Capítulo II. El rey ausente en el Nuevo Reino de Granada
1. El Nuevo Reino de Granada: de tierra conquistada a
Las noticias de las primeras exploraciones en las costas del Caribe insular, son de 1510. Por ese tiempo, se fundó Santa María La Antigua del Darién, el primer asentamiento colonial en la América del Sur.
Exploradores, soldados, cronistas y misioneros, se sorprendieron con la aparición de una naturaleza exuberante e inabordable, que les prodigaba alimentos y aguas pero que al mismo tiempo los enfermaba y debilitaba. Maravillados y asustados, incapaces de nombrar la diferencia, le dieron a este lugar el nombre de Nueva Granada, apelando a la similitud con la provincia ibérica, conocida por ellos.
El nombre fue solo una evocación, porque en realidad todos los referentes en el Nuevo Mundo, se agotaban. Doce años después de esta fundación, los habitantes de Santa María La Antigua, tuvieron que abandonarla por las dificultades del terreno, el acecho constante de la selva y la hostilidad de los nativos.
De tal forma, que un puñado de conquistadores fueron obligados a adentrarse en el territorio siguiendo la ruta de sus ambiciones. Adentrarse en el territorio, implicaba una marcha épica a través de ríos caudalosos y cadenas montañosas de tres mil metros de altura. Pese a las penurias que relataban, los conquistadores parecían resueltos a arriesgar su vida por seguir las promesas de riqueza fácil y luego, por establecerse en los nuevos territorios, donde vislumbraban mejores condiciones de existencia que en la península Ibérica. El bienestar para estos hombres ávidos de recursos y de esperanzas se representaba en tierras con minerales y en la posesión de indios, que permitían tener mano de obra a su servicio. 27
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MARCHENA Juan y GÓMEZ Pérez Carmen (2000), “Las sociedades indígenas y los conquistadores. Apus y Supays”. En: Burga Manuel (ed.), Historia de América Andina. Volumen 2. Formación y apogeo del sistema colonial (siglos XVI-XVII). Quito, Universidad Andina Simón Bolívar.
Sin embargo, los enfrentamientos con las comunidades nativas y las traiciones entre los propios exploradores, fueron una constante. Las expediciones realizadas en nombre del rey eran en realidad empresas privadas concesionarias, cuyo fin inicial era recuperar la inversión hecha para el desplazamiento transatlántico, con minerales y mercancías del Nuevo Mundo.
Se planteaban como un viaje de negocios, cuyo final ahora sabemos, nunca estuvo escrito. Unos regresaban a Europa enriquecidos, otros morían en el intento de conseguir fortuna y un puñado de aventureros cambiaba su suerte en el Nuevo Mundo, convirtiéndose allí en caballeros hidalgos con propiedad sobre tierras, solares e indios.
En las décadas siguientes a 1510, tres expediciones distintas recorrieron el territorio de la Nueva Granada, en nombre de los reyes de Castilla, pero financiadas por recursos privados. Una expedición por el norte, comandada por Gonzalo Jiménez de Quesada; otra por el oriente al mando del alemán Nicolás de Federmann; y una más por el sur a las órdenes de Sebastián de Belalcazar. Las tres expediciones, tenían en común, la búsqueda de un tesoro mítico al que llamaban El Dorado y que no era más que un sueño, una leyenda, o un hábil invento de los nativos qué para desplazar a sus verdugos, les contaron rumores de un gran tesoro de oro, enterrado más allá de sus fronteras.
