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EL HECHO DE LA ENCARNACIÓN.

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S. Marcos abre su evangelio con la predicación del Bautista, porque con ella comienza la vida pública del Señor (Mc 1, 1ss); S. Mateo y S. Lucas extienden el comienzo del evangelio a la infancia misma de Jesús, dando a entender con ello que la concepción, nacimiento, niñez y adolescencia del Señor pertenecen también a este evangelio, es decir, son sucesos salvíficos. La concepción de Jesús es el comienzo de la misión visible del Hijo.

1. LA CONCEPCIÓN VIRGINAL.

La concepción virginal de Jesús es claramente afirmada en Mt 1, 18-23 y Lc 1, 35-37. S. Mateo menciona Is 7, 14, afirmando su cumplimiento en Cristo y dando a entender que el significado de almah es el de virgen.

La Iglesia confesó desde el principio su fe en esta verdad, como testimonian los Símbolos: Cristo "fue concebido del Espíritu Santo y de María Virgen"; "se encarnó por obra del Espíritu Santo de María Virgen". En su Carta a Flaviano (a. 449), escribe S. León Magno: "fue concebido verdaderamente del Espíritu Santo, en las entrañas de la Virgen Madre, que lo dio a luz permaneciendo intacta su virginidad, como con virginidad intacta lo concibió" (DS 291).

La Sagrada Escritura habla de la concepción virginal de Cristo, antes que nada como privilegio de Cristo mismo, como algo muy coherente con su filiación al Padre: "por esto, lo santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios" (Lc 1, 35).

Sólo es indigno de Dios el pecado. Por esta razón se suele decir que el Verbo pudo haber tomado sobre sí una naturaleza humana concebida sin el milagro de la virginidad. Pero una vez que la concepción virginal fue el camino escogido por Dios para su entrada en este mundo, se señalan, entre otros, los siguientes motivos de conveniencia:

1. Era sumamente conveniente que Jesús, que por su unicidad de Persona, también en su humanidad es hijo natural del Padre, no tuviese otro padre en la tierra;

2. La maternidad virginal, en cuanto maternidad humana adecuada a la Persona divina, manifiesta con claridad admirable que Cristo es un don exclusivo de Dios Padre a la humanidad y, en primer lugar, a Santa María.

2. EL NACIMIENTO DEL SEÑOR.

S. Lucas narra el hecho con sencillez extrema: María dio a luz a su hijo primogénito, y lo

envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre (Lc 2, 7). Se trata del nacimiento del Hijo de Dios,

nacimiento que está ya estrechamente relacionado con su muerte, pues constituye el primer acto de una vida que guarda entre sí una indisoluble unidad de sentido redentor: "por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajo del cielo...y se hizo hombre". Por su encarnación, el Verbo no sólo se hace hombre, sino que se hace uno de nosotros, hecho de mujer, nacido bajo la ley (Gal 4, 4), toma sobre sí nuestra historia, que ya no le es ajena.

San Pablo describe con frases vigorosas esta misteriosa solidaridad de Cristo con todo el género humano al mostrarle como nuevo Adán (cfr Rom 5, 12 ss). Esta solidaridad con todo el género humano, que proviene del hecho mismo de la Encarnación, es la razón por la que Cristo puede satisfacer por los pecados de la humanidad. Como escribe S. Tomás de Aquino, respondiendo a la objeción de que la satisfacción corresponde sólo a aquel que hizo la ofensa —y por tanto sólo al pecador mismo—, "la cabeza y los miembros forman como una persona mística. Y, en consecuencia, la satisfacción de Cristo pertenece a todos los fieles como a sus miembros" (STh q. 48, a . 3, ad 1).

EL HECHO DE LA ENCARNACIÓN

La insistencia con que Jesucristo llama la atención sobre su misión, es decir, sobre el hecho de que ha sido enviado a este mundo, remite al designio salvador del Padre que le envía y, en consecuencia, al misterio de su unión eterna con el Padre. El misterio del origen de Jesús incluye también la virginidad de su Madre, es decir, una inseparable dimensión pneumatológica: es el Espíritu Santo el que se encuentra en el origen de Jesús.

