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1. La perspectiva ético-liberal de la seguridad humana

1.2. Las creencias de causalidad ético-liberales: el poder blando, la tradición

Para este gobierno la promoción de la agenda de seguridad humana no podía depender del poder duro ni de la actuación unilateral. Más bien, dependía del uso del poder blando es decir de su capacidad para configurar las preferencias de otros Estados en relación con un modelo alternativo de seguridad que le permitiera a Canadá constituirse en el líder de una “comunidad de seguridad internacional”. Dicha comunidad se encontraría articulada por la necesidad de defender por razones éticas la seguridad de los seres humanos, a través de la provisión efectiva y concientizada de la seguridad humana en un mundo en el que las amenazas se encontraban estrechamente vinculadas y en el que las acciones para enfrentarlas desbordaban los esfuerzos individuales de los Estados.147 Ante todo, el gobierno de Jean Chrétien concibió como creencia de causalidad la necesidad de enfatizar el poder blando canadiense a través de canales multilaterales. En oposición al unilateralismo, las estrategias multilaterales permitirían, de acuerdo con la lógica de este gobierno, aumentar el grado de “atracción” de otros países hacia la agenda de seguridad humana promovida por Canadá. Estas estrategias se concentraron de manera particular en tres temas, a saber: la promoción del Tratado de Prohibición de Minas Terrestres Anti persona; la consolidación de la Corte Penal Internacional y la presión en torno a la inclusión de la “responsabilidad de proteger” como principio de derecho internacional.

Respecto del primer tema, el gobierno de Jean Chrétien apoyó abiertamente la campaña internacional de prohibición de minas terrestres anti persona. La politización del tema fue una respuesta a las principales preocupaciones de la sociedad civil que se encontraba influida de manera significativa por los estudios realizados por organizaciones no gubernamentales

internacionales, especialmente la canadiense $ (MAC), enfocadas en

denunciar sistemáticamente los costos humanos de la minas terrestres antipersona. Cabe

147 Por poder blando ( * ) puede entenderse, en relación con el * , como la “habilidad para

configurar lo que los otros H ”, en oposición al poder duro o el * , entendido como la “habilidad para cambiar lo que los otros ”. El poder blando corresponde ante todo a la “habilidad para establecer preferencias [y] tiende a estar asociado con recursos de poder intangible tales como la cultura, la ideología y las instituciones”, es decir, tiende a estar asociado a la capacidad de imponer una forma de vida o de cultura que otros quieran seguir o a la capacidad para “fijar la agenda política en un sentido que configure las preferencias que otros expresan”. Por su parte, el * se encuentra “asociado a recursos de poder tangibles como la fuerza militar y económica”. Si pudiera pensarse en un espectro que organizara las distintas maneras de ejercer el poder, entre el * y el * , como sus dos extremos, podría establecerse un conjunto de estrategias que irían desde la coerción, pasando por los incentivos y la fijación de la agenda hasta la capacidad de atracción. Ver Joseph Nye, “The Changing Nature of World Power”, en 0 - L , Vol. 105, No. 2., Verano 1999, pp. 181 182.

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señalar que durante el liderazgo de Lloyd Axworthy, Canadá empezó a plantear como una necesidad fundamental la destrucción de sus reservas de minas terrestres con el fin de aumentar su poder blando en el proceso de politización del tema en la agenda internacional. Esta decisión fue tomada con el propósito de constituirse en uno de los principales líderes del proceso de Ottawa, que condujo a la firma del Tratado de Prohibición de Minas firmado en esa ciudad en 1997. La doble estrategia empleada por Canadá para lograr la firma del tratado fue la movilización de la opinión pública global, haciendo énfasis en la sociedad civil internacional, y la conducción de un proceso de negociación multilateral que concluyera en un tratado reconocido internacionalmente. En suma, como lo ha señalado Brian Tomlin, “el proceso de Ottawa llegó a ser un modelo de poder blando de movilización de las ideas como un vehículo alternativo [para fortalecer] el liderazgo internacional [canadiense] en un momento de baja moral y capacidad disminuida del DFAIT”.148 Por ello se convirtió en uno de los temas

estratégicos de la “nueva diplomacia” de LLoyd Axworthy en el marco de su agenda de seguridad humana.