Cada hueste entonces, siguió una ruta geográfica distinta y se debió enfrentar a topografías y escenarios demográficos dispares. Según Manuel Burga, mientras que en el sur de la Nueva Granada, se derrotó el Imperio Inca y se empezó a controlar sin mayores dificultades casi todo el territorio; en el norte, habitaban grupos indígenas dispersos que no conocían una organización estatal previa y que emprendieron feroces guerras de resistencia lo que, consecuentemente, originó que numerosos grupos indígenas fueran prácticamente aniquilados.28
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BURGA Manuel (2000), “Noblezas indígenas y actitudes anticoloniales”. En: Burga Manuel (ed.) Historia de América Andina Vol. 2. Quito, Universidad Andina Simón Bolívar. P. 328
64 La expedición comandada por Jiménez de Quesada, fue financiada por Pedro Fernández de Lugo quien adquirió la concesión de expedición por parte de la corona. Iniciando su ruta en el emplazamiento caribeño de Santa Marta y siguiendo el cauce del río Magdalena, se adentró en el territorio, encontrando a su paso poblaciones dispersas dedicadas a la agricultura. Luego, atravesando la cordillera central, encontró sabanas densamente pobladas por indígenas Muiscas, que además de la agricultura y la elaboración de rústicos tejidos, explotaban minas de oro, esmeraldas y sal.
Jiménez de Quesada y sus expedicionarios, organizaron incursiones violentas y sorpresivas a los centros de habitación de las altas jerarquías indígenas para eliminarlas y de esta manera, hacerse con el control de la población. No encontraron el Dorado, pero sí un buen botín, que les permitió un oneroso reparto de oro y esmeraldas para su diezmada tropa. Los peninsulares al mando de Jiménez de Quesada, fundaron el sitio de Santafé de Bogotá, eje articulador de una sabana de tierras fértiles, repleta de poblados indígenas y sitiada por los Andes septentrionales, donde se establecieron. La otra expedición, estaba dirigida por Nicolás de Federmann, que actuaba como mercenario al servicio de la familia de banqueros Welser, originarios de Augsburgo. Los Welser, gestionaban las minas de plata de la Europa central y poseían varias factorías de textiles en Flandes. Gracias al favor de Carlos V, abrieron una factoría en Santo Domingo, y adquirieron los títulos de exploración.
Federmann trazó su ruta de viaje haciendo uso de múltiples afluentes del Río Orinoco que le permitieron atravesar los vastos llanos de la llamada Nueva Andalucía –posteriormente Capitanía de Venezuela- y del Nuevo Reino de Granada. Su marcha fue menos afortunada pues se enfrentó a difíciles condiciones climáticas que disminuyeron dramáticamente el número de miembros de la tropa. De igual forma, encontró a su paso poblaciones indígenas dispersas y poco organizadas que fueron tremendamente hostiles. Concretar una fundación de un sitio, fue tarea imposible. Para completar sus desgracias tampoco encontraron minas. El mítico Dorado nunca estuvo más lejos.
Por su parte, Sebastián de Belalcazar, formaba parte de la expedición de conquista del Perú y fue comisionado por los hermanos Pizarro para asegurar el control de Quito y de la frontera norte del Imperio Inca. Belalcazar, se enfrentó a un importante desafío militar con la ayuda de Diego de Almagro, para consolidar la derrota Inca en una zona densamente poblada y cohesionada. La existencia previa allí de un Imperio que había sometido a la población por la vía de la fuerza, como era el caso del Tawuantinsuyu, había generado rivalidades y oposiciones que rápidamente Belalcazar supo explotar. Tejiendo hábilmente alianzas con poblaciones opuestas al Inca, supo dividir para ganar y robustecer su tropa para futuras exploraciones.
Para asegurar un mayor control del territorio, fue más al norte y una vez terminada la entramada red de caminos que surcaban desde el sur la cordillera de los Andes, ahí donde el control del Imperio Inca encontraba su fin, usó el cauce del río Cauca, para seguir la ruta que suponía le llevaría al Dorado. Aunque no encontró el tesoro que perseguía, si halló una rica zona de minas, cercana al caudaloso río y siguiendo las lecciones aprendidas de la conquista de Quito, logró fundar varias ciudades que juntas crearon un importante eje de poblamiento andino: Quito, Pasto, Popayán, Cali, Cartago. La numerosísima mano de obra indígena fue de esta manera sometida y logró un control efectivo del territorio.
