Los rayos del sol jujeño se abrían paso a través de las ventanas e iluminaban la enfer- mería, desde muy temprano. La prolongada y tensa jornada de la noche, había sumido a los políticos en un sueño profundo. La abundancia de hidratos de carbono en la dieta del cuar- tel, la tensión nerviosa y el excesivo uso de cigarrillos, estimulaban una vigorosa gasifica- ción intestinal. La cuadra de los desterrados a las 7 de la mañana del martes 30 de mayo, parecía albergar a un conjunto de virtuosos de instrumentos de viento, preparándose para iniciar un concierto, antes que se levante el telón.
Pacho y Apaza, con sus ronquidos alternativos, proporcionaban una cortina de notas graves, un auténtico fondo para los otros ejecutantes. Los demás, como animados por una emulación deportiva, intercambiaban pedos de tono variado, a ritmo uniforme y de intensi- dad creciente. Iban, desde los bajos emitidos en el sector guerrillero, dominado por Blanco, hasta las tonalidades agudas, como ocarinas diestramente instrumentadas, del frente de Alvarado y Napurí. Pero sin , sin lugar a dudas, el centro donde reposaban los abogados y sindicalistas, era el más activo.
—La extrema izquierda se caga, exclamé y empecé a abrir algunas ventanas. Se escu- charon las protestas de los dormilones. La cuadra era muy amplia, muy ventilada; se alejó cualquier consecuencia olfativa del Concierto en rojo para tripas y ano.
El estado de ánimo de los peruanos, al promediar la mañana, era bastante bueno. Se notaban animados, en cierta forma alegres. El Sol parecía participar de nuestro entusiasmo. Salimos al jardín, a estirar las piernas, en un clima de camaradería auténtica. José Luis Al- varado y Ricardo Letts pedían, con insistencia, una pelota para organizar un encuentro de fulbito. Los oficiales argentinos sonreían, decían que sí, que proporcionarían la pelota, pero ella no llegó.
Los diarios de Buenos Aires se ocuparon, una vez más, de los prisioneros peruanos. Daban cuenta de la labor de los funcionarios en Jujuy y decían que, en el término de horas, el ministro del Interior definiría su situación.
A medio día, nuestra caminata se vio interrumpida por la presencia de la policía. Los técnicos venían a cumplir con un trámite que no se pudo realizar en la noche: la fotografía de los prisioneros. Uno a uno, posamos, de perfil y de frente, para la ficha policial.
Al finalizar la tarde, llegaron los lobos de mar. Los esperábamos, pues era una fecha especial. Habíamos adquirido, para esta ocasión, dos botellas de vino espumoso que reem- plazaba con economía al champagne. Todos, con un entusiasmo burgués que envidiaría cualquier familia del Tío Sam, entonamos un happy birthday en homenaje al dueño del santo, Guillermo Faura Gaig, quien, ese día, cumplía su 61 onomástico. Hubo dos discur- sos bastante breves: el primero, a cargo de Ricardo Letts, representante de la izquierda; y otro, que necesariamente corrió por mi cuenta, en representación de la derecha. Faura res- pondió cordial, con emoción. Se le quebró la voz cuando intentó leer el cable que había recibido de Lima, de parte de don Salvador, su padre:
—Guillermito: no sé si te voy a volver a ver; hay heridas que duelen mucho, en el mismo fondo del corazón.
No pudo continuar. Arce Larco lo estrechó en un prolongado abrazo. Recibió el saludo de cada uno de los presentes. Se bebió simbólicamente, casi formalmente. La conversación se tornó floja, intrascendente. Los marinos se fueron, prometiendo volver más tarde. Pero ya no los vimos hasta el día siguiente.
Espontáneamente, como quien no quiere la cosa, me encontré frente a un panel con- formado por Letts, Diez-Canseco, Damonte y Díaz Chávez. Los sindicalistas hacían de
mirones. No fue un interrogatorio ni mucho menos. Una charla muy cordial, en la que se planteó la cuestión de El Tiempo y su significación política.
—Es un instrumento de los grupos de poder económico, que responde a las consignas de la oligarquía, sentenció Letts.
—Obedece a los intereses de la Sociedad de Industrias, del Imperialismo, acotó Díaz Chávez.
—Distorsiona los hechos, como lo hacía El Comercio; por ejemplo, nunca se ocupó de los sucesos de Cobriza, de las represiones contra el pueblo, añadió Diez -Canseco.
Hice un breve relato dentro de un clima de cordialidad.
—La idea de editar El Tiempo, el nombre, su logotipo, su formato, su contenido ideo- lógico, todo esto es obra exclusivamente mía. Lo pensé y lo decidí en París, el 14 de julio de 1974, en mi departamento del hotel Le Meridien. Yo tuve la certidumbre de la caída de los diarios en manos de Velasco, la hora fatal había sonado. Acepté varias invitaciones pendientes y viajé sólo a Los Angeles, de allí fui a Israel, a Grecia, Italia, Alemania, Ingla- terra y, finalmente, a París. Era huésped del ministro de Relaciones Exteriores de Francia. El Tiempo no fue concebido, pues, en un clima de tensión o de amargura; sino en otro muy diferente, de absoluta libertad, en el aniversario de la caída de La Bastilla, en un ambiente de extraordinaria comodidad.