El liderazgo del gobierno de Jean Chrétien en el marco del proceso de establecimiento de la Corte Penal Internacional es otra evidencia de su preocupación por la construcción de la seguridad humana y de la búsqueda de la consolidación de su poder blando y de la tradición multilateral canadiense.149 Como líder del 2 9 ,150 conformado por un conjunto

de países que apoyaban el establecimiento de la Corte Penal Internacional, y teniendo como una de sus prioridades en materia de seguridad humana el apoyo del 7

. , Canadá participó activamente en la Conferencia de Roma, bajo el liderazgo de Philippe Kirsch. La capacidad canadiense de construir coaliciones internacionales con redes de organizaciones no gubernamentales y con otros países con posturas políticas similares, permitieron enfrentar la resistencia de Estados poderosos, como Estados Unidos, Rusia e India, para articular este tribunal internacional. Con todo, la preocupación

148 W. Brian Tomlin, Norman Hillmer & Fen Osler Hampson, / . 0 ! $ ) $ )

0 , Toronto, Oxford University Press, 2008, pp. 222 223.

149 Lana Wylie señaló el grado en el que Canadá promovió esta iniciativa con el propósito de ganar reputación y

prestigio en el ámbito mundial. Ver Lana Wylie, “Valuting Reputation and Prestige: Canadian Foreign Policy and the International Criminal Court”, en $ * - , Vol. 39, No. 2, Junio 2009, pp. 112 130.

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Una de las estrategias históricas de Canadá en materia de política exterior ha sido la conformación de grandes coaliciones con actores estatales y no estatales que compartan su misma orientación política. F. Andrew Cooper, “The Search for ‘Like Minded’ Partners in Canadian diplomacy”, en Christopher Sam Raj & Abdul Nafey (eds.),

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internacional, sumada al hecho de que fue el primer país en adoptar en su legislación las obligaciones que fueron establecidas por el Estatuto de Roma, reforzaron la idea de que Canadá tenía un compromiso irrestricto con los valores y las exigencias que implican la seguridad humana.151

El tercer reto planteado en el marco de la agenda de seguridad humana canadiense fue la construcción de un orden jurídico internacional que permitiera enfrentar las cambiantes dinámicas de los conflictos internos y trasnacionales en el contexto de la posguerra fría. En el

marco de la . . - - , Canadá participó

activamente en las discusiones en torno a la construcción de un marco institucional que dotara política y jurídicamente a la comunidad internacional para intervenir por razones humanitarias aquellos países en los que las instituciones estatales no fueran capaces de enfrentar amenazas graves a la seguridad de sus poblaciones o que constituyeran la fuente misma de la inseguridad.152 Ante todo, para este gobierno, como para los otros miembros del .

. - - ) la promoción del principio de la responsabilidad de

proteger era una estrategia necesaria para evitar que se repitieran las atrocidades cometidas en la antigua Yugoslavia y Ruanda.153

Sin embargo, más allá de este compromiso con los loables principios de la Comisión, la promoción del principio de la responsabilidad de proteger fue para algunos el resultado de la pretensión por parte de este gobierno de legitimar la participación canadiense en la intervención de la OTAN en Kosovo y quizás de ocultar que dicha participación respondía más bien a sus obligaciones militares con la alianza occidental, en especial con los Estados Unidos.154 Este planteamiento deja abierto en consecuencia el debate en torno a las

motivaciones de este gobierno, sean de orden realista o liberal, de intervenir en Kosovo. Por un lado, el Ministro Axworthy, apoyándose en su perspectiva ética liberal, sostuvo en 1999 que

“la crisis de Kosovo demuestra cómo los individuos son progresivamente las principales víctimas y blancos de las agresiones patrocinadas por los Estados. Adicionalmente demuestra

151 Tomlin, Hillmer y Hampson, / . 0 , op.cit., p. 224. 152 Ibid, pp. 227 229.

153 Julie MacArthur, “A Responsibility to Rethink? Challenging Paradigms in Human Security”, en .

8 )Vol. 63, No. 2, Marzo 2008, pp. 422 443

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que […] la seguridad humana fue el imperativo humanitario que justificó la intervención Aliada”. 155

Por otro lado, el involucramiento en Kosovo constituyó uno de los compromisos militares más grandes para el país desde la Guerra de Corea, lo que se tradujo en el desplazamiento de las estrategias de poder blando asociadas a los principios de la seguridad humana y en la reafirmación del interés nacional de Canadá.156 No sólo significó 532 millones de dólares en programas humanitarios, sino ante todo implicó el despliegue de 40,000 9 en la región, de 1300 soldados en las misiones en Bosnia, de otros 1300 soldados en las de Kosovo y la participación en el bombardero aéreo conducido por la OTAN en Serbia en 1999. 157

