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La poetización de la vida de un seductor determinado por el lenguaje y el engaño se mueve efectivamente en la búsqueda constante de la intensificación del goce estético, esto es, por el deseo de captar ese instante que permita la salida del orden normal de la vida cotidiana. Sin embargo, este personaje, que podríamos enmarcar en el Juan seductor del diario de Kierkegaard, es siempre reflexivo; por esto, la intuición y anticipación de los hechos e, incluso, de sus consecuencias conducen las acciones del seductor, aunque él reconozca la presencia del azar. Por esto podemos decir que:

Don Juan es un personaje que mantiene siempre la capacidad de analizarse para controlar cada situación. Sabe que si bien con esta actitud se pierde toda espontaneidad, se adquiere en cambio una posición de dominio que realmente hace bello cada instante por permitirle detenerse a contemplar su obra. El saber dominarse y limitarse procurando barruntar de antemano las emociones, le permite representarse los posibles efectos que éstas pueden tener tanto en él mismo como en los otros (Carrillo, 1984, 69).

En el caso de este Don Juan resulta claro que el seductor tiene una interioridad configurada, esto es, un estadio en el que la reflexión es posible, debido a que ejerce la contemplación y ante todo la remembranza de cada situación sobre la cual puede volver, aumentando con ello su goce estético, así como también sus posteriores apreciaciones estéticas. Don Juan es entonces un personaje completamente determinado por lo estético. Por ello, le resulta posible ser un espectador de su preciosa obra de arte, siendo con esto consiente de sus acciones y de lo que ellas traen consigo. La seducción no se lleva a cabo por sí misma, sino como medio para alcanzar la superación de lo cotidiano a través del goce estético que produce.

De la misma forma en que contempla su obra, este esteta contempla también su propia interioridad, que la reconoce como vacía y que, por eso mismo, lo cubre de una melancolía irremediable. Así,

Nuestro personaje es la conciencia misma de la crudeza de la realidad, por eso, no se puede dar la libertad de esperar que pueda haber alguna vez un verdadero y definitivo giro hacia la felicidad. Con sus tan anheladas y triunfantes aventuras, no hace más que dar vueltas al círculo de su dolor. Sus supuestas victorias sobre las seducidas muchachas no son otra cosa que el encubrimiento consciente de su melancolía. Esta es la verdad de su interioridad (Carrillo, 1984, 70).

El deseo constante de escapar de la cotidianidad se convierte entonces en un recurso para huir momentáneamente de su propia melancolía. El seductor recurre a su imaginación para construir un ideal de belleza, en el que se exige, en cada momento, que toda mujer seducida se adapte completamente a él, sin que con ello se implique que, aunque sean muchos los rostros y diversas las figuras, se ponga en riesgo la unidad del ideal. En efecto, este tipo de existencia estética fija su vida en el instante, en cada momento y en cada mujer que lo configura. Sin embargo, el seductor no escapa de su percepción de la realidad y de las consecuencias que su forma de vida acarrea; por esto, reconoce lo efímero de cada una de esas situaciones, en la medida en que ellas se configuran en el instante y en su desvanecimiento. Así, la reflexión lo acompaña de modo constante, haciendo patente la ordinariez de la vida cotidiana. En este momento, el seductor debe dotarse de múltiples máscaras, para salvarse así de esta realidad agobiante, permitiéndole en su huída gozar de la vida. A través de su imaginación y de la búsqueda de la pura complacencia estética, Don Juan descarga la vida de todo su peso con una sonrisa burlona. El engaño y su ironía le permiten caminar erguido, orgulloso y, podría decirse, complacido. La belleza y su ideal, por él construido, lo mantienen a salvo de las convenciones éticas y de sus aburridos preceptos. El movimiento sobre el que sustenta su vida abre múltiples posibilidades amorosas, y con ello se dan todos los instantes que éstas traen consigo. Por esto, podemos decir que su tiempo no es más que el de una sucesión eterna de goces estéticos. De esta manera, Don Juan se diferencia del mundo monótono y estático, pues se aleja de la cotidianidad como aquel que comprende que inmerso en dicho mundo sólo será nivelado, igualado y, por último, estará perdido en el tedio. Don Juan aspira a liberarse de ese yugo observando al mundo desde su propia interioridad: “la vida plena y auténtica es la que es capaz de valorar lo exterior desde la propia interioridad, desde el estremecimiento liberador que producen en su

intimidad las realidades del mundo exterior. Lo que definitivamente importa es la vibración de la subjetividad” (Carrillo, 1984, 72).

Pero, Don Juan hace uso de la realidad, la burla y la usa como arma en contra de la propia sociedad, poniendo en jaque sus fundamentos. Esto lo logra siempre a través de su sonrisa complaciente y su disfraz que lo mantiene encubierto. Podemos afirmar entonces que su configuración estética es una cierta estrategia de crítica social. La reflexión lo determina; la palabra es su más apreciada arma. Se trata entonces de una individualidad configurada, pero no comprometida. Su subjetividad se construye sobre una hipócrita sonrisa, que se muestra en la ironía y en su ideal de belleza, esto es, en la huída del mundo y en su profunda melancolía.

Ahora bien, una vez examinada la figura del seductor reflexivo, es necesario detenernos en la segunda posibilidad de su movimiento, a saber, la dicción, que se trata de un aspecto más sonoro que el de la pura palabra. Pero, se hace necesario tener presente que este movimiento se encuentra aquí determinado por los gestos y las formas corpóreas, en otras palabras, por aspectos puramente visibles, todos ellos configurados por el ver. La presentación de los tormentos, el sufrimiento, la expresión de estas pasiones a través del gesto y de la pantomima, muestran un Don Juan que debe seducir a través de gesticulaciones y bailes, mostrándolo empero de una manera ridícula y, ante todo, en su pasión accidental. El Don Juan musical se pierde por completo en esta encarnación, debido a que depende claramente del ver a Don Juan, de interpretar sus gestos y movimientos. El problema no sólo radica en que al Don Juan se le debe ante todo escuchar, sino que, precisamente por esto, su determinación gira “hacia adentro, y por eso no puede hacerse visible o manifestarse en formas corpóreas y en los movimientos de las mismas, ni en una armonía plástica” (O lo uno o lo otro, I, 124).

Este tipo de representación anula por completo la característica fundamental del Don Juan musical, que es el de su carácter ideal. El goce de este Don Juan, como se dijo más arriba, es la pura satisfacción; la seducción no es un ardid, sino un momento, es un ademán. En esto radica el hecho de que sea siempre victorioso, precisamente porque dispone de todos los medios para alcanzar su victoria; es más, él dispone de manera absoluta del medio de su trabajo que pareciera no necesitarlo. Por esto, sólo a través de la música resulta posible concebir a Don Juan idealmente, pues la música otorga la

unidad necesaria, permite la descripción de su conducta, y, de igual forma, permite que se escuche el poder de la seducción, esto es, de su principio. Con esto, podemos pasar ahora al examen de la segunda posibilidad de configuración de la seducción, ya señalada antes.