El 6 de julio del 83 a. J.C., el más grande y sagrado edificio de Roma fue alcanzado por un rayo. El antiguo templo de Júpiter se recortaba en la cima de la colina del Capitolio. Allí, bajo un techo cubierto de oro y entre trofeos, estatuas y escudos, tenía su santuario el guardián de Roma. En los lejanos días de los reyes, hombres que habían excavado bajo los cimientos del templo habían encontrado una cabeza humana. Los augures que se convocaron para interpretar aquel prodigio explicaron que presagiaba el futuro de Roma como cabeza del mundo. ¿Quién podía dudar de que era Júpiter el que había guiado a la República hasta hacerla grande? No es sorprendente que el Senado eligiera celebrar su primera reunión de cada año en el santuario del dios. Ese era el lugar en que el poder romano estaba más en contacto con el divino.
Pero ahora Júpiter había decidido destruir su propio templo con un rayo. No era una señal prometedora. Casi no hacía falta acudir a los libros de la Sibila para interpretarla, aunque en todo caso daba igual, porque también estaban consumiéndose en el incendio. Pero ¿qué era lo que había enfurecido al dios? Una multitud se reunió para contemplar el desastre, mientras las llamas lanzaban humo y chispas por encima del Foro. Era el corazón de Roma, que se extendía desde el Capitolio, la colina de los dioses, hasta el Palatino, la colina del poder. El Foro, junto con el Circo, era uno de los dos espacios abiertos dentro de las murallas en los que los ciudadanos podían mezclarse libremente. En los últimos años se había vuelto un sitio un poco pomposo, se había echado a los mercaderes y se habían puesto en su lugar tiendas de lujo, pero aun así simbolizaba la unidad del pueblo romano más que ningún otro lugar de la ciudad. Así había sido desde la antigüedad. Originalmente fue un pantano que se
desecó para ofrecer un lugar de reunión adecuado a los belicosos habitantes de las colinas vecinas. Por eso había sido el primer lugar en el que los romanos habían aprendido a conducir sus asuntos como ciudadanos. Como la propia ciudad, el Foro era un batiburrillo de monumentos discordantes, a la vez un museo de la historia de la República y el centro de la vida de la ciudad. Allí defendían sus casos los abogados, los banqueros negociaban sus préstamos, las vírgenes vestales atendían la llama de su diosa y todo el mundo iba a charlar o a ser visto. Era la política, sin embargo, lo que dominaba el Foro. La multitud que contemplaba la destrucción del templo de Júpiter debía estar acostumbrada a reunirse al pie de la colina capitolina. Allí estaba la asamblea electiva, el Comitium, donde los ciudadanos acudían para escuchar a los oradores pronunciar sus discursos desde la Rostra, la plataforma curva formada por las proas de barcos capturados hacía mucho tiempo. Justo a su lado se erguía la Curia, donde se reunía el Senado, y un poco al sur el templo de Castor y Pollux, frente al cual los tribunos convocaban asambleas para debatir y votar leyes. Este eje de edificios y espacios abiertos era el gran teatro de la vida política de la República, la expresión más potente que Roma ofrecía de las libertades y valores de sus ciudadanos. Por ello debió de verse como un portentoso augurio que el fuego que ardía en el Capitolio tintase el Foro que quedaba a sus pies de un intenso color rojo. Rojo: el color de Marte, el dios de la guerra, y de la sangre derramada.
Sila diría más adelante que Belona, el equivalente femenino de Marte, lo había avisado de antemano de la catástrofe. Poco después de desembarcar en Italia, uno de sus esclavos fue presa de un trance profético, y le reveló que a menos que consiguiera la victoria de modo inmediato, el Capitolio sería destruido por el fuego. Las supersticiones de Sila no le impedían ser un maestro de la propaganda, y esa historia, que debió de correr de boca en boca, esta ha diseñada para atacar la causa de sus rivales. Sin duda, le debió recordar al público que Sila, antes de partir hacia Grecia, llevó al cónsul Cinna al Capitolio y le hizo jurar que no le atacaría en su ausencia. Cinna rompió su juramento casi inmediatamente. Por eso, el incendio del Capitolio era un regalo de dios para Sila. De ahora en adelante, mientras planeaba sus represalias, no le podía quedar duda de que los dioses estaban con él.