Tuve que interrumpir mi viaje; regresé bruscamente a Lima, los acontecimientos se precipitaron. Los diarios fueron clausurados el 27 de julio de ese año; y ese día me fui a mi casa por mi propia voluntad. Emigré del Perú con toda mi familia; y regresé en setiembre de 1975, cuando Morales Bermúdez realizó la hazaña, aparentemente imposible, de echar del gobierno a Velasco Alvarado.
Apareció El Tiempo, gracias a una operación de crédito que me concedió la Editora Universo. Aceptaron que yo pagara las facturas con letras, por una razón muy sencilla: me conocían; sabían que yo era un buen cliente, pues allí imprimí, en 1966, la revista humorís- tica LA OLLA, que alcanzó un elevado tiraje y que dejó de salir cuando comenzó el régi- men revolucionario. Velasco no tenía sentido del humor.
Después del segundo número, la imprenta me notificó que no podía seguir editando El Tiempo. Adujo un pretexto fútil. La realidad es que un sector del gobierno presionó a la empresa para que no imprimiera mi semanario, que les parecía hostil. Busqué imprenta, de un lado para otro; finalmente, encontré otro que aceptó hacerlo por un número. Por último, hice tratos con un viejo amigo, Enrique Lulli, responsable de Editorial Andina, donde nos quedamos hasta ahora.
—Pero recibe el apoyo de la Sociedad de Industrias, de los exportadores, interrumpió Letts.
—No es exacto. Si alguna vez hemos publicado un aviso, ha sido porque se lo dieron también a otros semanarios. El Tiempo jamás ha recibido de nadie, un solo centavo bajo la mesa. El gobierno sospechó que podía haber algún dinero extranjero; en 1976, fui someti- do a una prolongada intervención contable. Los peritos examinaron todos mis papeles. Terminaron reconociendo que yo había pagado once mil soles en exceso, por concepto de impuestos a la utilidades, que me sirvieron para el ejercicio siguiente. El Tiempo se paga solo.
—Es muy difícil, por los gastos de planilla, acotó Letts.
—Me consta, que El Tiempo lo hace Baella solo, dijo, rotundo, Diez-Canseco. Los otros líderes le miraron sorprendidos. Pero Diez-Canseco insistió:
—Soy testigo personal, casi solo, dijo con convicción. Agregó que lo sabía porque el semanario que él dirigía, Amauta, se montaba en el mismo taller de artes gráficas, donde se imprimía El Tiempo.
—No es exacto. El Tiempo aspira a desempeñar algo más que ese papel disminuido que ustedes le quieren asignar. Yo parto de este presupuesto: el sector empresarial del Pe- rú, los dueños de algún ahorro o capital grande o pequeño, los hombres de negocios, los trabajadores, carecen de una ideología definida. No saben lo que es el capitalismo. El Tiempo aspira a proporcionar, en la medida de sus posibilidades, esta ideología que hace falta. Este semanario no es, pues, un instrumento de determinados intereses; quiere ser el motor de un sector capitalista, que no existe aún en el presente. Los empresarios pequeños, con una información intelectual deficiente y casi nula, creen que un buen sistema político es aquel que les permite muchas ganancias con el menor número de preocupaciones, espe- cialmente sindicales. Por eso, vemos a los empresarios desempeñar los papeles más ridícu- los y despreciables cuando surgen regímenes de fuerza como el de Velasco. Bailan la mú- sica que les toca el amo con el fin de salvar su tajada; y si es posible, de incrementar sus ganancias, aunque para ello tengan que traicionar a otros empresarios, y hasta a sus mis- mos parientes.
Esto es cualquier cosa menos capitalismo. Hay que enseñar lo que es el capitalismo a los empresarios y a los trabajadores. Para éstos, el capitalismo es el mejor sistema, porque paga salarios más altos y proporciona la sociedad de mayor bienestar. Para el empresario, significa la oportunidad de la creación y del progreso ilimitado. Sólo el capitalismo es ca- paz de proporcionar un sistema político de libertades plenas y de mayores garantías.
Mi defensa de un sistema tan vapuleado, quizás sorprendió a mis interlocutores; es probable que hayan estado fatigados, o que consideraran innecesario seguir con el debate. La verdad es que el asunto terminó en forma tan espontánea como había comenzado. Por lo menos, sabíamos algo cierto. nos conocíamos y, hasta donde le permitían las apariencias, nos respetábamos. Me fui a dormir después de la conversa, un rato más, con los arequipe- ños, sobre sus peripecias huelguísticas.
Mis compañeros de exilio charlaban con animación. Me desperté en la madrugada y seguían conversando. En la mañana, vi que habían dado cuenta de una botella de vermouth Gancia, habían fumado bastante y jugado hasta el hartazgo. Las cosas mejoraron bastante con relación a los primeros días del exilio.