Sobre los abusos de Alejandro en la bebida
C o n v e r s a n Fil i n o, Pl u t a r c o y o t r o s
1„ La conversación trataba sobre eí rey Alejandro, en el sentido de que no es que bebiera mucho, sino de que em pleaba mucho tiempo en beber y conversar con sus ami gos. Pero Filino 113 les demostró que ellos decían tonte- e
rías, basándose en las Memorias Reales U4, en las que de modo muy continuo y frecuente aparece escrito: «está dur miendo este día a consecuencia de la bebida», y, a veces, «también el siguiente». Por ello, era más bien perezoso para las relaciones sexuales, pero fogoso y apasionado, lo que precisamente es propio del calor corporal. Y se dice, incluso, que de su piel emanaba un olor muy agradable, hasta el extremo de inundar sus túnicas de una fragancia aromatizante, lo que en sí mismo parece también ser pro pio del calor. Por ello, igualmente, los lugares más secos y cálidos de la tierra producen la canela y el incienso 115.
m íntimo amigo de Plutarco, y probablemente también de Quero- nea. Lo ha acompañado a algún viaje a Roma. Vegetariano, según se deduce de otras conversaciones de las Quaestiones convivales, defiende esta dieta hasta el extremo de haber educado a sus hijos en sus costum bres. Hombre polifacético y muy interesado por la teología, interviene activamente en D e P yth. orac.
114 Memorias recogidas por Éumenes de Cardia y Diódoto de Eritras. Sobre la forma de beber de Alejandro, nos informan At e n., 434B; El ia-
n o, Varia historia III 23, y Pl u t a r c o, A lejandro XXIII.
ns Las mismas ideas las expone P lu t . en A lej. IV, señalando como su fuente L os comentarios de Aristóxeno, filósofo y músico griego natu-
f Teofrasto 116 afirma, por cierto, que la fragancia se origi
na por cierta cocción de cosas húmedas, cuando por el calor se elimina lo perjudicial y superfluo. Y parece tam bién que Calístenes 117 se granjeó su enemistad, porque le desagradaba compartir su mesa a causa del vino puro, ya que incluso al llegarle la gran copa llamada de Alejandro 624A la rechazó, afirmando que no quería por beber de Alejan
dro precisar de Asclepio. Esto, en suma, en lo que toca a los abusos de Alejandro en la bebida.
2. Y afirman de Mitrídates 118, el que guerreó con los romanos, que en los certámenes que celebraba estableció premios para quien más bebiera y comiera, y que él venció en ambos, y que, en definitiva, era el que más bebía de los hombres de su época, por lo que llegó a apodársele Dioniso. Nosotros dijimos que esto, lo referente a la causa
ral de Tarento (ca. 350 a. C.), discípulo de Aristóteles y contemporáneo de Alejandro.
116 D e causis piantarum VI 16-8.
117 Calístenes de Olinto, sobrino y discípulo de Aristóteles, fue histo riador y filósofo (Di o d., XIV 117, 8). Acompañó a Alejandro en su cam paña asiática, de la que escribió un relato y, asimismo, una Historia de
Grecia en diez libros, de la que sólo nos quedan fragmentos. Su oposi
ción a la costumbre de prosternarse ante el rey acabó costándole la vida
(Ar r j a n o, IV 10-14). La anécdota referida en esta cuestión se encuentra, además, en Mor. 454E, y en At e n., 434D.
118 Mitrídates VI Eupátor (ca. 320-63), rey del Ponto, de gigantesca estatura, extraordinaria fuerza e insaciable apetito, jinete y arquero insu perable, hablaba las veintidós lenguas y dialectos de su reino. Fue un gran admirador de los griegos y cruel y maquiavélico con sus enemigos. Con el calificativo de Dioniso lo conocen también Ap ia n o, M itrídates
10; At e n., 212D, y Ci c e r ó n, P ro Flacco 60. De la cita de Ateneo parece
desprenderse que el apodo se debía, más bien, a que fue el liberador de Asia..
del apodo, era una de esas cosas que se creen a la ligera, pues cuando él era niño un rayo quemó sus pañales, pero no tocó su cuerpo; una señal del fuego simplemente le que dó en la frente, que él ocultaba bajo el cabello; y, ya de b
mayor, al caerle, de nuevo, mientras dormía, un rayo en su habitación, le pasó al lado y atravesó el carcaj colgado encima abrasando las flechas. Por ello, los adivinos revela ron que su fuerza principal radicaría en el ejército de arqueros e infantería ligera, en tanto que la gente lo deno minó Dioniso a consecuencia de los rayos recibidos por ambos en circunstancias similares 119.
3. Después de esto, la conversación recayó, de nuevo, sobre los que beben mucho. Entre ellos colocaron al púgil Heraclides, coetáneo de nuestros padres, a quien los ale jandrinos llamaban cariñosamente «Heraclidita» I20. Éste, como carecía de un compañero de bebida que le resistiera, invitaba a unos al aperitivo, a otros a la comida, a otros c a la cena y a algunos, por último, a una bacanal. Y cuan do se retiraban los primeros, los segundos se le unían, y así, sucesivamente, los terceros y cuartos. Y él, sin hacer pausa alguna, se las había con todos y soportaba hasta el fin los cuatro festines.