Las tres expediciones se encuentran por causa del azar, un día del año 1539, en las cercanías de Santafé de Bogotá, apenas fundada por Jiménez de Quesada. Su encuentro, trajo consigo un pleito que llevaría a sus respectivos capitanes, a embarcarse hacia a la península para dirimir su conflicto de posesión en los tribunales hispanos. Jiménez de Quesada fue reconocido como fundador de Santafé, aunque no se le concedió la gobernación. Federmann, se llevó la peor parte pues el informe que rindió a los Welser de su expedición, le valió la pena de cárcel por fraude, mientras que su tropa fue agregada a la fundación de Santafé. Belalcazar, por el contrario, fue el más favorecido, pues consiguió la Gobernación de Popayán, amplia jurisdicción territorial, rica en minas, que abarcaba buena parte de su territorio de exploración. Los miembros de su hueste, lograron asentarse en varios poblados y conseguir concesiones reales de tierras y encomiendas.
66 El trato desigual que recibieron las tres expediciones en los tribunales peninsulares, refleja la política imperial que la corona privilegiaría: el poblamiento organizado como herramienta de control territorial. De ahí que las huestes de la conquista sólo alcanzaban un reconocimiento político de parte de la Corona a partir de este principio identificador, el núcleo urbano.
Este constituía no sólo una concentración de fuerza que subordinaba a sus necesidades el entorno "rural" indígena sino que se erigía como nexo de continuidad entre la civilización urbana mediterránea y el Nuevo Mundo conquistado. 29
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COLMENARES Germán (1983), Historia económica y social de Colombia: 1537-1719. Bogotá, Ediciones Tercer Mundo., p 18-19.
La ciudad fue en la América Hispánica, el corazón de la política imperial.30 En Europa, los propios debates de la época, según lo ha mostrado Xavier Gil Pujol, se mostraban bastante atraídos por la importancia que tenían las concentraciones de población para acrecentar el poder del príncipe. 31
La urbanización fue desde la antigüedad clásica, una eficaz catapulta de la expansión cultural. La idea de ciudad como entorno construido y como comunidad humana o política se remontaba a Tucídides. En la comunidad política, según Aristóteles estaba el principio de la civilización. Siguiendo este postulado, San Agustín en La Ciudad de Dios, transformó la polis pagana en una respublica cristiana. Su ideal de ciudad, era una comunidad basada en el orden, la justicia y la fe, regida por un gobierno que promoviese la concordia, la obediencia y las normas cívicas.32 Durante el Renacimiento, estas ideas cobraron especial relevancia.
Entre los muchos tratadistas que se ocuparon de este asunto, sobresale Giovanni Botero, por su gran difusión y repercusión en la España Imperial de Felipe II, en pleno auge de la urbanización americana. Botero, en su celebre
Razón de Estado, con tres libros de las causas de la grandeza y magnificencia de la ciudad, buscaba compatibilizar las enseñanzas de Maquiavelo, con la
ortodoxia tridentina, recogiendo muchos de los preceptos aristotélicos que definían una comunidad civilizada y bien regida: la autosuficiencia, el ejercicio político, las gentes y las vituallas. A la manera clásica, la ciudad permitía la paulatina asimilación de las provincias en los usos y hábitos de la nación dominante.
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KAGAN Richard (1998),Imágenes urbanas del mundo hispánico: 1493-1780. Madrid, Iberdrola, El Viso.
