Capítulo II. La deliberación y lo político 41
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al mismo sentimiento y tal parece que los mitileneos no la tuvieron al atacar a Atenas; el gusto por la elocuencia deberá ser aprovechado en momentos de poca trascendencia y no cuando se debaten asuntos que ponen en peligro la ciudad y, el tercer sentimiento, la clemencia, sólo se debe otorgar a quienes tengan la intención de seguir siendo amigos en el futuro y no a aquellos cuya enemistad no cede nunca (Th. III, 40, 1‐3). La conservación del imperio es el fin del discurso de Cleón y el medio para conservarlo es el castigo severo a la defección de los mitileneos, pues sólo así se garantizaría que ninguna otra ciudad se atreviera a cometer defección.
Por su parte, Diódoto, quien es el que más hace explícita la necesidad de mirar al futuro, comparte el mismo fin de mantener el imperio, pero por medios diferentes al castigo a muerte del demos mitileneo. Para Diódoto el demos mitileneo nada tuvo que ver con la defección, pues tal sublevación fue planeada por el partido oligárquico. Por motivos utilitarios, Diódoto no apoyará la pena de muerte alegando que tampoco garantiza que no se cometan los delitos en el futuro. Lo que se debe hacer es establecer cierta vigilancia antes de que se generen las rebeliones y tomar las medidas necesarias para que esa idea no nazca en los ciudadanos. Pero en el caso de que no se pueda evitar, se deben castigar al menor número de personas. No deben ser castigados todos los mitileneos porque el demos es favorable y porque no participa de las rebeliones o es forzado por los aristócratas. Por ello, se deben buscar las alianzas con el demos y castigar a los aristócratas. Ese demos fue el que, reunido en asamblea, entregó la ciudad y declinó su afán de seguir en los combates. Para el mantenimiento del imperio es mucho más útil sufrir una injusticia que aniquilar con justicia a aquellos cuya destrucción lo convierte en enemigo (Th. III, 45‐47).
Dos reuniones de la Asamblea sirvieron para discutir sobre la defección de Mitilene. En la primera Cleón le ganó a Diódoto con su propuesta de asesinar a los hombres y esclavizar a mujeres y niños, se envío un trirreme para avisar a Paques esta decisión, pero en una segunda reunión del demos ateniense, gana el discurso de Diódoto de no castigar al demos mitileneo sino solamente a los que participaron de la rebelión. Sin embargo, esta victoria de Diódoto no fue fácil. Tucídides nos cuenta que las opiniones de los asistentes a la Asamblea se dividieron en partes casi iguales. Gracias a la votación a mano alzada (χειροτονία) se facilitó el conteo, se envió otro trirreme para que se adelantara a la otra y llevara a tiempo el decreto (ψήφισμα) que anulaba la decisión de llevar a cabo la destrucción de la ciudad.
2.3. Deliberación y tragedia
El demos mitileneo sobrevivió al cruel decreto (ψήφισμα) que logró Cleón en la primera Asamblea, pero no corrió con la misma suerte el demos de Torone. Nos dice Tucídides que el demagogo logró persuadir a los atenienses para poder zarpar rumbo a la costa tracia con mil doscientos hoplitas y trescientos jinetes, un contingente de tropas aliadas y treinta naves para reducir a la esclavitud a las mujeres y niños toroneos (Th. V, 3,4). La guerra cada vez fue más
cruel, pero en el 404 a.C. Atenas fue derrotada. El fin de conservar el poder del imperio se esfumó. ¿Pudieron Cleón y Diódoto prever la derrota de Atenas? ¿Pudieron preverla los ciudadanos que participaron en la Asamblea donde se debatió la defección de Mitilene? Estas preguntas podrían ser formuladas también para personajes de obras trágicas como Agamenón: ¿Pudo prever Agamenón su desafortunado final en manos de Clitemnestra por haber asesinado a su hija Ifigenia? ¿Podrían haberlo previsto Pelasgo, Edipo o Creonte? Sin embargo, a diferencia de una deliberación pública, en la tragedia, el terrible final debe ocurrir. Ningún orador ni los asistentes a la asamblea desean un mal para sí mismos. En cambio, los espectadores de las tragedias sí esperan que la ceguera del héroe trágico tenga repercusiones dolorosas o que se den accidentes no previstos. En la tragedia el destino (moira) se alienta con las decisiones de los héroes aunque estos no deseen un mal para sí mismos. En la asamblea, no se habla de destino, el principio de las acciones es el hombre mismo y el principio de toda acción es precisamente la negación de un futuro inexorable. Se delibera porque no es evidente el futuro, porque éste debe ser construido por el hombre y porque se quiere bien construido. Para Aubenque (2010), la teoría del discurso deliberativo implica pensar en la eficacia de la deliberación humana, presupone la contingencia de los futuros, en el sentido en que si estos estuvieran escritos o determinados de nada valdría que los hombres deliberaran. El silencio sería lo característico del hombre y no la palabra deliberante.
