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Dos rostros de Dios

In document El Juego Cosmico - Stanislav Grof (página 143-147)

En los estados holotrópicos podemos tener la experiencia di­ recta no sólo del principio creador unificado, como he descrito anteriormente, sino también por separado y como dos realidades distintas, ya sea en su forma benévola o malévola. Cuando nos encontramos con la forma benévola de Dios, sintonizamos selec­ tivamente con los aspectos positivos de la creación. En este pun­ to no somos conscientes del lado oscuro de la existencia y vemos la obra cósmica en su totalidad como esencialmente radiante y llena de éxtasis. El mal parece ser efímero o totalmente ausente del orden universal de las cosas.

La mejor aproximación a la comprensión de la naturaleza de esta experiencia es describirla conforme al antiguo concepto hin­ dú de Satchitánanda. Esta palabra sánscrita está compuesta por tres raíces separadas: Sat significa existencia o ser; chit se tradu­ ce como conciencia; y ánanda significa felicidad absoluta. Todo lo que podemos decir de esta experiencia es que estamos identi­ ficados con un principio radiante, ilimitado y sin dimensiones, o un estado de ser que parece estar dotado de una existencia infini­ ta, posee una conciencia o sabiduría igualmente infinita y vive un gozo ilimitado. También posee una capacidad infinita para crear formas y mundos de experiencias a partir de sí mismo.

Esta experiencia de Satchitánanda, o Existencia-Conciencia- Felicidad absoluta, tiene su contrapartida, un principio cósmico que personifica todo el potencial negativo de lo Divino. Repre­ senta un espejo que refleja una imagen negativa o un polo opues­ to y exacto de los atributos esenciales de Satchitánanda. A este respecto podemos pensar en la escena introductoria del Fausto de Goethe, en la que Mefístófeles se presenta a Fausto: «yo soy

el espíritu que niega» (Ich bin der Geist der stets verneint). Cuando observamos los fenómenos que consideramos malos o diabólicos, vemos que pertenecen a tres categorías distintas, cada una de las cuales supone la liberación de una característica o atri­ buto esencial de Satchitánanda.

La primera de estas cualidades esenciales de lo Divino positi­ vo es sat, o existencia infinita. La categoría correspondiente del mal se relaciona con los conceptos y experiencias que tienen que ver con los límites y el término de la existencia y con la no exis­ tencia. A ellos pertenece la impermanencia que rige el mundo fe­ noménico y la perspectiva inevitable de la desaparición final de todas las cosas. Esto incluye nuestra propia desaparición, la muer­ te de todos los organismos vivos y la destrucción final de la tierra, del sistema solar y del universo. Podemos pensar aquí en la deso­ lación que sintió Gautama Buda cuando en sus incursiones fuera del palacio de su padre descubrió la existencia de la enfermedad, la vejez y la muerte. En nuestra propia tradición, los clérigos cris­ tianos medievales acuñaron muchas frases lacónicas que recorda­ ban a la población este aspecto de la existencia: «polvo eres y en polvo te convertirás», «recuerda la muerte», «así es como pasa la gloria del mundo», o «la muerte es segura, su hora incierta».

El segundo aspecto importante de Satchitánanda es chit, o conciencia, sabiduría e inteligencia infinitas. La categoría corres­ pondiente del mal tiene que ver con diversas formas y niveles de los límites de la conciencia y con la ignorancia. Cubre una am ­ plia gama de fenómenos que abarcan desde las consecuencias nocivas de la falta de conocimiento, información inadecuada y malentendidos sobre los asuntos de la vida cotidiana, hasta el au- toengaño y la ignorancia esencial sobre la naturaleza de la exis­ tencia en un alto nivel metafísico (avidyá). Este tipo de ignoran­ cia fue descrito por Buda y algunos maestros espirituales como una de las raíces más importantes de la insatisfacción. El tipo de conocimiento que puede rasgar el velo de esta ignorancia y con­ ducir a la liberación de la insatisfacción se llama en Oriente praj-

La tercera categoría de fenómenos que se viven como malos o malignos incluyen elementos que suponen la negación de otra característica fundamental de Satchitánanda, el elemento de feli­ cidad infinita o ánanda. Las experiencias que pertenecen a esta categoría y sus causas reflejan el lado oscuro en la forma más di­ recta, obvia y explícita, ya que interfieren en la experiencia extá- sica de la existencia. Implican toda una gama de emociones pro­ blemáticas y de sensaciones físicas desagradables que son los polos opuestos del placer divino, como el dolor físico, la ansie­ dad, la vergüenza, el sentido de inadecuación, la depresión y la culpabilidad.

