Antes de pasar a la tarea de conceptualizar a la pobreza y las metodologías con las que se lleva a cabo su medición, es apremiante mencionar que el género ha tenido una función importante en los llamados a reconocer la pobreza como un concepto dinámico y multidimensional, sobre la base de que los perfiles estáticos del ingreso y el consumo presentan sólo parte de la situación.
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Así pues, el concepto de ―pobre‖ al que se alude deviene del latín pauperis, que
significa “infértil”. En el latín “pauper,” está asociado con lo ―que produce poco o que tiene poco‖. Esta acepción de la pobreza se encuentra asociada a las interpretaciones y metodologías que se utilizan para calificar la condición de las personas en términos de su ingreso-consumo.
La hipótesis que se plantea en esta investigación no debe alejarse de la concepción de pobre que Sen (1995) construyó. Su idea se adhiere a los elementos que incapacitan a una persona para que produzca algo, materialice sus deseos y desarrolle totalmente su potencial productivo y, que si de alguna manera el microcrédito impulsa la autorrealización de las personas será susceptible de ser evaluado como instrumento pertinente ante la pobreza.
Dice Chant (2003), que en términos de la medición de la pobreza, las investigaciones con perspectiva de género han tenido tres consecuencias importantes. Primero, han contribuido a ampliar los indicadores de pobreza empleados en las evaluaciones de nivel macro. Segundo, han propiciado la idea de romper con la convención de usar el ‗hogar‘ como la unidad de medición en los perfiles de pobreza basados en el ingreso, favoreciendo en su lugar a las personas que componen las agrupaciones domésticas. Tercero, han puesto de relieve que la única manera de que la medición de la pobreza tenga sentido es incluyendo las propias opiniones de la gente sobre su ‗condición‘, pese a que, independientemente de las experiencias subjetivas, los niveles ‗objetivamente‘ determinados de privación material igualmente importan.
Con base a lo anterior, las aportaciones con perspectiva de género han tenido una función importante en el llamado a constatar que la pobreza de las mujeres no debe remitirse únicamente a recursos económicos. Si bien el carácter subordinado de la participación de las mujeres en la sociedad ha limitado sus posibilidades de acceder a la propiedad y al control de los recursos económicos, esta situación ha sido mirada recurrentemente como normal y ello ha devenido en estructuraciones equivocadas donde subyacen políticas aparentemente neutras al género y cuya continuidad no sólo excluye, sino también incrementan la pobreza política, social y económica de las mujeres (Arriagada, 2005).
En este sentido, la pobreza tiene que ser considerada como un problema dinámico, multidimensional, evidentemente relacionada con los indicadores de ingreso y consumo, sin
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embargo, cuando estos últimos son escasos, lo que puede compensar su limitada presencia, son las condiciones adecuadas de la vivienda, el acceso a servicios públicos y la atención médica, sin éstos últimos, quienes resultan más afectados son las mujeres, los niños y las niñas (Moser, 1991).
Los activos no son sólo de carácter económico o físico (mano de obra, ahorros, herramientas, recursos naturales, etc.), sino que comprenden, entre otras cosas, 'el capital humano', como la educación y competencias, y 'el capital social', como las redes de parientes y amigos y el apoyo de organizaciones comunitarias (Chant, 2003).
Kabeer (1998), señala que si bien es cierto, la pobreza está relacionada con la limitada posibilidad de satisfacer necesidades básicas y con la privación de los medios para satisfacerlas, indica que es necesario agregar el tiempo que disponen las mujeres, es decir, la pobreza de las mujeres se incrementa en la medida en que no cuentan con tiempo disponible para buscar las formas más apropiadas de satisfacer sus propias necesidades, lo que provoca que una proporción importante de ellas carezca de ingresos propios.
En el estricto sentido del concepto y su construcción, se tiene que durante el periodo considerado como de la posguerra (1945-1970), se consideró que todas aquellas personas u hogares con ingresos insuficientes para acceder a una canasta básica deberían recibir este calificativo (Zapata, 2002).
No obstante, a partir la década de los ochenta esta definición se fue haciendo mucho más específica y en consecuencia, la personas que no obtuviesen ingresos suficientes para cubrir los gastos de alimentación, vivienda, salud, educación, transporte, recreación y vestimenta deberían ser consideradas como tal (Feres y Mancero, 2001; Arriagada, 2005; Kabeer, 1998; Bayón, 2009; Mendoza, 2009).
Con todo este conjunto de elementos convergiendo dentro de este concepto, se sostiene que la pobreza es de naturaleza compleja, relacional y multidimensional. Las causas y características del problema difieren de un país a otro y su interpretación depende de factores culturales (Arriagada, 2005)
En general, las elaboraciones en torno al concepto de la pobreza se han hecho en función de carencias y necesidades básicas insatisfechas, utilizando indicadores básicos como la ingesta de alimentos, el nivel de ingresos y el consumo.
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La ventaja de las metodologías basadas en la relación ingreso-consumo se encuentra en la posibilidad de establecer comparaciones internacionales respecto de la capacidad que tienen los hogares para consumir (Arriagada, 1997), sin embargo y como lo indica esta autora, este método no contempla el patrimonio acumulado en el hogar, la distribución de recursos que se da entre sus integrante y se olvida de los subsidios estatales.
Al irse delimitando el concepto, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL, 2013:30-50), establece que ―una persona es pobre cuando tiene al menos una carencia social (uno de los seis indicadores considerados: rezago educativo, acceso a servicios de salud, acceso a la seguridad social, calidad y espacios de la vivienda, servicios básicos en la vivienda y acceso a la alimentación) y su ingreso es insuficiente para adquirir los bienes y servicios que requiere para satisfacer sus
necesidades alimentarias y no alimentarias”.
Para evaluar el papel del microcrédito como atenuante de la pobreza y en relación con la satisfacción de necesidades alimentarias, utilizaremos la clasificación que el CONEVAL sugiere para este propósito:
a) Pobreza Alimentaria: Se refiere a la incapacidad para obtener una canasta básica alimentaria, aun si se hiciera uso de todo el ingreso disponible en el hogar para comprar sólo los bienes de dicha canasta.
b) Pobreza por capacidades: Insuficiencia del ingreso disponible para adquirir el valor de la canasta alimentaria y efectuar los gastos necesarios en salud y en educación, aun dedicando el ingreso total de los hogares nada más para estos fines.
c) Pobreza de patrimonio: Insuficiencia del ingreso disponible para adquirir la canasta alimentaria, así como para realizar los gastos necesarios en salud, educación, vestido, vivienda y transporte, aunque la totalidad del ingreso del hogar sea utilizado exclusivamente para la adquisición de estos bienes y servicios.
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