• No se han encontrado resultados

DISCAPACIDAD – O FALTA DE CAPACITACIÓN AFECTIVA AFECTIVA

In document Páginas interiores La via Sanadora (página 181-185)

Tercer movimiento

DISCAPACIDAD – O FALTA DE CAPACITACIÓN AFECTIVA AFECTIVA

La gente sigue con las mismas dificultades, problemas, obstáculos e inconvenientes que hace cincuenta, cien, doscientos años. Como en la época de las cruzadas; igual. Cambia un poco el perro, pero es el mismo collar. En ese sentido, es muy dramático ver que no se ha evolucionado.

Eso que, en definitiva, es el verdadero alimento del ser, y que debe- ría estar muy etéreo, muy vaporizante, muy en la onda de dar Testimonio de la Gloria de Dios, y no en la onda de ver si Ambrosio José me quiere... me ha llamado hoy o no... O si Luciana Berta María por fin se decide a sa- lir conmigo a tomar café esta noche, o no... De verdad, que ese mundo es terrible, ¿no? Que dependa de esa apatía, de esa falta de evolución afec- tiva y emocional por parte del hombre... ¡Y de la falta de recursos...! En- tonces, hay que capacitarlos.

Eso por una parte.

۞

El segundo es LAEVOLUCIÓN BICÉFALA DE LO ESPIRITUAL.

¿A qué llamamos “evolución bicéfala de lo espiritual”? Pues a dos cosas:

UNA, EL DETERIORO DE LO QUE YA EXISTÍA –que acabo de mencionarlo-, que no se mueve. Y eso se deteriora todavía más, y llegamos a las abe- rraciones de cualquier tipo, bajo el signo de cualquier cultura.

OTRA ES LA INCAPACIDAD PARA CREAR NUEVOS MODELOS. O sea, que tenemos en total tres aspectos:

Están ocurriendo ahora, en la humanidad, dos dramas que nos pa- recen muy importantes, espiritualmente hablando:

۞

El primero es una falta de recursos, en el sentido de UNA

DISCAPACIDAD –O FALTA DE CAPACITACIÓN AFECTIVA- AFECTIVA.

La gente sigue con las mismas dificultades, problemas, obstáculos e inconvenientes que hace cincuenta, cien, doscientos años. Como en la época de las cruzadas; igual. Cambia un poco el perro, pero es el mismo collar. En ese sentido, es muy dramático ver que no se ha evolucionado.

Eso que, en definitiva, es el verdadero alimento del ser, y que debe- ría estar muy etéreo, muy vaporizante, muy en la onda de dar Testimonio de la Gloria de Dios, y no en la onda de ver si Ambrosio José me quiere... me ha llamado hoy o no... O si Luciana Berta María por fin se decide a sa- lir conmigo a tomar café esta noche, o no... De verdad, que ese mundo es terrible, ¿no? Que dependa de esa apatía, de esa falta de evolución afec- tiva y emocional por parte del hombre... ¡Y de la falta de recursos...! En- tonces, hay que capacitarlos.

Eso por una parte.

۞

El segundo es LAEVOLUCIÓN BICÉFALA DE LO ESPIRITUAL.

¿A qué llamamos “evolución bicéfala de lo espiritual”? Pues a dos cosas:

UNA, EL DETERIORO DE LO QUE YA EXISTÍA –que acabo de mencionarlo-, que no se mueve. Y eso se deteriora todavía más, y llegamos a las abe- rraciones de cualquier tipo, bajo el signo de cualquier cultura.

OTRA ES LA INCAPACIDAD PARA CREAR NUEVOS MODELOS. O sea, que tenemos en total tres aspectos:

Tres: La incapacidad para crear nuevos modelos. Estamos hablando de tres modelos habituales:

Uno, que no cambia; que le parece bien todo; que “la vida es así”. Otro, el hecho de que “ese” modelo lo deteriora.

Y el tercero, que es incapaz de crear otro modelo. Incapacidad.

En el primer caso, es el que acepta ese modelo como bueno, como válido.

En el último caso, no le gusta, pero está incapacitado para crear nuevos modelos. Él sabe que el modelo que vive es malo, pero no tiene capacidades para crear otro nuevo.

Y en el segundo, intenta salir a través del deterioro. Y encuentra vías, pero deteriorantes.

Esa situación nos parece muy dramática porque, claro, si el hombre se alimenta espiritualmente de su vida emotiva, esa discapacidad, esa incapacidad para trasladar su sentido del amor a una evidencia evo- lutiva, le coloca en una posición en la que se queda sin ideas. No hay ideas. Entonces, si no hay ideas, es porque la espiritualidad está muy, muy deteriorada.

Hoy podemos ver cómo –y por eso lo hemos cifrado solamente en ciento cincuenta años, por poner un poco la perspectiva que podemos ver y constatar más o menos claramente-, en el espacio de ciento cincuenta años, se han dado los tres fenómenos de una forma radical.

