Capítulo II Las personas con trastorno del espectro del autismo
2.4 Sintomatología del trastorno del espectro del autismo
2.4.3. Conducta estereotipada, intereses restringidos y falta de
Las actividades estereotipadas y las alteraciones en la imaginación conforman el tercer aspecto de la tríada de diagnóstico del TEA. Dentro de este aspecto podemos señalar que la conducta estereotipada se vincula con la búsqueda de tranquilidad y seguridad; la escasa imaginación hace referencia a la falta de desarrollo del juego simbólico social y las actividades imaginativas.
El desarrollo de la imaginación en los niños con TEA no sigue la misma secuencia que en los demás niños, afectando
(2011) comenta que esta alteración en la imaginación es de gran utilidad para explicar las conductas estereotipadas, ya que si sabemos que el niño no es capaz de disfrutar de una actividad creativa y flexible, convertirá sus actividades en repeticiones que le aseguren tranquilidad y, a su vez, placer. Y señala “los placeres de la imaginación creativa de la niñez les están negados a las personas autistas” (p. 55).
Continuando con esta característica, la autora describe las actividades estereotipadas repetitivas como un elemento compensatorio de las alteraciones en la imaginación, ya que son utilizadas como estrategia para afrontar la realidad que es percibida como caótica y amenazante. En este sentido, Soprano (2001) señala que las estereotipias son muy frecuentes y suelen asociarse, en la mayoría de los casos, a conductas de autoestimulación.
Las conductas estereotipadas pueden ser definidas como conductas repetitivas que no cumplen un objetivo claro o carecen de un propósito funcional (Fernández, 2005). El elemento subyacente sería una alteración en la imaginación que influye en la repetición recurrente de actos y rituales y en el apego a objetos, así como la dificultad para adaptarse a los cambios en el entorno social y cultural.
Estas conductas se pueden clasificar como repetitivas simples o elaboradas (Wing, 2011). Las primeras se relacionan con la búsqueda de sensaciones reiteradas mediante acciones tales como tocar y oler y/o mirar con fascinación las luces y pueden llegar a adoptar formas inapropiadas tales como morderse, aletear las manos o dar golpes con la cabeza. Suelen darse en niños pequeños pero, en las personas con alteraciones generalizadas del desarrollo, pueden continuar durante la etapa adulta. Las segundas, más elaboradas, se presentan en adolescentes y adultos y se caracterizan por el apego inflexible a objetos, rutinas e intereses en temas peculiares y se acompañan de
comportamientos obsesivos y de una gran dificultad para adaptarse a los cambios.
Ruggieri (2010; 2011), en cambio, las divide en motoras y neurosensoriales. Dentro de las primeras la autora incluye conductas como el aleteo de las manos, el deambular sin fin, el balanceo o el moverse de prisa hacia una persona así como todo tipo de conductas motoras que resulten repetitivas y sin una clara finalidad. Dentro de las conductas neurosensoriales se pueden ubicar todas aquellas vinculadas a los sentidos. Muchos de estos niños tienden a ser hipo o hiperreactivos a los estímulos sensoriales y esto se traduce en diferentes conductas. Podemos observar dentro de esta categoría a nivel visual, el mirar las luces frecuentemente, mirarse las manos, mirar cómo giran objetos, etcétera. A nivel táctil, el no tolerar o desear tocar determinadas texturas o dejar correr el agua por el cuerpo. En referencia a lo auditivo, escuchar atentamente ruidos que les llamen la atención. El umbral de las sensaciones es generalmente alterado: muchos parecen mostrarse indiferentes al calor, al frío y al dolor. Las respuestas ante estímulos sensoriales suelen ser muy variadas: pueden responder con desagrado, indiferencia o fascinación.
Con respecto a la alimentación, puede existir resistencia al cambio y el repertorio de comidas suele ser corto. Incluso los niños con TEA que comen mucho suelen aceptar muy poca variabilidad en las comidas. Puede existir un exceso de ingesta líquida sin que haya evidencia orgánica de su causa. Dada la frecuente aparición de estas características y conductas inadaptativas, en la quinta edición del DSM, se las considera como “trastornos sensoriales”.
Wing (2011) denomina a las estereotipias asociadas a lo motor y sensorial como “actividades repetitivas simples”, que se dan principalmente en niños que tienen alteraciones graves. Esta autora distingue además las “rutinas repetitivas elaboradas” que se
encuentran especialmente en casos de Trastornos del Espectro como los descriptos por Kanner. Generalmente son rutinas que los mismos niños y adolescentes crean o pueden derivar de una actividad iniciada por otro. En ambos casos deben darse siempre de la misma forma, sin cambio (por ejemplo, realizar una serie de movimientos en secuencia antes de lavarse los dientes o tomar la merienda). Cualquier alteración de la secuencia puede generar un berrinche o malestar que solo terminará cuando se retorne a ella. Estas conductas pueden perdurar hasta la adultez.
Los movimientos estereotipados corporales –en las manos, los brazos– suelen observarse principalmente en situaciones de excitación, tensión, enfado, o agitación o cuando se focaliza toda la atención en un objeto (Frith, 2009; Wing, 2011). La imitación de movimientos varía según el desarrollo; algunos niños presentarán alteraciones más evidentes y otros nunca lo lograrán. La imitación en muchos de los casos se hace sin consciencia del acto de forma repetitiva, lo que se conoce como ecopraxia.
En cuanto a los intereses, encontramos que las personas con TEA tienen un campo restringido y particular. Sus intereses suelen ser disfuncionales y poco comunes, por lo que son poco compartidos en una interacción social con sus iguales. Como consecuencia, no pueden utilizarlos como herramientas o mediadores para favorecer la interacción con los demás. A esto se suma, generalmente, un repertorio asociado a preocupaciones inusuales, a rituales y compulsiones relacionados con la invariancia del ambiente (Attwood, 2009; Zúñiga, 2009). Además, su expresión se hace de forma repetitiva por lo que, también, se vuelven estereotipados.
Frente a situaciones confusas que no logran comprender, los niños y adolescentes con TEA pueden experimentar ansiedad y miedo. A veces no logran comprender peligros reales y suelen mostrarse
pasivos frente a ellos, sin embargo, frente a situaciones inofensivas pueden presentar miedos desmedidos. Con respecto a las conductas asociadas a la motivación y la atención, si la actividad es de su interés logran la concentración por períodos prolongados (Baron-Cohen, 2010). Del mismo modo, en las tareas que no son de su agrado o no ven su función, muestran desinterés o desmotivación. Dentro de las posibles habilidades sobrecompensadas, podemos destacar la presencia de una memoria mecánica y visoespacial muy buena, destrezas mecánicas o de hábitos no sociales, una gran capacidad de asociación mental y de secuencias y, en general, todo aquello que no implican la interacción social y la comunicación social.