El principio demiúrgico del mal, la imagen negativa del espe­ jo de Satchitánanda antes mencionada, puede vivirse de una for­ ma puramente abstracta o como una manifestación más o menos concreta. Algunas personas la describen como Sombra Cósmica, un campo inmenso de energía ominosa, dotada de conciencia, in­ teligencia, potencial destructivo y una determinación monstruosa para producir caos, sufrimiento y desastre. Otros la viven como una figura antropomórfica de proporciones inmensas que repre­ senta el mal universal que lo invade todo, o el Dios Oscuro. El encuentro con el lado oscuro de la existencia puede adoptar tam ­ bién una forma de deidades concretas, más unidas a una cultura específica, como puede ser el ejemplo de Satán, Lucifer, Ahri- mán, Hades, Lilith, Moloch, Kálí o Coatlicue.

Me serviré aquí como ilustración de un pasaje del informe de Jane, una psicóloga de 35 años que, en su sesión de formación vi­ vió una confrontación demoledora con el lado oscuro de la exis­ tencia, que culminó en un encuentro con una personificación te­ rrorífica del mal universal.

Tuve la impresión de que, hasta aquel momento, había v iv i­ do mi vida con unas gafas de cristal color rosa que m e impedían ver la monstruosidad de la existencia. Vi innumerables im ágenes de formas diversas de vida de la naturaleza que estaban siendo atacadas y devoradas por otras. Toda la cadena de la vida, desde

los organismos inferiores hasta los más desarrollados, apareció repentinamente com o un drama brutal en el que los pequeños y débiles eran devorados por los grandes y fuertes. Esta dimensión de la naturaleza fue tan perturbadora e insoportable que apenas podía ver ningún otro aspecto, com o la belleza de los animales o la ingenuidad e inteligencia creativa de la fuerza de vida. Era una ilustración demoledora de que la mism a base de la vida está hecha de violencia; la vida no puede sobrevivir sin alimentarse de sí misma. Un herbívoro es sim plem ente un ejemplo más ocu l­ to y mitigado de la existencia predadora en su holocausto bioló­ gico. La frase «la naturaleza es crim inal», que el marqués de Sade utilizaba para justificar su propio comportamiento, de re­ pente cobraba un nuevo sentido.

Otras im ágenes me llevaron a una visión panorámica de la historia de la humanidad y me proporcionaron pruebas obvias de haber sido dominada por la violencia y la codicia. Vi terribles combates de hombres de las cavernas que utilizaban mazas pri­ mitivas, así com o matanzas en masa causadas por armas cada vez más perfeccionadas. Las visiones de las hordas m ongólicas de Gengis-Kan arrasando toda A sia, matando sin sentido y que­ mando aldeas fueron seguidas por los horrores de los nazis ale­ manes, la Rusia de Stalin y el a parth eid sudafricano. Adem ás, otras im ágenes describían el insaciable deseo de adquirir cosas y ¡la locura de nuestra sociedad tecnológica que amenaza con d es­ truir toda la vida de este planeta!

La ironía final y la broma cruel de este panorama desespe- ranzador de la humanidad parecía ser el papel desempeñado por las grandes religiones del mundo. Era claro que estas institucio­ nes que prometían hacer de intermediarias de lo divino han sido en realidad muchas veces un canal del mal. Desde la historia del Islam, expandido por la fuerza de la espada y de la lanza, hasta las cruzadas cristianas, las atrocidades de la Inquisición y las crueldades más recientes justificadas por motivos religiosos, la religión ha sido parte del problema más que de la solución.

Hasta este punto de la sesión, Jane tuvo que ser testigo de un despliegue selectivo de aspectos oscuros de la vida, tanto de la na­ turaleza como de la sociedad humana, sin obtener ninguna com­ prensión profunda sobre las causas de la codicia y de la violencia. En una fase posterior la experiencia la llevó directamente a lo que parecía ser la fuente metafísica de todo el mal del mundo.

De repente la experiencia cam bió y me encontré cara a cara con la entidad responsable de todo lo que había visto. Era la im a­ gen que encarnaba la quintaesencia del Mal intemporal, una enorme figura increíblemente om inosa, que irradiaba un poder inimaginable. Aunque no tenía una medida concreta, parecía tan inmensa com o todas las galaxias juntas. Aunque tenía un aspec­ to vagamente antropomórfico, apenas podía reconocer partes concretas de su cuerpo, ya que no tenía una forma concreta.

Estaba com puesta de im ágenes dinámicas que cambiaban con gran rapidez y fluían en una interpenetración holográfica. Dichas im ágenes representaban diversas formas de mal y apare­ cían en las partes correspondientes de la anatomía de este dios del mal. A sí, el vientre contenía cientos de imágenes de codicia y glotonería; la zona genital, escenas de perversión erótica, v io ­ laciones y asesinatos sexuales; los brazos y las manos, de v io ­ lencia com etida por medio de espadas, dagas y armas de fuego. Yo estaba sobrecogida y sentía un indescriptible terror. Surgie­ ron en mi mente los nombres de Satán, Lucifer y Ahrimán. Pero no eran sino etiquetas ridiculas e insignificantes de lo que real­ mente estaba viviendo.

In document El Juego Cosmico - Stanislav Grof (página 143-147)