Si deliberamos sobre lo futuro, es porque para nosotros está oculto, y el hecho de tener que deliberar es, en absoluto, una imperfección. Pero nuestra deliberación no es solamente la laboriosa búsqueda de un saber que nos escapa; no se limita a suponer un futuro que solamente sería conocido por los dioses y los adivinos, así como los estrategas de salón evalúan las posibilidades de un combate del que no participan. La deliberación consiste en combinar medios eficaces con vistas a fines realizables. Esto significa que el futuro nos está abierto. Si el hombre respecto al futuro puede tener una actitud no solamente teórica sino también decisiva, si no solamente un θεωρὸς τοῦ παρόντος, sino un κριτὴς τῶν μελλόντων es porque él mismo es un principio de los futuros, ἀρχὴ τῶν ἐσομένωον (2010, 169‐170).
La contingencia de los futuros plantea peligros imprevistos. Es cierto que los atenienses no contaban con el poder de un enemigo invisible como la peste, que mermó en grandes proporciones a la población, pero lanzarse a la guerra y cometer deliberadamente actos tan crueles justificados por discursos apasionados como los de Cleón, convirtieron la política en un asunto manejado con una oratoria que mira más al pasado que al futuro, la forense. Una mirada corta o un cegamiento hacia lo futuro se producen cuando se utiliza un género discursivo equivocado. Esto es lo que ha denunciado Diódoto en relación con las palabras de Cleón. Por ello, a nuestro modo de ver es importante la tarea de teóricos como Anaxímenes y Aristóteles de establecer claras diferencias entre los géneros discursivos y, más aún resulta importante comprender adecuadamente qué es la deliberación, qué es una buena deliberación y cómo se relaciona con la acción en el ámbito político.
En el Leviatán, Hobbes inicia su exposición sobre la prudencia –también llamada previsión o providencia– diciendo que hay veces en que el hombre desea conocer el resultado de una acción y por ello, «piensa en una acción parecida y en los resultados sucesivos a que esto dio lugar, en la suposición de que resultados semejantes se seguirán de acciones semejantes» (I, 3, 30). Es así como se puede prever el fin de un criminal recordando lo que les ha sucedido a
58 otros criminales en el pasado: castigo, juez, patíbulo, etc. En el debate de Mitilene ocurre algo similar, Diódoto en su discurso se opone a la pena de muerte de los mitileneos porque ve en ella una medida inocua. Dice lo siguiente: «Lo cierto es que en las ciudades la pena de muerte está establecida para muchos delitos, incluso no iguales a éste, sino de menor gravedad; y, sin embargo, impulsados por la esperanza, los hombres se arriesgan, y nunca nadie ha tomado la senda del peligro con la idea de que se condenaba a no triunfar en su proyecto» (Th. III, 45,1). Hobbes nos dice también que la prudencia se obtiene con la experiencia de cosas pasadas, las cuales sólo existen en la memoria y que las cosas futuras, las que están por venir, no tienen existencia alguna, puesto que el futuro es una ficción creada por la mente cuando, sin certeza absoluta, atribuye a las acciones presentes las consecuencias que se siguieron de las acciones pasadas. Un hombre es prudente cuando sus expectativas coinciden con los resultados o cuando logra por su propia voluntad que las cosas ocurran como las deseó. Al primer tipo de prudencia se le llama presunción, al segundo, providencia, y sólo de éste proviene de manera sobrenatural la profecía. La prudencia es presunción de cosas futuras, que se forma por la experiencia del pasado, pero también hay presunciones de cosas del pasado, que tienen el mismo grado de incertidumbre de las conjeturas sobre el futuro y adquiridas por la experiencia de otras cosas pasadas. Hobbes ilustra lo anterior con el siguiente ejemplo: «Quien ha visto por qué caminos y etapas ha llegado una nación floreciente a la guerra civil, de ahí a la ruina, cuando vea la ruina de cualquier otra nación, deducirá que ésta ha padecido una guerra civil similar y ha seguido un curso semejante»(I, 3, 31). En su discurso Cleón podemos encontrar este tipo de presunción:
Suele ocurrir que aquellas ciudades a las que alcanza plenamente y por poquísimo tiempo una prosperidad inesperada se inclinan a la insolencia; […] Los mitileneos, ya desde mucho tiempo, no debían haber recibido de nosotros en ningún aspecto un trato diferente a los demás, y así no se hubieran insolentado hasta este punto; pues en este caso como en los otros la naturaleza lleva al hombre a despreciar a quien lo trata con respeto y a reverenciar a quien lo hace sin concesiones (Th. III, 39, 4‐5).