Ahora se vuelve a insistir con rabia en el núcleo familiar. Ahora todo el mundo quiere tener una familia, todo el mundo quiere tener hijos, in- cluso los “gay”. ¡Pero bueno! ¡Pero si ya se ha demostrado que es un modelo equivocado, que necesita otro tipo de respuestas!...

Tres: La incapacidad para crear nuevos modelos. Estamos hablando de tres modelos habituales:

Uno, que no cambia; que le parece bien todo; que “la vida es así”. Otro, el hecho de que “ese” modelo lo deteriora.

Y el tercero, que es incapaz de crear otro modelo. Incapacidad.

En el primer caso, es el que acepta ese modelo como bueno, como válido.

En el último caso, no le gusta, pero está incapacitado para crear nuevos modelos. Él sabe que el modelo que vive es malo, pero no tiene capacidades para crear otro nuevo.

Y en el segundo, intenta salir a través del deterioro. Y encuentra vías, pero deteriorantes.

Esa situación nos parece muy dramática porque, claro, si el hombre se alimenta espiritualmente de su vida emotiva, esa discapacidad, esa incapacidad para trasladar su sentido del amor a una evidencia evo- lutiva, le coloca en una posición en la que se queda sin ideas. No hay ideas. Entonces, si no hay ideas, es porque la espiritualidad está muy, muy deteriorada.

Hoy podemos ver cómo –y por eso lo hemos cifrado solamente en ciento cincuenta años, por poner un poco la perspectiva que podemos ver y constatar más o menos claramente-, en el espacio de ciento cincuenta años, se han dado los tres fenómenos de una forma radical.

Ahora se vuelve a insistir con rabia en el núcleo familiar. Ahora todo el mundo quiere tener una familia, todo el mundo quiere tener hijos, in- cluso los “gay”. ¡Pero bueno! ¡Pero si ya se ha demostrado que es un modelo equivocado, que necesita otro tipo de respuestas!...

Hoy vemos, igualmente, que la persona se va deteriorando en sus relaciones, y no encuentra más satisfacción que “el probar por el probar y el placer por el placer”, hasta que finalmente se rompe.

Y, por otra parte, encontramos un grupo de población que, bueno, que sabe que no está en el sitio adecuado, en el camino correcto, pero no tiene ideas; o tiene, pero no se atreve. En cualquier caso, es como si no las tuviera.

Por supuesto, éste es el panorama general. Hay las consiguientes ex- cepciones, pero nosotros tenemos que ver el panorama general, porque parte de él nos toca. Y a veces nos comportamos dentro del marco de ese panorama general, o bien nos deterioramos en las relaciones afectivas y montamos esos números que se suelen montar con cierta frecuencia entre las personas: deterioro, alguna mala relación, falta de respeto… el histe- rismo, el prostatismo... O sea, horrible, ¿no? Da una impresión muy fea, muy fea, muy fea. Muy mal servicio.

¡Pero es que a veces se pierden esas composturas!, ¿no?

Y después, el ver cómo, de vez en cuando, se plantea un problema o se plantea una dificultad, y se ve cómo se desechan opciones, se desechan posibilidades, o ni siquiera aparecen. “Bueno, ¿qué solución le damos a esto? Ésta, o ésta, o ésta...” Por lo menos, tener siete u ocho propuestas. Por eso hay que posibilitar, capacitar al ser para que se desarrolle.

Lo cierto es que, en las consultas, antes... –estoy hablando de hace cincuenta años-, antes, las gentes, pues a lo mejor te contaban algo de lo que les pasaba en su vida afectiva y emocional. Ahora, todos, todos te cuentan algún problema psíquico, afectivo o emocional; sobre todo en los países desarrollados:

-¡Ay, Doctor! Pero yo también tengo una angustia... -¿Y no tiene un poquito de ansiedad?

Hoy vemos, igualmente, que la persona se va deteriorando en sus relaciones, y no encuentra más satisfacción que “el probar por el probar y el placer por el placer”, hasta que finalmente se rompe.

Y, por otra parte, encontramos un grupo de población que, bueno, que sabe que no está en el sitio adecuado, en el camino correcto, pero no tiene ideas; o tiene, pero no se atreve. En cualquier caso, es como si no las tuviera.

Por supuesto, éste es el panorama general. Hay las consiguientes ex- cepciones, pero nosotros tenemos que ver el panorama general, porque parte de él nos toca. Y a veces nos comportamos dentro del marco de ese panorama general, o bien nos deterioramos en las relaciones afectivas y montamos esos números que se suelen montar con cierta frecuencia entre las personas: deterioro, alguna mala relación, falta de respeto… el histe- rismo, el prostatismo... O sea, horrible, ¿no? Da una impresión muy fea, muy fea, muy fea. Muy mal servicio.

¡Pero es que a veces se pierden esas composturas!, ¿no?