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GIL Pujol Xavier (2004), “Las fuerzas del rey: la generación que leyó a Botero”. En Javier Ruiz Ibáñez, Mario Rizzo, Gaetano Sabatini, (coord.) Le forze del príncipe: recursos, instrumentos y límites en la práctica del poder soberano en los territorios de la monarquía hispánica: actas del Seminario Internacional, Pavia, 22-24 septiembre del 2000. Vol. 2. pp. 969-1022
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68 “llamase ciudad muchos hombres recogidos en un lugar para vivir con felicidad y grandeza, ciudad se llama no al espacio de sitio o lo que rodean los muros sino la muchedumbre y los vecinos y su poder”33
Siguiendo estos principios, la Monarquía Católica incentivó la fundación de villas y ciudades en el Nuevo Mundo. A diferencia de los vulgos medievales de la Europa Occidental, las ciudades indianas, se planteaban como espacios diseñados, donde el orden y el control eran fundamentales.34
Al respecto señala Ángel Rama, que la translación del orden social monárquico y cristiano, al continente Americano como nueva realidad física, implicó un previo diseño urbanístico en el que los lenguajes simbólicos, fueron parte de lo estrategia política y cultural. 35 Richard Sennett y José Luis Romero, coinciden en señalar que las fundaciones americanas, son la primera gran realización urbanística del Renacimiento. 36
En este orden de ideas, es posible afirmar que la ciudad como centro de colonización española, fue el epicentro de introducción de los elementos culturales traídos desde la península. Este proceso buscaba la expansión de dos pilares fundamentales de la Europa occidental: La monarquía y el cristianismo. Pilares de los que, la corona castellana era su máximo adalid. El desafío era inmenso porque había que asimilar poblaciones diversas a un modelo político y cultural homogéneo, a la vez se debía ejercer un dominio efectivo del territorio.
El proceso de fundación del cabildo, es similar en la mayoría de los casos. Una cuadrilla de exploración, escogía un terreno bien dotado de aguas y con
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GIL Pujol Xavier (2004), “Las fuerzas del rey: la generación que leyó a Botero”, página 988.
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Este ideal típico de la ciudad renacentista, puede verse en el trabajo de Richard Sennett, Carne y Piedra. Para el caso de la Nueva Granada ver: HERRERA Ángel Martha (2002), Ordenar para Controlar. Ordenamiento espacial y control político en las Llanuras del Caribe y en los Andes Centrales. Siglo XVIII. Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia – Academia Colombiana de Historia.
35
RAMA Ángel (1998), La ciudad Letrada, Editorial Arca, Montevideo. p.20
36
SENNETT Richard (1997), Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental. Madrid, Alianza Editorial. ROMERO José Luis (2001), Latinoamérica: Las ciudades y las ideas. Buenos Aires, Siglo XXI editores.
población indígena susceptible de sujeción. En algunos casos, la fundación española se realizó en asientos urbanos preexistentes, para lo cual y según las circunstancias, podían declara la guerra o bien establecer alianzas con caciques e indios principales del lugar.
Una vez garantizada la viabilidad del establecimiento, el comandante de la expedición hacia una breve ceremonia con la cual, en nombre del rey tomaba posesión sobre esos territorios. Se alzaba el pendón real, se bautizaba el asentamiento, se nombraba a un santo patrono y de acuerdo a la cantidad de pobladores, se le daba la atribución de villa o ciudad para distinguirla del campamento.
Con este acto, el comandante de la expedición, se erigía como máxima autoridad –“el adelantado”- dictando una notificación a su majestad de que la fundación se había hecho en su nombre; a renglón seguido, establecían una jurisdicción de tierras, divididas según la normativa hispánica en cuadriculas que debían ser habitadas, partiendo desde la plaza que por lo general coincidía con el sitio en el que se alzó el pendón. Alrededor de ésta, se ubicaban los solares representativos del poder y las residencias de los comandantes de expedición.
En las cuadriculas siguientes, estarían las residencias de los soldados de tropa y demás miembros de la exploración. Más lejos aún de la plaza tendrían su lugar los colonos de otras expediciones, más tardías. En los márgenes de la villa, estarían los arrabales, donde residirían los indios colaboradores y del servicio personal. Luego estarían los ejidos, territorios de frontera -de propiedad del rey- que hacían parte del espacio vital de la recién constituida urbe.37
Según Germán Colmenares, los recursos de los territorios conquistados se consideraban entonces como un premio a los esfuerzos realizados a la corona, por parte de los conquistadores.38 Naturalmente, el premio no era igual para
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HERRERA Ángel Martha (2002).
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COLMENARES Germán (1979), Capitulo 1: La formación de la economía colonia. 1500-1740. en Varios Autores, Historia Económica y Social de Colombia. Cali, Universidad del Valle.