Los hombres no sólo desean conocer el resultado de su acción también desean que ese resultado sea conveniente y útil. Aunque también se hable de destino, en la tragedia se puede ver la preocupación del héroe por actuar correctamente evitando el infortunio. Esto lo pudimos ver en el primer capítulo cuando tratamos Las suplicantes de Esquilo. Pelasgo, en su deseo de ser un buen rey somete a deliberación pública la decisión de acoger a las danaides. Su preocupación radica en la acción correcta y su temor por el destino como lo muestran los versos 379‐380: «No sé qué hacer; el miedo me domina. ¿Obrar? ¿No obrar? ¿O tentaré el destino?» (ἀμηχανῶ δὲ καὶ φόβος μ᾽ ἔχει φρένας δρᾶσαί τε μὴ δρᾶσαί τε καὶ τύχην ἑλεῖν). En el mundo homérico, un personaje como Aquiles, sabe que la vida humana está sometida a lo inexorable, pero, a pesar de ello lo acepta, se atreve a deliberar aunque no cambie nada (Castoriadis, 2006, 116). Así parece ser el mundo de un héroe como Agamenón.
En Agamenón, el poema que se entona junto con el corifeo (A 40‐258) tiene un proemio (40‐ 103) que narra la larga expedición guerrera de los Atridas Agamenón y Menelao contra Troya, pero también indaga sobre las razones de Clitemnestra para celebrar sacrificios. En esta párodos encontramos un canto a Zeus, dios que convirtió en doloroso el paso de la sabiduría a
la prudencia. Sin duda, este es el momento más importante de la obra, pues la decisión de Agamenón de sacrificar a Ifigenia plantea serios problemas éticos. Dentro de la párodos encontramos seis estrofas y seis antístrofas y un mesodo (A 104‐258) que recuerdan la profecía de Calcante, narran la inacción del ejército argivo y la terrible disyuntiva en la que se encuentra Agamenón:
(…)
Cruel es mi destino si no cumplo, pero también cruel si degüello a mi hija, de mi hogar la alegría,
y con un chorro de sangre virginal yo mancho junto al altar estas manos de padre.
¿Cuál de las dos opciones está libre de males?
¿Y cómo puedo abandonar mi escuadra Traicionando así mis alianzas?
(…) (A 206‐213).
En la antístrofa citada se revela no solo las crueles consecuencias que traería tomar cualquiera de las dos opciones, sino la contradicción entre la esfera privada (oíkos), y la esfera de las alianzas políticas. Según las palabras del Coro, Agamenón debe elegir entre seguir siendo padre o seguir siendo rey. Conservar la vida de su hija o conservar el liderazgo político que servirá para llevar a cabo con éxito la expedición que vengará la ofensa de Príamo. Agamenón debe decidirse necesariamente por una de las dos opciones. Es necesario entonces que el rey atrida se mantenga en su compostura o moderación (sophrosyne) para ser prudente (φρόνησις). En este caso no se podría definir la prudencia a la manera de Aristóteles, es decir, como una de las virtudes intelectuales que permite al hombre deliberar correctamente sobre lo que es bueno y conveniente para sí mismo y vivir bien (EN VI. 5, 1140 a 25 y ss.), porque lo que dice el Coro permite pensar en que no hay posibilidad de elegir algo bueno en lugar de algo malo, sino que, a lo que se enfrenta Agamenón, es que todas las opciones podrían traer males futuros. En dicha elección se generarán diferentes pasiones encontradas como el temor a las consecuencias, la ira y la indignación por lo injusto que son los dioses, la compasión por su indefensa hija, la vergüenza de ser un padre que asesina a su hija y al mismo tiempo la vergüenza de no poder comandar su ejército en caso de no ir a Troya. La definición que ofrece Aristóteles de la tragedia capta este sentido:
[…] la tragedia no es representación de los hombres sino de la acción, de la vida, de la felicidad y de la desdicha. La felicidad y la desdicha, empero, se dan en la acción, y el fin consiste en cierta especie de acción, no en determinado carácter. Los individuos son lo que son por su carácter, pero son felices o lo contrario por sus acciones. No actúan, por tanto, para representar caracteres sino que éstos son presentados a través de las acciones (Po. 1450 a 15‐ 22).
