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La contrastación de las contrastaciones

N i los hechos observados ni la simplicidad han de­ sempeñado ningún papel prominente en la constitución

3.6. La contrastación de las contrastaciones

Se han recordado cinco ejemplos históricos para con­ trastar las contrastaciones propuestas en la sección 2. (Una metaciencia no sería científica si no contrastara sus propias hipótesis.) N o se trataba meramente de ca­ sos elementales de adaptación de fórmulas a conjuntos aislados de datos, lo cual constituye el ejemplo favorito

12. — B'JNCE

del tratamiento inductívísta de la simplicidad. Los cinco casos seleccionados para e l examen consistían en siste­ mas de hipótesis contrastables y eran suficientemente importantes para afectar en alguna medida la moderna concepción del mundo. En ninguno de ellos se ha visto que la simplicidad haya sido un factor importante de construcción o evaluación de la teoría: al contrario, las teorías que acabaron imponiéndose eran en la mayoría de aspectos notablemente más complejas que las teorías rivales que fueron derrotadas. Ello hace pensar en la complejidad objetiva de lo real.

4.

Conclusión:

L

a ligereza de las simplicidades

4.1.

La simplicidad, ni necesaria ni suficiente

Mientras que la concordancia con los hechos según lo atestigua la experiencia era considerada por los meta- científicos como la única prueba de una teoría verdade­ ra,37 la simplicidad por sí sola parecía proporcionar el cri­ terio de selección decisivo entre teorías competidoras. ¿Qué otro factor podía distinguir una teoría de otra, siendo así que — de acuerdo con el inductivísimo— la aten­ ción se centraba en la confirmación empírica, con menos­ cabo de todos los restantes factores que de hecho, cons­ ciente o inconscientemente, intervienen en la evaluación de las teorías científicas?

Ya pasaron aquellos días de la sancta simplicitas:

cada día está más claro que el grado de verdad o de sustentación de las teorías científicas nunca ha sido equi­ valente a su grado de confirmación. Los científicos siem­ 37. Véase, por ejemplo, W. Stanley Jevons, The Principies of Science, 2.a ed. (Nueva York, Dover, 1958 [1.a ed., 1877]), p. 510; Pierre Du h e m, La théorie physique, 2.a ed, (París, Riviére, 1914), p, 26; véase, no obstante, en la p. 259, donde admite que la simpli­ cidad no es un signo de certeza.

pre han impuesto de jacto muchos más requisitos, que han sido reconocidos de vez en cuando.38 En la sección 2 se enumeraron veinte requisitos — que a nivel pragmáti­ co actúan como otros tantos criterios de prueba— , pero no se incluyó entre ellos la simplicidad en general por la sencilla razón de que una teoría puede ser simple y falsa, o compleja y aproximadamente cierta, es decir, por la sencilla razón de que la simplicidad no es un signo necesario ni suficiente de la verdad.

N o sería realista considerar ninguno de los veinte requisitos, a excepción de la sistematicidad, la precisión y la contrastabílidad, como estrictamente necesarios para que pueda llamarse teoría científica a una serie de hipó­ tesis, si bien en su conjunto son suficientes para deno­ minarla teoría científica más o menos verdadera. (Los criterios de prueba son por consiguiente útiles para distin­ guir los sistemas científicos de los no científicos y, en especial, para eliminar las teorías pseudocientíficas.) Los veinte requisitos son más bien desiderata para la cons­

