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Descubre la inteligencia del corazón

QUINTA PARTE

39. Descubre la inteligencia del corazón

EL DALAI Lama siempre dice que su religión es la afabilidad. En 1989, durante una conferencia internacional, tuve la oportunidad de entrevistar a Su Santidad y preguntarle sobre la salud y la sanación. Sabía que él era un hombre muy instruido y me habían dicho que le preguntara sobre ciencia y medicina, pues el conocimiento budista podría ofrecernos alguna visión nueva. Estaba nerviosa. Aterrada, creo que sería la palabra más adecuada. ¿Qué pasaría si me ponía en evidencia o si violaba algún protocolo importante? Pero el miedo se evaporó tan pronto como él entró en la sala. Sus gentiles ojos y su sonrisa de mil vatios atravesaron las nubes de preocupación y alcanzaron mi centro de paz. En su presencia me sentí totalmente tranquila. Pude sentir su atención, su respeto y su amor por mí, una desconocida. Entonces prometí que transmitiría a los demás el respeto y el cariño que había sentido provenientes de él.

Su Santidad suele decir que descuidamos la importancia del afecto. Aunque proseguimos avanzando en nuestros estudios sobre el cerebro y el intelecto, nos

olvidamos del corazón. El resultado es que nuestro saber tecnológico y científico se vuelve destructivo. Tenemos inteligencia mental, pero nos falta la inteligencia del corazón. Podemos enviar un cohete a la Luna, y sin embargo, aquí en el planeta Tierra, despreciamos a una persona sin hogar que vive en la calle donde tenemos nuestro apartamento.

Yo vivo en la opulenta localidad de Boulder, Colorado. Pero incluso allí hay mujeres maltratadas, adictos, personas que están trastocadas y familias a las que la buena suerte ha abandonado. Un día estaba paseando por un bonito centro comercial al aire libre cuando un mendigo con barba y ropa harapienta de más o menos mi edad se me acercó. De pronto me vino el pensamiento crítico y me di cuenta de que estaba pensando: «¿Por qué no se busca un trabajo?». Entonces recordé a Su Santidad y cómo me había tratado y respetado De modo que en lugar de salir disparada a hacer mis recados, decidí dedicar unos minutos a aquel mendigo y preguntarle qué le había pasado en la vida para llegar a tener que pedir dinero por la calle en un duro día de invierno.

Se llamaba «John». Nos sentamos en un banco y me dijo que en 1960 se había alistado para ir al Vietnam. Entonces tenía dieciocho años, era valiente e idealista. Quería servir a su país. La mayor parte de su batallón fue aniquilado en una sangrienta emboscada; la sangre de su mejor amigo caía a borbotones sobre el suelo de la jungla mientras John le aguantaba la cabeza entre sus brazos y lloraba.

Hubo un largo silencio. Como terapeuta, pensaba en lo difícil que ha de ser recuperarse de semejante tragedia, en cómo las películas de terror internas deben de estar proyectándose una y otra vez y robándole la vida a la persona. Nosotros llamamos a esto «trastorno por estrés postraumático». Conocemos parte del proceso químico del cerebro en esta enfermedad, pero todavía queda mucho camino por recorrer para tratarlo.

Le pregunté si se había sometido a un tratamiento. Me dijo que todavía estaba en tratamiento, lo iniciaba y lo dejaba, pero que no le había servido de mucho. Vivía solo, acampando como un nómada en las montañas, y rara vez bajaba a la ciudad. Ese día era uno de esos en los que iba a mendigar para comprar algunas cosas básicas para su supervivencia. Me miró con una irónica sonrisa; los vestigios de un rostro joven atractivo todavía se dejaban ver a través de las capas de fatiga, horror y corazón destrozado que le habían torturado durante treinta y cinco años. En ese momento, vi a mis dos hijos, Justin y Andrei. Este hombre también era el hijo de alguna madre.

Durante un momento nos cogimos las manos y nos miramos a los ojos, dos seres humanos sentados en un banco. ¿Qué podía decir? «Lo siento mucho. Lo siento mucho.» En ese momento, cuando nuestros dos corazones se unieron, compartimos el sacramento de la paz.

No he vuelto a ver a John en el centro comercial, pero sigue estando conmigo. A veces, cuando me doy cuenta de que me estoy quejando por estar demasiado ocupada, pienso en sus dulces ojos y en lo que han visto. En ese momento de compasión, de inteligencia del corazón, brota mi gratitud. Yo tengo una vida. Es una maravillosa oportunidad para aprender y amar, para dar y recibir. También he tenido mi ración de sufrimiento, pero John ha tenido mis que yo. Me hace sentirme humilde y ver mis problemas objetivamente. La compasión es el gran ecualizador. No siento piedad por John. Tal como dice el escritor Stephen Levine, la piedad es cuando tu miedo alcanza el sufrimiento de otra persona, pero la compasión es cuando tu amor alcanza el sufrimiento de otra persona. La piedad te deja herido y vacío. La compasión te deja pleno y en paz.

Dedica esta semana a descubrir la inteligencia de tu corazón. No tienes que sentarte al lado de una persona que sufre y preguntarle sobre la historia de su vida. Basta con que sepas que tiene una historia. La mayoría se han enfrentado a la vida con todo el valor que han podido y de la mejor forma que han sabido, dadas su historia y sus circunstancias. Merecen tu comprensión y tu respeto.

Mientras te dedicas a tus ocupaciones esta semana, piensa en todas las personas que ves durante el día como seres humanos iguales a ti, que intentan hallar paz y felicidad, igual que tú. Cuando tu corazón se abra un poco, podrás sentir tu centro de paz, tu cuerpo y tu mente se relajarán y la compasión te ayudará a calmarte y a reencontrarte a ti mismo.