También pertenece a la fe que el nacimiento del Señor fue por medio de un parto virginal. En el canon 5 del Concilio de Letrán del a. 649, se dice: "Si alguno no confiesa, de acuerdo con los SS. Padres, propiamente y según verdad, por Madre de Dios a la santa y siempre Virgen María, como quiera que concibió en los últimos tiempos sin semen por obra del Espíritu Santo al mismo Dios Verbo propia y verdaderamente, que antes de los siglos nació de Dios Padre, e incorruptiblemente le engendró, permaneciendo ella, aún después del parto, en su virginidad indisoluble, sea anatema" (DS 503). Se trata de un texto de verdadera importancia dogmática, aunque este concilio no es un concilio ecuménico. En efecto, en él el Papa Martín I propone bajo anatema una doctrina cuya aceptación se convierte en condición sine qua non para conservar la comunión con la Iglesia de Roma. En este texto es claro que la virginitas in partu no es lo mismo que la virginitas in conceptione, sino que con ella se dice algo nuevo a lo ya contenido en la virginitas in conceptione. Se trata de un nuevo signo, en primer lugar para Santa María, que portaba en su cuerpo un motivo de credibilidad, dado por Dios, para fortalecer su fe. Un signo que después había de ser conocido por la tradición. Un signo más en torno al origen misterioso y trascendente de Jesús.

3. LA UNIDAD DEL CUERPO Y DEL ALMA DE CRISTO.

La doctrina de la fe no sólo dice que Jesucristo tenía verdadero cuerpo y verdadera alma, sino que es hombre verdaderamente, es decir, que comparte con los hombres la razón de la humanidad. Esta razón estriba en que poseen un cuerpo animado por un alma espiritual.

Los SS. Padres insisten en esta verdad20. De hecho se encuentra afirmada implícitamente cada vez que se dice que Cristo es consustancial a nosotros. Recuérdese que el hombre es un animal racional, es decir, materia animada con capacidad de pensar. Es la "animación" de esa materia por un alma humana la que la convierte en carne humana. De ahí que la unión hipostática no sólo se denomine "encarnación", sino también "humanación".

4. JESUCRISTO, PERFECTO DIOS Y PERFECTO HOMBRE.

Ya en otros lugares se ha insistido en que Jesucristo es perfecto hombre, sobre todo, al hablar de que posee un verdadero cuerpo y una verdadera alma. Ahora, conviene subrayar, como se ha hecho en la pregunta anterior, que la razón de humanidad proviene de la unión de ambos coprincipios de la naturaleza humana. Así se da a entender, p.e., cuando se dice en el Símbolo Quicumque que Jesucristo es "perfecto Dios y perfecto hombre, compuesto de alma racional y carne humana" (Dz 40), o en forma aún más explícita, en el Conc. XI de Toledo que "el mismo Cristo existe en dos naturalezas y en tres sustancias: la del Verbo, que ha de referirse a la esencia del único Dios, y las del cuerpo y del alma como corresponde a un hombre verdadero" (Dz 284).

La afirmación de que Jesucristo es perfecto hombre, contenida en los Símbolos, es paralela a la afirmación de que el Verbo es perfecto Dios. Con estas afirmaciones se quiere decir, en primer lugar, que nada le falta de lo que corresponde a la naturaleza divina y a la naturaleza humana. Irían, pues, contra la fe, quienes dijesen que Jesús no es perfecto hombre, es decir, no está completo en su naturaleza humana; irían también contra esta misma fe aquellos que dijesen que Cristo es más que hombre o que realiza su naturaleza humana, en cuanto tal naturaleza, de una manera superior a como se realiza en los demás hombres.

20S. CIRILO DE ALEJANDRIA: "Tomado un cuerpo de la santa Virgen animado por un alma intelectual"

TEMA 12. POSIBILIDAD Y CONVENIENCIA DE LA ENCARNACIÓN.

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