1.4. Reconstruir lo virtual
1.4.3. Describir lo virtual La cartografía deseante
Desde una perspectiva que, al igual que la descripta en el apartado anterior, coloca en segundo plano las dimensiones físicas espaciales y temporales de los materiales de investigación, centrándose en las relaciones y en los flujos que los constituyen, mediante la inmersión o inscripción del investigador en el objeto de estudio que intenta describir, es decir, la implicación personal en el movimiento y en el flujo de las relaciones como modo de aproximación a su comprensión cabal, se propone como método de abordaje de las relaciones sociales la construcción de una cartografía deseante (Perlongher, 2008), concepto inspirado en la reelaboración y adaptación de la propuesta de la cartografía esquizoanalítica de Félix Guattari (1996).
La base de este planteo - que parte de la consideración de lo social como un conjunto de relaciones, configuraciones, deseos y articulaciones siempre colectivas - es la negación de la posibilidad de describir cualquier fenómeno social desde una mirada que se ubica a sí misma en la posición de observador externo, y la postulación de la necesidad de la inscripción personal del
observador en los movimientos, flujos y derivas que se configuran permanentemente.
Si bien estos planteos no surgen específicamente como reflexiones en torno a lo virtual, en estudios posteriores de autores inscriptos en esta perspectiva (Guattari y Rolnik, 2006; Sibilia, 2008 y 2009) se ha considerado la configuración contemporánea de nuevas relaciones con las tecnologías digitales de comunicación y la apertura de entornos virtuales de interacción como elementos centrales para la reflexión sobre las nuevas modelizaciones de la subjetividad, la comunidad, la política y la representación. Es decir, que se le confirió a las relaciones con las tecnologías y a la construcción de virtualidades no sólo la característica de tratarse de un tema históricamente contemporáneo y sin precedentes, sino que su valoración y consideración a la hora de analizar la vida social contemporánea desde diferentes enfoques fue considerada ineludible. Tomando la definición de virtualidad propuesta por Deleuze – definida por diferencia a lo posible, como campo problemático de elementos, relaciones y articulaciones, que se configura provisoriamente en cada actualización en el orden del acontecimiento – Guattari señala como una de las tareas más urgentes para la refundación política de los valores sociales, que aparte a éstos de la concepción moderna del sujeto autocentrado y se enfoque en lo colectivo, el desarrollo de una ecología de lo virtual, la cual en opinión de este autor es tan necesaria como las ecologías del mundo empírico (Guattari, 1996). Para la elaboración de ésta es pertinente tener en cuenta todo lo concerniente al mundo social de una comunidad - la cultural, la familia, los afectos, las relaciones de poder, el tiempo y el espacio, el arte, las relaciones con la naturaleza, entre otros. No se trataría sólo de que todos estos elementos puedan ser narrados, hablados, puestos en discurso y analizados como tales, sino que la propuesta es realizar un abordaje que no se limite a interpretar las producciones discursivas sino que busque inscribirse en el sentido construido y en lo que interfiere o posibilita las cadenas de producción de sentido, en las fisonomías, las conformaciones espaciales y temporales, los ritmos, la cotidianidad, siempre desde una posición no de observador externo sino de elemento inscripto en lo que se observa. Todo ello es material de referencia de un cartografiado cuyo fin es producir sentidos posibles que sirvan para captar los puntos de singularidad de una situación (Id., 1996).
Por su parte, Perlongher (2008) describe la construcción de lo que llama cartografía del deseo o deseante, poniendo el acento en el movimiento en que ésta se inscribe y del que el investigador
captar para fijar, para anquilosar, para congelar aquello que explora, sino que se dispone a intensificar los propios flujos de vida en los que se envuelve, creando territorios a medida que se los recorre. El mapa resultante, lejos de restringirse a las dimensiones físicas, geográficas, espaciales [...] ha de ser un mapa de los efectos de superficie (no siendo la profundidad, con
Foucault, más que un pliegue y una arruga de la superficie)” (Perlongher, 2008: 65).
Entonces, el objetivo de la cartografía deseante no sería establecer un punto fijo de mirada que constituya el eje central de referencia, sino una serie de derivas por diferentes enfoques y posiciones, que permita captar los flujos que construyen un territorio independientemente de su materialidad, aunque sin ignorarla. La descripción resultante, similar en algunos puntos a la descripción densa del método etnográfico, no pretende configurar una copia del conjunto de relaciones sociales estudiado, sino el registro de su funcionamiento en tanto práctica dentro de su propio movimiento (Id., 2008).
El sujeto, desde esta perspectiva, no se explora intentando establecer su centro, su ubicación exacta respecto a consideraciones variables y su estabilización identitaria en las mismas, sino que se atiende a las conjunciones y encuentros, a las relaciones que establece y que lo configuran y a la movilidad de los flujos en que se inscribe. Lo que caracteriza al sujeto, entonces, es su exterioridad, sus superficies de contacto. En consecuencia las subjetividades no se abordan desde este enfoque en tanto esencias fijas y estables, sino formas de ser en este mundo, cuyos contornos elásticos cambian al ritmo de las diversas tradiciones culturales.
Desde una perspectiva que concibe al sujeto no por su interioridad sino por su exterioridad y puntos de contacto, esos cambios tecnológicos que ocupan un lugar central en los imaginarios actuales, son inseparables del haz de contactos y confluencia de relaciones y articulaciones que constituyen al sujeto y la comunidad (Sibilia, 2008). Cuando ocurren cambios en las posibilidades de interacción, en las expectativas culturales, en la mirada del otro y sobre el otro, la experiencia del sujeto también cambia y su configuración se juega en una dinámica abierta, múltiple y compleja (Id., 2008).
Si bien las perspectivas desarrolladas en este último apartado hacen referencia específicamente a los cambios introducidos de modo extenso y global por las nuevas tecnologías de la información, especialmente internet, en la conformación social de los sujetos y la comunidad, esto no implica que estos cambios sean considerados uniformes ni universales, sino que se tiene en cuenta no
sólo que existe una importante franja de sujetos que no son usuarios de esos medios técnicos, sino que entre quienes si tienen acceso a ellos las experiencias se dirimen de maneras muy diferentes, de acuerdo a los cambios culturales antes referidos y a las estructuras de poder imperantes, aunque no por ello se considera que quienes no tienen acceso empírico al consumo y uso de ciertos equipos o servicios tecnológicos queden por fuera de los imaginarios que dan sentido a las lógicas de valor y centralidad atribuidas a las tecnologías y que las constituyen en tanto factor relevante en los procesos identitarios contemporáneos22.
En definitiva, se propone la cartografía deseante como la posibilidad de trazar líneas múltiples, entrecruzadas, que se inscriban en el flujo de las relaciones y las existencias mismas de grupos y de individuos. La habilidad específica del cartógrafo deseante consiste en dar cuenta de esas conexiones de flujos múltiples, señalar puntos de pasaje y de articulación (Perlongher, 2008).
22 Es el caso de los textos de Sibilia, Hine, Guattari y Leung, donde explícitamente se hacen menciones a la
parcialidad que revisten este tipo de análisis sobre nuevas prácticas culturales introducidas o posibilitadas por las TICs, en vista de la existencia de una franja de sujetos y sujetas que se encuentran excluidos de estas prácticas por no tener acceso a los requisitos técnicos de equipamiento y conectividad que les permita construir experiencias virtuales.