No hace mucho que los economistas empezaron a preocuparse por los problemas del medio ambiente. Entre los problemas que más se discuten, y que figuran en la agenda de la Conferencia de Desarrollo y Medio Ambiente de Río, está el “efecto invernadero” o “calentamiento global”. Un ensayo de Thomas Schilling,4 ex pre- sidente de la Asociación Americana de Economía, ayuda a pensar y discutir sobre el tema.
El efecto invernadero es simple. Los rayos del sol son en parte absorbidos y en parte reflejados por la atmósfera terrestre. Si la absorción no es compensada por la radiación que vuelve al espa- cio, la Tierra se calienta hasta tanto la intensidad de esa radiación térmica iguala a los rayos solares absorbidos. Algunos gases de la atmósfera que son transparentes a la luz del sol absorben la radiación en el espectro infrarrojo, bloqueando la radiación de salida y calentando la atmósfera. El equilibrio se establece a una temperatura mayor. Los gases culpables de la travesura son, entre otros, el dióxido carbono, el metano o los clorofluorocarbonos (CFCs).
Simple de entender, pero difícil de estimar sus consecuencias puesto que se desconoce, con razonable precisión, la magnitud que cabe esperar del efecto invernadero. En forma arbitraria, aunque “razonable”, se puede intentar estudiar el impacto de una dupli- cación en la concentración de gases “invernadero” en la atmósfera. Los científicos parecen aceptar que el resultado fuera un aumento
promedio en la temperatura de un rango de 1,5 a 4,5 grados. La primera advertencia de Schilling es que se trata de un promedio, pero poco sabe de las consecuencias sobre regiones particulares.
“Los resultados pueden ser que algunos lugares se calientan y otros enfríen; algunos pueden ser más húmedos, otros más secos; algunos más nubosos, otros menos; más tormentosos algunos, 4 Schelling, T. (1992) Some Economics of Global Warming. American Economic Review, vol.82(1), 1-14. American Economic Association.
menos otros”. Se trata de cambios complejos que no necesariamente se parecen a la noción de un aumento parejo en la temperatura.
Gente como uno
¿Y cuál será el impacto sobre la gente? Como todo economista que se precie Schilling responde con un… depende. En los tiem- pos modernos, y en los países modernos, el clima tiene realmente poca incidencia. En los Estados Unidos, la agricultura y la foresta- ción dan cuenta apenas del 3% del PBI. La manufactura rara vez depende del clima. “Cuando Toyota elige entre Ohio, Alabama o California del Sur para levantar una planta de ensamblaje auto- móviles, las consideraciones geográficas son importantes, pero no a causa del clima”. Más irrelevante resulta el clima para el sector financiero, o la educación, o la transmisión de información.
Es la agricultura el único sector realmente afectado. Sin embar- go, argumenta Schilling, preguntémosle a una pareja de viejos granjeros en qué medida los cambios climáticos del último medio siglo los afectaron. “Supongo que los cambios de los caballos a los tractores y el kerosén a la electricidad, la llegada del teléfono y el automóvil y la construcción de caminos pavimentados, el desarrollo de pesticidas y fertilizantes sintéticos y el maíz híbrido, y el mejoramiento en la veterinaria y las prácticas agrícolas segu- ramente fueron más abrumadoras que los cambios en el clima”. La conclusión es que en Estados Unidos, Japón y Europa occidental
el impacto económico en la producción va a ser casi nulo y difícil de percibir. Tampoco hay razones para pensar que la salud de estas poblaciones se vea afectada.
Sin embargo, difícilmente esa conclusión puede aplicarse al caso de los países en desarrollo. En promedio, la agricultura representa el 30% de la actividad y, además, suele ser la base económica de los otros dos sectores. Se trata, por una parte, de países con problemas sanitarios y que, de ninguna manera, están preparadas para atarse a cambios climáticos que puedan alterar o agravar la condición sanitaria de la población.
La posición de los “ambientalistas” es que los países pobres deberían sacrificar algunas de sus esperanzas de desarrollo econó- mico a cambio de desacelerar los cambios climáticos y sus desas- trosas consecuencias. Schilling se opone en tanto, dice, el consejo contiene una contradicción. “Cualquier desastre que afecte a los países en desarrollo como consecuencia del cambio climático será también un desastre que va a afectar a su desarrollo económico”. Es la falta de desarrollo, y no su exceso, lo que nos hace vulnerables a los cambios ambientales. Ninguna de las dos posiciones parece tener validez general. Cada país, frente a cada problema ecológico y frente a cada proyecto económico en particular debe optar. No se trata de crecimiento versus ambiente, si no crecer teniendo en cuenta al ambiente.
¿Quién paga la fiesta?
Una mirada al artículo de Schilling podría llevar a la conclusión de que el mundo desarrollado no tiene interés propio en cargar con el costo
de disminuir el consumo de carbón y el mundo en desarrollo no puede darse el lujo de pagar para desacelerar el efecto invernadero. ¿Por qué los países ricos deberían preocuparse por los cambios climáticos al punto tal de hacerse cargo de los costos correctivos?
Una primera argumentación que hace Schilling es que los “paí- ses en desarrollo son vulnerables y eso no importa”. Sin embargo, los costos implicados en la contención del calentamiento global más que cuadruplican la asistencia que actualmente los países ricos brindan a los países pobres del orden de los 50,000 millo- nes de dólares anuales. La duda es sobre “si las personas de las democracias desarrolladas pueden movilizarse para contribuir a un beneficio lejano, a medio siglo en el futuro, para los países en desarrollo”. Más aún, los países pobres preferirán que el destino de los fondos sea, en buena medida, el crecimiento y no el ambiente; la pobreza, y no el ecosistema.
Un segundo argumento es el daño al ambiente natural y las especies de animales y plantas que es aparecerán a consecuencia
de los cambios. Schilling descarta esta posición “cercana a los valo- res religiosos”. Resulta difícil estimar, dice, el valor de lo que se arriesga. Aquí la mirada del economista es, por lo menos, estrecha. Parece adherirse al preconcepto metodológico fuera de moda que dice que todo aquello que no puede medirse no puede conocerse.
El tercer argumento es la posibilidad de una catástrofe ambien- tal. La idea de que el efecto invernadero no tendrá consecuencias serias para la economía de los países ricos se apoya en modelos que no admiten discontinuidades. Pero, el supuesto de cambios gra- duales es un recurso metodológico. Otros científicos, en cambio, sí aceptan que el comportamiento de los océanos pueda dar lugar a cambios catastróficos. Entonces, retrasar el efecto invernadero es como tomar un seguro contra catástrofes.
Un último motivo, que Schilling no menciona, es que resultaría razonable que la fiesta la paguen quienes la disfrutaron. Y buena parte de la generación de carbono provino –y proviene– de los países desarrollados. La propuesta que anda dando vueltas es la de un impuesto a la utilización de carbón, pero eso es motivo de otro artículo.