4. Y a uno de los que vivían con Druso, el hijo del César Tiberio, un médico que doblaba a todos a la hora de beber, se le cogió tomando previamente en cada oca-
119 Su madre, Sémele, fue fulminada por un rayo de Zeus, mientras tenía a su hijo en las entrañas.
120 E li a n o , Var. hist. XII 26, cita a un púgil del mismo nombre.
Sobre el apelativo «Heraclidita», típicamente femenino, cf. H. Bo l k e-
sión, para no emborracharse, cinco o seis almendras amar gas. Pero, privado de ellas y vigilado de cerca, no aguan taba ni lo más mínimo 121. Por cierto que algunos creían que las almendritas tienen la cualidad de irritar y puri ficar la carne, hasta el extremo de que incluso supri men las pecas de la cara. Por ello, cuando se toman pre viamente, con su amargor irritan los poros y causan una picazón por la que extraen de la cabeza la humedad evaporada.
A nosotros, en cambio, más bien nos parecía que la capacidad del amargor era desecante y disipadora de los líquidos. Por ello, para el gusto el amargo es el más desa gradable de todos los sabores (pues las venillas de la len gua, según afirma Platón I22, como son suaves y más débi les, se tensan contra lo natural por la sequedad al disiparse los líquidos) y las heridas cicatrizan con los fármacos amar gos, como el poeta afirma:
Y encima puso una raíz amarga,
analgésica, tras triturarla con las manos, la cual < todos los dolores le suprimió; la herida se secaba) y cesó la
[hemorragia 123.
En efecto, llamó correctamente desecante en poder a lo que es amargo para el gusto. Y parece también que las cremas de las mujeres, con las que eliminan el sudor, co mo son amargas para el gusto y astringentes, resecan gra cias a la intensidad de su aspereza 124.
121 Anécdota recogida por At e n., 52D-E, quien cita a Plutarco como su fuente. Sobre la propiedad de las almendras, cf. Dio s c ó r id e s, I 33,
2, y P lin ., His, nat. XXIII 145.
122 Parece referirse Plutarco al Tim. 65c ss. 123 II XI 846-8.
«En consecuencia, afirmé, siendo esto así, es natural que el amargor de las almendras ayude contra el vino puro al resecar las partes internas del cuerpo y no permitir que se dilaten las venas, con cuya dilatación y alteración, f
afirman, sobreviene el emborracharse. Y un gran testimo nio de mi afirmación es lo que ocurre con las zorras, pues si, tras haber comido almendras amargas, no beben, mue ren al abandonarles los líquidos por completo.»
CUESTIÓN SÉPTIMA 625A
De po r qué a los ancianos les gusta más el vino puro
Conversan P l u t a r c o y otros
Respecto a los ancianos se indagaba por qué prefieren las bebidas más puras. Sin duda, los que creían que era por poseer una naturaleza reseca y difícil de avivar por lo que se adaptaban a la dureza de la mezcla, expresaban, evidentemente, un punto de vista común y manido 126, mas ni suficiente para su explicación ni verdadero. Pues, en realidad, con las demás sensaciones les sucede lo mismo, ya que son lentos y tardos para percibir las cualidades de las cosas, si no les afectan con violencia e intensidad. Y b la causa es el debilitamiento de su naturaleza, pues al aflo jarse y debilitarse gusta de impresiones fuertes. Por ello, Bo l k e s t e in, A dversaría critica..., p á g s . 9 1 -9 2 , q u e a p o r t a u n b u e n n ú m e r o d e p a s a je s r e la tiv o s a l t e m a .
125 C f., a l r e s p e c to , T h . We id l i c h, D ie Sym pathie der antiken Lite- ratur, p á g s . 53-5 8 .
126 Así !o p l a n t e a n Ar is t ó t e l e s, P ro b l. Ined. II 36, y Ps e u d o- Ar is t ó t e l e s, Problem ata 9 5 3 b 3 0 .
en relación con el paladar, lo que mejor toleran son los sabores picantes, y su olfato experimenta algo semejante ante los olores, pues son los fuertes e intensos los que m a yor placer les provocan. Su tacto es bastante insensible a las heridas, pues a veces reciben golpes sin sufrir mucho. Y de manera semejante ocurre con el oído, ya que los mú sicos, conforme envejecen, componen en un tono más agu do y duro, como si despertaran su sensibilidad con el im pacto de un sonido fuerte. Pues lo que es el temple para c el hierro respecto a su filo, eso proporciona aliento al cuerpo respecto a su sensibilidad. Pero, cuando éste cede y se relaja, la sensibilidad queda indolente y terrosa y ne cesitada de algo que le golpee con violencia, como es el vino puro.