Bauer y Karl Marx sobre cómo arreglar la situación política de los judíos alemanes en su tiempo. La solución en la que uno y otro se mueven es la de un Estado laico, aunque cada cual lo entiende a su modo, de ahí la polémica. Para Bauer, en efecto, la desconfesionalización no debe afectar sólo a las instituciones, sino también a los ciudadanos. No acepta que la religión sobre- viva, como «un asunto privado», por una razón teológica: la reli- gión es, de por sí, excluyente, por eso llevará esa exclusión a la sociedad y a la política que le den cobijo. Marx es menos radical en cuanto a la extensión de la desconfesionalización. No tiene inconveniente en reconocer que en un Estado laico, como el que defiende Bauer, el ciudadano puede seguir siendo creyente y no tiene por qué hacerse ateo. Las cosas cambiarían si en lugar de quedarnos en el campo de lo que él llama emancipación política (cuya figura jurídico-política es el Estado laico), pasamos al de la emancipación humana. Ahí ya no cabe la religión pero no por- que la religión sea en su substancia teológica excluyente, sino porque un ser reconciliado, como es el que Marx imagina en esa
emancipación humana, no necesita recurrir a una instancia com-
pensatoria como es la religión.
Entre ambos planteamientos hay una diferencia notable. Mientras que para Marx la religión es consecuencia o expresión de la miseria real, para Bauer la religión tiene entidad política propia. El cristianismo es capaz de una teología política que pro- duce efectos políticos. Por lo que sabemos de la historia de las religiones, obligado es reconocer que la religión pudo funcionar como ideología, en sentido marxiano, pero también sabemos que puede ser algo más. Carl Schmitt no andaba equivocado cuando
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decía que muchas categorías políticas son secularizaciones de lugares teológicos. La intuición de Bauer —que la religión tiene significación política propia y no sólo derivada— merece ser te- nida en cuenta.
Pero si La Cuestión Judía despierta hoy tanto interés es por- que es leída desde después. Al fin y al cabo, Marx y Bauer se mueven dentro de una estrategia asimilacionista y, como decía Levinas, el genocidio judío del siglo XX «ha acabado con la asi- milación». Leer este debate del siglo XIX desde la Shoah signifi- ca confrontar las tesis fundamentales del debate con el antise- mitismo y con el nacionalismo judío o, más concretamente, con la existencia del Estado de Israel. Bauer dispara por elevación al profesar un ateísmo militante. Marx se hace eco de muchos tópicos antijudíos, aunque difícilmente pueden traducirse sus afectos antijudíos en antisemitismo. Lo prueban su implicación pública y privada a favor de causas judías y su idea de universa- lidad, implícita en la emancipación humana, en la que se pue- den descubrir trazas del judaísmo. En cuanto a la dimensión nacionalista de la cuestión judía, el debate no denota sensibili- dad alguna. Al contrario, a Marx el nacionalismo se le represen- ta como la negación de la universalidad. En su estrategia no cabe el sionismo. La creación del Estado de Israel es un produc- to del sionismo, un movimiento opuesto no sólo al asimilacio- nismo, a la diáspora, sino también a esa singularidad de «la casa de Jacob» que ha inspirado el universalismo. Pero hemos visto cómo el sionismo fracasa en su pretensión de informar en exclusiva al nuevo Estado. La Shoah, que Ben Gourion había querido mantener a distancia, acaba siendo el centro identifica- dor del nuevo Estado, lo que equivale a decir que el ciudadano de Israel recupera la identidad dual clásica; por un lado, ciuda- dano de un Estado y, por otro, miembro del pueblo judío.
Alguien ha escrito que en el sionismo y en la diáspora esta- ban prefiguradas las dos formas políticas fundamentales, a sa- ber, el nacionalismo y el cosmopolitismo.50 Dos figuras podero- sas que acompañan al judío y que siguen ahí, inasimilables e inevitables, desafiando la reflexión política contemporánea.
50. Cf. Adrian Jmelnizky, 2007, «Diáspora y sionismo», en Reyes Mate y Ricardo Forster (eds.), El judaísmo en Iberoamérica, Trotta, Madrid, 257-279.
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