ESTUDIOS SOBRE LA FILOSOFÍA MODERNA
1. SPINOZA: UNA MORAL DENTRO DE LA NATURALEZA
1.1. El dios reformado
Spinoza empieza su Ética a la manera de un manual de catequética judía, criticando la idea tradicional de dios. A ello contribuye la exigencia de seguir el camino deductivo y geométrico iniciado por Descartes. Para Spinoza, dios es la primera idea, de la que resulta necesariamente la trabazón de todo el sistema. Spinoza sienta ante el tribunal de la filosofía tanto al dios judío como al dios cristiano. El dios cristiano es el heredero del dios filosófico griego más que del Yahvé judío. El cristianismo rescata de éste la capacidad creadora y pone en escena un dios híbrido, que es infinito, suficientemente alejado de los hombres, pero al mismo tiempo, creador y conservador del mundo. Se trata, por tanto de un ser libre, creador, eterno o, con más precisión, trascendente al tiempo y el espacio y que gobierna a su arbitrio el reino de la creación.
Contra un dios adornado con estas características, Spinoza afila sus críticas. El dios de Spinoza está calcado sobre las exigencias de un mundo racional. Si el mundo obedece leyes determinísticas, que pueden ser identificadas por la ciencia, tiene que surgir de un dios que no se complace en lo maravilloso y en lo insólito. Dios, por tanto, no puede ser ese señor arbitrario que puede crear a su antojo o modificar sin escrúpulos la realidad. El mundo, por ser necesario, tiene que surgir de dios como causa necesaria y no como causa libre. Dios no puede ser una causa trascendente, sino inmanente, situada al interior de la realidad física (I.Prop.18).
La voluntad de dios la reconstruye Spinoza de acuerdo a las exigencias de la física determinística. Para Spinoza no existe la voluntad, como una facultad independiente del entendimiento divino. Dios produce algo desde el momento
Si no se indica otra fuente, las citas están tomadas del libro de la ETICA, traducción francesa y edición de Gallimard, 1954 y edición española, con traducción de Francisco Larroyo, de Editorial Purría, México, 1990.
en que lo piensa. Toda idea de dios se traduce en una producción en el mundo de la Natura Naturata. La voluntad, por tanto, si podemos llamar así a algún tipo de acción, no es más que “un cierto modo de pensar” (I.32). De estas consideraciones se sigue que las cosas existen necesariamente. No hay ninguna posibilidad de que el mundo hubiese sido distinto al actualmente existente, porque dios no ha pensado ni puede pensar de otra manera.
Pero la consecuencia más drástica que saca Spinoza de las consideraciones anteriores y que va a servir de fundamento a su sistema ético es la negación de todo tipo de finalidad. Si dios no obra a través de una voluntad y todo lo que existe resulta necesariamente como producto de su pensamiento, dios no se ha podido proponer ninguna finalidad al producir el mundo. Este es el ataque quizás más directo y radical a toda la concepción cristiana, basada sobre el modelo platónico del Gran Artesano. La filosofía tanto platónica como aristotélica había sido finalista y la teleología es posiblemente el nervio del pensamiento aristotélico.
Según Spinoza, esa imagen de dios ha sido fabricada sobre la imagen que los hombres se forman de sí mismos y que ha desorientado toda la filosofía. Los hombres “se figuran ser libres”, porque “tienen conciencia de sus voliciones” y creen que “obran siempre por un fin”. Esta convicción se refuerza, porque el hombre piensa que la naturaleza está hecha para cumplir fines. Creen que “los dientes están hechos para mascar” y “ las hierbas y animales para servir de alimento” y el sol está hecho “para alumbrar”. Lo que sucede, sin embargo es simplemente que los dientes mascan y el sol alumbra (Apéndice).
En este cuadro podemos descubrir sin mayor esfuerzo la doctrina jesuítica, tal como la había plasmado Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales y la habían desarrollado los filósofos de la Compañía, especialmente Suárez y Molinos. Estos habían reinterpretado el pensamiento de Santo Tomás, acomodándolo lo más posible a las exigencias del pensamiento renacentista, basado en la defensa de la libertad.
La filosofía y la teología se habían conservado fieles al finalismo aristotélico, se negase o no la libertad humana. La corriente jesuítica, que continúa el esfuerzo de Pelagio, le daba realce a la libertad humana y al hombre como fin y pináculo de la creación. La corriente agustiniana, encarnada por Lutero y por los dominicos, daba realce en cambio al dominio de dios hasta negar o disminuir el dominio de la libertad humana.
Spinoza corta por lo sano. Todos los argumento para probar tanto la libertad humana como la divina no han podido demostrar “otra cosa, sino que la naturaleza y los dioses están atacados de igual delirio que los hombres”. El argumento que trae Spinoza para refutar ese delirio, bien vale la pena examinarlo en el contexto de una crítica ambiental. Según Spinoza la naturaleza no es tan perfecta como se la imaginan los teólogos y está llena de seres nocivos, como las tempestades, las enfermedades o los temblores de tierra.