No vamos a entrar en detalles acerca de los acontecimientos que antecedieron al “rescate”, ajustándonos a las minuciosidades de la historia comenzó diciendo y luego siguió-, solamente nos limitaremos a referir que el inca Atawallpa que permanecía en cautiverio, y en entrevista con su captor el capitán Francisco Pizarro, exigió su libertad bajo la condición de que a cambio de ella, mandaría traer con sus hombres oro y plata hasta llenar con ello una habitación, y empinándose de puntillas estiró su brazo hasta donde pudo para arriba y marcando con las uñas, señaló el límite hasta donde llegaría su oferta.
Pizarro se asombró por el ofrecimiento tan generoso y de momento aceptó. Fue entonces cuando el inca envió a sus emisarios con la orden de traer del yacimiento aurífero del imperio, cargamentos de oro para comprar su libertad. En
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EL RESCATE DE ATAHUALLPA
No vamos a entrar en detalles acerca de los acontecimientos que antecedieron al “rescate”, ajustándonos a las minuciosidades de la historia comenzó diciendo y luego siguió-, solamente nos limitaremos a referir que el inca Atawallpa que permanecía en cautiverio, y en entrevista con su captor el capitán Francisco Pizarro, exigió su libertad bajo la condición de que a cambio de ella, mandaría traer con sus hombres oro y plata hasta llenar con ello una habitación, y empinándose de puntillas estiró su brazo hasta donde pudo para arriba y marcando con las uñas, señaló el límite hasta donde llegaría su oferta.
Pizarro se asombró por el ofrecimiento tan generoso y de momento aceptó. Fue entonces cuando el inca envió a sus emisarios con la orden de traer del yacimiento aurífero del imperio, cargamentos de oro para comprar su libertad. En
un abrir y cerrar de ojos los súbditos ya procedían a trasladar el oro ordenado por su majestad, y lo hacían en caravanas de llamas, cargadas cada una de ellas a su máxima capacidad y formando en cada envío recuas de cien o doscientas.
Cuando las caravanas con el cargamento amarillo se deslizaban por las cordilleras con rumbo a Cajamarca, por el camino empedrado que conduce de Paititi a esa ciudad, se supo por intermedio de los chasquis, que el soberano había sido ejecutado por el sanguinario capitán de la conquista. Este personaje, en plena demostración de sus bajos valores no había honrado su promesa y terminó asesinándolo.
Los incas, decepcionados y coléricos, afligidos por la desaparición de su soberano, descargaron lo que transportaban donde la noticia les sorprendió, al borde de los caminos y allí enterraron los cargamentos como pudieron, luego despavoridos huyeron retornando algunos a Paititi, y otros dispersándose a lo largo de las serranías.
Así es que en el recorrido de los caminos del Inca, es posible constatar que existen lugares en los que se perciben lenguas de fuego haciendo hileras, que se encienden y se apagan en
columnas de flamas azules; algo así como hileras de velas que titilan por el viento, claramente perceptibles a la distancia, al frente de las quebradas. Y no es otra cosa que los enterrados tesoros que fueran sepultados por los incas al saber la noticia de la muerte de su monarca. Si pudiéramos seguir el camino de los incas que conduce de Paititi a Cajamarca y nos dedicáramos a rastrear e investigar detenida- mente, seguro estoy que llegaríamos a hallar tanta fortuna en oro, que llenaríamos aquella habitación famosa del rescate de Atawallpa.
De esa manera el viejo profesor terminaba su relato, lleno de emocionantes capítulos, al tiempo que terminaba su café demostrando enorme satisfacción. Nos despedimos hasta una nueva ocasión y quedé mascullando otro fragmento del futuro libro.
un abrir y cerrar de ojos los súbditos ya procedían a trasladar el oro ordenado por su majestad, y lo hacían en caravanas de llamas, cargadas cada una de ellas a su máxima capacidad y formando en cada envío recuas de cien o doscientas.
Cuando las caravanas con el cargamento amarillo se deslizaban por las cordilleras con rumbo a Cajamarca, por el camino empedrado que conduce de Paititi a esa ciudad, se supo por intermedio de los chasquis, que el soberano había sido ejecutado por el sanguinario capitán de la conquista. Este personaje, en plena demostración de sus bajos valores no había honrado su promesa y terminó asesinándolo.
Los incas, decepcionados y coléricos, afligidos por la desaparición de su soberano, descargaron lo que transportaban donde la noticia les sorprendió, al borde de los caminos y allí enterraron los cargamentos como pudieron, luego despavoridos huyeron retornando algunos a Paititi, y otros dispersándose a lo largo de las serranías.
