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El día que el griego spiridon louis se convirtió en un mito viviente

Los Juegos Olímpicos de la Era Antigua fueron suprimidos por el Emperador Teo- dosio I, en el año 394 d.C., al consi- derar que tenían una simbología pagana. Quince siglos después, Pierre Fredi, (Ba- rón de Coubertín) se dispuso a re- memorar los anti- guos esplendores olímpicos.Y, tras

muchas deliberaciones, parece que se escogió para la primera cita de la Era Moderna, su enclave ‘natural’: Atenas.

El Barón de Coubertín era amigo del por entonces estudiante de filología —y luego historiador y lingüista— Michel Bréal, un enamorado de la mitología griega, que propuso al Barón la inclusión en esos Juegos de una prueba que recordara la gesta de Filípides. Aunque en Europa ya se habían corrido carre- ras de larga distancia, nunca se había asociado su nombre con el de Maratón, como ahora se pretendía. Además, la prueba más larga que se disputaba en las Olimpiadas Antiguas era el ‘Dólico’ (los ‘Doce Estadios’), de 4.614 metros. Sin embargo, el Barón no era muy partidario de incluir la prueba de maratón en el calendario ateniense de 1896. Pero hubo de ceder ante el entusiasmo de Bréal, que se salió con la suya. El ganador recibiría una copa de plata, pues todavía no se entregaban medallas. Con lo cual, el maratón pasó a ser la prueba más importante de la competición. Lo que en el curso de los Juegos vendría muy bien a los griegos, pues, a falta de disputarse la maratón, los estadounidenses Spiridon Louis en 1936, en la redacción de un periódico alemán. (Fuente: German Federal Archive- [Wikimedia Commons]).

dominaban casi al completo las prue- bas atléticas, ya que habían obtenido 9 triunfos en las 11 competiciones que se llevaban celebradas. Por eso los anfitriones, heridos en su orgullo —se dice que se creían favoritos por ser descendientes de los antiguos at- letas— tenían puestas todas sus espe- ranzas en los 40 km., prueba a la que concurrieron 25 participantes, de los que después sólo 17 tomarían la sa- lida. Trece de ellos eran griegos y los otros cuatro afamados competidores extranjeros, aunque poco acostum- brados a las largas distancias: el fran- cés Albin Lermusiaux, el australiano Edwin Flack, el estadounidense Ar- thur Blake y el húngaro Gyula Kellner. No obstante, temiendo por la salud de los participantes en la maratón, los organizadores de ‘Atenas 1896’ decidie- ron hacer antes el recorrido con dos voluntarios. Sólo uno de ellos consiguió llegar a la meta, pero para los griegos fue suficiente. Recordemos que, no obs- tante, también había hecho ese trayecto antes del día de la gran prueba la griega Melpómene, en 4 horas y 30 minutos, rodeada de ciclistas: una osada mujer que, incluso, había solicitado permiso al COI para tomar parte en salida oficial. Petición que —teniendo en cuenta que las mujeres poco o nada contaban para el deporte en aquellos tiempos—, por supuesto fue rechazada.

El 10 de marzo de 1896 —un mes antes de la prueba oficial— los grie- Spiridon Louis. (Fuente: The Official Websi-

te of the Beijing 2008 Olympic Games).

Portada del informe oficial de ‘Atenas 1896’, que a menudo aparece como el cartel de los Juegos. (Fuente: Wikimedia Commons).

