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llamada papiro. Luego se cortaban trozos parecidos a las hojas del papel actual, o bien, se formaban largas tiras que se arrollaban en forma de cilindros. En un principio, las tiras de papiro sólo estaban es- critas por una cara. Al extremo de dichas tiras, se ponía un bastón llamado "umbilicus" en el que se arrollaba el papiro formando rollos o libros que por los romanos llamaron "volumen" (por las vueltas que daba sobre si mismo en torno al “umbili- cus”). A partir de la época de Alejan- dro Magno, el uso del papiro en la escritura fue universal, hasta que desapareció por completo en el siglo XI.

También era usual escribir sobre pergaminos, pieles de ovejas, cor- deros, terneros, etc., preparados especialmente para escribir sobre ellos. El pergamino sustituyó al papiro poco antes de la era cristiana. Los pergaminos, a diferencia de los papiros, iban escritos por ambas caras y, una vez cosidos unos con otros, formaban una especie de libros de cuero llamados "códices". Otras veces se unían formando tiras que se arrollaban alrededor de un cilindro de madera, igual que los papiros. Más adelante, en la Edad Media, los monjes empezaron a hacer libros usando ya el papel que habían inventado los chinos, cuya fabricación y uso fueron introducidos en Europa por los árabes (en el s. VIII al invadir la Hispania visigoda).

De todas formas, antes de la inven- ción de la imprenta, era muy difícil confeccionar un libro, había que ha- cerlos uno a uno y escribir todo a mano. Por eso había muy pocos libros y sólo podían encontrarse en los monasterios, donde existían talleres para escribirlos, iluminarlos y ponerles las pastas. Algunas per- sonas de gran cultura y posibilidades económicas también se esforzaban en poseer libros. Se dice que el Rey Francisco I de Francia, un hom- bre culto y de espíritu renacentista, poseía una Biblioteca de 27 libros. En los albores del Renacimiento se produjo el más importante y definitivo avance para la vida de los libros: la aparición y genera- lización de la imprenta. Su invento se atribuye a Johannes G. Gutenberg. Aunque el hecho de imprimir textos existió mucho antes. Parece ser que el nacimiento de la imprenta se remonta a finales del siglo VI en China, cuando se reproducen por primera vez y de forma múltiple, dibujos y textos con la ayuda de caracteres de imprenta tallados en tablas de madera (xilografía). Se debe a los monjes budistas, que impregnaban de color las tallas en madera para imprimir con ellas sobre seda o papel de trapos. El primer libro impreso (un sutra budista con ilustraciones) dataría del año 868. Por lo que respecta a Europa, lo que si se sabe con certeza es que Gutenberg, asociado con Johann Fust, publicó la Biblia latina a dos columnas, en 1455, y perfeccionó en Estrasburgo el proceso de impresi- ón con tipografía móvil, dándole a los mecanismos de la imprenta un desarrollo considerable, hasta llegar a la prensa de rodillo. Con el co- mienzo del s. XVI se va generalizan- do con rapidez la impresión de todo tipo de obras. El año 1500 marca un hito importante de modo que los libros anteriores a la imprenta

inventada por Gutenberg, que se imprimían a mano con planchas xilográficas (imágenes grabadas en madera) y con las tipográficas en caracteres móviles, constituyen el conjunto de los llamados "libros incunables" (los nacidos en la “cuna” de la imprenta aproximadamente entre 1440 y 1500), que todavía hoy se venden y se compran a precios muy elevados.

Actualmente se han venido usando modernas rotativas, que consiguen imprimir grandes rollos de papel en muy poco tiempo. Luego se cortan en hojas, se encuadernan y resultan los libros, que se distribuyen por millares. Recientemente, con la apa- rición de la informática, el arte edito- rial se ha simplificado y acelerado, y en consecuencia, acceder a los libros es ya una posibilidad al al- cance de cualquier persona que lo desee.

Así pues, la evolución del arte de imprimir ha hecho que la humanidad pueda conservar y difundir sus cono- cimientos y sentimientos a través de las páginas impresas de los libros, que hoy constituyen objetos indis- pensables en la vida cultural de los pueblos civilizados, no sólo porque son instrumentos esenciales del que- hacer intelectual, sino también por- que en ellos está concentrado todo el saber de las distintas épocas y culturas.

En el siglo XVIII aparece una forma muy peculiar de acercar los libros al pueblo: la literatura de cordel y muy poco después los periódicos más populares incluían los “folletines”,

unas páginas coleccionables con las que se formaba una novela. Con estas “entregas” se consiguen muchas más personas lectoras. De esa forma, ya desde comienzos del siglo XX puede afirmarse que el libro es una necesidad social de la población. A título de anécdota, señalaremos que, justo en el año 1900, una novela inglesa consiguió vender 600.000 ejemplares. A partir de este momento el libro es ya, definitivamente, una parte funda- mental del escenario de la cultura, y adquiere dimensiones de los medios de masas, tanto por su amplia pre- sencia como por las características del público lector.

Entonces habrá