38, Un temprano reconocimiento de la multiplicidad de requisitos puede verse en Heinrich Hertz, The Principies of Mechantes (Nueva York, Dover, 1936 [1.a ed., 1894]), Introducción. Hertz enumeraba los siguientes: 1) la posibilidad lógica o compatibilidad con las «leyes del pensamiento»; 2) la capacidad predíctiva; 3) el número máximo de «relaciones esenciales del objeto» (lo que yo he llamado profundidad); 4) «el número mínimo de relaciones superfluas o vacías». Transcurrió medio siglo antes de que otro científico-filósofo se atreviera a añadir requisitos no empíricos: Henry Margenau, The Nature of Phystcal Reality (Nueva York, MacGraw Hill, 1950), cap. 5, enumera los si­ guientes «requisitos o construcciones metafísícos»: 1) fecundidad lógica, 2) multiplicidad de relaciones, 3) permanencia o estabilidad, 4) capa­ cidad unificadora, 5) causalidad, 6) simplicidad y elegancia. Véase también: Mario Bunge, Metascientific Queries (Springfield, 111., Orar­ les Thomas, 1959), pp. 79 y ss., y Karl R. Popper, «The Idea of Truth and the Empirical Character of Sdentific Theories», trabajo pre­ sentado en el Congreso internacional de Lógica, Metodología y Filoso­ fía de la Ciencia (Stanford, 1960). En este trabajo Popper sostiene que uno de los requisitos de una buena teoría es que «tenga éxito al menos en algunas de sus nuevas predicciones», es decir, que resulte confirmada.

trucción de teorías, medios para alcanzar la verdad y sín­ tomas de la verdad; y, al igual que otros desiderata, no son todos mutuamente compatibles: de ahí que haya que buscar siempre un compromiso.

Ahora bien, cada desiderátum — en este caso como en cualquier otro— puede satisfacerse con diversos gra­ dos, y el fracaso de una teoría para cumplir rigurosa­ mente con alguno de los requisitos mencionados— salvo con la sistematicidad, la precisión y la contrastabilidad, que son imperativos — no debiera llevar al abandono de una teoría en su conjunto. Así, por ejemplo, la correc­ ción sintáctica y la exactitud lingüística son siempre es­ casas al principio. Si una teoría es rica en conceptos pro­ fundos, trascendentes y escrutables, y si promete unificar amplios campos de conocimiento o ser útil para la explo­ ración de nuevos territorios, sería estúpido abandonarla del todo por culpa de algunas deficiencias formales; lo mejor será acabar de elaborar la teoría y contrastarla: la precisión sintáctica y la semántica se perfilarán even­ tualmente en este proceso. Sólo las teorías maduras cum­ plen todos los requisitos de una manera excelente. Pero también ocurre que las teorías factuales maduras, como las personas maduras, son las que están a punto para ser sustituidas.

Qué lugar ocupa la simplicidad en el conjunto de criterios que guían nuestra evaluación de las teorías cien­ tíficas? Para poderlo apreciar debemos recordar, en pri­ mer lugar, que hay varios tipos de simplicidad (sec­ ción 1.1) y, en segundo lugar, que la simplicidad de uno u otro tipo es sólo favorable a unos pocos síntomas de verdad, e incluso en este caso dentro de ciertos límites. En las secciones 1.2 y 2.2 se puso de manifiesto que la simplicidad sintáctica favorece la sistematicidad, aunque no sea necesaria para alcanzarla; también se propuso co­ mo criterio probatorio una moderada simplicidad semán­ tica y metodológica, sobre todo por razones prácticas. Por otra parte, algún tipo u otro de complejidad es in­

separable de otros once criterios: la consistencia exter­ na, la exactitud lingüística, la ínterpretabilidad empírica, la representatividad, la capacidad explicativa, la capaci­ dad predictiva, la profundidad, la capacidad unificadora, la originalidad, la confirmabilidad y la compatibilidad con la concepción del mundo. Por últim o, la regla de la simplicidad es ambigua con relación a la contrastabilidad y a la parsimonia de niveles y, en el mejor de los casos, es neutral respecto a los cuatro requisitos restantes (correc­ ción sintáctica, fecundidad, escrutabilidad y solidez me- tacientífica).

N o parece posible asignar un peso numérico a la ma­ yoría de los requisitos, y no parece muy prometedor in­ tentar cuantificar la contribución — positiva, negativa o nula— de la simplicidad a aquellos diversos síntomas. Si parece necesario mencionar cantidades al respecto, con­ tentémonos con decir que la simplicidad no influye po­ sitivamente sobre diecisiete de los veinte principales sín­ tomas de la verdad. Respecto a la mayor parte de los síntomas de la verdad, la simplicidad es análoga al flo- gisto: es vaga, escurridiza y, cuando no es imponderable, tiene una influencia negativa.

4.2. El papel de los diversos tipos de simplicidad en la