Historias de la Maratón, los 100 kms. y otras largas distancias

gos celebraron una maratón para seleccionar a los atletas que iban a integrar el equipo anfitrión. Fue ganada por Grigorou, que empleó un tiempo de 3 horas y 45 minutos. Los oficiales griegos, recelosos con la marca —les pareció algo pobre—, optaron por incluir a los tres primeros y volver a celebrar una nueva carrera clasificatoria, que tuvo lugar ya en fechas muy cercanas al 10 de abril. En ella Spiridon Louis, como quinto clasificado, también pasó a formar parte del equipo griego de maratón. Lo cierto es que contaba con el beneplácito del coronel Papadiamantopoulos —que era, o había sido su superior—, el cual ha- bía quedado impresionado cuando Louis fue corriendo a recogerle unas lentes que se le habían olvidado a unos 22 kilómetros de distancia del acuartelamien- to, empleando Spiridon muy poco tiempo entre la ida y la vuelta. Otras fuentes señalan que Louis había quedado eliminado en estas pruebas clasificatorias, pero que fue precisamente Papadiamantopoulos quien medió para que fuese incluido, pues había quedado muy impresionado de su velocidad y resistencia cuando fue corriendo en busca de sus gafas y regresó en tan poco tiempo, ya que las necesitaba para dar un importante discurso.

No se sabe qué edad tenía Louis en esa fecha. Las fuentes difieren mucho en este aspecto, situándolo —según las versiones— entre los 18 y los 25 años. Lo cierto es que una vez que entró victorioso en el estadio Panathinaiko —cons- truido para la ocasión— los rumores sobre su persona, creencias, aficiones, profesión, etc... se dispararon. Desde pastor, hasta cartero, militar o vendedor de agua Quizás hizo un poco de todo, dado su origen muy humilde. La profe- sión que sí parece que ejerció fue la de aguador en Atenas, ya que esa ciudad no contaba con sistema de agua potable. Como también fueron muy variadas las elucubraciones que se hicieron en torno a cómo había pasado los dos días anteriores al 10 de abril. Unos estudiosos dicen que rezando y ayunando. Otros que rezando y comiendo higos secos. Una tercera versión asegura que el día de la carrera se comió un pollo entero. Y podemos seguir… En fin, un misterio. No se descarta que haya ayunado —pues, por otra parte, los ‘métodos’ para afrontar una prueba de ese tipo eran de lo más variopintos—, ya que una de las primeras frases que pronunció al cruzar la meta en el estadio es que ‘tengo mucha hambre, después de una carrera tan larga…’

Tras el discurso del alcalde de Atenas, a las 14:00 horas, con un calor aplas- tante, el coronel Papadiamantopoulos dio el disparo de salida en el puente de Maratón. Según relata el periodista y escritor David Miller en su obra ‘De Atenas a Atenas’, los carros, tirados por caballos, que acompañaban a los atletas trans- portaban a los médicos, funcionarios y jueces. ‘También hizo el trayecto con

los participantes y los carros una nutrida guardia de caballería —Miller—, levantan- do entre todos tal nube de polvo que a los atletas les costaba trabajo respirar’.

Las primeras noticias que llegaron al estadio, a través de los mensajeros que se- guían la carrera en bicicleta o a caballo, no eran del todo optimistas, pues los cuatro afamados extranjeros —Lermusiaux, Flack, Blake y Kellner— lideraban la carrera. La última comunicación que recibieron los 100.000 espectadores que se hallaban en el estadio y las zonas colindantes fue que el australiano Flack marchaba solo en cabeza —a varios kilómetros del estadio— lo que causó un gran desánimo entre la multitud. El francés Lermusiaux —que corría con guantes blancos lo que, al parecer, suscitaba algunos comentarios jocosos— había estado en la cabeza de la com- petición durante un tiempo, pero su entrenador, al darle instrucciones montado en bicicleta, lo arrolló, derribándolo en una cuneta. El australiano Flack había he- cho un enorme sacrificio por alcanzarlo y, cuando lo adelantó, pudo comprobar como Lermusiaux se tambaleaba, exhausto, en un estado lamentable. Pero el gran esfuerzo realizado al principio también pasó factura a Flack, que empezó a en- contrarse cada vez peor y a perder las fuerzas. Se dice que llegó un momento en que daba tumbos y deliraba. Al parecer, el australiano sufría alucinaciones. Unos historiadores aseguran cayó en una zanja. Otros que fue a dar con sus huesos a una cuneta y que de sus botas se veía manar sangre. Un espectador intentó soco- rrerlo, pero fue agredido por el corredor, porque —en su confusión entre realidad y fantasía— creyó que, en vez de intentar ayudarle, lo que el aficionado perseguía era todo lo contrario. Flack había vencido en los 800 y en los 1500 metros.