Además, esta participación podría leerse como el resultado de aquellas creencias realistas que han vinculado históricamente la seguridad nacional de Canadá con la seguridad atlántica,158 lo

que supondría otro argumento para sostener que la intervención en la antigua Yugoslavia no respondió tan sólo a los principios ético liberales de la seguridad humana. A pesar de los primeros tropiezos que caracterizaron las relaciones en materia de seguridad con Europa, en especial en lo que atañe a la poca participación de Canadá en la definición de la estrategia europeo estadounidense para estabilizar la antigua Yugoslavia y la incierta transformación de la OTAN en los primeros años de la posguerra fría, el gobierno de Jean Chrétien continuó con el discurso de la “tradición atlántica” de la política exterior canadiense.159 Dicho discurso que desde la segunda guerra mundial había conducido a vincular la seguridad nacional de Canadá

155 Lloyd Axworthy, “NATO’s New Security Vocation”, $17 *, Vol. 47, No. 4, Invierno 1999, p. 20,

citado por Asteris Huliaras & Nikolaos Tzifakis, “Contextual Approaches to Human Security”, en . 8 , Vol. 62, No. 3, Verano 2007, p. 568.

156 Jasmin H. Cheung Gertler, “A Model Power for a Troubled World? Canadian National Interests and Human

Security in the 21st Century”, en . 8 , Vol. 62, No. 3, Verano 2007, p. 594. 157 Huliaras y Tzifakis, “Contextual Approaches to Human Security”, op. cit., pp. 567 568.

158 Desde luego para este gobierno existieron otros entornos geopolíticos cuya seguridad debía ser garantizada,

tales como Latinoamérica y el caribe, el Medio Oriente y Asía Pacífico. Sin embargo, ninguno fue valorado tanto en términos realistas como la seguridad atlántica ni vinculado tan directamente con la seguridad nacional canadiense. Canadá, DFAIT, % , op. cit., Resumen y Cap. IV.

159 Kim Richard Nossal sostiene una tesis distinta. Nossal sugiere que el discurso de la seguridad atlántica fue

abandonado durante el gobierno de Jean Chrétien. Su conclusión se entiende porque analizó la visión canadiense de la seguridad europea exclusivamente en términos de los vínculos con la OTAN. Su planteamiento habría sido distinto si hubiera tenido en cuenta también la relación con la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), las contribuciones a las operaciones de paz de Naciones Unidas en el continente y la profunda preocupación de este gobierno por la estabilidad política de Europa central y del este. Ante todo, no se puede olvidar la visión geopolítica de su documento de política exterior de 1995 en el que se establece que “La estabilidad europea continúa siendo la principal prioridad” en la construcción de la seguridad internacional. Kim Richrad Nossal, “Conclusion: The Decline of The Atlanticist Tradition in Canadian Foreign Policy”, en George

MacLean (ed.), ( * $ 0 ! 1 " A , 1 , Ottawa,

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con la europea, se había justificado no sólo por el hecho de que este país se concebía como una nación tan “atlántica” como “norteamericana”, sino también por su relación histórica con Reino Unido y Francia, que eran concebidos aún como “mother countries”.160 Esta

interpretación justifica que este gobierno haya concebido como un referente y guía ineludible de su seguridad nacional la Conferencia de Seguridad y Cooperación de Europa de 1990 cuya aproximación comprehensiva a la seguridad además hacía posible para este gobierno la defensa de los “derechos humanos, la libertad económica y la resolución pacífica de las disputas”.161

Desde luego esta interpretación de la relación con Europa no agota la totalidad del razonamiento realista que motivó la política de seguridad internacional de Canadá durante el gobierno de Jean Chrétien. De hecho, este gobierno defendió con particular insistencia una agenda realista de seguridad económica. Aparte de permitir comprender el conjunto del razonamiento realista de este gobierno, la precisión de esta agenda ayuda a descifrar el modo en el que el gobierno de Jean Chrétien tendió a contradecir sus creencias de principios y de causalidad ético liberales, en especial si se considerara la escasa compatibilidad entre la agenda de seguridad humana y la de la seguridad económica. En la siguiente sección se analiza el alcance y naturaleza del discurso de la seguridad económica de este gobierno.

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