Así es que en el recorrido de los caminos del Inca, es posible constatar que existen lugares en los que se perciben lenguas de fuego haciendo hileras, que se encienden y se apagan en
columnas de flamas azules; algo así como hileras de velas que titilan por el viento, claramente perceptibles a la distancia, al frente de las quebradas. Y no es otra cosa que los enterrados tesoros que fueran sepultados por los incas al saber la noticia de la muerte de su monarca. Si pudiéramos seguir el camino de los incas que conduce de Paititi a Cajamarca y nos dedicáramos a rastrear e investigar detenida- mente, seguro estoy que llegaríamos a hallar tanta fortuna en oro, que llenaríamos aquella habitación famosa del rescate de Atawallpa.
De esa manera el viejo profesor terminaba su relato, lleno de emocionantes capítulos, al tiempo que terminaba su café demostrando enorme satisfacción. Nos despedimos hasta una nueva ocasión y quedé mascullando otro fragmento del futuro libro.
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LA FUGA
En cierta ocasión estando de visita por la hacienda Patria un grupo de exploradores geólogos, mi padre les relató esta interesante historia después de la cena y a la luz de nuestra clásica lámpara:
“En la hacienda Villacarmen, en el encuentro de los ríos Piñipiñi, Tono y Pilcopata, ubicado en el límite con el departamento de Madre de Dios, al término del siglo diez y nueve y comienzos del veinte aun se cometían las más horrorosas atrocidades, llegando al extremo de convertir a los peones en acémilas o bestias de carga, obligándolos a trabajar sin beneficio alguno y aún más, como si esto fuera poco, sin reconocerles los más elementales derechos humanos, a que se supone todo ser humano tiene o debe tener acceso.
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LA FUGA
En cierta ocasión estando de visita por la hacienda Patria un grupo de exploradores geólogos, mi padre les relató esta interesante historia después de la cena y a la luz de nuestra clásica lámpara:
“En la hacienda Villacarmen, en el encuentro de los ríos Piñipiñi, Tono y Pilcopata, ubicado en el límite con el departamento de Madre de Dios, al término del siglo diez y nueve y comienzos del veinte aun se cometían las más horrorosas atrocidades, llegando al extremo de convertir a los peones en acémilas o bestias de carga, obligándolos a trabajar sin beneficio alguno y aún más, como si esto fuera poco, sin reconocerles los más elementales derechos humanos, a que se supone todo ser humano tiene o debe tener acceso.
“Esta hacienda había ganado fama por los inhumanos tratos a sus trabajadores, de tal forma que escuchar hablar a alguien que se iría a trabajar a Kcosñipata, era como para compadecerlo, pues era seguro que esa persona estaba yendo a dejar sus huesos en aquella selva de terror, en aquel verdadero infierno, en aquel hoyo negro del destino.
“Cuentan que los trabajadores de la mencionada hacienda no usaban más ropas que un calzón de tocuyo doble y en la espalda, amarrada al cuerpo una carona, armazón de yute que se pone en el lomo de las bestias, para poner encima de ello la carga - Nosotros somos testigos de eso decía emocionada mi madre mientras su esposo continuaba diciendo: En sus espaldas cargaban caña de azúcar o la cortaban desde la aurora hasta el poniente, ganándose a intervalos tres veces al día un jarro de agua del riachuelo más próximo, y al medio día una porción de yuca sancochada con infusión de hojas de lima que recogían de los huertos, lo suficiente como mantenerlos vivos. No obstante estos hombres habían ido a trabajar con un convenio o contrato y con el ofrecimiento de jugosos haberes, las autoridades compradas por el hacendado nunca tramitaban justicia en favor de estos desposeídos; una vez instalados en la hacienda
no eran más que esclavos, sin derecho inclusive a su propia existencia.
“Dormían en cuadras llamadas ranchos muy semejantes a establos, encerrados con candados y dos o tres celadores al contorno, armados de poderosas carabinas y flechas, listos a disparar contra cualquier indicio de sublevación o fuga. Era la orden terminante de don Gumersindo Perdiz De Carvajal, un español con alma fría como el acero y con la crueldad propia de un poseído.
“Cuando este hacendado viajaba a la capital del departamento en procura de víveres y avíos, también captaba personal poniendo un aviso en una hoja de papel, que colocaba en la parte más visible del portón, del alojamiento Royal de la calle San Agustín donde solía hospedarse, solicitando peones y ofreciéndoles una difícilmente despreciable suma de dinero como jornal diario, más buena alimentación, incluida una decorosa vivienda. De hecho acudían muchos atraídos como abejas por la flor al ver el anuncio, sobre todo desocupados en busca del sustento, que fácilmente eran engatusados por el hábil colonizador de bastón, botas y revólver a la cintura. Estando en la hacienda sumaba a este atuendo cotidiano su
“Esta hacienda había ganado fama por los inhumanos tratos a sus trabajadores, de tal forma que escuchar hablar a alguien que se iría a trabajar a Kcosñipata, era como para compadecerlo, pues era seguro que esa persona estaba yendo a dejar sus huesos en aquella selva de terror, en aquel verdadero infierno, en aquel hoyo negro del destino.