De hecho, la primera ruptura del juramento fue para Cinna no sólo un acto de traición, sino también de defensa propia. En el embrutecido clima político que Sila dejó atrás al marcharse, las rivalidades habían degenerado en abierta violencia. Una disputa sobre esa recurrente pesadilla, el derecho de voto de los italianos, había sido suficiente para que los dos cónsules del 87 entraran en guerra abierta. Cinna, expulsado de Roma por Octavio, su colega en el consulado, buscó rápidamente formas de forzar su regreso. Su primera medida fue seducir a la legión que seguía acampada en Nola, que, como resultado, por segunda vez en poco más de un año levantó el asedio y marchó hacia Roma. Pero Cinna se había procurado, además, otros aliados. El más temible había traído no una legión, sino la magia de su nombre. Después de largos meses de exilio en África, amargado entre las ruinas de Cartago, Cayo Mario regresó a Roma.
Reclutó un ejército personal de esclavos mientras viajaba por Italia, y unió sus fuerzas a las de Cinna. Juntos, marcharon sobre Roma. La ciudad cayó con facilidad. Mario, loco de resentimiento e ira, se embarcó en una persecución brutal de sus enemigos. Octavio, que se negó a huir, fue asesinado a golpes de espada en el mismo trono consular del que se negó a levantarse, y le llevaron su cabeza a Cinna, que la exhibió como un trofeo en la Rostra. Los demás opositores de Mario huyeron o fueron asesinados de forma especialmente brutal. Mientras sus bandas de esclavos asolaban la ciudad, el anciano fue escogido para el séptimo consulado que le habían predicho hacia tanto tiempo. Tan pronto asumió el cargo, sin embargo, comenzó a beber sin medida y a tener terribles pesadillas. Falleció dos semanas después.
Con la muerte de Mario, Cinna quedó como líder absoluto del régimen. Con el desprecio hacia el precedente que muestran los caudillos, se mantuvo en el consulado durante tres años consecutivos, preparándose para el regreso de Sila. Entonces, en el 84, con Sila dispuesto a invadir Italia, Cinna decidió anticiparse y llevar la lucha a Grecia. Esta vez, no obstante, la retórica de campamento le falló al cónsul. Sus hombres se amotinaron, y en los disturbios resultantes asesinaron al propio Cinna. La mayoría de los romanos, temerosos ante la inminente llegada de las veteranas legiones de Sila, creyeron que, muerto Cinna, había la posibilidad de que por fin reinara la paz. Sila, sin embargo, rechazó con desprecio las propuestas que le presentaron facciones neutrales del Senado y se negó a contemplar la posibilidad de una reconciliación. A pesar de la pérdida de Cinna, los Mario mantenían firmemente el poder en sus manos, y ambas partes se prepararon para una lucha que sabían a muerte. La vendetta de Mario fue heredada por su hijo, un famoso y atractivo playboy cuyo estilo de vida tan semejan te al que había llevado Sila no hizo que odiara menos al mayor enemigo de su padre. Mientras el templo de Júpiter ardía en el Capitolio, el joven Mario se apresuró a llegar al lugar para rescatar no la estatua del dios ni las profecías de la Sibila, sino los tesoros del templo que le permitirían reclutar más legiones. Unos pocos meses después fue elegido para el consulado del 82. Sólo tenía veintiséis años.
Para entonces se había convertido en práctica habitual despreciar olímpicamente la constitución. Los senadores que habían soportado durante años que Cinna y sus títeres bloquearan sus ambiciones políticas sólo podían hervir de rabia en silencio al ver a un hombre tan joven pasear por el Foro con su guardia de lictores. Pero por impopulares que, sin duda, fueran los Mario, la alternativa no inspiraba demasiadas pasiones. A Sila le rodeaba un aura siniestra, heredada de su propio largo historial de violencia. No se produjo ninguna muestra de apoyo a su vuelta. Su afirmación de que su intención era restaurar la República se veía como mínimo con suspicacia. Ejércitos romanos bloquearon las rutas de acceso a la ciudad y se negaron a disolverse.
