativas se juega el sentido de la vida humana(Hernandez, 2009: 40) El relevante papel político de la comunicación en nuestras sociedades latinoamericanas se encuentra en la consolidación democrática de nuestras jóvenes naciones y en su capacidad
de construir sentidos y significantes sociales propios, más allá de los heredados de la colonización cultural, base para la consolidación de nuestra identidad. La comunicación nos permite tejer esa red simbólica de valores y referentes que definen nuestra memoria social, y que nos permiten recrearla y mantenerla. A este respecto Daniel Hernández continúa:
No hay cultura sin comunicación ni comunicación sin información. En consecuencia de la calidad de la información depende en buena medida la calidad de la comunicación, la cultura y el imaginario de una sociedad. De allí es fácil derivar la importancia de democratizar la información (…) además, resulta evidente que de la calidad de la información y la comunicación depende en buena medida la constitución del espacio público y la calidad del ejercicio de la democracia(2009: 42)
El ejercicio de la democracia en nuestro país se puede representar por el proceso de construcción de ciudadanía, el cual ha sido un proceso accidentado que se ha dado paralelo al proceso de consolidación del Estado-nación. La ciudadanía, con las tensiones que implícitamente conlleva, se ha extendido universalmente significando la titularidad de derechos para todos los nacidos en el territorio, pero sigue siendo una compleja negociación hacia la igualdad de acceso efectivo a estos derechos. Las desigualdades históricas desde las cuales se ha construido la ciudadanía en nuestro país persisten anquilosadas en un sistema sociocultural que las perpetúa. La inclusión política, social y cultural mantiene los estereotipos de discriminación por sexo, raza, y en general, por el principio de autonomía (Andrenacci, 2003), que determina que solo aquellos sujetos totalmente autónomos son quienes participan de la toma de decisiones en las esferas públicas. Esta autonomía ha sido históricamente poseída por hombres, de raza blanca o “criollos” mestizos, católicos, habitantes de ciudad, y con prestancia económica.
Esto ha hecho que minorías indígenas, afrodescendientes y otras minorías étnicas, así como personas con discapacidad y en menor medida las mujeres, accedan con dificultad a oportunidades que brindaría una ciudadanía igualitaria. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo sostiene que la pobreza (condición pre ciudadana) está vinculada, en su dimensión subjetiva, con la incapacidad de ejercer ciudadanía, que se manifiesta en relaciones sociales excluyentes y desigualdad de oportunidades, impidiendo afirmar los valores y traducir las aspiraciones de todos los sectores de la sociedad en proyectos de vida compartidos (PNUD, 2000), lo cual genera conflictos sociales que llevan a más desigualdad.
La comunicación, en este sentido, es el ámbito constructor de una ciudadanía universalmente ejercida, que garantice igualdad de acceso a oportunidades mediante la construcción de escenarios públicos de unión y solidaridad, y configurada como herramienta que posibilite a la persona, en la dinámica pública, según dice Hopenhayn “el poder de acceder como emisor en la comunicación pública” (Villalobos Finol, 2006:126) Igualmente, Mata reconoce en la comunicación la base de la ciudadanía:
(…) la comunicación se reconoce como fundante de la ciudadanía en tanto interacción que hace posible la colectivización de intereses, necesidades y propuestas. Pero, al mismo tiempo, en tanto dota de existencia pública a los individuos visibilizándolos ante los demás y permitiendo verse -representarse a sí mismos(Mata, 2002: 68)
Para evidenciar el papel de público de los ciudadanos contemporáneos en nuestras actuales sociedades mediáticas, Mata propone la noción de “ciudadanía comunicativa”, a la que define como “el reconocimiento de la capacidad de ser sujeto de demanda y proposición en el terreno de la comunicación pública, y el ejercicio de ese derecho” (2002: 66). Se han propuesto, igualmente, otras categorías para establecer la preponderancia de la comunicación en la construcción de ciudadanía; es así como encontramos “ciudadanía digital” y otras. Lo importante, más allá de estos conceptos, es entender que el ejercicio de la ciudadanía plena en nuestras democracias se resuelve en un amplio ejercicio del derecho a comunicar, desde el cual cobra sentido privilegiar este derecho como fundamental, pues su realización es base para la consolidación del ejercicio de la democracia y, por ende, el desarrollo de muchos otros derechos políticos, económicos, sociales y culturales.