“Cuentan que los trabajadores de la mencionada hacienda no usaban más ropas que un calzón de tocuyo doble y en la espalda, amarrada al cuerpo una carona, armazón de yute que se pone en el lomo de las bestias, para poner encima de ello la carga - Nosotros somos testigos de eso decía emocionada mi madre mientras su esposo continuaba diciendo: En sus espaldas cargaban caña de azúcar o la cortaban desde la aurora hasta el poniente, ganándose a intervalos tres veces al día un jarro de agua del riachuelo más próximo, y al medio día una porción de yuca sancochada con infusión de hojas de lima que recogían de los huertos, lo suficiente como mantenerlos vivos. No obstante estos hombres habían ido a trabajar con un convenio o contrato y con el ofrecimiento de jugosos haberes, las autoridades compradas por el hacendado nunca tramitaban justicia en favor de estos desposeídos; una vez instalados en la hacienda
no eran más que esclavos, sin derecho inclusive a su propia existencia.
“Dormían en cuadras llamadas ranchos muy semejantes a establos, encerrados con candados y dos o tres celadores al contorno, armados de poderosas carabinas y flechas, listos a disparar contra cualquier indicio de sublevación o fuga. Era la orden terminante de don Gumersindo Perdiz De Carvajal, un español con alma fría como el acero y con la crueldad propia de un poseído.
“Cuando este hacendado viajaba a la capital del departamento en procura de víveres y avíos, también captaba personal poniendo un aviso en una hoja de papel, que colocaba en la parte más visible del portón, del alojamiento Royal de la calle San Agustín donde solía hospedarse, solicitando peones y ofreciéndoles una difícilmente despreciable suma de dinero como jornal diario, más buena alimentación, incluida una decorosa vivienda. De hecho acudían muchos atraídos como abejas por la flor al ver el anuncio, sobre todo desocupados en busca del sustento, que fácilmente eran engatusados por el hábil colonizador de bastón, botas y revólver a la cintura. Estando en la hacienda sumaba a este atuendo cotidiano su
casco de safari y un látigo que no soltaba de su mano.
“Con un pelotón de una veintena de incautos llenos de vigor, con la esperanza puesta en el objetivo de trabajar un año, como figuraba en el contrato y luego regresar para ver a la familia, don Gumersindo salía del alojamiento el día de su retorno a Villacarmen, su hacienda. Sin saberlo estaban ya trabajando, pues cada uno cargaba en sus espaldas lo que una mula lo haría y así caminaban los doscientos kilómetros de distancia; primero atravesando los cerros de las alturas de Paucartambo y luego descendiendo a lo abrupto de la ceja de selva. Su destino estaba comenzando para ese pequeño contingente, que marchaba junto a su eventual verdugo con rumbo a la hacienda del terror y del espanto.
“Frecuentemente al haber transcurrido seis meses más de lo pactado, algún valiente, o simplemente alguien a quien se le acabó la paciencia, resolvía pedir que se le hiciera una liquidación de sus cuentas. El astuto zorro lo complacía aparentemente de muy buen gusto y le arreglaba su cuenta. Una vez despedido, daba órdenes a sus secuaces armados de carabinas y flechas, para que lo eliminaran en cuanto emprendiera camino. No estaría bueno para su
prestigio que llegara a la ciudad del Cusco y fuera a presentar alguna denuncia o queja, en las oficinas de su amigo personal el señor prefecto. Estaría mejor si no se llegara a saber del suceso y el cadáver del infortunado era arrojado a las corrientes del río Tono, que se encargaba de sepultarlo en el olvido una vez metido al Qóñec.
“Hay que remarcar el hecho de que Perdiz dejó el país tan pronto pudo amasar cierta fortuna de origen cruel y sangriento, volviendo a su natal Toledo de donde había venido. Los últimos años tenía como administrador a un paucartambino de nombre Pio, a quien dejó el fundo como pago de sus emolumentos, el mismo que siguió aplicando la política recibida como herencia. Este a su vez tuvo que vender la finca al verse de pronto afectado por la “hukuya”, uta localizada en las fosas nasales. En poder de este otro dueño terminó la funesta fama conseguida hasta entonces, como cuando termina la maldición bajo algún conjuro de buena voluntad. Ahora es una próspera y hermosa hacienda y sus dueños son mis compadres”.