Pero Sila ya no era el paria entre sus pares que había sido en su primera marcha sobre Roma, en el 99, cuando un solo oficial le había acompañado. Cinco años después, su séquito estaba plagado de nobles. Muchos de ellos buscaban venganza personal contra los Mario. Destacaba entre éstos un miembro de una de las familias más célebres de Roma,
Marco Licinio Craso, cuyo padre había sido el líder de la oposición contra Mario y fue ejecutado por ello. En la purga que siguió, el hermano de Craso también había sido asesinado y las fincas de la familia en Italia incautadas. Estas propiedades debían de haber sido considerables: el padre de Craso había combinado una brillante carrera política con un interés en los negocios de importación y exportación muy poco propio de un senador. Por algo el apodo de su familia era «Rico»: Craso heredaría de su padre la noción de que la riqueza era el fundamento más sólido del poder. Más adelante se haría célebre al declarar que hasta que un hombre no fuera lo bastante rico como para mantener su propio ejército no podía afirmar tener demasiado dinero.1 Era un juicio basado en sus
experiencias de juventud. Huyendo de los asesinos de su familia, Craso había viajado hasta España, donde el mandato de su padre como gobernador había resultado tremendamente lucrativo. Incluso mientras se escondía en una remota playa, el fugitivo se permitió vivir a lo grande, con sus sirvientes llevándole comida y esclavas núbiles a su cueva. Entonces, tras varios meses subsistiendo en tales condiciones, las noticias de la muerte de Cinna le animaron a reclamar todo el patrimonio que le habían arrebatado a su familia. A pesar de ser un ciudadano privado tomó la iniciativa de reclutar su propio ejército, una gran fuerza de unos 2500 hombres. Craso los condujo por el Mediterráneo, forjando alianzas con otras facciones contrarias a Mario, antes de zarpar hacia Grecia y unir su suerte a la de Sila, quien, lógicamente, recibió al recién llegado con los brazos abiertos.
Pero reservó un recibimiento todavía más cálido para un señor de la guerra aún más joven y más glamuroso que Craso. Sila había saltado a Italia y avanzaba hacia el norte cuando le llegaron noticias de que se había reclutado otro ejército privado para él y que estaba marchando hacia el sur para unírsele. Puesto que las carreteras estaban bloqueadas por una serie de fuerzas partidarias de Mario, Sila temía que los refuerzos pudieran ser aniquilados antes de llegar, pero justo cuando se apresuraba a acudir a su rescate, llegaron novedades: el novato general que las comandaba había logrado una serie de brillantes victorias y había puesto en fuga a todo un ejército consular. Ahora su ejército esperaba a Sila en la carretera, en perfecta formación, con sus armas relucientes y el rostro de sus soldados henchido de orgullo. Sila, como se esperaba de él, se mostró adecuadamente impresionado. Se acercó a la tienda del novato general y desmontó. Un joven le aguardaba en pie, con su cabello dorado peinado con un gran flequillo, pensado para parecerse a Alejandro. Saludó a Sila como Imperator -general- y Sila le saludó también como Imperator. Ése era un honor que hasta al soldado con más talento le costaba muchos años ganar. Cneo Pompeyo tenía apenas veintitrés años.
Una arrogancia precoz, un genio para la autopropaganda y un placer casi infantil con el disfrute de las ventajas del triunfo eran las características fundamentales del ascenso de Pompeyo a la gloria. Sila, que alimentó la vanidad de su protegido por un inescrutable cinismo, le tomó la medida desde el principio. No tenía ningún problema en adular al joven si con eso se ganaba su apoyo. Pompeyo merecía y necesitaba los halagos. De su padre, el pérfido Pompeyo Estrabón, había heredado no
sólo la finca privada más grande de Italia, sino también una gran habilidad para cambiar de bando. A diferencia de Craso, Pompeyo no tenía ninguna enemistad personal con el régimen de Mario. Antes de la llegada de Sila se le había visto husmeando alrededor del campamento de Cinna. Evidentemente, el espectáculo de su colapso y motín le debió convencer de que sería mejor pasarse al bando de Sila. Pompeyo tenía olfato para descubrir dónde se hallaban las mejores oportunidades.
Lo que tanto él como Craso habían comprendido es que la guerra civil había transformado las reglas del juego político. Los más despiadados y sagaces de entre la generación más joven tenían una oportunidad de oro para pasar por delante a sus mayores. Sila, que creía que su mayor enemigo era el joven Mario, comentó arrepentido que, conforme él envejecía, sus enemigos se hacían más jóvenes. También sus aliados. Pompeyo, en concreto, dirigía su ejército con la despreocupación de un niño al que le han dado un juguete. Para los romanos, las pasiones de la juventud eran violentas y peligrosas, y sólo la disciplina podía domarlas. Pompeyo, sin embargo, había hecho siempre lo que le había dado la gana. Adulescentulus carnifex, adolescente carnicero, le llamaban sus enemigos.2 Como no tuvo que atenerse ni a las costumbres ni a la ley
durante su corta carrera, Pompeyo mataba sin respetar ni las unas ni la otra.