Y después, el ver cómo, de vez en cuando, se plantea un problema o se plantea una dificultad, y se ve cómo se desechan opciones, se desechan posibilidades, o ni siquiera aparecen. “Bueno, ¿qué solución le damos a esto? Ésta, o ésta, o ésta...” Por lo menos, tener siete u ocho propuestas. Por eso hay que posibilitar, capacitar al ser para que se desarrolle.

Lo cierto es que, en las consultas, antes... –estoy hablando de hace cincuenta años-, antes, las gentes, pues a lo mejor te contaban algo de lo que les pasaba en su vida afectiva y emocional. Ahora, todos, todos te cuentan algún problema psíquico, afectivo o emocional; sobre todo en los países desarrollados:

-¡Ay, Doctor! Pero yo también tengo una angustia... -¿Y no tiene un poquito de ansiedad?

-Pues sí, duermo fatal, Doctor. -Y le duele la espalda.

-¡Ay, Doctor! Es usted Dios. ¿Cómo puede saber tanto?

Sí, realmente asistimos a la situación mundial de que, cada cuarenta segundos, hay un suicidio. Indudablemente, esas personas que llegan a ese estado, es porque su vida espiritual es insoportable. Lituania está en el primer lugar, con cuarenta y siete suicidios por cada cien mil habitantes. Luego sigue Rusia, luego sigue Bielorrusia, luego sigue Letonia... En todos los países del “telón de acero” –del antiguo “telón de acero”-, los índices de suicidio son altísimos. España está en dieciséis suicidios por cada cien mil habitantes. Ése es un dato que nos estremece.

Para que un ser vivo tome esa decisión, pues tienen que pasarle mu- chas cosas. Tiene que haber tenido angustia, ansiedad, desesperación, bu- limia, nicturia, poliuria... O sea, tienen que haberle pasado un montón de cosas. Pero muchas, muchas. Para que un organismo llegue a ese crack, han pasado muchas cosas.

Y es señal de que sus mecanismos naturales de relación –que es co- mo nos relacionamos: por el psiquismo, por el habla, por la mirada, por los gestos, por el comportamiento, por el respeto, por las costumbres... por todo eso- han fracasado. El modelo, para el sujeto, ya no tiene reme- dio y, entonces, se recurre a esa situación tan drástica, ¿no? Y que, insisto, va en aumento y es mucho más frecuente en las mujeres que en los hom- bres.

Esto nos debe hacer recapacitar y nos debe hacer tomar, enseguida, cartas en el asunto.

Porque pareciera como si el hombre no encontrara recursos para asumir esas situaciones. Pero no solamente las dramáticas del suicidio, si- no las cotidianas. “Todos los días te veo de mal humor. Todos los días es- tás incómodo. ¿Qué te pasa, Boby? ¿Qué te pasa?... ¡Hombre! ¡Pero no puede ser que la vida te trate tan mal! Algo bueno te habrá pasado hoy,

-Pues sí, duermo fatal, Doctor. -Y le duele la espalda.

-¡Ay, Doctor! Es usted Dios. ¿Cómo puede saber tanto?

Sí, realmente asistimos a la situación mundial de que, cada cuarenta segundos, hay un suicidio. Indudablemente, esas personas que llegan a ese estado, es porque su vida espiritual es insoportable. Lituania está en el primer lugar, con cuarenta y siete suicidios por cada cien mil habitantes. Luego sigue Rusia, luego sigue Bielorrusia, luego sigue Letonia... En todos los países del “telón de acero” –del antiguo “telón de acero”-, los índices de suicidio son altísimos. España está en dieciséis suicidios por cada cien mil habitantes. Ése es un dato que nos estremece.

Para que un ser vivo tome esa decisión, pues tienen que pasarle mu- chas cosas. Tiene que haber tenido angustia, ansiedad, desesperación, bu- limia, nicturia, poliuria... O sea, tienen que haberle pasado un montón de cosas. Pero muchas, muchas. Para que un organismo llegue a ese crack, han pasado muchas cosas.

Y es señal de que sus mecanismos naturales de relación –que es co- mo nos relacionamos: por el psiquismo, por el habla, por la mirada, por los gestos, por el comportamiento, por el respeto, por las costumbres... por todo eso- han fracasado. El modelo, para el sujeto, ya no tiene reme- dio y, entonces, se recurre a esa situación tan drástica, ¿no? Y que, insisto, va en aumento y es mucho más frecuente en las mujeres que en los hom- bres.

Esto nos debe hacer recapacitar y nos debe hacer tomar, enseguida, cartas en el asunto.

Porque pareciera como si el hombre no encontrara recursos para asumir esas situaciones. Pero no solamente las dramáticas del suicidio, si- no las cotidianas. “Todos los días te veo de mal humor. Todos los días es- tás incómodo. ¿Qué te pasa, Boby? ¿Qué te pasa?... ¡Hombre! ¡Pero no puede ser que la vida te trate tan mal! Algo bueno te habrá pasado hoy,

TODOS ESOS ASPECTOS ESTÁN LIGADOS CON LA ASCENSIÓN DE

In document Páginas interiores La via Sanadora (página 181-185)