70 todos. El reparto de privilegios obedecía a la estructura misma de la hueste que diferenciaba entre oficiales y soldados a pie y a caballo. A estos últimos cabía siempre una cuota menor en los beneficios.
Del centro blanco a la periferia india
(Fuente: J. Lockhart y S. B. Schwartz, América latina en la Edad Moderna, Madrid, 1990)
La fundación preveía además la repartición de tierras cercanas para garantizar la autosuficiencia alimentaria de la villa y con estas tierras se repartían indígenas como mano de obra sujeta, en la denominada Encomienda, que fue la principal recompensa otorgada por el rey a los conquistadores. Al capitular con la Corona el reparto de los beneficios de la conquista, el jefe de la hueste adquiría el privilegio de repartir no sólo el botín inmediato de la conquista, sino también recursos permanentes, que eran los que permitían el asentamiento duradero de los españoles. Por eso el recurso más codiciado era este. A cada uno de los que habían contribuido en la conquista se repartía un número variable de indígenas.
El repartimiento acarreaba para su beneficiario, el privilegio de recibir un tributo de los indios a cambio de ser instruidos en la doctrina cristiana. La función principal que las leyes le otorgaban a la encomienda era la evangelización. Por eso el titular de la encomienda debía contratar un sacerdote, construir una iglesia con ornamentos adecuados y organizar a los indios en pueblos al estilo español. El encomendero debía ser un hombre casado y tener “casa poblada” en la ciudad.39
Siguiendo a Germán Colmenares, las querellas internas dentro de la hueste y sobre todo la insatisfacción de algunos conquistadores eran los propulsores del afán de nuevas fundaciones. Tal situación se veía reforzada todavía más por el afán de honores de los conquistadores. Estos consistían en puestos en el Cabildo, precisamente la institución que controlaba el acceso a los recursos. Inicialmente, los Cabildos de las ciudades distribuyeron no sólo solares y huertas del perímetro urbano sino que comenzaron también a otorgar mercedes de tierras a veces en grandes extensiones. Las primeras generaciones de encomenderos monopolizaron los puestos en el Cabildo, lo que les permitió atribuirse grandes concesiones de tierras, a menudo en la vecindad de sus encomiendas.40 En casos como este, resulta evidente que los privilegios políticos, derivaron en privilegios económicos.
Además de las fundaciones castellanas, para el caso de la población nativa la directriz fue similar. La legislación indiana promovía también la
concentración de almas, en las llamadas Reducciones, que tenían por objetivo
reunir las poblaciones indígenas dispersas, para facilitar el proceso de evangelización, facilitar el mando sobre la mano de obra y efectivizar la recaudación del tributo.
Luego vendrían las políticas de separación residencial entre estamentos étnico-sociales que dieron vida a los llamados pueblos de indios o
corregimientos asentados en las proximidades de las ciudades o villas de
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GAMBOA Jorge (ed.), Encomienda, identidad y poder. La conquista de la identidad de los Conquistadores y Encomenderos en el Nuevo Reino de Granada. Bogota, Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2002.
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COLMENARES Germán (1979), Capitulo 1: La formación de la economía colonia. 1500-1740. en Varios Autores, Historia Económica y Social de Colombia. Cali, Universidad del Valle.
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blancos, donde vivían indios de encomienda, obrajes y servicio que dotaban al
poblado castellano de todas las provisiones de alimentos necesarias para la subsistencia. Los pueblos de indios, se encontraban al mando de un
corregidor blanco y de gobernadores y principales indígenas elegidos entre los
caciques, autoridades étnicas prehispánicas asimiladas por el sistema colonial como parte del entramado administrativo.41
De manera que, el Cabildo en su versión Indiana, fue más que una copia del cabildo peninsular. Como cuerpo representativo de una comunidad urbana, tenia posesión de un espacio territorial y simbólico fundamental para llevar a cabo el proceso de occidentalización.42
Vivir en policía, o ser vecino eran para hombres y mujeres de la América
Hispánica, declaraciones de pertenencia a una comunidad urbana no solo como lugar de habitación sino también como un proyecto de civilidad asociado