Había un hombre que podría haberlo contenido, claro, pero el ejemplo que le daba el propio Sila era de tal salvajismo que ensombrecía incluso al «adolescente carnicero». Parece ser que provocó deliberadamente un último alzamiento de los samnitas y los masacró deliberadamente para presentarse otra vez como el defensor de Roma y no como un simple señor de la guerra. De nuevo, Samnium y la Campania fueron saqueadas sin piedad, y de nuevo, por última vez en la historia, los samnitas vistieron sus espléndidas armaduras y cascos de altas crestas y marcharon sobre las llanuras. Se unieron a la causa de Mario, que estaba hundiéndose por momentos. Llegados al 83, tras un año de guerra civil, un cónsul había huido de Italia para refugiarse en África, y el otro, el joven Mario, estaba rodeado en la ciudad montañesa de Praeneste, a unos cuarenta kilómetros de Roma. Los samnitas, fintando a Sila, intentaron primero marchar en ayuda de Mario, pero entonces, dándose cuenta de que Roma quedaba desprotegida en su retaguardia, dieron media vuelta rápidamente y marcharon contra la capital. Sila, tomado por sorpresa, los persiguió a una velocidad frenética. Cuando los samnitas aparecieron a la vista de las murallas de Roma, su comandante les ordenó arrasar la ciudad por completo: «¿Creéis acaso que esos lobos que han atacado tan terriblemente las libertades de Italia desaparecerán si no se destruye el bosque que los cobija?»3, gritó. Pero cuando los samnitas
comenzaron a agruparse frente a la puerta Colina y ya oían los gritos de terror que las mujeres lanzaban desde el interior de la ciudad, Sila se estaba acercando. A mediodía, la vanguardia de su caballería ya había empezado a hostigar a las líneas enemigas, y ya entrada la tarde, contra el consejo de sus lugartenientes, Sila lanzó a su exhausto ejército a la batalla. Toda la tarde y buena parte de la noche, la suerte de la batalla
2 Valerio Máximo, 6.2. 3 Veleyo Patérculo, 2.26.
fue cambiando. Craso destrozó el ala izquierda de los samnitas, pero Sila vio cómo atravesaban su línea en el ala que él mismo dirigía y cómo sus tropas corrían el riesgo de verse acorraladas contra los muros de la ciudad. Pero su buena suerte volvió a socorrerle. Rezando a los dioses que siempre lo habían protegido, reunió a sus hombres, y cuando amanecía y le llegaron por fin las noticias del éxito de Craso al otro lado del campo de batalla, él también había logrado la victoria.
El baño de sangre de la puerta Colina fue una victoria decisiva. Sus enemigos ya no tenían ningún ejército en Italia con el que continuar la guerra. Las redadas iban capturando prisioneros samnitas, y Sila era el señor absoluto e indiscutible de Roma.
Sila Felix
Se capturaron tres mil prisioneros en la puerta Colina. Tres mil más -las fuerzas de reserva samnitas- se rindieron cuando Sila les prometió un salvoconducto. Tan pronto como salieron de su refugio, sin embargo, fueron rodeados y llevados junto a los demás prisioneros samnitas. Se los recluyó en el Campo de Marte, la llanura de aluvión que se extendía al norte más allá de las murallas del Capitolio. Incluso después de vencidos se mantenía a los samnitas fuera de Roma.
Era irónico que Sila se mostrara tan escrupuloso en este punto. Hasta que sus propias legiones rompieron el tabú en el 88 a. J.C. los únicos hombres armados que habían entrado en la ciudad habían sido los ciudadanos que participaban en los desfiles triunfales, los tan deseados triunfos. Por lo demás, Roma siempre había sido territorio prohibido para los militares. Desde tiempos de los reyes, los civiles se habían tenido que reunir primero en el Campo de Marte antes de prestar el juramento que los transformaba en soldados. Allí se les concedía un rango acorde con su riqueza y estatus, pues en la guerra, igual que en la paz, cada ciudadano sabía cuál era su sitio. En la cúspide de la jerarquía se hallaban aquellos lo suficientemente ricos como para permitirse sus propios caballos, los
equites; bajo la clase ecuestre había cinco clases más de infantería; los
últimos de la fila eran ciudadanos demasiado pobres para comprar incluso una honda de cuero y algunas piedras, los proletaria. Estas siete clases se dividían a su vez en unidades, conocidas como «centurias». Con ello se podía calibrar el estatus con exquisita precisión. A pesar de que hacía tiempo que las «clases» y las «centurias» habían dejado de ser la base de su ejército, los romanos no abandonaron ese sistema que tan bien les había funcionado. Muy al contrario, siguió siendo el centro de su vida política.
Obviamente había algunos ciudadanos que no ansiaban arrastrarse hacia arriba en la escala social, siglo tras siglo, hasta llegar al último peldaño. Cuanto más alto subía un romano, más nuevas oportunidades se le ofrecían para tentarle a seguir subiendo. Si se convertía en un ecuestre, por ejemplo, podía aspirar a entrar en el Senado; si se unía al