En cierta ocasión seguía relatando mi padre -, llegó aquí a la hacienda Patria un cadáver que aun podía caminar. Traía vestido un calzón de tocuyo hecho hilachas y en su espalda una
casco de safari y un látigo que no soltaba de su mano.
“Con un pelotón de una veintena de incautos llenos de vigor, con la esperanza puesta en el objetivo de trabajar un año, como figuraba en el contrato y luego regresar para ver a la familia, don Gumersindo salía del alojamiento el día de su retorno a Villacarmen, su hacienda. Sin saberlo estaban ya trabajando, pues cada uno cargaba en sus espaldas lo que una mula lo haría y así caminaban los doscientos kilómetros de distancia; primero atravesando los cerros de las alturas de Paucartambo y luego descendiendo a lo abrupto de la ceja de selva. Su destino estaba comenzando para ese pequeño contingente, que marchaba junto a su eventual verdugo con rumbo a la hacienda del terror y del espanto.
“Frecuentemente al haber transcurrido seis meses más de lo pactado, algún valiente, o simplemente alguien a quien se le acabó la paciencia, resolvía pedir que se le hiciera una liquidación de sus cuentas. El astuto zorro lo complacía aparentemente de muy buen gusto y le arreglaba su cuenta. Una vez despedido, daba órdenes a sus secuaces armados de carabinas y flechas, para que lo eliminaran en cuanto emprendiera camino. No estaría bueno para su
prestigio que llegara a la ciudad del Cusco y fuera a presentar alguna denuncia o queja, en las oficinas de su amigo personal el señor prefecto. Estaría mejor si no se llegara a saber del suceso y el cadáver del infortunado era arrojado a las corrientes del río Tono, que se encargaba de sepultarlo en el olvido una vez metido al Qóñec.
“Hay que remarcar el hecho de que Perdiz dejó el país tan pronto pudo amasar cierta fortuna de origen cruel y sangriento, volviendo a su natal Toledo de donde había venido. Los últimos años tenía como administrador a un paucartambino de nombre Pio, a quien dejó el fundo como pago de sus emolumentos, el mismo que siguió aplicando la política recibida como herencia. Este a su vez tuvo que vender la finca al verse de pronto afectado por la “hukuya”, uta localizada en las fosas nasales. En poder de este otro dueño terminó la funesta fama conseguida hasta entonces, como cuando termina la maldición bajo algún conjuro de buena voluntad. Ahora es una próspera y hermosa hacienda y sus dueños son mis compadres”.
En cierta ocasión seguía relatando mi padre -, llegó aquí a la hacienda Patria un cadáver que aun podía caminar. Traía vestido un calzón de tocuyo hecho hilachas y en su espalda una
carona de mula pegada a su piel. Cuando se las desatamos para poder aliviarle mientras lo acudíamos para que no terminara de morirse, vimos que toda su espalda era una sola mata, una llaga enorme supurando materia. Lo curamos y le combatimos la infección con antibióticos inyectables. Felizmente a los quince días sanó y luego de ayudarnos en el trabajo otras dos semanas, se fue contento de haber vuelto a nacer. Todas las noches después de la cena acostumbramos disfrutar del fresco en las bancas del patio, y mientras los niños juegan a la ronda bajo la luz de la luna, de las estrellas o del petromax, los mayores nos dedicamos a la consabida tertulia de sobremesa. Así le invitábamos a que nos relatara las condiciones en las que la desgraciada gente trabajaba en esa hacienda.
“A las cinco de la mañana, tras beber agua de lima endulzada con melaza de caña y comer tres pedazos de yuca sancochada, nos decía, salían en fila encañonados por detrás con las carabinas de los guardaespaldas del patrón, con rumbo a la chacra donde cortaban caña de azúcar, que luego cargaban como acémilas hasta el trapiche y la falca donde procesaban el aguardiente. La jornada concluía al anochecer; luego de darles otra ración semejante de yuca,
eran entrados a las cuadras a dormir encerrados bajo llave, y así repetirse la jornada, todos los días de su amargo existir”.
Este hombre virtualmente resucitado había relatado a mis padres las mil y una barbaridades que se cometían en esa hacienda productora de aguardiente de caña, esa misma que el nuevo propietario había heredado con el mismo sistema de Gumersindo Perdiz incorporado. Cuán raro les parecía a mis padres que este pobre hombre haya podido huir, descuidando la vigilancia de los secuaces del nuevo dueño cruel; pues si sorprendían huyendo a cualquier peón, inmediatamente llenaban su cuerpo con perdigones de plomo y no menos de una docena de flechas atravesándolo, sin que pudiera ganar cien metros de terreno en su escapatoria hacia la libertad.
En otra circunstancia dos amigos que habían llegado a Villacarmen, pasaban dos años ya de crueles trabajos y sin la menor esperanza de