En medio de esta debacle, Spiridon Louis, calzando unos botines que le había comprado —por suscripción popular— la gente de su aldea de Marussi —que, al parecer, costaron 25 dracmas— y, después de haber bebido un abundante vaso de vino de la tierra hacia el kilómetro 30, protagonizó una espectacular remontada a partir del kilómetro 32 y se presentó en las inmediaciones del estadio Panathinaiko encabezando la carrera. Un oficial griego a caballo entró a galope tendido en el esta- dio —abarrotado con más de 60.000 almas, aparte de los miles que se apretujaban Spiridon Louis (Fuente: Wikimedia

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en los altos circundantes—, para hacer saber al rey Jorge I que un griego iba a ganar la carrera. El rumor se esparció por el graderío como la pólvora: ‘¡Hellene! ¡Hellene! (¡Un griego, Un griego!)’…Poco después fue el propio coronel Papadiamantopoulos el que entró a caballo en el estadio, confirmando la noticia. Los príncipes Constanti- no y Jorge saltaron a la pista y corrieron los últimos metros con Spiridon Louis. Las mujeres se quitaban sus joyas para arrojarlas a sus pies. Los sombreros volaban. El cla- mor era ensordecedor. Al paso del vencedor caían a la pista del estadio Panathinaiko prendas femeninas y los objetos más variados, ante el delirio más absoluto. ‘Parecía que toda la Grecia Antigua entrara en el estadio junto a él’, diría el Barón Coubertin.

Louis empleó un tiempo de 2 horas, 58 minutos y 50 segundos. A continua- ción hiceron su aparición —para mayor gloria— otros dos griegos: Vasilakos y Belokas. Pero después este último sería descalificado, al descubrirse que hizo parte del recorrido subido en carro, por lo que el tercer puesto fue adjudicado al húngaro Kellner.

Louis, tras su coronación, se vio colmado de atenciones y regalos, aunque se dice que rechazó muchos de ellos. Por ejemplo, las tien- das, peluquerías, restaurantes y otros negocios le ofrecieron servicios gratuitos durante mu- chos años, algunos de por vida. Lo que sí se sabe que aceptó fue una pequeña granja y un carro y una mula, lo cual le venía muy bien para poder llevar agua a su pueblo, Marussi. Sin embargo, parece que no volvió a trabajar de aguador en Atenas. Dejó de competir y solo volvió a correr una maratón de exhibición. Después de haberse convertido en uno de los mayores héroes griegos de todos los tiempos, se sumió en el anonimato durante años, con lo que el mito se agrandó y exageró. Y sobre su presente, pasado y futuro se dispararon los más extravagantes rumores. Pero lo cierto es que trabajó en la granja que le había sido rega-

lada y, después, parece que fue policía. En 1926, se vio inmerso en un turbio inci- dente de falsificación de documentos —como indican las fuentes consultadas—, llegando incluso a estar en prisión, aunque después fue declarado no culpable de aquellos cargos. El suceso causó una gran conmoción nacional e internacional.

En Berlín 1936, cuando entregó una rama de olivo a Hitler. Autor: Wagner (Fuente: Deutsches Bunde- sarchive. German Federal Archive [Wikimedia Commons]).

No obstante, el reconocimiento del movimiento olímpico le llegó en los Juegos de ‘Berlín 1936’, a donde acudió vestido con el traje típico griego y siendo recibido con todos los honores. Paradójicamente, entregó una rama de olivo —símbolo de la paz— a Hitler. Murió cuatro años más tarde, el 26 de marzo de 1960, a los 67 años de edad. Pero su mito se ha mantenido e, incluso, agrandado con el paso del tiempo. Su país nunca lo olvidó y, cuando Atenas volvió a albergar una edición olímpica en el año 2004, el nuevo estadio llevó su nombre. (Millariega).

Imagen de la maratón de 1896 (Fuente: Encyclo- pedia Encydia beta -es.encydia.com).

Spiridon Louis en Berlín 1936. (Fuente: German Federal Ar- chive- [Wikimedia Commons]).

josé antonio pérEz manjón