Teniendo en cuenta lo anterior, la tragedia es, como afirma Rodríguez (1997b, 157), enseñanza al pueblo, pues recomienda la sophrosyne, templanza y prudencia. Agamenón no es la excepción, a pesar de que los espectadores conozcan ya la historia del Atrida van al teatro para colocarse en el lugar del héroe cada vez que la ven, para pensar su vida y acciones que, según
60 la filosofía imperante, parece siempre adversa, es decir, una vida en la que se puede estar en cualquier momento ante una decisión cuyas opciones no están libres de males e infortunios. Agamenón representa un conflicto entre dos actos igualmente crueles. Vemos a un personaje que elige un «mal menor» que traduce en el sacrificio de su propia hija para conseguir los vientos favorables a la expedición militar, pero que no prevé las consecuencias nefastas que vendrán de su propio oikos una vez regrese de Troya. Sin saberlo, Agamenón es víctima del infortunio. En el agón con Clitemnestra, muestra su temor a la envidia de los dioses si pisa esa alfombra bordada y de color púrpura, pero nunca se imaginó que ese paso era hacia su muerte (A 915‐974).
Pero, ¿cómo estar a salvo del infortunio? En la Antígona de Sófocles se da un complejo conflicto en el ámbito de la sociedad democrática. Antígona versa sobre la deliberación y la decisión moral. Sus dos protagonistas, Antígona y Creonte, han encontrado una forma de evitar conflictos en las decisiones prácticas. Para la primera es importante la ética de la casa, de la familia y de la sangre. Para el segundo, la ética imperante es la de la polis, la razón de Estado. Estas dos éticas entran en conflicto, lo cual lleva a los espectadores a profundas reflexiones sobre lo conveniente obligándolo a quedarse con uno de los modelos o criterios, pero al mismo tiempo, lo hace consciente de que no sabe con cuál quedarse, puesto que las razones de lado y lado son igualmente válidas y elegibles.
Creonte representa la ética del Estado, su actuar siempre está en función del bien de la ciudad, no de los amigos ni parientes. Comprende lo valioso que es la prudencia para conducir la deliberación y la elección de lo mejor. Estas son sus palabras:
No hay medio de conocer el espíritu, pensamientos y puntos de vista de hombre alguno antes de que se aclare en contacto mando y las leyes. En efecto, por lo que a mí toca, sostengo ahora y antaño que todo aquel que, dirigiendo una ciudad, no se aferra a los mejores planteamientos, sino que por el contrario, mantiene cerrada la boca por miedo a algo, es el más vil. También a todo aquél que considera a un amigo más importante que a la propia patria, a ese no lo tengo en cuenta en parte alguna (Ant. 175‐183).
Para Creonte la única familia es la ciudad, la polis. Esta es comparada con un barco que ofrece protección a sus pasajeros (Ant. 180‐190). La ciudad, representada como embarcación es el único medio que aleja a sus ciudadanos de la adversidad de la naturaleza y el azar. Por ello, los criterios que subyacen a toda deliberación y decisión deben estar acordes con el bien de todos los que van en ella. Esa necesidad de suprimir el azar es lo que Martha Nussbaum tratará en su libro La fragilidad del bien. Para Nussbaum (1995), esa eliminación del azar va a requerir toda una tecnología moral, una tecnología de la razón práctica, una excelencia de la deliberación que exige prudencia. El criterio de la razón de Estado es para Creonte la moneda con la cual asegurará la rectitud de todas las deliberaciones. Pero el ámbito de las acciones humanas es más complejo. Sólo hasta la muerte de su hijo y de su esposa reconoce que hay valores que no tuvo en cuenta y de ahí su desgracia. Descubrió tarde que su moneda no tiene el mismo valor frente a otros aspectos de la vida, los vínculos del amor familiar y la amistad (Ant. 1907). Por su parte, Antígona representa, como ya dijimos, una ética distinta, la de la familia. Ésta acompaña todas sus deliberaciones y en torno a ella organiza su vida. Pero su visión también
es unilateral, pues conduce a subordinar la norma y la ciudad al amor (philía). Se rebela contra lo establecido, pero al hacerlo niega la polis y con ello toda posibilidad de realización de honras fúnebres, pues sin ciudad no hay ceremonias.
Para Nussbaum, Antígona es una de las tragedias más interesantes porque representa la complejidad de valores que subyacen a la vida social y política. Advierte que en esta obra existe una imposibilidad de encontrar una estrategia práctica que asegure al ser humano la felicidad y el acierto en la vida. La tragedia griega nos muestra una existencia humana siempre al borde del filo de la fortuna, pero que intenta por varios medios mantenerse inmune a ella. ¿Puede la retórica ser una nueva «apuesta tecnológica» para alejar el infortunio? Según Dupréel (1980), para Gorgias la retórica era la «verdadera filosofía», los efectos útiles de la deliberación o confrontación de discursos múltiples y discordantes no se traducían en la adquisición de un conocimiento sobre los fenómenos naturales o el contacto con las cosas, sino en un saber más precioso para la vida de los hombres y para el bien de las ciudades, se trata de los debates políticos con los que se obtienen las soluciones y decisiones oportunas, los debates judiciales que hacen descubrir el bien y la justicia al diferenciar al culpable del